Ayer en mi patio Capítulo 7
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Capítulo 7

Caía la tarde y la llamada de las golondrinas se colaba por las ventanas.

Una de sus jóvenes vecinas, quizá anticipándose a una noche prometedora, canturreaba desde el segundo piso y tendía algo de ropa interior mientras la de Koldo volvía a aparecer manchada al ir a orinar.

Esta vez el rastro era bastante más extenso, más rojo y más espeso; notó cómo se le encogía el estómago.

Había sentido aquella fastidiosa pesadez en los riñones; como las veces anteriores.

Pero a esta no siempre le seguía el fatídico cuño.

Esta vez era notablemente aparatoso. Llamó a su amiga con pulso incierto.

Luego se tumbó, temerosa de efectuar el más mínimo movimiento, como si su futuro dependiera de que no girara el cuello o se le ocurriera mover un dedo.

Iso llegó poco después con la actitud de una visita rutinaria; sacó un vestido del armario sin mucho miramiento y dio una palmadita en el aire para que se levantara.

Koldo llevaba un par de semanas sin salir de casa mientras la consumían el hastío, las hormonas y, a ratos, el ruido de los vecinos, pero obedeció a regañadientes, con una mezcla de resistencia y congoja que no iba a reconocer.

Podía quedarse allí tumbada, frente a la fuente, sugirió en voz alta.

Volver a introducirse la progesterona como si tal cosa; echar pestes del olor de sus entrañas y pasar las páginas de Thubron a la espera de que Tifón saltara por la terraza o su visita sorpresa llamara de nuevo al timbre.

Al día siguiente ni se acordarían, le insistió a Iso.

Pero su amiga le tendió el bolso sin decirle nada.

El doctor Castillo de la Ensenada, un señor ya entrado en años y todo un veterano de la gestación, era un tipo risueño y ya de vuelta de todo al que resultaba difícil pillar en un renuncio e imposible incitarlo a compartir la zozobra en la que solían militar muchas de las gestantes que se acercaban hasta su consulta.

Tampoco lo consintió en este caso; estuvo un rato jugueteando con el ecógrafo, como un niño encantado de que por fin le dejaran pilotar la Nintendo de su hermano mayor mientras Koldo aguardaba, expectante.

Le entraron ganas de arrancárselo de las manos y tirarlo por la ventana, pero se obligó a conservar el temple, más por miedo a las consecuencias de un movimiento brusco que por consideración alguna con el caballero.

El latido, certificó después de largos segundos, seguía ahí, como un cromo pegado a la pantalla.

—Pero con estas cosas nunca se sabe, puede pasar de todo. Te lo digo para que no te pille por sorpresa —dijo de forma casual, como si la hubiera advertido de que podía llover, para que no le extrañara mojarse—. A tenor de las pérdidas que acabas de tener, los siguientes días serán decisivos.

Aquella frase, recitada con el tono desapegado de quien tiene la cabeza puesta en lo que le aguarda en casa para cenar, produjo en Koldo sensaciones encontradas de terror y extrañeza.

Y tuvo el efecto de sacarla de sí misma y ponerla a mirar la escena desde fuera.

Supuso que era una versión matizada y más de andar por casa del estado de shock .

Castillo de la Ensenada la despidió sin muchas ceremonias y ella, al salir, le robó el talonario de recetas y lo tiró en la primera papelera que encontraron fuera mientras Iso fingía no verla.

La acercó a casa en coche y se ofreció a pasar la noche con ella, pero Koldo recordó que tenía una despedida de soltera de la gente de la clínica en la que trabajaba.

Puestos a ser honestos, no es que hubiera mucho que pudiera hacer por ella en esos momentos.

Tendida en la cama y con los ventanales abiertos, Koldo vio caer la noche sobre el patio y cómo la oscuridad se cerraba sobre la fuente, que seguía escupiendo agua.

Castillo le había prescrito reposo y ella procuró que su cuerpo obedeciera mientras su cabeza permanecía en un tenso estado de alerta.

Durante varias horas de agotador auto chequeo comprobó si notaba pérdidas o humedad en la entrepierna; y ni un solo cabello cambió de posición sobre la almohada sin que ella tuviera plena consciencia.

De manera gradual, el ruido que salía de aquellas fauces verdes apostadas en el patio la condujo a un estado casi contemplativo que, exhausta, la hizo claudicar.

Se entregó a un sueño inquieto, pero no fue por mucho tiempo.

Un par de horas después, ahí estaban de nuevo sus vecinos.

Aquella noche tampoco iba a ser una excepción.

El piso de arriba cobraba vida justo cuando se suponía que debería ir apagándola.

Primero follaron. Luego debieron comer algo.

Volvieron a follar. Y, luego, risas. Si tenía que ser sincera, lo que acabó por trastornarla seguramente fueron las risas.

Con la cabeza enterrada bajo la almohada, Koldo notó cómo la poseía una ira ciega alentada por la impotencia de la jornada.

Y no pudo hacer nada por evitarla. De repente, todo le dio igual.

O tal vez asumió con cierto alivio que, aunque no se lo diera, aquello había escapado a su competencia.

