Capítulo 13
La noche que siguió a su visita al ginecólogo fue una de las más inquietantes de su vida.
Sola y tumbada en el sofá, fingía concentrarse en la tablet que tenía delante al tiempo que evaluaba, tras cada nuevo retorcijón y la correspondiente pérdida, si el episodio había concluido definitivamente.
La papelera del baño estaba llena de compresas manchadas de una heterogénea materia de color marrón oscuro salpicada de coágulos; y con cada nueva visita al baño la desazón iba en aumento.
Agotada tras varias horas de pérdidas ininterrumpidas, alrededor de las cuatro de la mañana consiguió abandonarse a un sueño inquieto durante el que, de forma paulatina, pero constante, su útero siguió expulsando aquello que su cuerpo rechazaba por mucho que su subconsciente se esforzara en retener.
Fue un combate perdido de antemano, tras el cual despertó en un estado de alivio físico que la alertó más que ninguna otra cosa.
El bienestar invadía su cuerpo, constató desolada.
Con forzada calma echó atrás el fino nórdico y se incorporó al tiempo que giraba sobre sí misma y dirigía la mirada hacia el hueco, aún caliente, que había dejado en la cama.
Una significativa mancha de color rojo oscuro se extendía por toda la sábana.
La contempló durante un buen rato. Luego se levantó, se dirigió al baño y se despojó de dos compresas rebosantes que prefirió no analizar de cerca.
Bajo la ducha, dedicó un buen rato a dejar que el agua recorriera cada centímetro de su cuerpo y luego, aún en albornoz, marcó el número de Castillo de la Ensenada para pedir hora para aquella tarde. Suponía que ya no había prisa.
Sábana en mano, regresó al baño. Abrió el grifo y la sumergió bajo el chorro de agua fría.
Frotó largo rato ayudada de una pastilla de jabón de manos; no se detuvo hasta que el agua que desaparecía por el desagüe, al principio de un tono marrón rojizo, adquirió su transparencia habitual.
Después se encaminó a la cocina, todavía con la sábana mojada en la mano.
La metió en la lavadora junto al pijama y, una vez la puso en marcha, apoyó las manos sobre la encimera.
Su mirada se detuvo en ella. Echó mano del trapo que colgaba de un gancho, lo humedeció y lo pasó por la superficie de esta con deliberada lentitud.
Luego continuó con cada armario de la cocina hasta que llegó al frigorífico.
Sin reflexionar demasiado, lo abrió y fue vaciando las baldas una a una, primero la de los lácteos y los productos envasados, luego la de las verduras, después la de la carne y el pescado y finalmente el cajón de la fruta.
Cuando terminó con el frigorífico, cogió la escoba y se concentró en el suelo de la cocina; a este le siguió el del pasillo y el salón, y de ahí avanzó hasta la terraza.
Cambio las alpargatas por las chanclas y barrió cada baldosa del exterior; los huecos entre las macetas, bajo las sillas y en las esquinas de la fuente hasta que no supo qué más barrer.
Entonces desenroscó la manguera, abrió el riego y dejó que el agua saliera de la misma haciendo un gran arco que fue a parar hasta los pequeños jazmines.
El agua, que se derramaba sobre las macetas, fue escapándose por el drenaje del fondo de los tiestos hasta que un reguero de líquido inició su camino de regreso hasta los pies de Koldo.
Se quedó ahí parada, viendo cómo el agua la iba rodeando sin decidirse a trepar hasta sus chancletas para mojar sus dedos, pensando en todos aquellos viajes a la clínica; las hormonas guardadas en el frigorífico junto a los huevos y los malabarismos a los que las inyecciones, siempre a la misma hora, la obligaron durante varias semanas.
También se acordó de la primera gran visita a la clínica; una excursión que, en calidad de primeriza, se tomó con nervios y alegre ligereza.
La última, sin embargo, fue distinta; todo estaba revestido de mayor solemnidad.
Había sido consciente de lo que implicaba una transferencia.
Plazos, procedimientos invasivos, hormonas, dinero, la perspectiva de fracasar a lo grande.
Los óvulos que le habían extraído eran de mucha calidad, aseguraron.
Y estaban en un estado óptimo de maduración.
Varios de ellos habían sobrevivido al proceso de fecundación y dos, se felicitaron entre sí, habían cumplido con todas las expectativas y habían alcanzado con honores la fase final.
Eran dos embriones de cinco días que pedían a gritos ser implantados.
