Ayer en mi patio Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El chaval pegó un respingo ante la intromisión, mirando al hombre que lo increpaba con evidente perplejidad.

Acto seguido se giró a su derecha, encontrándose con los inmensos ojos anegados en lágrimas de la joven que tenía al lado.

Koldo volvió a lanzar otro hipido tratando de limpiarse las lágrimas con la manga de la chaqueta.

No le dio tiempo a decir nada. La mujer alojada al otro lado del pasillo reclamó la atención de los implicados, interesándose por lo que estaba sucediendo.

—¿Qué pasa ahí?

—Este chaval, que le ha hecho llorar a la chica —respondió el tipo de delante con tono desabrido y evidente enfado, mientras Koldo y su compañero de fila permanecían en silencio, incapaces de reaccionar.

—¡Será posible! ¿Qué le ha hecho? —exclamó la mujer, al tiempo que sacaba un klínex del bolso y se lo entregaba a Koldo sin esperar respuesta—. Toma, cariño, no le hagas caso. Estos jóvenes de hoy en día no saben ni lo que quieren.

Koldo, que estaba a punto de olvidar el detonante de aquella situación que había alcanzado por momentos un tono delirante, tomó el pañuelo de papel, todavía hipando, lo agradeció con una media sonrisa y se puso de pie tras decidir que lo mejor era huir de allí.

No se atrevió a mirar al chaval, que todavía no había abierto la boca.

Mientras se escabullía, todavía alcanzó a oír a la señora.

—¡Qué poca vergüenza tenéis hoy en día!

Valoró sus opciones. Al final tomó una decisión.

Iría a hacer control de daños antes de valorar el paso siguiente.

De nuevo en el baño, volvió a tomar aire.

Notó cómo le temblaban las manos al bajarse los pantalones.

Aquel gesto requirió de una considerable fuerza de voluntad; era como si esperara ver entre sus piernas un gato atropellado.

Pero cuando lo hizo, se sintió mejor. Había más sangre, evaluó con notable compostura.

Pero no la equivalente a un pequeño bebé, calculó; ni siquiera uno de cinco semanas.

Los riñones le seguían molestando; los sentía muy pesados.

Pero nada de aquellos vistosos y cinematográficos retorcijones con los que relacionaba un aborto.

Supuso que el potencial dramático de una pérdida en la vida real, de ser este el caso, no se correspondía con el de la ficción.

Volvió a respirar hondo mientras llamaban a la puerta.

—¡Un momento!

No quedaba papel higiénico, observó fatalista.

Echó mano del clínex que le había tendido la mujer y que todavía tenía estrujado y húmedo en su mano izquierda, lo estiró y creó una especie de salvaslip sobre las manchas rojizas.

Terminada la operación, echó mano de su bolso, sacó el billete y salió del baño procurando mantener la cabeza fría; fue directa a su asiento.

Una vez sentada, volvió a respirar hondo, rezando porque el traqueteo no empeorara la situación.

Quedaban cinco minutos para llegar a Guadalajara.

Y apenas media hora más hasta Madrid. Valoró racionalmente la idoneidad de apearse en la primera estación.

Una ciudad ajena, nadie conocido a quien recurrir y un taxi hasta el hospital.

En el mejor de los casos, vuelta a la estación para coger un nuevo tren.

En el peor…, prefirió no imaginarse sola, en la cama de un hospital ignoto, recibiendo noticias del médico.

Dejó que el tren, al reanudar su marcha tras la última parada del recorrido, decidiera por ella.

Y entonces cogió el móvil. En realidad, a quien quería llamar era a su madre, que no podía hacer mucho, excepto alarmarse.

De manera mecánica abrió el WhatsApp; había un mensaje de su amiga que aún no había leído. «¿Ya en el tren?».

«He empezado a manchar», respondió.

Por suerte, su amiga tenía la eficacia de una navaja suiza.

El desenlace fue más o menos el mejor de los posibles.

Iso la esperaba con un asistente que sujetaba una silla de ruedas a las puertas de su vagón.

El ginecólogo, a quien Iso había consultado por teléfono, fue claro al respecto.

Reposo sine die . Koldo acató las órdenes como un buen soldado, y aquella disposición, incentivada por el alivio de tener una misión, la lanzó en brazos de la cama diciéndose que, si bien los medios no justificaban el fin, al menos no eran del todo malos.

El día siguiente discurrió con parecido entusiasmo, igual que los que le sucedieron durante aquella primera semana.

Se incorporaba lo justo para la ducha diaria; el resto de la jornada la pasaba viendo series, leyendo algún libro pendiente, holgazaneando con una bolsa de patatas fritas o el bote de helado a mano y dejándose querer por Iso, que la visitaba a diario, le traía comida y ponía en orden lo poco que la casa, dejada a su aire, se desordenaba.

Llevada por aquella inercia fácil, la poseyó una particular sensación de irrealidad en la que los días pasaban sin solución de continuidad mientras se abandonaba a una cómoda desidia.

A las dos semanas seguía guardando reposo preventivo, pero llevaba ya varios días sin manchar, lo que en cierto modo contaminaba el entusiasmo con el que se había encomendado a aquella misión.

Tras despertar de una siesta, sintió la imperiosa necesidad de llamar a Iso para asegurarse de que aquel estado suyo era real: que verdaderamente estaba guardando reposo y que aquel pasar de horas no estaba siendo un extraño sueño del que no conseguía despertar.

—Te están consumiendo las hormonas y el aburrimiento —le dijo la otra—. Búscate un entretenimiento.

—No va a hacer falta. Llevo días sin manchar —respondió, convencida.

Pero había vuelto a manchar. Si en aquella convalecencia hubiera habido un plan, podría decirse que aquello dio al traste con él.

Había acatado con diligencia medio mes de absoluta inactividad; algo en cierto modo fácil y hasta exótico a lo que le había pronosticado un fin próximo.

Pero las cosas habían cambiado. La novedad de aquel abandono horizontal se había disipado.

A partir de aquí volverían la duda y el temor.

Y la obligatoriedad de reanudar aquella inacción, bajo la amenaza de un manchar constante y sin visos de remitir, la iría consumiendo.

Sus días, que hasta entonces habían discurrido con tediosa placidez, se dividirían en plazos, en pequeñas metas a las que enfrentarse con miedo y superar con alivio: cada visita al baño, cada pequeña fase de actividad —una ducha, un rato en la cocina—.

Cada día y cada noche la asaltarían vagas sensaciones a las que no quería concederles la entidad de pensamientos.

Juicios sobre la idoneidad de aquello que se estaba gestando.

El derrotismo la pillaría desarmada, porque la pasividad continuada de un cuerpo poseído por las hormonas volvía a su huésped presa fácil de obsesiones e ideas reincidentes.

Procuraría alejar el fatalismo que la advertía de que aquello quizá no mereciera la pena y trataría de desechar la culpa que la embargaba al pensarlo.

También se plantearía si sería capaz de hacerlo.

De estar hora tras hora, día tras día, tumbada e inerte, gestionando aquella vida nueva desde un estado horizontal.

No obstante, nadie más parecía considerar lo complicado de la tarea, las dificultades de ejecutar aquella gran nada.

Así que ella misma optó por no hacerlo. Sin más preámbulos, como suele suceder, su vida dejó de existir tal como la había conocido.