Ayer en mi patio Capítulo 14
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Capítulo 14

Las dos amigas seguían confabulando cuando un ruido las sacó de su ensimismada conversación.

—Yo me hago cargo de ella —se oyó decir a continuación.

El tono de voz era autoritario y su propietaria sonaba poco dada a concesiones o tonterías de cualquier tipo.

Sobresaltadas, dirigieron sus miradas más allá del patio, en dirección al lugar desde el que provenía.

A través de la mampara que daba al patio de Tifón se intuía una mancha oscura en movimiento que, acompañada de ruidos varios, fue ascendiendo trabajosamente.

De la parte superior del cristal asomó un busto coronado por un amasijo de cabello: aquel enjambre de pelo enmarcaba un rostro de cejas frondosas y tez tan oscura como la de Edu, en cuyo centro lucían dos grandes ojos con sus párpados a media asta, como si pocas cosas pudieran sorprenderlos a esas alturas.

Pertenecían, por supuesto, a la madre de Tifón; y las observaban desde lo alto de una escalera como si fueran Iso y Koldo, y no la espontánea mujer, quienes deberían pedir disculpas por la intromisión.

—Hola —acertó a decir Koldo.

—No te hagas la sorprendida —le espetó la mujer, escrutándola con la mirada propia de un servicio de inteligencia—. Como si yo fuera la primera persona que ves salir de este patio.

La así increpada, que no supo qué responder, se giró hacia su amiga en busca de auxilio. A tenor de su rostro, Iso estaba disfrutando enormemente de la escena y no tenía ninguna intención de socorrerla.

—Soy Maca —se presentó mirando a esta última, como si Koldo no tuviera derecho a esa consideración—.

Y Eduardo es el chico al que tu amiga le deja colarse por su terraza cuando quiere darle esquinazo a su madre.

Que soy yo. Estos dos se creen que no me entero, pero ya ves.

—Se giró hacia la convaleciente sin que la interpelada pusiera objeciones a sus palabras, ni la espontánea señora lo esperara—.

En fin, no me voy a entretener. He dejado las pechugas en el fuego y aún tengo que bajar de esta escalera —prosiguió, ajena por lo visto a la singular estampa que ofrecía allí en lo alto—.

Mañana al mediodía me acerco a ver cómo estás y te llevo algo caliente; en tu estado no conviene que te pongas a revolver en la cocina.

Y yo lo hago de maravilla, me he pegado la vida tras la barra de un bar, el de ahí abajo.

Era de mis padres —apuntó—. Cuando murieron, lo heredé todo.

Menos el marido, que me lo busqué yo solita, tarde y mal.

Me dejó preñada a los cuarenta y dos y, cuando se cansó de trabajar en El Mascarón e intentó pulirse mis ahorros, lo mandé de vuelta al otro lado de la barra del bar, que es de donde lo había sacado.

El negocio lo traspasé hace dos años y ahora vivo como una reina.

Sigo teniendo mis ahorros y al holgazán de mi chico.

Si no fuera porque lee tanto… —se lamentó.

Luego volvió a mirar a Koldo con aquellos ojos entornados y plagados de suficiencia.

—Por mí no te preocupes; no hace falta que me expliques nada.

Eduardo no me ha contado mucho; la mayoría lo he oído yo solita —se explicó con una honestidad que resultó admirable—.

Y el resto me lo he imaginado, no hay que ser un lince.

En fin, antes de que se me olvide, mi táper.

—Y sin mayores preámbulos se quedó allí de pie, esperando algo.

Koldo cayó en la cuenta de repente. Y se sintió cogida en falta.

—Lo siento, ¡la menestra! Estaba riquísima —dijo señalando el plato vacío que todavía tenía en el regazo.

La mujer asintió, como si el comentario fuera gratuito y hubiera que ir abreviando.

—Mi táper —insistió—. Que se me queman las pechugas.

Koldo hizo ademán de incorporarse con cuidado. Su vecina la detuvo con gesto severo.

—No, mujer, tú no —dijo terminante. Luego se giró hacia Iso—. ¿No estás aquí para atender a tu amiga? Pues mueve el culo.

Iso, que tenía el cuerpo girado hacia la terraza vecina para observar mejor a la señora, asintió con docilidad.

Aquella insólita aparición la tenía tan embelesada que hubiera encajado sumisamente cualquier escarnio con tal de prolongar su presencia un rato más.

Se puso en pie, desapareció por la puerta de cristal y volvió al poco con el táper reluciente.

Se acercó hasta la mampara y alzó el brazo para hacerle entrega del mismo mientras la observaba con deleite.

La mujer aprovechó para darle a cambio algo que parecía una revista y que Iso contempló sin comprender.

—¿ El Caso ? —acertó a decir al leer la cabecera, a caballo entre la afirmación y la pregunta.

