Ayer en mi patio Capítulo 6
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Capítulo 6

Como de costumbre, entró sin llamar y metiendo una bulla innecesaria.

Su presencia tenía una cualidad similar a la de esas señoras que llegaban a la pescadería o a la frutería las últimas, pero se apoderaban del espacio por completo hasta que lo abandonaban.

Iba cargada de bolsas que depositó sin grandes ceremonias sobre la encimera y se dedicó a organizar el avituallamiento distribuyéndolo entre despensa, nevera y congelador.

Luego se dirigió al salón, desde cuyo sofá Koldo la había visto llegar.

—¿Qué? —dijo como si le costara mucho esfuerzo decir algo más.

Iso era una de esas nativas del norte de piel pálida y mantecosa.

Su sedosa cabellera negra caía como una alfombra barriendo su espalda, pero se recortaba drásticamente sobre su rostro con un flequillo que acentuaba el tamaño de los ojos color jade, grandes como capazos, asomando sobre unas vastas mejillas moteadas de pecas.

Hasta ahí su retrato más delicado. El gesto firme de su boca, su mandíbula rotunda y un cuerpo de dimensiones intimidantes conformaban el resto de una mujer con la que no apetecía tener cuentas pendientes. Y que ahora mismo la miraba expectante.

—Aquí sigue —dijo Koldo tocándose la tripa. Luego cogió el vaso de zumo que Iso le tendía—. Preferiría una copa de vino.

La otra la ignoró.

—A ver, te he llenado la nevera. Y te he traído un táper con lentejas; es todo lo que me ha dado tiempo a cocinar.

—¿Lentejas con este calor?

—Te las comes frías —respondió la otra, que regresó a la cocina—. ¿Te acordaste de poner la lavadora por la mañana?

Estuvo un rato tendiendo la ropa de su amiga, fregó todo lo que se había ido acumulando y preparó una ensalada debidamente desinfectada y un sándwich de jamón y queso para cada una.

Con la caída de la tarde salieron a cenar.

Las golondrinas habían vuelto a cubrir los patios y el riego por goteo, que rodeaba todo el perímetro, comenzaba a agitarse, como cada vez que le tocaba trabajar.

Iso se cobijó bajo el cenador con las piernas estiradas sobre la mesa de hierro forjado mientras Koldo volvía a su tumbona.

—Se me están acabando los óvulos.

Su amiga asintió.

—Mándame un wasap con lo que necesitas; mañana por la tarde me acerco a la farmacia. De todos modos —añadió—, ya sabes lo que pienso.

—Déjalo.

—Tienes que decírselo. Ya.

—Solo cuando sepa qué decirle. Y mira, no he manchado en una semana. Seguro que en unos días puedo empezar a hacer vida normal.

—Tu madre te va a matar, en serio. Y a mí, cuando sepa que soy tu cómplice.

—Por cierto, ¿qué tal la tuya? —Cambió Koldo de tema.

—Inminente —anunció Iso—. Y por tu culpa. Ha aprovechado tu ausencia y amenaza con ser ella la que venga a probar el menú. Y de paso echar un ojo al vestido.

—¿Amenaza?

—Es un decir. Ya ha comprado el billete.

Koldo se solidarizó con ella. Iso podía parecer un perfecto producto gestado a la sombra de un caserío, pero lo cierto es que su abuelo había criado a las dos hijas en la margen derecha del Nervión, en una casa con torreón desde donde regularmente la familia al completo viajaba a Viena para asistir a conciertos de música clásica, a Londres en busca de pomos para las puertas y a Francia a comprar queso.

Su tía y su madre, de niñas, jugaron en una ocasión a las canicas con el rey emérito, o eso les gustaba contar.

Años después, Beatriz, la madre de Iso, cambió la música clásica por los mantras, los quesos por la dieta vegana y el tenis por el chi kung.

