Ayer en mi patio Capítulo 12
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Capítulo 12

Fue Asier quien se refiriera, aquel primer día que ella visitó La Proa, al vínculo de la colonia con la crónica del cómic español.

La historia se quedó a medio contar, pero percibía la sutil presencia de su personaje protagonista, Baltasar de Figueroa, habitando su cabeza de manera discreta, como una cuenta pendiente.

Sumida en aquel agradable sopor producido por la primavera, un par de sorbos de sake y la compañía de Asier, el momento parecía oportuno para abordarlo.

Se había instalado en ella esa sensación equívoca que se produce cuando diversos estímulos, a veces de distinta procedencia, coinciden en el tiempo solapándose entre sí y creando una impresión mezclada.

Pese a que no era más que una jugada de su cabeza, no conseguía disociar del todo la presencia de aquel joven llegado de su pasado del personaje cuya historia estaba a punto de narrar.

Ajeno a aquellas volátiles cábalas, Asier empezó a relatarle, con habilidad de cronista, cómo Odisea Silva había sido el gran proyecto personal de Gregorio Silva, un humanista madrileño enamorado de la cultura griega y de su mitología al que el dinero familiar le había proporcionado una buena educación y la posibilidad de hacer algo bonito con él.

—Como gastarlo en crear el cómic más legendario de la historia.

Silva se había trasladado a Barcelona en su juventud, pero no fue hasta comienzos de los años cincuenta cuando decidió embarcarse en su particular aventura.

Su primera incursión editorial fueron los ensayos académicos, un campo que no le dio mucho dinero, pero tampoco le hizo demasiado daño a su extenso patrimonio familiar.

Fue su hijo Pascual, quien más tarde se incorporaría al negocio, el que lo animó a introducirse en el mundo de las historietas de consumo popular.

De espíritu arrebatado y en el momento álgido de esa dolencia llamada juventud, Pascual coqueteó con la intelectualidad y la vanguardia artística catalana de la época, se permitió un par de viajes por Europa y hasta atravesó el océano en alguna ocasión, pero fue el mundo del tebeo, que luego le llevaría a la política, el que acabó por seducirle.

Por aquel entonces, Valencia y Barcelona eran el foco editorial de los sueños de los chavales de la época y él se hallaba en el epicentro de un fenómeno en pleno auge.

—¿Te suenan de algo Roberto Alcázar y Pedrín?

Ella asintió.

— Alcázar y Pedrín fueron los precursores del cómic español; los pioneros.

Empezaron a dar guerra en los años cuarenta.

Fue esta pareja de aventureros la que hizo de avanzadilla de un nicho todavía virgen en España, el de las historietas, que acabaría haciendo muy felices a los chavales de varias generaciones.

Incluidos nosotros. Porque estoy seguro de que tú has leído Esther y su mundo —añadió con soma.

Era cierto.

—Sigue —le dijo a cambio, apremiándolo como a esos narradores que se recrean en el placer de no ir al grano.

El de los cómics en España, le contó brevemente, fue un bombazo en aquella década de posguerra.

La misma Editorial Valenciana que había fraguado las historietas de Alcázar y Pedrín sacaría, en el 44, El Guerrero del Antifaz .

Luego llegaría El Coyote y en el 56, quince años después, Editorial Maga lanzaría Pantera Negra y Bruguera, decana española de las editoriales de tebeos, alumbraría al gran icono generacional: El Capitán Trueno.

El Capitán Trueno , junto a otro glorioso título, Crispín y Goliat , fue la obra magna del guionista Víctor Mora y el dibujante Ambrós, el genial tándem del cómic español de la época.

El éxito fue tal que dos años después Bruguera se hacía la competencia a sí misma sacando El Jabato , también de Mora, en este caso con Darnís a cargo de las viñetas.

El esquema de ambos era parecido: el Capitán Trueno era un caballero español de la Edad Media que luchó en la Tercera Cruzada y el Jabato, un aguerrido íbero que le plantó cara al Imperio romano.

Ambos arrasaron en la España adolescente de la época, necesitada de héroes que la llevaran de viaje. Cuanto más lejos, mejor.

Asier proseguía, pegado a su espalda, hablándole cerca del oído:

—Ahí es cuando irrumpe El Ángel ; nuestro caballo ganador.

1961 sería su año fundacional. Baltasar de Figueroa, alias El Ángel, fue un corsario que navegó los mares del Imperio español en La Fragata Blanca y protagonizó la serie de aventuras del mismo nombre.

Espronceda le habría dedicado unos versos a sus tirabuzones dorados, tan parecidos a los míos, de haberlo conocido en su tiempo —dijo en tono burlón—.

Fue la gran apuesta de Odisea Silva; un lanzamiento pensado para reventar el mercado nacional del tebeo.

