Capítulo 10
—Edu, por Dios, ¡me has vuelto a dar un susto de muerte!
Al final voy a tener que decírselo a tu madre…
—amenazó al chaval, que había aparecido por la esquina de la terraza.
El joven, a pesar del calor, llevaba una sudadera negra y la capucha sobre la cabeza, acentuando su imagen de asaltante.
Sus incisivos, sin embargo, sonreían tras el acrobático salto, mientras alzaba los brazos en son de paz.
—Esta vez me envía ella.
—No tengas morro.
Koldo, que estaba de pie, le dio la espalda dirigiéndose al salón, un poco en señal de protesta por aquella súbita irrupción de la que no quería saber nada.
—En serio —la siguió el chaval—. Voy a estar un momento y me voy a clase. Palabra —le aseguró a Koldo—. Y otra cosa, prefiero que me llames Tifón. —Hizo una pausa—. Por favor.
Koldo se giró, encarando al chico con fingida severidad.
—¿Y para qué te envía tu madre?
—Para esto —dijo, quitándose la mochila de la espalda y abriendo la cremallera—. Me lo ha dado para ti. Aunque supongo que esperaba que te lo trajera llamando a la puerta. —Se rio.
Koldo lo cogió, sorprendida. Era un táper.
—¿Y esto?
—Ha dicho que necesitas alimentarte bien. Mientras te repones. Por lo que veo, no te busca la policía —concluyó, no sin cierto atisbo de pena.
Koldo frunció el ceño. Aquello era un patio de vecinos. Nadie en La Proa era ajeno a nadie por mucho que estuvieran en Madrid.
—Pero quiere el táper de vuelta —advirtió Tifón.
—Claro —aseguró antes de abrirlo. Era una menestra todavía caliente de guisantes, alubia verde, alcachofas y espárragos. Apenas eran las nueve de la mañana, pero metió la mano y se comió un espárrago. Se relamió de gusto—. Dale las gracias de mi parte.
Tifón, aburrido y todavía con la capucha puesta, se sacó el cigarro de detrás de la oreja, colocándoselo con indolencia entre los labios. Koldo le dirigió una mirada a la que el otro cedió sin protestar, ocultando el pitillo de nuevo bajo la capucha.
Luego la adelantó de camino a la cocina mientras la otra lo observaba.
—A ver, ¿por qué Tifón?
—No sé. —El joven se encogió de hombros—. Supongo que por Conrad.
—¿Por Joseph Conrad? —se sorprendió Koldo mientras entraba en la cocina detrás de Edu—. ¿Y por qué no Mario we… o Kurtz? ¿Demasiado típico?
—Este lo leí antes; era un libro que tenía mi abuelo. Y me impresionó mucho. Ningún otro libro es capaz de igualar la impresión del primero, aunque no sea el mejor, ¿no crees?
Tifón la miraba solemnemente desde el taburete de la cocina sobre el que se había sentado con una de las piernas recogidas y la barbilla apoyada en la rodilla. No supo qué contestar.
—¿Has desayunado? —dijo, por decir algo.
—Sí.
Estaba a punto de prepararse su zumo con tostadas.
—¿Quieres un zumo?
—Vale.
—¿Y unas tostadas?
—Bueno.
—¿No habías desayunado?
El chaval sonrió mostrando sus incisivos.
—¿Sacas la fruta? —le dijo ella, señalando al frigorífico.
Edu se levantó, obediente. Cogió todo y se lo dejó al lado de donde Koldo estaba enchufando la licuadora. La miró de reojo.
—Ya soy bastante más alto que tú.
La otra lo miró.
—Mi padre era muy alto, es posible que yo todavía no haya terminado de crecer. En breve me dejaré barba y me tatuaré Tifón aquí —dijo, señalándose el antebrazo.
—¿Y para qué quieres hacer todo eso?
—Un tío alto con tatuajes y barba puede viajar por donde quiera. Y yo quiero viajar por todo el mundo antes de decidir qué quiero estudiar.
—Pues vas a tener que ahorrar.
—Seré marinero.
Koldo se rio.
—Has leído demasiado a Conrad.
—Hay un tipo que mola mucho más que Conrad en la librería de abajo. Y también fue marinero —se limitó a responder. Koldo se detuvo un momento en mitad de la operación.
—¿Tristán?
—¿Cómo lo sabes?
—Yo también lo conozco. Por lo visto, todo el mundo lo conoce.
