Ayer en mi patio Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Se retiró sin despedirse y sin cerrar la puerta siquiera.

Poco después ascendían por la escalera las notas de su emisora favorita de zarzuela.

La presidenta acarició con sus dedos las monedas que colgaban de su pulsera; un gesto al parecer habitual en ella.

No parecía tener prisa por marcharse y sí ganas de prolongar la visita sin objeto aparente.

—Yo me mudé hace relativamente poco, pero mi llegada pareció providencial; me nombraron presidenta en la siguiente junta.

También es cierto que yo misma me presenté voluntaria, pero bueno.

El caso es que tuve que regresar a mi ciudad por una emergencia familiar durante un tiempo; apenas un par de meses y mira la que se ha liado.

Un piso que ha cambiado de manos en un visto y no visto.

Todo hay que decirlo, lo de la muerte de Curro ha sido un duro golpe para sus hijas.

Que ya no son tan niñas, es cierto. Pero aún con todo; pobres criaturas.

De haber imaginado que tenían tanta prisa por volverse a Córdoba…

Koldo aguardó en silencio a que Esmeralda concluyera la frase.

—… me habría encargado de enseñar la casa y asegurarme de que todo estuviera perfecto en lugar de cargarle al pobre Paco con la tarea. Que bastante faena tiene.

—No te preocupes, Esmeralda. Paco y yo nos entendimos a la perfección; y me consta que las hijas de Curro, que al fin y al cabo son las dueñas, ya tienen el contrato firmado en Córdoba.

—Pero esta es ahora mi colonia, querida —la corrigió Esmeralda, tratando de suavizar lo rotundo de la afirmación con una sonrisa de abeja reina—. La presidencia es el peaje de cada nuevo propietario y no me gusta dejar nada en el aire. El próximo año sabrás de qué te hablo.

—Bueno —dijo Koldo a su vez, con una sonrisa—, si surgiera cualquier imprevisto, avisaría a Paco.

Y de ser más grave, lo pondría en conocimiento de las anteriores dueñas.

Y en el tuyo, por supuesto —apuntó sin dejar de mostrar los dientes e iniciando el camino hacia la puerta con cierta resistencia por parte de Esmeralda y no sin cierta maldad por la suya. Esmeralda no pareció amilanarse.

—Quizá quieras que echemos una última ojeada al exterior. Solo para que te quedes tranquila.

—Estoy muy tranquila. De verdad.

Koldo siguió sonriendo mientras tomaba el pomo de la puerta y tiraba hacia ella, en un claro gesto de despedida.

—Lo dicho, querida. Tenemos un café pendiente —le dijo la otra, resignada.

Desapareció con un coqueto contoneo, alarmantemente improcedente a su edad.

O no. A Koldo le dio la risa mientras la otra, sin girarse, alzaba una mano a modo de despedida.

Las monedas doradas que tanto le gustaba acariciar y las piedras que hacían juego con sus ojos chocaron entre sí.

Ahora volvía a tenderle aquella misma mano a través de la terraza. Koldo la tomó, maldiciendo la circunstancia de que su vecina más cercana fuera la presidenta.

—¿Tomándote unos días libres? —preguntó desde el otro lado.

—En realidad trabajo desde casa —mintió la joven, decidida a no darle más explicaciones de las necesarias.

—Qué afortunada; ahora comienza la mejor época para disfrutar de una casa con terraza —prosiguió de forma obsequiosa con su voz de barítono—.

La tuya, además, es mi favorita. Hay una al fondo donde han construido una pequeña piscina.

Un día me invitaron a verla; una delicia.

En Eurídice tienen un jardín botánico en miniatura.

Pero aquí, entre Tisbe y Píramo, la tuya es la única digna de mención.

Poner un patio en manos de una autoescuela debería estar penado.

Y sobre las del otro lado, en fin, sin comentarios.

Koldo supuso que se refería al hecho de que la madre de Tifón hubiera decidido convertir su patio en un gigantesco almacén de limpieza.

Luego dirigió su mirada al patio de sus vecinos.

La presidenta era manifiestamente entrometida, pero al menos representaba una fuente de información acreditada. No pudo contenerse.