Pero todos la seguían conociendo por Sisi y un chófer la llevaba a sus clases.

—El otro día me sugirió que durante el cóctel los invitados hicieran un pequeño ritual de agradecimiento uniendo sus manos en un círculo.

«Por supuesto, queremos solo energía positiva, tu tía no podría participar, que en las últimas semanas anda de los nervios con el torneo de bridge ese que organiza en el club. Hazme el favor y se lo dices».

Koldo se rio. Luego dudó un momento.

—Hablé con tu madre; me llamó —le confesó por fin—. Me dijo que estaba pensando que escogierais un menú vegano. Y ya sabes, quien paga, manda.

Su amiga le guiñó el ojo.

—Por eso no te preocupes. Para mi madre, todo lo que cueste más de sesenta euros el kilo es vegano. Jamás he visto una persona capaz de adaptar cualquier doctrina a sus intereses con mayor desfachatez.

A Koldo le producía una ligera inquietud hablar de aquella boda; una voz en su interior parecía advertirle de que quizá no pudiera asistir. Que todo aquello podría no haberse solucionado o que el desenlace no fuera el que ella esperaba. Apartó aquella insidiosa idea sin llegar a pensarla del todo.

Iso y ella se hicieron inseparables desde que coincidieron en parvulitos; acabarían compartiendo piso durante la universidad y juntas darían el paso de trasladarse a Madrid al licenciarse.

Parte de culpa la tuvo su abuela, quien, tras pasar una breve temporada en la capital, les refería extrañas y fascinantes historias.

Les contaba que Madrid era una ciudad que estaba del revés.

El mar, siempre azul y luminoso, estaba donde en Bilbao tenían aquel cielo siempre gris y plomizo.

Los peces caían del cielo, por eso en Madrid el pescado era casi tan rico como en Bilbao y se volvían locos con los bocatas de calamares.

Pero los barcos, confundidos, acababan yendo a la deriva para terminar encallando en lugares tan extraños como el centro de la ciudad.

Cómo no, Iso y ella se hicieron la firme promesa de investigar aquel fenómeno en cuanto tuvieran edad.

Pero Iso fue también quien, de forma más reciente, le ofreció su sala de estar por tiempo indefinido mientras Koldo fingía recomponerse.

El duelo tras la ruptura, en realidad, fue discreto; pero aquel paréntesis en forma de sofá le sirvió para guardar la apariencia de confusión que todo el mundo presuponía tras una ruptura seria y, sobre todo, le hizo ganar tiempo.

No para reflexionar acerca de lo que había sucedido, sino para planificar lo que estaba a punto de suceder.

Las grandes decisiones que había tomado en su vida no habían sido tales en realidad; de algún modo le habían sobrevenido sin que ni ella misma las viera venir.

Y sin que mediara el debido proceso de reflexión que la escuela de la vida parece empeñada en atribuirle a todos los cambios decisivos.

A ella las cosas le pasaban de repente y de la forma más prosaica.

Sucedió cuando supo que se había desenamorado en el tiempo que dura una ducha, o cuando salió a por un café y volvió con un piso.

Lo de ser madre tampoco fue una excepción.

Una mañana, revisando la cuenta del supermercado, imaginó en cuánto se incrementaría de haber un niño de por medio.

Supo que había llegado su momento. Koldo era una de esas grandes indecisas a pequeña escala que actuaba por impulso en las grandes encrucijadas vitales.

A menudo sin valorar las implicaciones en toda su magnitud.

Tuvo que reconocer que en este caso concreto no había tenido en cuenta ciertas variables y las cosas se le habían ido de las manos, pero su amiga había estado al quite.

La miró con arrobo. Se acababa de meter un cuarto de sándwich en la boca para poder echar mano de la baldosa olvidada en la mesa desde la víspera.

—¿Ya se han empezado a romper cosas? ¿Dónde va esto? —preguntó, mientras buscaba un desconchón en la parte exterior de la fuente.

