Ayer en mi patio Capítulo 11
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Capítulo 11

Paco se había mostrado medianamente dispuesto a colaborar empujando con cierta desgana algunas de las cajas hasta la base de la escalera, pero, cuando vio que estas llegaban por docenas, encajó un tocón de madera en la puerta para que se mantuviera abierta y se encaminó hacia un lugar ignoto de la colonia murmurando una urgencia tan inaplazable como ininteligible.

Asier, que llegaba entonces con una mochila, exquisita puntualidad y óptima disposición, le tomó el relevo.

Fue una suerte que no tuviera demasiados muebles.

En su momento tuvo claro que aquel reparto era como una cacería donde cada uno sabía qué trofeos quería cobrarse.

Aunque Koldo fingió cierto pesar, renunció alegremente a la cama y el sofá donde habían compartido ingentes cantidades de tiempo que no tenía problema en olvidar, y optó por hacerse con piezas menores a las que les tenía un silencioso apego: esa mesa que tantas reuniones había congregado en torno a una botella descorchada, la radio con la que tanto disfrutaba cocinando con una copa en la mano, la chaise longue donde disfrutaba enormemente perdiendo el tiempo con un buen libro…

y un buen vino. Se preguntó con cierta flema si los últimos años los había compartido con una pareja o con una botella.

Qué más daba. El resto eran cajas. Demasiadas, se dijo a sí misma, removiéndose con inquietud al verlas apiladas a la entrada de Píramo.

¿Cuándo había ocurrido aquello? Sus dos primeras mudanzas en Madrid las hizo con un par de maletas; las siguientes, en el coche de algún amigo, y la última, con esa aura de dichosa y romántica levedad que acompaña a todas aquellas mudanzas en pareja que se creen definitivas, apenas la recordaba.

Vaya broma. Le entró la risa al pensar en la ingenuidad universal, pero Asier no le dejó tiempo para disfrutarla.

Les esperaban treinta y tres cajas de libros.

Mucho antes de que la espalda de la camiseta se le pegara al cuerpo, Asier ya se había desnudado de cintura para arriba; una costumbre que, al parecer, no había abandonado y que nunca implicó ningún ánimo exhibicionista.

A pesar de ello, Koldo se permitió observar sin disimulo su cuerpo flaco, moreno y fibroso mientras levantaba la enésima caja y la coleta dorada culebreaba a su espalda.

Siempre le había gustado el trabajo físico, recordó.

No tanto por el beneficio derivado del mismo como por el placer directo que extraía de aquel acto básico y primario; el mero gusto de emplear el cuerpo para aquello para lo que estaba diseñado.

A ella esta vez le venía de perlas. El traslado de sus pertenencias hasta la primera planta apenas les llevó media hora.

La clasificación de su contenido, un poco más.

Una vez estuvieron todas las cajas apiladas a un lado del salón, fueron abriéndolas y sacando libros con la ilusión propia de dos lectores celebrando sus particulares hitos: títulos leídos durante su pasado compartido, bromas sobre lo desacertado de algunas recomendaciones mutuas a las que hicieron caso y de las que luego no tuvieron a quien culpar, y un par de exclamaciones de júbilo proferidas por parte de Asier al reencontrarse con algún libro que creía desaparecido entre aquel alijo de páginas que tapizaban el viejo parqué del salón.

—No, no; ese no es tuyo. Ni de coña, me lo traje desde Bilbao —le dijo Koldo, respondiendo al intento de Asier de quedarse con uno de ellos. Con un gesto rápido, le arrebató una manoseada edición de La pesca de la trucha en América , de Brautigan.

—¿Seguro?

Asier volvió a hacerse con el tomo, abriéndolo por la primera página. Su boca se torció en una sonrisa al leer la dedicatoria en silencio.

— A mi escurridizo animal espiritual —se le adelantó Koldo, recitándola en voz alta y de memoria—. Es la dedicatoria con la que me regalaste ese libro, que ahora es mío.

—Vale, tú ganas —concedió Asier—. ¿Sabes? En ocasiones me he acordado de esa mesilla tuya llena de libros; todos mezclados y todos sin acabar —continuó.

—Sigue siendo así —se rio Koldo, halagada por la precisión del recuerdo y evocando, a su vez, las densas referencias que se apilaban al lado de la cama del joven en su casa de Bilbao—. ¿Dónde vives ahora? —se animó a preguntar por fin.

Asier, como era de esperar, se encogió de hombros.

—Aquí y allá.

—¿En Madrid vives aquí y allá? —insistió ella.

—Generalmente, en casa de unos amigos.

El silencio evidenció que a Koldo no le había satisfecho la respuesta.

—Los dueños de El Mascarón tienen unos amigos, y me suelo quedar en su casa cuando estoy por aquí.

Cada respuesta, pensó Koldo, era como un árbol que se ramificaba en distintas posibilidades y planteaba nuevas incógnitas sin haber respondido a la primera.

Lo miró con la afable paciencia con la que el interrogador trata a un sospechoso durante los primeros minutos.

Y escogió al azar una de las nuevas interrogantes abiertas.

—¿Qué amigos?

—Unos proveedores del bar.

—¿Y dónde viven? ¿Cerca?

—A las afueras.

—¿Siempre te quedas en su casa cuando estás aquí?

—A menudo; no siempre.

—¿Ahora, por ejemplo?

—Bueno, tengo en esa mochila todo lo que necesito. Podría no quedarme allí. Podría dormir en una pensión, por ejemplo.

—Pero te están esperando, ¿no?

