Capítulo 13 #2
Se presentó en el ginecólogo a la hora de su cita.
Acudía tras un largo paseo, serena y resignada.
La recepcionista, que la conocía, la hizo pasar al momento.
Castillo de la Ensenada escuchó lo que Koldo tenía que decirle y, con una sonrisa que rebajó varios enteros el umbral del drama que los ocupaba, la invitó a tumbarse en la camilla con las piernas separadas.
Obedeció resignada y, notando el frío de la crema en su tripa, dejó que su mirada se perdiera en dirección contraria a la pantalla del ecógrafo.
El ginecólogo hizo varias pasadas en silencio por la superficie de su tripa, apenas abultada; luego pareció centrarse en un punto concreto e, instantes después, sus labios dejaban escapar una exclamación.
Sobresaltada por el matiz satisfecho de aquella interjección, se giró hacia el doctor, que miraba la pantalla al tiempo que, con un arqueo de cejas, la invitaba a hacer lo propio.
Su mirada siguió la misma dirección hasta encontrar una pequeña mancha parpadeante que parecía saludarla desde la pantalla.
—Nunca hay que haceros caso —la sermoneó el médico.
Koldo siguió mirando aquella mancha, perpleja.
—Pero ¿esto es normal? Después de una noche así, quiero decir.
A las puertas de la jubilación, Castillo de la Ensenada había decidido sustituir la vasta responsabilidad de la gran clínica privada que había supervisado durante décadas por una pequeña consulta que le permitiera seguir ejerciendo con mayor calma e igual dicha; y eran pequeñas sorpresas como aquella las que de tanto en cuanto reforzaban su decisión y le recordaban que todavía le quedaba mucho por ver.
—En realidad, no —respondió honestamente—.
Pero cada gestante es un mundo; esta es la prueba —dijo señalando a la pantalla del ecógrafo—.
Así que, si este embarazo llega a buen puerto, me vas a hacer el favor de ponerle a esta criatura nombre de conquistador.
Y ahora sal pitando para continuar con tu reposo.
Los chorros de agua, que dibujaban tres ángulos perfectos a partir de las bocas de sus respectivas ranas, salpicaban con fuerza al llegar a la poza.
El atardecer no podía ser más agradable.
Casi una celebración. No sin cierta temeridad, aunque tras asegurarse de que las persianas de sus vecinos de arriba estaban cerradas, Koldo había acercado la tumbona al centro del patio de modo que sus pantorrillas, que asomaban desnudas bajo el kimono, quedaron apoyadas sobre el plato de la fuente para recibir aquella refrescante lluvia.
Tumbada y con los ojos cerrados, esperaba la llegada de Iso dejándose mecer por el sonido del agua, interrumpido aquí y allá por las estridentes golondrinas.
La fuente, que aguardaba justo delante de los párpados que se negaba a abrir, se le aparecía caprichosamente al otro lado, como si sus ojos cerrados pudieran ver a través de unas cortinas.
Contemplaba sus escenas de caza en movimiento, sus azulejos deslizándose unos sobre otros y las tres ranas, con sus fauces abiertas, mirando de soslayo la esquina vacía desde la que su hermana hubiera debido acompañarlas en aquel escupir eterno.
Las imaginó aún desoladas por la pérdida, en un duelo perpetuo del que nunca podrían desahogarse porque el agua inundaba sus bocas.
O puede que aliviadas de que al menos una de ellas hubiera escapado a aquella condena.
Tal vez les diera igual, valoró, dándole una calada al cigarro que tenía entre los dedos.
Pero se negó a abrir los ojos para analizar de forma más precisa sus expresiones.
Solo cuando percibió la presencia de Iso, tan cerca que su fresco olor a hojas de higuera penetró en sus fosas nasales y su figura eclipsó la luz en su rostro, se esforzó en devolver a sus pupilas el contacto con la realidad.
Sin decir nada, su amiga le quitó el cigarro de la mano.
La miró largamente, le dio un par de caladas y se lo devolvió.
Durante un rato ambas guardaron silencio.
—No se te puede dejar sola —le dijo esta.