—No te creas todo lo que cuenta —se limitó a decir la vecina, dirigiéndose en esta ocasión a Koldo—. Pero te distraerá.

—¿Odisea Silva también editaba El Caso ? —preguntó la aludida desde la tumbona.

—No, mujer; Odisea Silva salió en El Caso —la corrigió la señora.

Koldo asintió, atenta. La madre de Tifón se la quedó mirando desde lo alto con esos párpados displicentes suyos.

—Tampoco tienes nada mejor que hacer —murmuró como para sí, cáustica. En ese momento pareció oler algo—. Ay, señor, ¡las pechugas! —exclamó. Y sin mayores preámbulos desapareció escaleras abajo tras la mampara.

Iso no pudo evitar una carcajada.

—Toda una señora —exclamó extasiada, antes de sentarse a los pies de Koldo en el hueco que esta le había hecho, y retomar la revista para examinarla con mayor atención.

Estaba en bastante mal estado; se trataba de un ejemplar de junio de 1964 de El Caso , cabecera semanal que, por tres pesetas, fue uno de los principales pasatiempos de aquella España de la posguerra y la Transición; la crónica negra era su debilidad.

La portada, en blanco, negro y rojo, mostraba el drama de un obrero emigrado a Alemania al que se le aparecían visiones que lo instaban a ir a morir a su pueblo en la Alcarria; la completaban las ansias homicidas de un vecino de Bilbao y la posible epidemia de peste del barrio madrileño de Canillejas, con ocho mil personas al borde del contagio.

Iso pasó las páginas, impaciente; no tardó mucho en dar con el objeto de interés.

El artículo al que a todas luces se refería la vecina era un reportaje a doble página titulado «Muerte en el barrio de Salamanca.

El misterio del dedo y el anillo». Sobre el titular se exhibía una foto a media página de una fuente que, a pesar del blanco y negro, reconocieron al momento.

—Escupiendo agua desde 1964 —recitó Iso observando las ranas que, como tres esfinges, trataban de compensar la ausencia de cualquier otra presencia en aquella foto que, sin embargo, ofrecía un matiz inquietante.

Una sustancia oscura y densa asomaba desde el interior de la poza y se extendía por el suelo.

Aunque el agua se había mezclado en algunos lugares tratando de diluirla y arrastrarla consigo, no había demasiado margen de duda sobre su naturaleza.

El pie de foto acabó por disiparlo: «Escena del trágico suceso poco después de ser levantado el cadáver».

Debajo, el primer plano de un joven con una elegante corbata seducía a la cámara con su mirada de galán irradiada desde unos delicados ojos de llamativa transparencia y frondosas pestañas que parecían haber sido robados a una mujer.

A pesar de la nariz aguileña y el mentón firme, los tirabuzones de color claro que enmarcaban el rostro aportaban al conjunto una cualidad casi angelical que resultaba extrañamente irreal.

El pie de foto dejaba claro que aquel inusitado rostro había pertenecido a Pascual Silva. Ambas guardaron silencio un buen rato.

—No puedo dejar de mirarlo —observó Koldo.

—Ni yo —confesó Iso—. Resulta hipnótico.

—Por lo menos tuvieron la deferencia de no enseñarlo muerto —murmuró Koldo con un escalofrío.

—Seguramente no les dejaron. El Caso no se distinguía por sus escrúpulos —rebatió Iso mientras alisaba la página de la revista—. ¿Lo leo? —se ofreció.

Koldo asintió.

«El pasado 14 de mayo el respetable barrio de Salamanca era víctima de un suceso de siniestras implicaciones que alcanzó a la familia del destacado empresario y editor Gregorio Silva.

Pascual Silva, hijo único del mismo y heredero del imperio editorial Odisea Silva, era hallado muerto en extrañas circunstancias en su residencia del Edificio Píramo de la colonia La Proa, propiedad de la familia.

Acababa de cumplir veintidós años. El cuerpo, según declaraciones de la Guardia Civil, fue encontrado ya sin vida, con profundos cortes infligidos en ambas muñecas y la mitad superior del mismo inclinada y sumergida en la mitad superior de la fuente que presidía dicho patio.

El informe del forense atestiguó que había muerto desangrado.

De acuerdo con el mismo informe, se trataría de un caso de suicidio, teoría reforzada por la presencia del arma con la que se causaron las heridas, un cuchillo de cocina, a escasos metros de la fuente.

El posterior hallazgo de una extremidad humana, un dedo anular, oculto en el puño cerrado del finado, advertía a su vez de las extrañas connotaciones del caso, como más tarde pudo confirmarse tras la debida reconstrucción de los hechos acontecidos».

Iso abrió sus grandes ojos antes de proseguir la lectura.