—No necesariamente.

Notó cómo se apoderaba de ella aquella incredulidad que la hacía sentirse tan poco mundana, tan poco abierta de miras y tan entretenida al mismo tiempo.

También se dio por vencida y se obligó a centrarse en colocar libros en las estanterías, mientras Asier se ofrecía a preparar la cena.

De la mochila había sacado un espectacular corte de atún rojo que se estaba descongelando, un táper con arroz preparado y un paquete de algas.

—Pero ¿qué es eso, el bolso de Mary Poppins? —Koldo le arrebató la mochila y miró dentro. Se quedó pasmada. A continuación, sacó un imponente cuchillo, todavía enfundado.

—Cuidado —le advirtió él.

—Ya soy mayorcita —replicó ella, desdeñosa, mientras lo sacaba de su funda y dirigía el dedo en dirección al filo con la misma celeridad con la que un niño responde a una prohibición. Reprimió una exclamación al notar el filo en su yema.

—No lo digo por ti, lo digo por el cuchillo.

Asier tomó la herramienta de sus manos con extrema delicadeza, casi reverencia.

Era un cuchillo japonés de un acero de altísima calidad; duro, frágil y de un solo filo, le explicó.

Una joya con nombre propio, forjada a mano, con mango de magnolio y un refuerzo de cuerno de búfalo.

La casa llevaba fabricando armas y cuchillos para la familia imperial de Japón y espadas para samuráis desde 1560, recitó de forma solemne.

Lo había comprado en Kyoto, y tenía su propio nombre grabado en japonés en el filo.

—¿Fuiste a Japón a comprarte un cuchillo?

Asier, devuelto al mundo terrenal, asintió con un brillo travieso.

—Lo que haga falta por impresionarte.

De aquella mochila salió también una botella de sake y los preceptivos recipientes en los que beberlo.

Un traguito no le hace daño a nadie, pensó Koldo, asombrándose, una vez más, de los gustos sofisticados de aquel tipo sin dirección estable ni oficio reconocido que vagaba de aquí para allí con una mochila a cuestas.

A falta de un sofá, trasladaron el colchón que Koldo había estrenado la noche anterior al salón, donde le dieron una nueva vida comiendo sobre el mismo sushi entre sorbos de sake.

Asier se había quitado los pantalones para cocinar con la misma naturalidad que antes la camiseta, fiel a ese ejercicio constante de liberación que parecía no haber abandonado tampoco en los últimos años.

Ella hizo lo propio, quedándose en ropa interior.

En la forma que habían tenido de entenderse en el pasado, aquello nunca fue necesariamente la antesala de nada.

De forma paradójica, la idea de que el vínculo predominara sobre el sexo la estimulaba.

Imaginó cómo acabaría aquello. O no. Pero le daba un poco igual.

Desde aquel camastro improvisado, observaban los libros recién colocados con la devoción de quien se calienta frente al fuego de una chimenea.

A falta de que estos crepitaran, el susurro incesante de las ranas, que se percibía a través de los ventanales abiertos, hacía todavía más agradable el silencio.

—Siempre me gustaron tus casas —dijo Asier con tono reflexivo.

—Solo has conocido el piso de estudiantes de Bilbao y esta. Que está todavía vacía.

—Lo que hay es suficiente —dijo él, acercando su cara muy cerca de la de ella y sosteniéndole la mirada un par de segundos. Luego desvió la cabeza hacia abajo, como si fuera a besarle una clavícula, pero pareció pensarlo mejor y le dio un mordisco en el hombro, succionando parte de la carne.

—¡Ay!

Koldo se frotó la marca de los dientes entre risas y le colocó la pierna en el pecho, interceptando cualquier nuevo avance. Él sacó a pasear una sonrisa torcida.

—Sabes que donde esté un empeine me sobra todo lo demás.

Lo recorrió con una mano hasta alcanzar la punta del pie, mientras con la otra sujetaba el tobillo.

Luego lo apretó contra su pecho e, inclinándose sobre la pierna de Koldo, dejó que la mano que agarraba el tobillo se deslizara con gesto firme hasta la pantorrilla, y de ahí por toda la parte trasera del muslo.

Se detuvo justo antes de llegar a la ingle y la miró, valorativo.

—Si Odisea Silva hubiera sido mía, la habría sacado a flote con una colección de poesía por fascículos dedicados a desmembrarte.

Te habría diseccionado de la manera más burda y arrebatada, como se hacía en el medievo, cosificándote a la salud del lector.

El primer fascículo estaría enteramente centrado en tus empeines, arqueados como una espalda pidiendo sexo.

Otro de ellos versaría sobre ese arco nasolabial tan bien esculpido que hace que tu boca recuerde a una afilada arma letal.

Y luego les tocaría el tumo a tus ojeras, claro.

Koldo lanzó una carcajada. Sabía que ella era sencillamente la excusa, la oportunidad que se presentaba; pero compartir tiempo con Asier, además de intenso y entretenido, resultaba siempre halagador.

—El último lo dejaría para tus axilas. Creo que hoy dormiré muy apretado a ti —le dijo de repente, empujándola hacia el colchón—, para olerte mejor.

Desde atrás, la sujetó con fuerza de la cintura y sumergió la nariz bajo su brazo. A ella le dio la risa floja.

—Cuidado, mi olor tiene un precio.

—Ah. Creía que tenía patente de corso.

—Ni lo sueñes. Quiero una historia.

—La que quieras. Menos la mía.

—La del corsario Baltasar de Figueroa, entonces.