Capítulo 14 #2
«Coincidiendo con los hechos y poco antes del levantamiento del cadáver, la prometida de Pascual Silva, Teodora Galindo, era atendida de urgencia en el Hospital Universitario de la Princesa debido, según su propio testimonio, a un grave accidente doméstico que le habría ocasionado la pérdida del dedo anular de la mano derecha a partir de la primera falange.
Tras ser interrogada al respecto, la señorita Galindo no llegó a modificar la versión inicial ofrecida en el hospital, pero acabó reconociendo la residencia de su prometido como el lugar donde aconteció el mismo.
La Guardia Civil recibía simultáneamente un aviso por parte del servicio doméstico del fallecido Pascual Silva, personándose en la dirección facilitada y accediendo a la residencia acompañada de doña Macarena Gracia, portera de la colonia, para descubrir allí el cuerpo de Pascual Silva y el arma.
Tras una búsqueda estéril en las inmediaciones de la fuente, el dedo extraviado era hallado posteriormente durante la propia autopsia del cadáver.
»Las escasas declaraciones que pudieron ser recabadas parecen confirmar una lógica en el desarrollo de los acontecimientos.
Interrogada al respecto, doña Macarena Gracia sostenía que el día del suceso Pascual Silva habría regresado a su casa, como cada tarde, sobre las siete.
Una hora después, indicaba la testigo presencial, la señorita Galindo pasaba por delante de su garita “como una exhalación. Nada más entrar doña Teodora a casa del señorito empezaron a oírse voces cada vez más altas. Estaban peleando. Después se escuchó un chillido horrible y luego todo quedó en silencio. Se me pusieron los pelos como escarpias. Pensé en subir y llamar para ver si todo iba bien, pero justo entonces, a eso de las ocho y veinte, oí que la puerta se abría y alguien bajaba corriendo. Era la señorita. Estoy segura de la hora porque yo me retiro a mi casa, en el edificio Tisbe, el de enfrente, sobre las ocho; aquel día, por motivos evidentes, decidí quedarme un rato más. Estaba muy preocupada”, certificaba Macarena.
“Cuando la señorita bajó tenía muy mala cara, como si hubiera visto un fantasma. Le pregunté si estaba bien, pero no me contestó. Desapareció por la puerta tan rápido como había venido”.
El resto de la comunidad de vecinos, asalariados en su mayoría del editor Gregorio Silva, aseguró no haber visto ni oído nada».
Iso ejecutó una pausa teatral y alzó la cabeza para mirar a su amiga. Esta tenía la vista perdida en un lugar indeterminado y no le devolvió la mirada. Iso se encogió de hombros y retomó la absorbente lectura:
«En días posteriores, tanto Teodora Galindo, que según informes médicos se recuperó de forma satisfactoria de la agresión, como Gregorio Silva, padre del decesado, se negaron a hacer ningún tipo de declaración sobre el suceso.
El personal de servicio de la casa, presumiblemente aleccionado, siguió el mismo ejemplo.
Diversas filtraciones, que parecen provenir del informe pericial, permitieron sin embargo conocer la existencia de un anillo del que la agredida fue presuntamente desposeída en el calor de la trifulca, tras la mutilación de la extremidad.
La familia del fallecido, también según las mismas filtraciones, habría negado tener conocimiento del paradero de la joya, un anillo de pedida de esmeraldas adquirido en la reputada joyería madrileña Atienza Joyeros por el malogrado Pascual Silva y destinado a su prometida, que hasta la fecha seguiría en paradero desconocido.
El anillo, siempre según declaraciones de la testigo Macarena Gracia, podría ser una pieza de considerable valor a tenor del tamaño de la piedra engastada “que se veía a distancia cada vez que la señorita entraba o salía”.
Interrogado al respecto, don Braulio Atienza lamenta no poder facilitar ninguna información, alegando velar por la privacidad de su clientela.
Mientras, las incógnitas se amontonan. ¿Fue la joya el objeto de disputa o su sustracción el castigo ejemplar a un desencuentro previo?
¿Fueron terceras personas las que precipitaron el trágico y sangriento desenlace?
Y, por encima de todo, ¿dónde está el anillo? ».
Iso finalizó la lectura poniendo especial énfasis en la última pregunta. Luego levantó la mirada con semblante cauto.
—La madre del cordero. Y nosotras merendando aquí cada tarde.
