Ayer en mi patio Capítulo 8
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Capítulo 8

Lo primero que notó al despertar fue su propio aliento dulzón, lo que le provocó una mueca de disgusto.

Tardó un par de segundos, pero la razón del mismo acudió a su cabeza.

La ansiedad. Debía abandonar la mala costumbre de comer helado después de lavarse los dientes; aquel regusto matutino en su boca le resultaba mucho más desagradable que el que le deparaba el último cigarro de una noche de fiesta.

Entreabrió los ojos y miró la tarrina de chocolate belga que reposaba sobre la mesilla con manifiesto rechazo; el fondo de aquel balde debía contener una sustancia ya fermentada en la que nadie en su sano juicio sumergiría una cuchara.

Fue entonces cuando los acontecimientos de la víspera se amontonaron en su cabeza y un espasmo de angustia retorció su tripa.

Se incorporó en la cama sin muchas ceremonias, retiró rápidamente la colcha y se bajó el pantalón del pijama y la ropa interior.

¡Nada! No había manchado en toda la noche; su entrepierna estaba limpia como la patena, luminosa como la luz del alba.

Una ola de alivio le recorrió el cuerpo como si la hubieran sumergido en una bañera de agua caliente.

Otra falsa alarma, se dijo. Oyó su propio suspiro, en diferido, como proferido por una tercera persona.

Solo habían sido unas pequeñas manchas. Notó cómo sus vísceras se abandonaban sobre el colchón, como si hasta entonces se hubieran limitado a permanecer suspendidas en tensión sobre el mismo.

No tan en el fondo, la lógica le susurraba que no había pasado nada para que aquello que en primera instancia la inducía a sangrar hubiera optado por remitir.

Rechazó aquel, molesta por su inoportuna coherencia, se esforzó por quedarse con la imagen de aquellas bragas níveas.

Ahí es cuando la asaltó un nuevo recuerdo, el de su escaramuza nocturna, con toda su bochornosa crudeza.

Los fragmentos de tiesto golpeando contra la ventana, el acento siniestro, aquellas tetas inmensas.

Sin ser muy consciente, y mientras repasaba la escena, echó mano de la tarrina de helado y se metió una cucharada colmada en la boca; una repentina náusea la obligó a salir de la cama a toda prisa.

Vomitó el helado, las lentejas e incluso las tostadas del desayuno del día anterior.

Luego se dirigió al salón con los ojos llorosos y el móvil en la mano, todavía con el pantalón del pijama y una camiseta.

Tenía un wasap de Iso de aquella madrugada, de vuelta ya de su homenaje, instándola a llamarla en cuanto despertara.

Pero aún eran las ocho y media de la mañana.

Decidió dejarle un mensaje de buenos días.

«Todo en orden». A quien sí llamó fue a su madre, que solía estar bregando por la cocina desde las siete y media.

Marcó y se repantingó en el sofá, resignada a esperar diez, doce o catorce toques. Fueron once.

—Hija, me has pillado tendiendo.

—No fastidies. ¿No acordamos que iría la tía a hacerte las tareas?

Su madre había tenido una de esas caídas tontas que a esa edad suelen significar una cadera rota.

Ella tuvo suerte y solo fue un esguince.

Koldo se encontraba allí; había ido a darle la buena nueva de su flamante casa mientras dudaba si hacer lo propio con la otra novedad.

Le habían dado el positivo solo cuatro días antes.

Según los cálculos tradicionales, estaba embarazada desde la última falta, hacía cinco semanas; pero lo cierto es que, estrictamente hablando, la transferencia había tenido lugar solo dos semanas atrás, lo cual lo hacía todo un poco confuso.

Y reciente. Aquel mismo día, su madre se cayó de la silla tratando de alcanzar un molde para hacer flanes que ni siquiera estaba donde creía.

Y ella decidió volverse tal como había venido, sin soltar prenda.

Tras alargar su estancia un par de días para organizar con su tía la intendencia doméstica durante la convalecencia de su madre, cogió el tren de las once.

Distraída, miraba por la ventana mientras el tipo engominado de al lado daba buena cuenta de un bocadillo de jamón que se había traído de casa.

Koldo aspiró el aroma del jamón con envidia.

Olió también la gomina del pelo, el café que se había tomado antes de montarse al tren y la humedad de su camisa mal secada.

De un tiempo a esta parte aspiraba todo lo bueno, lo malo y lo humano de la vida con igual delectación; el virtuosismo de su nariz era tal que había decidido ser equitativa con aquel prodigioso don.

Habían cubierto ya más de la mitad de aquel trayecto, de normal agradable, pero aquel día se le estaba haciendo interminable y oler la distraía.

Le dolía la parte baja de la espalda y, además de quitarle el bocadillo a su compañero de viaje y darle un mordisco, lo único que le apetecía era tumbarse en el suelo del pasillo central para bajar su calor corporal y, si alguien los quería, regalar sus riñones.