—¿Quién vive a mi lado? Nunca oigo nada, ni coincido con nadie al entrar o salir —evitó añadir que ella misma apenas había salido o entrado desde que llegó.

—Un par de viejos —dijo Esmeralda con cierta indiferencia—.

Viven ahí desde tiempos inmemoriales y apenas salen —explicó—.

Más les hubiera valido volverse al pueblo.

Pero supongo que no es tan fácil abandonar este lugar —añadió como para sí—.

Aunque a estos patios ya no hay quien les ponga el dedo encima.

—¿A qué se refiere?

—Solo para hacer un triste canalón para la lluvia hay que esperar dos años de trámites hasta su aprobación.

Pero esto antes era la casa de Tócame Roque y cada cual hacía lo que le venía en gana.

Mira el porche de tu ventanal; ¿ves cómo se prolonga la fachada de la primera planta de Píramo sobre los patios?

Koldo giró sobre sí misma y contempló, sorprendida, lo que la presidenta le indicaba.

—Esa extensión la mandó hacer el dueño de La Proa décadas atrás.

Le ganó a cada primer piso varios metros robados de los patios, por eso los salones de la primera planta de Píramo son mucho más amplios que los de Tisbe —dijo Esmeralda con cierto resentimiento—.

Y no te vayas a creer, el espacio que perdieron vuestros patios lo recuperaron a costa de los nuestros.

Que también son más pequeños —añadió, sin perder el tono velado de reproche.

—¿Y la fuente?

Su tono cambió por completo.

—El ruido de esa fuente tuya es la alegría de Píramo y Tisbe. Me tiene hechizada. Ya te lo dije, querida, eres muy afortunada.

—Bueno, me alegra ponerle banda sonora a la colonia —comentó Koldo, no sin cierta ironía.

—No sé si sabrás que esa fuente ha hecho mucho más que poner banda sonora a La Proa.

—¿A qué te refieres? —Le picó la curiosidad a la joven.

—Ya te enterarás.

No tuvo tiempo de insistir. El timbre de la puerta la reclamaba y era la excusa perfecta para sacarse de encima a la presidenta. Imaginó que era Iso, que habría olvidado las llaves.

—No te olvides de ese café —apuntó todavía esta, con ese tono de reproche de quien le recuerda algo a alguien que sabe que lo va a olvidar.

Creyéndose a salvo de miradas, Koldo no pudo evitar entornar los ojos ante el comentario.

Instintivamente, miró hacia arriba, justo a tiempo para ver cómo una figura desaparecía en la casa alojada justo encima de la de Tifón y su madre.

Pueblo pequeño, infierno grande; recordó de repente.

Eran las palabras de su madre, nacida en un pequeño valle del País Vasco.

Se preguntó si la fortuna que la había traído del norte a aquel patio donde ranas, golondrinas y vecinos campaban a sus anchas lo había sido solo en apariencia.

Dejó la revista en la repisa del muro y acudió a recibir a su amiga.

—Óvulos, Meriestra, ácido fólico, Trofolastín, Lejisana… —enumeró Iso a medida que sacaba cajas y botes de la bolsa de la farmacia. Parecía la lista de la compra de una bomba casera—. ¿Me dejo algo?

Koldo negó con la cabeza.

—Eres el hada madrina de las preñadas.

—Sí, pero me debes ochenta pavos.

Koldo puso los ojos en blanco.

—¿No dicen que los niños llegan con un pan bajo el brazo? —se lamentó.

Koldo estiró ambas manos para recoger el plato cuando Iso salió con la cena al patio.

También trató de arrebatarle la copa de vino blanco que sostenía en la mano, pero la otra esquivó el intento.

Hacía una noche cálida, con una ligera brisa.

Así que se descalzaron y colocaron las sillas alrededor de la fuente, dejando que sus pies se refrescaran en ella mientras apoyaban los platos en sus respectivas rodillas.

Iso le dio un trago a su copa ante la mirada de su amiga.

—¿Un sorbito? —suplicó Koldo, haciendo un mohín—. Por favor.

Iso dudó un momento.