Luego calló un momento, pensativa, mientras observaba aquella fuente que medio siglo atrás había aparecido inundada de sangre. Le estaba costando dar forma a lo que su cabeza le sugería y sacudió el flequillo, molesta por su propia torpeza. Por fin se decidió a retomar sus reflexiones en voz alta.
—Vamos a ver, Kol. Esto es un razonamiento básico, de primer nivel, con dos premisas y una conclusión.
Dime si se me está yendo la cabeza, pero…
Si Pascual le quitó el anillo a su prometida en esta casa y Pascual no salió de la casa…
, el anillo tampoco lo hizo —dijo con deliberada lentitud.
Inquieta, miró alrededor como si viera las macetas, la fuente, el cenador, las planchas de cristal y el muro de cemento por primera vez—.
¿Es una locura? —Se giró buscando cierta complicidad.
Interpelada por su amiga, Koldo hizo un esfuerzo por volver allí donde esta la requería.
Miró a Iso tratando de concentrarse en la pregunta.
—Sí, supongo.
Su amiga, cuya creciente excitación se reflejaba en sus ojos color jade como en un contador, tomó a Koldo del brazo al acusar la falta de entusiasmo de esta.
—¿Qué te pasa? Te has quedado alelada.
Todavía pensativa, la otra trató de articular de manera coherente el motivo de su dispersión.
—Estaba pensando en un viaje a Hossegor, en las Landas francesas, que hice un invierno —dijo tomándose su tiempo.
Iso la miró como si la cordura de su amiga se hubiera ido por el mismo desagüe que el agua de la fuente. La aludida pareció regresar a las inmediaciones de esa misma fuente y sus ojos se detuvieron en los de su amiga.
—Aquel día me dediqué a pasear por su playa interminable; estaba desierta.
Caminé tanto que luego me dio pereza regresar andando y quise buscar un taxi.
Además, tenía hambre. Pero no había nada alrededor y no me apetecía tirar de datos, así que busqué alguien a quien preguntar.
Las únicas personas que vi eran dos mujeres a lo lejos, así que me dirigí hacia ellas haciéndoles señas.
Cuando estaba a pocos metros, vi que una era una mujer madura y la otra, una anciana.
Al saludarlas, tuve la impresión de que me miraban con cierta prevención.
Pero cuando vieron que todo lo que quería era una dirección, se desvivieron por ayudarme.
Les di las gracias sonriente; primero, a la mujer más joven y, luego, a la anciana.
Después di media vuelta y regresé por donde había venido.
Aquel viejo rostro, el de la anciana, me dije mientras caminaba en dirección opuesta, me había resultado extrañamente familiar.
Los ojos azules cargados de intención, las cejas elevadas, el rictus elegante de la boca, aquella frente cuadrada.
Me vino un nombre a la cabeza; incluso estuve tentada de volverme para asegurarme, pero lo deseché; yo misma me convencí de lo contrario.
Tonterías, me dije. Parecidos fortuitos. En cualquier caso, nunca lo sabré.
Miró a su amiga, como si esta pudiera leerle la mente.
—¿Pero qué mierda me estás contando? —la cortó la otra.
—Un poco de paciencia —pidió. Y prosiguió—: dos años después leía en una revista un reportaje.
La entrevistada, que vivía en el mítico edificio Dakota de Nueva York, interrumpía en un momento dado las preguntas para atender una llamada telefónica.
Luego se disculpaba con el periodista, que dejó constancia de la explicación en el propio texto.
«Discúlpame —le decía—. Era mi sobrina, vive en Francia, en la región de las Landas, y hace un par de años que no voy a visitarla».
Una revista como esta —dijo, señalando a la que Iso tenía en su regazo— me dio la respuesta a una pregunta imposible.
Efectivamente, era ella. La señora con la que estuve hablando aquel día en Hossegor, que paseaba por la playa cogida del brazo de su sobrina, que dos años después entrevistaron en aquella revista, era Lauren Bacall.
Su amiga contuvo una divertida exclamación ante la coincidencia, pero seguía sin entender nada.
—Lo que quiero decir, entre otras muchas cosas, es que la misteriosa señora que estuvo aquí el otro día no era Lauren Bacall.
—¿Por qué ya se ha muerto? —bromeó la otra.
—Porque a Lauren Bacall no le faltaba un dedo. Pero a ella sí.