Capítulo 9 #3
—Solo uno, de verdad.
Aquel largo sorbo le supo a gloria; a esos días sin preocupaciones y con resacas atroces que siempre juraba no repetir.
Le dio un segundo sorbo antes de que Iso le arrebatara la copa y se consoló mirando con avidez la tortilla «muy hecha».
A diferencia de la leyenda negra que parecía perseguir a gran parte de las embarazadas, ella no había perdido el apetito y sus vomitonas estaban casi exclusivamente producidas por despacharse helado en descomposición aún en ayunas. No era cuestión de culpar a nada más.
—¿Noticias de Tisbe? —preguntó su amiga.
Koldo negó con la boca llena. Tragó.
—De todos modos, aquí no dejan que me aburra.
Le relató en voz baja el reciente encuentro con la presidenta.
—Así que tienes a una prima donna viviendo al lado —se rio Iso—. Podía haberte avisado Asier. Aunque ya sabemos que Asier solo piensa en Asier —concluyó de forma innecesaria y con un tono que, a Koldo no se le escapó, llevaba implícita una advertencia anticipada. Y algo de histórico resentimiento.
—Hubiera preferido que alguien me advirtiera sobre los vecinos de arriba —se lamentó, refiriéndole el encuentro—. El caso es que cuando se asomaron pasé algo de miedo. Por un momento imaginé a la mafia rusa instalada ahí arriba. Ella estaba en pelotas.
Su amiga silbó con deleite.
—¿Estaba buena? —Quiso saber.
—Tenía unas tetas enormes.
A tenor de su expresión, Iso se estaba recreando con la información. De repente, se le ocurrió.
—Él no será un tipo de ojos verdes y pinta de tío duro con el que me he cruzado en el portal alguna vez…
—No sé, puede.
—¿Puede? No fastidies. A ese le hacía un favor hasta yo.
Koldo habría negado con vehemencia semejante posibilidad de no ser porque un ligero e inofensivo impacto en su cabeza la distrajo e interrumpió la conversación.
Sobresaltada, miró alrededor sin saber identificarlo; quizá esperando ver el aleteo de una polilla.
Aquello que la había rozado rebotó y fue a parar a algún lugar.
No tuvo margen para sacar conclusiones precipitadas porque un segundo proyectil, más certero que el anterior, le dio de lleno en la nuca.
Desconcertada, giró la cabeza y miró hacia arriba en dirección al lugar del que provenía la agresión.
Iso hizo otro tanto. Asomado a la ventana de la primera planta, un niño de pelo rubio se reía mostrando la encía en esa etapa que transcurre entre la pérdida de los incisivos de leche y la posterior adquisición de los sustitutos adultos en el preciso instante en que unos brazos de mujer se asomaban y uno de ellos le daba una colleja al chaval.
La oyeron hablar en una lengua que no supieron identificar; probablemente ruso.
El tono, eso sí, no requería de traducción.
Sin mayores miramientos, apartó al chaval y al poco se cerró la ventana con un fuerte ruido de persianas.
Ambas se quedaron un rato mirando en su dirección. Luego Koldo suspiró, apesadumbrada.
—Y además con hijos. Odio a los niños.
—Demasiado tarde, ¿no crees? —le dijo su amiga.
Luego desapareció con las bandejas de la cena en el interior de la casa, mientras Koldo, pensativa, dejaba vagar la mirada hasta que acabó tropezando con uno de los proyectiles.
Había chocado contra la fuente y, tras rodar un poco debido al impacto, se había detenido cerca de sus pies.
Distraída, tomó entre sus manos la pelota de papel que yacía en el suelo y la abrió con desgana.
Observó, sorprendida, que se trataba de la portada de un tebeo.
Y no de uno cualquiera. El Ángel , leyó en voz baja.
La tipografía, en letras azules sobre fondo negro, era antigua.
Igual que el resto del diseño de la portada.
En la misma, un corsario de notable porte, largos tirabuzones dorados, ojos exquisitos y pómulos prominentes se apoyaba sobre una espada mientras le guiñaba un ojo al lector.
A su lado, un tipo descomunal, de cráneo poderoso y poblado bigote, con un aro en la oreja y un mono en el hombro, le pasaba un brazo por los hombros a su compañero mientras, con el otro, alzaba un cofre lleno de monedas de oro por encima de sus cabezas.
Por algún motivo, aquella escena, que transcurría en la cubierta de una fragata, o algo parecido a la idea que Koldo tenía de las fragatas, se le antojó extrañamente familiar.
Cuando cayó en la cuenta del motivo, le dio la risa.
Se reprochó a sí misma la ocurrencia con un gesto de cabeza mientras admiraba la capacidad de Asier de volver a colarse en su cabeza.
Y pese a decirse a sí misma que no surgiría la ocasión de enseñárselo, dobló el papel en dos y lo introdujo de forma distraída en el libro de Siberia que aguardaba a sus pies por si acababa provocándola ella.
Su amiga reaparecía poco después por la puerta del salón con un par de manzanas.
Koldo le dio un profundo y reflexivo mordisco a la suya, cuidándose de decirle a su amiga lo que le rondaba la cabeza.