Alrededor de las tres de aquella madrugada incierta se envolvió en su kimono, se calzó las alpargatas y salió a la terraza dispuesta a ajustar cuentas con quien fuera que habitara en su tripa y en su techo.

Miró hacia arriba, a la ventana alojada justo encima del porche que protegía sus puertas de acceso a la terraza.

Estaba cerrada. Y la persiana, a medio bajar, no dejaba entrever ningún tipo de luz en el interior de lo que intuyó debía ser el salón.

La ventana contigua también estaba cerrada, con la persiana echada del todo.

Furiosa, buscó alrededor sin un objetivo claro hasta que recordó los trozos de maceta rota que reservaba para colocar en el fondo de las jardineras, de forma que facilitaran el drenaje de las plantas.

Cogió unos cuantos, respiró hondo y lanzó uno a la ventana del salón con la mano libre.

Falló por poco. Acabó estrellado unos centímetros a la derecha del marco, produciendo un ruido sordo e inofensivo.

El segundo dio de lleno en la persiana del salón con cierta contundencia.

Miró alrededor, nerviosa. Incapaz de contenerse, lanzó un tercer fragmento de tiesto que, esta vez sí, dio de lleno en el cristal del salón que quedaba expuesto con fuerza considerable.

Envalentonada, se disponía a lanzar un cuarto trozo cuando notó que las persianas del dormitorio contiguo empezaban a subirse.

Se quedó paralizada. Mientras aguardaba, se preguntó por qué demonios no había subido una planta y llamado a la puerta, como todo el mundo.

También se planteó si todavía estaba a tiempo de iniciar una retirada apresurada y refugiarse en casa.

Demasiado tarde. La ventana se había abierto.

A pesar de la oscuridad, adivinó el torso en camiseta de un hombre con el pelo muy corto, casi rapado.

Estaba comiéndose un bocadillo, pensó absurdamente.

Se pasaba la mano libre por la nuca con gesto de sorpresa.

Esta debió incrementarse cuando reparó en aquella extraña figura vestida con una bata exótica que parecía haber quedado congelada en mitad de un inexplicable duelo de lanzamiento de fragmentos de tiesto.

Koldo se apresuró a dar una explicación alzando la mano libre en son de paz.

—No quería romper el cristal.

En la penumbra, el hombre cruzó los brazos sobre la repisa de la ventana, apoyándose en la misma mientras inclinaba la cabeza en su dirección.

—Yo creo que sí —le respondió con voz grave y con un leve acento que no distinguió bien.

Koldo recordó que todavía llevaba los fragmentos de tiesto en la mano izquierda. Contuvo el impulso de esconderlos a su espalda.

—¿Qué quieres? —Añadió en el mismo tono impenetrable.

Le dio un mordisco al bocadillo y la miró mientras masticaba.

La escena, saltaba a la vista, le entretenía.

Koldo notó cómo la ira daba paso a cierta inquietud mientras soltaba, con lo que creyó cierto disimulo y al amparo de la oscuridad, los fragmentos de tiesto que aún tenía en la mano.

El ruido que hicieron al chocar con el suelo, muy leve y sin embargo perceptible en mitad de la noche, la hizo enrojecer.

Se frotó las palmas contra el kimono tratando de ganar tiempo.

—Es muy tarde —se limitó a decir, fastidiada por su propio miedo. Se obligó a seguir—. Os agradecería que bajarais el volumen.

El interpelado se la quedó mirando.

—¿O qué? —preguntó desde la ventana.

Koldo volvió a percibir el acento. Prefirió no asociarlo a ninguno de los peligros que sugería su cultura televisiva. Era su vecino, por el amor de Dios. Este le dio otro mordisco al bocadillo. Masticó observándola mientras una segunda voz entraba en escena.

—¿Qué pasa ahí?

La pregunta provenía de la habitación y llegó acompañada del cuerpo de una mujer que se apoyó en el hombro de su interlocutor. Estaba desnuda y tenía unas tetas enormes.

—Resulta que eres muy ruidosa —le dijo el otro, como si la culpa fuera de ella. La joven, aún apoyada en él, echó la cabeza a un lado. Su pelo rubio se puso en movimiento, acompañando el gesto de una pregunta que acusaba cierto fastidio.

—¿Quién lo dice?

Él le hizo un gesto con la cabeza, señalando a Koldo a través de la ventana, que seguía como hipnotizada mirando aquellos pechos.

Se sacudieron cuando la joven se asomó para contemplar a la vecina de abajo sin demasiado interés y aquel movimiento sacó a Koldo de su ensoñación. O quizá la llevó un estadio más allá.

—Los vecinos —señaló él con tono didáctico. Aquel particular plural mayestático, dirigido a su persona, acentuó la indignación de Koldo.

La joven la observó apenas un instante con renovado fastidio; o quizá solo fuera indiferencia. Se dio media vuelta y ella y sus tetas desaparecieron del marco de la ventana.

Mortificada por toda la escena, Koldo agradeció aquella piadosa semioscuridad. El tipo le señaló los restos de maceta esparcidos delante de sus alpargatas.

—Guárdalos por si acaso —dijo cerrando la ventana. Poco después bajó la persiana.