—La mala noticia —reanudó las explicaciones Koldo desde la tumbona— es que hay un hematoma justo al lado, originado, al parecer, por la hemorragia de estas últimas horas.
Iso frunció el entrecejo. Era enfermera y conocía los riesgos que implicaba aquella palabra.
—Castillo me dijo que probablemente se acabe reabsorbiendo.
Pero hay que ver cómo evoluciona. Y para eso debo seguir haciendo una vida relajada, nada que empeore el hematoma o afecte al embrión —dijo, sintiendo escalofríos al recordar la frenética actividad a la que se había sometido aquella mañana cuando lo había dado todo por perdido.
Su amiga la miró con severidad.
—No valen más sustos; has cubierto el cupo.
—Pero mira qué plan —se lamentó Koldo—. Igual no puedo ir a la boda.
La voz de Iso, que había desaparecido en la cocina para preparar la cena, se dejó oír a lo lejos.
—Ojalá no puedas. Ojalá tengas que estar aquí tumbada hasta que rompas aguas.
—¿Lo dices en serio?
Su amiga apareció con un par de bandejas. Y dos maravillosos platos de menestra.
—Oh, sí —le dijo—; prepárate a aburrirte.
Se sentó en su lugar habitual, le dio un trago a una copa de vino y pinchó con el tenedor un pedazo de alcachofa con un trozo de espárrago enredado y unos guisantes aquí y allá.
—Esta menestra es como ver a Dios —dijo con la boca llena—. ¿Quién la ha hecho?
—La madre de Tifón —dijo señalando hacia el patio correspondiente.
—Veo que hay madres en el mundo dispuestas a cuidar de ti; ¿cuándo piensas decírselo a la tuya?
La otra negó con la cabeza.
—Ni yo puedo decirle nada a la mía, claro.
La otra volvió a negar.
—Mira que eres necia —se lamentó su amiga, introduciéndose otro buen lance de menestra que le supo a gloria—.
Pues habrá que pensar algo, porque el problema llega mañana en el tren de la tarde.
Hoy, por cierto, me ha informado de que ahora se llama Fina.
Le hicieron un bautismo energético que le ha llevado un chacra más allá.
—Los chacras son siete. Siempre —corrigió Koldo.
—Un hemisferio, un aura, una dimensión…, algo que tenía más aquí, ahora lo tiene más allá.
Si es que eso es posible —se desentendió Iso—.
El caso es que ha entrado en un nivel de conciencia superior.
Y tiene que dejar atrás cualquier vínculo con su yo anterior para seguir avanzando.
Por un momento creí que hablaba de dejarme atrás a mí —fingió ilusionarse—, pero luego entendí que se refería a su nombre.
A partir de ahora, mi madre ha decidido abrazar una nueva identidad —concluyó—. Ahora se llama Fina.
—Fina o Sisi, tiene que seguir sin saber nada —exigió Koldo.
—Si no quieres que la tuya se entere, sí. Pero sabes que no habrá nada que la disuada de convocamos en Mallorca frente a unos bocaditos de espárragos. O de venir en tu busca si no apareces. Así que algo hay que inventarse, tienes que desaparecer.
—Entiendo —corroboró Koldo desde la tumbona—. ¿Y a dónde me he ido que no sepa mi madre? ¿Y si hemos discutido por los preparativos de la boda?
—No cuela. Puedo decirle que estás con alguien.
—¿Y eso sí? —preguntó escéptica.
—¿Asier? —sugirió Iso con malicia—. Eso le encantará. Seguramente sea lo único que se resista a contarle a tu madre. No por discreción, entendámonos. Pero ya sabes lo que le gusta una confidencia.
Hizo una breve pausa, mirándola con detenimiento.
—Tienes que asegurarme que podrás apañártelas sola durante los tres días que yo esté secuestrada por mi madre entre compras, pruebas y fallida diplomacia familiar. Acabo de llenar la nevera de fruta, he metido alguna cosa más al congelador y tienes todas las medicinas.
La convaleciente asintió, fingiendo una convicción que no tenía.
—Todo controlado. Seguro.
—¿Seguro? —insistió Iso.