Tras la intervención había aguardado sola en aquella habitación, todavía tumbada, el tiempo prescrito.
Recordaba la absurda excitación que le produjo abandonar la sala sintiéndose la misma pero distinta, con la ridícula inquietud de que quien la observara pudiera notarlo.
No era dada a la épica de la maternidad; no esperaba percibir cómo la vida crecía en su interior.
Pero dentro de una concepción mucho más mundana de toda aquella empresa, intuía que perder teniendo la mejor mano posible sentaba un alarmante precedente para futuros intentos.
Y resulta que había sucedido; todo se había ido por el desagüe.
Con la manguera todavía en la mano, la invadieron unas irrefrenables ganas de vomitar, como si echar las tripas fuera la única manera de exorcizar aquel momento.
Incapaz de controlarse, sintió la primera arremetida de una arcada salvaje al tiempo que oía un súbito ruido de persianas a su espalda.
Con la segunda embestida, sus entrañas brotaron hacia fuera como una erupción mientras, desde un ángulo de su consciencia aún conectado a la realidad circundante, constataba que las ventanas de la segunda planta se abrían de par en par.
Maldijo su don de la inoportunidad. Tras una última y poderosa náusea, y a pesar de que los ojos le lloraban por el esfuerzo, acertó a ver que el vómito seguía el mismo curso que el agua, rodeando sus chancletas, mientras el rasgueo de una guitarra eléctrica se colaba a través de aquellas ventanas abiertas.
Era música heavy . Aquella desconsiderada y atroz invasión de su espacio vital hizo que el desconsuelo diera paso a la irritación, después a la rabia y finalmente a la ira sin solución de continuidad.
Apretó la manguera como si quisiera sacarle las tripas.
Alguien decidió en ese preciso instante subir el volumen de la música, que ya estaba lo suficientemente alto como para despertar a todos los colonos de Tisbe y Píramo juntos.
Koldo no lo vio venir. Llevada por algún mecanismo de supervivencia, el vacío que había quedado en sus tripas entró en combustión, dando paso a un odio ciego que la poseyó como una onda expansiva que se aproximaba a esa ventana abierta desde la que los acordes de la guitarra escapaban como caballos desbocados de un metro en hora punta.
—¡Eh! ¡Los de arriba! ¡Vosotros! ¡Los de la música! —gritó, al tiempo que con una mano se limpiaba los restos de vómito de la comisura de la boca—. ¿Me estáis oyendo? ¡Sé que me estáis oyendo! ¡Salid de una vez!
Quiso romper los cristales de sus ventanas, prenderle fuego a aquel salón, aniquilar a sus habitantes.
Su mano se alzó casi al mismo tiempo que la idea se cruzaba por su cabeza y su muñeca se dirigió con pulso firme hacia la ventana de sus vecinos justo en el momento que, tras dibujar un bonito arco en el aire, un potente chorro de agua alcanzaba al ruso que, alarmado por las voces, se asomaba a través del marco.
La inmovilidad tónica es una respuesta extrema a un estímulo de peligro que consiste en la ausencia total de respuesta; el cuerpo se congela y la presión arterial baja.
Bien, no se trató de eso. Pero lo pareció.
El eslavo quedó atrapado bajo el chorro y ya no supo salir de ahí; la sorpresa le impidió reaccionar a tiempo y su cuerpo quedó a merced del chaparrón, incapaz de escapar.
Ella sostuvo la manguera con saña renovada dos, tres segundos más, al tiempo que dejaba escapar un jadeo de cólera triunfal y enloquecida; como un guerrero con una cabellera aún fresca en la mano.
Solo que en realidad era su manguera. Así que, eventualmente, dejó de ejercer presión sobre la palanca que la regulaba.
El chorro cesó al tiempo que, espantada por su propio arrebato, se deshacía de ella tirándola a sus pies.
Tragó saliva, indecisa por un breve instante.
Solo un breve instante. Enseguida, el instinto de supervivencia acudió en su ayuda, indicándole que era preferible no esperar a comprobar la respuesta.
Ella sí fue capaz de reaccionar mejor que ese conejo que queda inmóvil delante de los faros del coche; se escabulló por la puerta de su dormitorio mientras su vecino, todavía perplejo en la ventana, se sacudía el agua que lo había paralizado con la efectividad de un placaje en un partido en el que no sabía que jugaba.
Una vez dentro, Koldo se puso las sandalias, cogió el bolso y corrió hasta la calle como hacía semanas que no lo hacía.