Y lo consiguió. Había nacido una estrella.

—Vaya con el pirata —intervino Koldo.

—En realidad, me refería a Pascual Silva.

Durante aquellos años, el negocio del cómic se movía entre Valencia y Barcelona.

Y muchos de los empleados de las editoriales de la época, le explicó, alternaban en un pequeño bar del Raval, ya desaparecido.

Allí se tomaban sus copas, intercambiaban impresiones y, de tanto en cuanto y con cautela, se quejaban de los plazos de entrega inviables a los que los sometían las editoriales y el ritmo de trabajo frenético a que esto los obligaba.

También se coqueteaba con la política, concretamente con el Partido Socialista Unificado de Catalunya, el principal partido catalán de izquierdas durante el franquismo, que fue ilegal hasta el 77.

Un jovencísimo Pascual, deseoso de que la editorial de su padre se iniciara en el prometedor negocio de la historieta, se acercó a tomarle el pulso al mundillo en torno a 1960.

No tardó en entablar una estrecha relación con Víctor Mora y su mujer, Armonía, y en frecuentarlos de manera habitual.

Mora era un idealista, como lo eran sus personajes, que trataba de hacerle frente al régimen no solo a través de sus historietas, sino de manera políticamente activa, lo que le había valido ya años atrás su paso por prisión junto a su mujer, acusados de masonería y comunismo.

El caso es que en 1961 Odisea Silva se estrenaba por fin en el mundo del tebeo lanzando su gran ofensiva: una historieta de aventuras protagonizada por un corsario del siglo XVII que se encargaba de proteger las rutas marítimas de la corona española contra ingleses y holandeses bajo el apodo de El Ángel.

La de Baltasar de Figueroa no fue la primera historieta de piratas que llegaba al mercado, pero sí la de mayor éxito hasta la fecha, y le estaba otorgando a la editorial de Silva visibilidad cuando este menos la deseaba.

Gregorio Silva, de talante reflexivo y sangre mucho más templada que su hijo, comenzaba a temer que este pudiera estar en el punto de mira del régimen.

Así que el padre inició los pasos necesarios para replegarse y volver a la capital, poniendo tierra de por medio entre su hijo y el foco del problema.

Y acortar de paso distancias con la Administración del régimen, a cuyo servicio se puso para publicar unos volúmenes históricos de claro espíritu patriótico.

Silva no tardaría en localizar al promotor de la colonia de la que le hablara su buen amigo, el arquitecto bilbaíno Manuel Galíndez, fraguando así su desembarco en la capital.

Por lo que Asier tenía entendido, la editorial se instaló en la capital con la eficacia de los negocios catalanes.

La planta industrial se emplazó a las afueras, pero los despachos, la plantilla de guionistas y dibujantes y la división publicitaria se ubicaron en el pasaje de La Proa.

Por aquel entonces, el de las historietas era un negocio en plena pujanza cuyos profesionales, sin embargo, malvivían con horarios intempestivos y plazos de entrega implacables.

A menudo tenían que limitarse a dibujar imitando el estilo de los autores más conocidos e incluso servir de negros a los mismos, colocando luego las cabezas de los personajes creados por estos.

Desgraciadamente, eso provocó una fuga de talentos que fue a conformar, a través de agencias, lo mejor de las editoriales de cómics extranjeras.

En ese sentido, Silva fue un adelantado a su época, otro idealista.

Las condiciones laborales de sus empleados fueron en cierto modo excepcionales.

Lejos de alienarlos y obligarles a cubrir plazos imposibles, garantizó la calidad de vida de dibujantes y autores estrella ofreciéndoles alojamiento en la colonia. Había nacido La Proa.

—Bautizada en honor a La Fragata Blanca, capitaneada por Baltasar de Figueroa —remató Asier, para luego añadir, maliciosamente—: Pero falta un último redoble de tambores: El Ángel es, al parecer, el personaje que Pascual Silva le robó a Mora.

Koldo escapó del abrazo de Asier, girando sobre sí misma, más interesada de lo que hubiera esperado.

—No me digas.

—Resulta que el auténtico pirata de esta historia fue el propio Pascual.

—Así que, en cierto modo, el imperio de Odisea Silva fue fruto de una estafa —dijo Koldo.

—De hacer caso a lo que se dice, sí.

—De hacer caso a eso, ahora mismo en este colchón seríamos tres; tú, yo y el fantasma que tengo en casa, ¿no?

Se quedó callada. No sabía qué la había impulsado a dar la cara por los Silva, si es que era eso lo que estaba haciendo. Quizá cierta solidaridad por su propiedad compartida, se dijo.

—Pero ¿cómo lo sabes? ¿Te lo ha contado Tristán? —sugirió, desconfiada.

Apoyó la cabeza en el codo, a la espera de una respuesta.