—Voy un momento al baño —dijo, en cambio.

El tipo, con el que solo había cruzado un saludo al sentarse, asintió con la boca llena por pura educación.

Aquel fue el primer día que notó la cabeza pesada y los perfiles desdibujados.

Por eso tardó unos segundos en entender lo que estaba sucediendo mientras trataba de enfocar su mirada y observaba desconcertada su ropa interior.

Sin sentarse en la taza, con las piernas arqueadas y una mano apoyada en una de las paredes del servicio para que el traqueteo del tren no le hiciera perder el equilibrio, miraba aquello como si fuera un problema matemático irresoluble.

Las manchas superpuestas, del tamaño de un euro, eran de un tono marrón claro, tirando a rojizo en algunos lugares.

Parecían haberse ido precipitando a intervalos, pero habían acabado poblando la superficie de su ropa íntima en toda su extensión.

Desconcertada y todavía sin estar segura de entenderlo, se subió la braga y el pantalón, cogió el bolso colgado de la puerta del aseo, salió al pasillo y comenzó a caminar.

La información todavía tardó varios segundos en definirse en su cabeza.

De repente, le llegó; fue un fogonazo de comprensión. Joder. Estaba teniendo pérdidas.

Caminó por el pasillo llevada por la inercia y zarandeada por el traqueteo, sin pensar en nada en concreto.

Siguió así hasta que llegó al final del último vagón.

Fue una suerte que el tren se acabara, pero se las apañó para que aquello no importara demasiado: dio media vuelta y deshizo el camino andado, mientras notaba cómo el corazón se le desbocaba sopesando opciones a lo loco.

Qué hacer. La sola idea de interceptar al revisor para contarle algo tan íntimo en un lugar tan público la violentó.

Un lamentable episodio del que no estaba dispuesta a ser protagonista.

Podía ser mucho más expeditiva y tirar del freno de mano, en caso de que lo hubiera.

Lo ignoraba. Tampoco sabía si los trenes daban media vuelta en casos así.

O si paraban en la primera población equipada con una estación.

Incluso si podían multarla por originar retrasos y trastornos en un transporte público.

Joder, coño, joder. ¿Estaba teniendo un aborto?

Siguió avanzando sin sentido hasta que se dio cuenta de que no sabía a dónde iba.

Se había perdido. No lograba recordar el número del vagón o de su asiento.

Desorientada, se dijo que vagar sin sentido en mitad de aquel zarandeo teniendo pérdidas era, cuando menos, un ejercicio altamente incompatible con el objetivo buscado.

Tenía las manos heladas. Se detuvo y, echando mano de la poca sangre fría que le quedaba, miró alrededor poco segura de lo que buscaba, hasta que dio con el asiento libre que tenía a su izquierda.

Se sentó con gesto indeciso y ahí se quedó durante unos instantes certificando para sí misma que estaba teniendo un ataque de pánico.

El corazón bombeaba a espuertas, tenía la espalda empapada, respiraba de forma entrecortada y se sentía incapaz de responder a ningún estímulo externo, autoevaluó.

Pero ahí se equivocaba. En mitad de aquel trance, oyó música.

No el réquiem de Mozart que hubiera debido sonar en aquel momento, pero música.

Era rap, constató con extrañeza. Provenía de los cascos del chaval de al lado.

Nunca había soportado que la música ajena, por las circunstancias más variadas, le fuera impuesta.

La malhumoraba terriblemente. En centros comerciales, en taxis, proveniente de vecinos desconsiderados y en compañeros de viaje ignorantes de que sus auriculares no contenían con eficacia la música que emitían sus aparatos.

En aquella ocasión le resultó intolerable.

La indignación fue como un cable a tierra; se le subió a la garganta y le entraron unas incontrolables ganas de llorar.

Dos lagrimones de ira empezaron a correr por sus mejillas al tiempo que se le escapaban un par de hipidos.

El chaval de al lado, absorto en su móvil, ni se inmutó.

Pero un señor sentado delante se giró, mirándola por el hueco que quedaba entre los dos asientos.

—¿Estás bien?

—No es nada —se excusó, hipando de nuevo—. La música, que está muy alta. Y la canción, que no me gusta —añadió, por decir algo.

El tipo arqueó las cejas y se quedó mirando al joven que Koldo tenía al lado. Dudó un momento, luego pareció tomar una decisión.

—¡Eh, chaval!

El joven siguió sin darse por aludido; estaba absorto en el móvil y la música lo mantenía a salvo de lo que sucedía alrededor. Para sorpresa de Koldo, uno de los brazos del tipo de delante se asomó por el hueco y, con cajas destempladas, despegó los cascos del joven de una de sus orejas.

—Chaval, que bajes un poco la música. ¿No ves cómo está esta chica?