—Dice que en Siberia todo el mundo lleva gafas para que no se les congelen los ojos y que parece que te sonríen por la calle.
Es por el frío, que les estira la cara —aclaró Edu.
Luego se quedó callado, observando cómo la fruta se convertía en zumo.
Era un proceso del que Koldo también disfrutaba, igual que con el de las ranas echando agua.
Le tendió un vaso. Tifón sonrió y se lo bebió de dos tragos.
Luego volvió a mirarla. Tenía un bigote naranja.
—Mi madre dice que estás embarazada.
—¿Y tú qué dices?
—Que no tienes novio.
—No es estrictamente necesario.
—Yo tampoco tengo padre. ¿Cómo se va a llamar? —dijo señalando a la barriga de Koldo.
—Aún no sé si será niño o niña.
—¿Tú qué crees?
La joven se giró con su propio vaso de zumo en la mano.
—Chico —le dijo.
—Acabará saltando de patio en patio, como yo.
Koldo preparó un par de tostadas con tomate, aceite y aguacate y se las dio en un plato.
Desaparecieron en un momento.
—¿Mi mochila y el patinete?
—Los dejaste en el salón.
Oyó su voz desde allí.
—¿Puedo coger otro libro?
Entonces lo notó. Fue algo súbito, como un mal sueño que se hubiera colado en sus entrañas.
Se encogió de forma instintiva, tratando de controlar una marea que arrancó en la parte alta de los riñones y se extendió hacia delante, por toda la tripa, como un abrazo no deseado.
Un profundo escalofrío que le puso la piel de gallina se apoderó de ella mientras notaba cómo se empapaba su ropa interior.
Encorvada y conteniendo un gemido, salió de la cocina en dirección al salón.
A mitad de camino notó una segunda embestida que recorrió su cuerpo hasta erizarle la nuca.
Volvió a notar cómo algo se escapaba por entre sus piernas.
El miedo le provocó ganas de vomitar, pero contuvo las náuseas para poder dirigirse a Edu, que se había asomado al oír su nombre y la miraba vacilante desde la puerta del salón.
En el móvil de Koldo, y siguiendo sus instrucciones, este localizó a Iso, que le indicó que la montara en un taxi y la mandara al ginecólogo.
Mientras, en el baño, Koldo intentaba no paralizarse ante el horror que le produjo ver aquel salvaslip cubierto de coágulos y grumos y la aprensión que la invadió al limpiarse las piernas de aquellos espumarajos de color marrón antes de colocarse una compresa limpia sobre la ropa interior y ponerse unos pantalones flojos.
Se despidió de Tifón en la calle, que la vio marchar en el taxi.
Iso la esperaba en la puerta de la consulta de Castillo de la Ensenada, que la hizo pasar al momento.
Las noticias no eran las más esperanzadoras, pero aquel punto en la pantalla seguía parpadeando con inusitada ferocidad.
No había que dejarse llevar por el derrotismo, le dijo el ginecólogo con su admirable y desapegada buena disposición.
Se imponía más reposo. Koldo seguía manchando cuando Iso la llevó de vuelta a casa, aunque de manera más pausada.
Los calambres, al menos, habían remitido.
Pero ninguna de las dos tenía muchas ganas de hablar.
—Ya te lo ha dicho, Kol; hay que dejar que esto siga su curso natural. El que sea. —Hizo una pausa—. ¿Estás segura de que no quieres venir a casa?
Koldo negó con la cabeza.
—El sofá cama es cómodo y no me apetece que estés sola.
—No, de verdad.
—Aviso en el trabajo y me quedo hoy contigo aquí.
Su amiga volvió a rechazar la oferta. No le apetecía compañía.
—Llama por lo menos a tu madre.
—¿Para qué?
Los pensamientos de Koldo no podían ser más lúgubres. Y detestaba sentirse culpable por ellos.
—Mira qué desastre. Casi sería mejor… —No se sintió capaz de terminar la frase.
Su amiga, sentada a los pies del sofá donde reposaba, le acarició la pantorrilla en silencio mientras Koldo observaba un par de cajas llenas de libros, todavía apiladas en una esquina.
Habían sido olvidadas durante la mudanza y ahí seguían.
Recordó, con la nostalgia benévola y un tanto engañosa propia de un presente difícil, aquel primer día en La Proa.
No habían pasado ni dos meses y parecía un mundo.