Capítulo 12 #2
—Había un par de empleados de la librería que habían oído lo que otros más veteranos solían contar.
Por lo visto, son cosas de dominio público, si tienes la paciencia de armar la historia con lo que unos y otros van recordando de manera desordenada.
Solo que hoy en día ya no le interesa a nadie, así que nadie lo cuenta.
Y se va olvidando. El único que de verdad sabe cosas es Tristán.
Una pena que sea tan complicado cogerlo con la guardia baja.
—¿Y qué pinta él en toda esta historia?
—Tristán fue, por lo que sé por otros, un buscavidas huérfano y recién llegado de un pueblo de Albacete.
Creo que ya te comenté que tendría unos diecisiete años cuando Silva lo contrató.
La editorial acababa de trasladarse de Barcelona a Madrid y necesitaban un chico de los recados para los despachos.
Su trabajo era el clásico oír, ver, callar y obedecer de toda la vida.
Hizo una pausa cargada de intención, dando a entender que llegaba el momento de una gran revelación.
—Por lo visto, hubo una pelea entre Silva y su hijo que se desarrolló en el despacho del primero.
Gregorio no solo le reprochaba a Pascual que hubieran tenido que trasladarse de Barcelona a Madrid por su culpa, también le echaba en cara su falta de escrúpulos por haberse apropiado de aquel personaje. Desconozco cómo se había enterado.
—Pero ¿cómo pudo robárselo?
—Fue durante una de aquellas veladas en el Raval.
Apareció un americano; un hombre de negocios de Miami que contó una pintoresca historia de piratas que se parecía a todas las demás: fragatas y patentes de corso, mares sin fronteras, amores imposibles y tesoros nunca encontrados.
Lo insólito, explicó Asier, es que la historia parecía ser real y el corsario protagonista de la misma, de origen español, o eso proclamó al menos el americano tras varias copas.
Avanzada la noche, él mismo aseguró pertenecer al linaje del pirata en cuestión y, según decía, había aprovechado alguno de sus frecuentes viajes a España para desandar sus pasos y tratar de dar con la pista de la esquiva herencia, presumiblemente oculta en alguna gruta costera entre España y el Caribe.
—Pero ¿a quién le contó esa historia?
—Eso es lo que no está claro. A Mora seguro, lo que no sabemos es si Pascual estaba presente, o la historia le llegó como una confidencia de su amigo.
Mora enseguida vislumbró sus posibilidades narrativas.
Pero a Pascual sus recientes veleidades políticas comenzaban a aburrirlo, y su espíritu agitado parecía requerir de un nuevo propósito lo suficientemente sugerente como para volver a arrebatarlo.
Aquella noche, entre copa y copa, Pascual soñó con un viaje en busca de un tesoro y Mora dibujó un personaje a bordo de una fragata.
O eso parecía. Porque al poco tiempo Odisea Silva lanzaba El Ángel .
El guion lo firmaba un joven Pascual Silva y el dibujo corría a cargo de Ventura Grau, un prometedor talento que había coincidido con Ambrós, coautor de El Capitán Trueno , en la editorial Grafidea.
Ambrós y Grau harían buenas migas, y el insigne dibujante se lo llevó consigo cuando fichó por Bruguera, pero los Silva se harían con él tras proponerle dar vida a las peripecias de un corsario español del siglo XVII con total libertad.
Grau sería, de hecho, uno de los dibujantes que se traerían a Madrid con el posterior traslado de la editorial.
—Nadie ha sabido decirme si Mora y Pascual volvieron a hablar, pero, en 1970, Mora y Ambrós, las dos grandes vedettes del gremio, volvieron a reunirse en un nuevo proyecto para el semanario Mortadelo y Filemón , se llamaba El Corsario de Hierro .
El Corsario contaba con un guion probablemente más ajustado a las inquietudes políticas y sociales de Mora que El Ángel .
Su galeón recibía el nombre de Human Rights y su protagonista parecía mucho más honorable que el astuto, pragmático y en ocasiones solapado Baltasar de Figueroa.
—Aquello debió de convertirse en una lucha de titanes entre Mora y Pascual, ¿no? —lo interrumpió Koldo, absorta en la narración.
—En absoluto —replicó Asier con cierto pesar—.
El Ángel solo duró tres años. A partir de ahí, la editorial le sobrevivió tan solo un par más y a duras penas.
Coincidiendo con su cómic estrella, Silva también había lanzado su otro gran éxito, Luisa y Susi, dos hermanas , aprovechando que el mercado de tebeos femeninos había empezado a despertar.
En el 65 Silva sacaría una colección divulgativa sobre mitología griega, su gran pasión.
Los libros, bellísimos, fueron el canto del cisne de la editorial.
En el 66, la bonanza del sector pasaba a ser un bonito sueño del pasado y el mercado se derrumbaba llevándose por delante a Odisea Silva, que apenas se sostenía en pie.
Lo único que se salvó fue la librería que ya conoces, testimonio de aquella edad dorada.
Con Tristán al frente y con ese nombre, que acabara especializándose en viajes era solo cuestión de tiempo.
Algo que tanto a Pascual Silva como a Baltasar de Figueroa les hubiera encantado —apuntó Asier melancólicamente.
Koldo le interrumpió.
—Supongo que El Ángel dejó de editarse cuando…
Ella señaló con una inclinación de cabeza en dirección al patio.
—Cuando Pascual se suicidó Gregorio Silva fue incapaz de continuar con el corsario y sus andanzas tocaron a su fin en el pico de popularidad de Baltasar de Figueroa.
Sus aventuras se convirtieron en algo legendario para los chavales y se coleccionaba cada número como un tesoro.
El más codiciado fue el primero de todos, el número uno.
Pero era imposible de encontrar. Y aún lo es.
Es el Santo Grial de los tebeos españoles —bromeó—.
Ni siquiera Tristán, y eso que fue protegido de Silva, lo tiene.
Una pena. Daría mi coleta —dijo al tiempo que se la soltaba y su melena dorada se derramaba por su espalda— por echarle el guante.
Pero El Ángel desapareció cuando su creador lo hizo en esa fuente de ahí.
Ambos se giraron a la vez para mirarla. La aludida se dejaba ver a través de los ventanales, ajena a su condición de testigo de excepción, con lo que a Koldo se le antojó cierta desfachatez.
Pero el tintineo de aquellas fauces abiertas sonó también sugerente, como una invitación.
A Asier debió de ocurrírsele lo mismo, porque ambos se levantaron al mismo tiempo.
Se quedaron de pie, muy juntos, mirándose con intención.
—Esta fuente todavía puede ser testigo de grandes cosas —vaticinó Asier.
—Apuesto a que los vecinos también —sonrió Koldo.