—Dentro.

Se incorporó sin soltar el azulejo y rodeó las ranas que, imperturbables, se entregaban con constancia a su tarea. Cuando llegó al otro lado, se puso de rodillas y sumergió las manos en la pila. Al momento, todavía con la baldosa en las manos, volvió a sacarlas lanzando una exclamación.

—¿Tú has visto esto? —Sus ojos color jade brillaban a través de los chorros de agua. La sorpresa los hacía parecer más grandes que de costumbre—. «Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar» —leyó en voz alta—. ¿Quién es T.?

—Apostaría por Tisbe.

—¿Y quién demonios es Tisbe?

—Hasta donde sé, la novia de Píramo. De ser cierto lo que me contó Asier.

Iso la interrogó con la mirada.

—No escuchas nada de lo que te cuento, ¿verdad? —le reprochó Koldo.

Su amiga esbozó una mueca culpable. Irritar a su amiga era una de las grandes satisfacciones que le deparaba la vida a Iso desde EGB .

Los estertores de la época universitaria que compartieron con Asier y su cuadrilla le depararon otras muchas, pero desconfiar de Asier era otro de sus deportes favoritos desde entonces. Koldo la dio por imposible.

—Los edificios de La Proa tienen nombres mitológicos.

Y no son nombres al azar. Según me contó, cada pareja de bloques representaba tres de las grandes tragedias griegas de la literatura; tres dramas monumentales que habían convertido aquella colonia en la gran convidada de piedra a la historia del desamor.

Tras aquella curiosa revelación y espoleada por la curiosidad, le explicó a Iso que se le había ocurrido hacer una pequeña comprobación sobre el terreno, por lo que acabó dando una vuelta alrededor de los edificios de la colonia, anotando mentalmente los nombres de cada uno de ellos. Google hizo el resto.

—El último bloque a este lado, el número 5, es el Edificio Orfeo —le recitó— y está enfrentado al Edificio Eurídice, que está en el número 6 de la colonia.

Por lo visto, Orfeo bajó a los infiernos a rescatar a su amada Eurídice y, aunque juró y perjuró que se fiaría de que ella lo seguiría de vuelta al mundo de los vivos sin girar la cabeza, faltó a su palabra.

Orfeo se giró solo un momento, Eurídice se convirtió en columna de humo y él se dedicó a tocar la lira a las bestias del bosque el resto de sus días.

Que es poco más o menos lo que me va a suceder a mí.

Su amiga la animó a continuar la narración con un gesto que indicaba que abreviara y fuera al grano.

—Vale. El edificio contiguo a este, el número 3, es el Apolo, que está enfrentado a…

—¡Ese me lo sé! —La interrumpió Iso, excitada—.

Al Edificio Dafne, ¿verdad? —Koldo asintió sorprendida, mientras la otra continuaba—: Apolo, que era un tipo muy soberbio, se rio de Cupido y este le disparó una flecha haciendo que se enamorara de Dafne, a quien a su vez había herido con la flecha del desamor para que rehuyera a Apolo eternamente.

Cuanto más la perseguía Apolo, más corría Dafne hasta que, desesperada, rogó para que la convirtieran en algo que Apolo nunca pudiera alcanzar: un laurel.

—Hizo una pequeña pausa durante la que cayó en la cuenta del rostro de pasmo de su amiga—.

Escribí un trabajo en el instituto sobre Apolo y Dafne —aclaró—, aunque no te acordarás.

Por aquel entonces, yo me sentía un poco como Apolo rodeado de un montón de Dafnes —dijo guiñándole un ojo.

Koldo se rio con ganas y luego pidió la palabra.

—Vamos a lo importante. El edificio que nos ocupa es este de aquí, el mío, en el que nos hallamos ahora mismo.

El número 1 de La Proa. Su leyenda es la mejor de todas.

