Ayer en mi patio Capítulo 9
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Capítulo 9

En esas seguía, una mañana más, dejándose acariciar por la frescura de las primeras horas y con su zumo en la mano.

Se animó a dar un breve paseo por el patio; aquel chequeo rutinario del estado de sus macetas le encantaba.

Era como salir de excursión; su pequeño exceso.

El ciruelo había dado unas flores maravillosas que ya habían caído; a cambio, la parra virgen y los hibiscos de una de las esquinas comenzaban a echar hoja, y los jazmines dejaban entrever delicados capullos con los que en breve el patio se llenaría de una suntuosa fragancia.

Aquel día iba a hacer calor, lo veía venir.

Se quitó el kimono, lo dejó en una de las sillas de mimbre y siguió paseando, vestida con una camiseta negra y agujereada de un concierto de The Black Keys bajo la que asomaba el pantalón corto de un pijama de seda carmesí.

De tanto en cuanto, lanzaba miradas furtivas a la segunda planta.

La persiana del salón seguía a media asta y la del dormitorio, echada hasta abajo, igual que la noche anterior.

Nadie esperaba que fueran a madrugar, se dijo a sí misma de forma afectada.

La que sí se había levantado temprano era la madre de Tifón.

La oía ir y venir patio a través, y por el ruido que la acompañaba, la imaginaba entre baldes, fregonas y trapos, refunfuñando mientras limpiaba.

Apuró el zumo y dejó el vaso apoyado en el muro de cemento que daba a la casa de los cactus.

Se quedó ahí, pensativa, diciéndose que tal vez aquel día dejaría de manchar de forma definitiva.

Solo necesitaba centrarse en el día que tenía entre manos.

La semana siguiente volvería a tener revisión.

La enésima en apenas mes y medio. Cada día se obligaba a creer que no quedaba nada para retomar su vida ordinaria y prepararse para la extraordinaria.

Una súbita y extraña presión en la mano izquierda, la que tenía apoyada en el murete junto al vaso de zumo vacío, la sacó de su ensimismamiento.

Sintió los dedos atrapados, como si algo los retuviera.

Sin entender todavía muy bien qué pasaba, giró la cabeza hasta su mano.

Tardó todavía un momento en entender que era otra mano, que repentinamente había brotado desde el patio de enfrente a través del espacio libre entre muro y cristalera, la que la tenía atrapada.

De manera instintiva trató de desasirse, pero aquellos dedos sujetaron los suyos con firmeza.

Sobresaltada por lo inusitado de la situación, dio un fuerte tirón con el que logró liberarse al tiempo que oía una voz, femenina pero muy grave, disculpándose desde el otro lado.

—Perdona. Me parece que te he asustado —dijo—. No era mi intención.

La risa que se adivinaba en aquel tono desmentía sus palabras.

Koldo todavía tardó un rato en responder. Se sentía molesta con la desconocida por aquel susto innecesario.

—No lo parecía.

—Solo quería saludarte —explicó la mujer—. No nos habíamos vuelto a ver desde el primer día. Cuando la mudanza. Nos conocimos de casualidad.

La joven la escuchó perpleja.

—¿Nos conocimos?

Agachó la cabeza y trató de ver el rostro de su interlocutora a través de la franja.

—Claro. Soy Esmeralda, la presidenta —dijo con aquella voz ronca, sugerente y casi masculina.

Bajo el cristal opaco apareció la misma mano de la que momentos antes había logrado zafarse, ahora tendida a modo de saludo.

Tenía las uñas pintadas de color picota y la abrazaba una gruesa pulsera de la que colgaban monedas doradas y unas piedras del color de su nombre, que tintinearon al quedar suspendidas en el lado de la terraza de Koldo.

Entonces cayó en la cuenta. El encuentro, en realidad, había tenido poco de fortuito.

Ella tenía previsto mudarse al día siguiente, pero con las llaves ya en su poder le pareció un gesto en cierto modo romántico llegar a su nueva residencia con apenas lo puesto y dormir sobre una de las pocas cosas que sí había decidido que se merecía estrenar: un colchón.

El resto de sus pertenencias, incluidas las más de treinta cajas de libros y guías que le correspondieron tras la ruptura y que habían permanecido en un trastero los últimos meses, llegarían al día siguiente.

Por suerte, la casa estaba en condiciones bastante aptas para entrar a vivir: la cocina equipada, el aire acondicionado instalado y el patio tal cual lo viera la primera vez, incluidos el cenador, el riego por goteo y un armario colocado en uno de los laterales repleto de herramientas y útiles de jardinería.

Incluso el colchón, encargado por Koldo dos días atrás, había sido entregado aquella tarde en su nueva dirección.

El conserje quedó a cargo de recibirlo. Nada, pues, le impedía comenzar su nueva vida en La Proa ese mismo día.

A las puertas del número uno y a punto de tomar posesión de su nueva casa, Koldo se santiguó.

No era tanto una cuestión religiosa como el reflejo de un gesto familiar, algo que siempre había visto hacer a su abuela y a su padre antes de iniciar un largo viaje.

Miró hacia arriba, tomó su maleta y se adentró, tal como indicaba aquella chapa, en el edificio Píramo.

Lo curioso es que solo necesitó una de sus dos llaves y una única media vuelta para abrir.

Sorprendida, giró la puerta. Un haz de luz creciente proveniente de los ventanales del salón, acompañado del ruido que hacían las persianas eléctricas al elevarse, le dio la bienvenida al entrar.

Antes de entrecerrar los ojos, y aunque ligeramente cegada, todavía tuvo tiempo de distinguir dos figuras que se recortaban a contraluz, justo frente al espacio de acceso al patio.

—¿No me dijo usted que venía mañana? —le preguntó, o quizá exclamó, una voz de hombre un tanto atribulada, mientras Koldo volvía a abrir los ojos y enfocaba la mirada sobre aquellos dos inesperados invitados.

El hombre era alto y curvado, exhibía una incipiente calvicie, una camisa blanca de manga corta y unos pantalones de pinza negros; de su mano colgaba un gran manojo de llaves indicativo de que, o bien se trataba de un ladrón con sus llaves maestras, o bien de Paco, el conserje.

Koldo lo recordaba de sus dos breves encuentros anteriores.

Se le veía inquieto, como si lo hubieran cogido haciendo algo indebido.

La mujer que lo acompañaba, por el contrario, parecía encantada de que aquella joven hubiera aparecido sin avisar.

O al menos lo aparentaba. De cierta edad, aunque de ostensible exuberancia, los angulosos ojos verdes pintados de azul y los labios bien perfilados indicaban que no se trataba de una mujer acostumbrada a pasar desapercibida, y tampoco estaba dispuesta a renunciar a ello entonces.

A Koldo le vinieron a la cabeza aquellas explosivas divas italianas de los años cincuenta y sesenta mientras la mujer se acercaba a ella.

—No te esperábamos todavía, querida —dijo con una voz ronca y magnética—. Soy Esmeralda Vázquez, la presidenta de la colonia.

—Bueno, cuándo vengo es cosa mía. Lo que cuenta es que tengo las llaves y el contrato firmado, así que ahora mismo el piso debería estar a mi disposición —replicó ella un poco molesta.

—Claro, claro —respondió Esmeralda, zalamera—. Lo que ocurre es que no nos comunicaron a tiempo que el piso había sido vendido —respondió en lo que parecía un plural mayestático—. Queríamos aseguramos de que todo estaba en orden, listo para entrar a vivir.

—La señora Vázquez acaba de llegar de viaje —explicó el portero con un tono que parecía pedir disculpas—; me dijo que tenía mucho interés…

—Disculpa mi mala educación —le interrumpió Esmeralda, a su vez—. Es Paco, el conserje —dijo señalándolo e ignorándolo, todo a un tiempo, en un magnífico gesto que Koldo no pudo dejar de admirar—. Y tú eres traductora y del norte, ¿verdad?

Koldo asintió. La gente que la trataba con excesiva simpatía sin mediar un motivo la desorientaba profundamente. Pero la gente entrometida le resultaba indiferente, incluso la divertía. No sabía muy bien por cuál de ambos instintos inclinarse.

—Una nueva adquisición para La Proa; bienvenida, querida.

Yo también me he mudado en varias ocasiones a lo largo de mi vida; aquí llegué hace solo un año.

No hay nada mejor que empezar de cero —le advirtió no sin cierto placer—.

Algún día tenemos que tomar un café y ponemos al día. Ahora que vamos a ser vecinas.

—¿Qué estabais revisando? —preguntó Koldo, en parte por cambiar de tema y en parte por retomar las riendas de una situación que no acababa de entender.

El portero comenzó a juguetear con las llaves. Esmeralda respondió por ambos:

—Oh, nada en realidad. Las hijas de Curro, el anterior dueño, creyeron que se habían dejado un espejo; seguro que se les perdió durante la mudanza. Y Paco quería comprobar el estado de los fusibles…, que están impecables, por cierto —notificó.

—Qué alivio —profirió Koldo con un poso de ironía que la presidenta no pareció acusar y el portero prefirió ignorar—. ¿Y en el patio? ¿Estará todo bien? —inquirió inocentemente, recordando que estaban subiendo la persiana en el momento de su llegada.

—Oh, sí, tranquila —le restó importancia Esmeralda—. Solo quería ver un momento las plantas. Odiaría ver que se pierden en este cambio de manos. Así que le pedí a Paco que revisara la programación del riego por goteo; ¿verdad, Paco?

—Bueno, la señorita ya está aquí —dijo el conserje por toda respuesta—, así que creo que nosotros podemos desentendemos. Por cierto, ya han traído el colchón. Mandé dejarlo ahí, apoyado en la pared.