Edificio Píramo, recordemos. Enfrentado a Tisbe, ese de ahí, que es el portal número 2 —apuntó para su amiga, señalando las terrazas que tenía enfrente, entre ellas la de su flamante nuevo amigo, Tifón—.

Según reza el mito, Tisbe y Píramo vivían muy infelices, pero muy enamorados en viviendas contiguas de la antigua Babilonia.

¿No te entusiasma el paralelismo? Estoy segura de que al tal Silva, el editor, la idea de bautizar así los edificios se le ocurrió a raíz de esta distribución.

El caso es que, como sus familias estaban enfrentadas, solo podían hablarse por medio de una grieta que comunicaba ambas casas a través de una pared contigua.

Hasta que un día se hartaron. Se citaron clandestinamente en las afueras de la ciudad, pongamos que en El Retiro, junto a una morera.

Tisbe fue la primera en llegar y, acto seguido, lo hizo una leona.

La leona se acababa de merendar un buey, así que venía con pocas ganas de fiesta, pero Tisbe hizo bien en esconderse en una gruta.

El problema fue que perdió el velo por el camino y la leona lo olisqueó, con tan mala fortuna que lo dejó hecho un asco con los restos de la sangre del buey.

Cuando Píramo llegó, dio a su amada Tisbe por muerta.

Se mató allí mismo, bajo la morera, tiñendo los frutos blancos de la misma del rojo de su sangre.

La pobre Tisbe salió de la cueva, se echó las manos a la cabeza al ver la carnicería y se quitó la vida con la misma espada que su amado mientras pedía que los frutos rojos se volvieran negros en honor al mismo —concluyó.

Iso la escuchó en silencio. Luego giró la cabeza contemplando aquel patio con renovado interés.

—Nunca volveré a mirar un adosado de la misma manera —declaró con seriedad.

—Tú ríete, pero a mí me ha dado que pensar.

—¿De verdad? Para que te pasara algo parecido necesitarías no una leona, sino un novio. Que es aún más complicado.

Su amiga entornó los ojos.

—No. Sucede que aquí, en esta misma terraza, ocurrió algo hace más de medio siglo —prosiguió Koldo, a la que le gustaba dosificar la información y había guardado la parte de la historia referente a los Silva casi para el final, en busca de un buen golpe de efecto—.

Según me contó Asier, un joven se quitó la vida aquí mismo, en este patio, debido a una decepción sentimental.

Un drama total. Aquel joven era el heredero de toda esta colonia, y deduzco que también el autor de la inscripción de la baldosa.

Lo curioso es que no era el único que sabía que esa inscripción estaba ahí.

A continuación, le relató a su amiga la inesperada visita de la víspera.

Se recreó en la descripción de la elegante forastera, le explicó el peculiar motivo por el que decía querer conocer la casa y le detalló la extraña carambola final como si de la secuencia de un guion se tratara. Su amiga se la quedó mirando.

—Es una arquitecta; tenía interés por visitar una colonia de comprobado valor histórico. Y tú estás muy aburrida.

Su amiga ignoró la pulla.

—¿Qué me dices de la baldosa? Esa mujer solo tuvo tiempo de levantar la baldosa si sabía exactamente qué buscaba y dónde.

—Es decir, ¿si en realidad era Tisbe, la novia de la versión contemporánea de Píramo?

—Ayudaría a que las horas que tengo por delante resultaran más entretenidas.

—Vale —asintió su amiga, conciliadora, mientras jugueteaba con el móvil—. ¿Cómo era la dedicatoria?

—Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar —recitó Koldo, observando cómo su amiga tecleaba.

—Vaya, mira… Es una frase de Romeo y Julieta . —Luego lanzó una exclamación—. ¿Sabes que, para crear su Romeo y Julieta , Shakespeare se inspiró en el mito de Píramo y Tisbe?

—Lo que creo es que mi visita de ayer sí lo sabía —respondió, deseando no estar equivocada.