Ayer en mi patio Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Recuerda que tengo a tu madre a menos de un metro —le gritó cuando el chaval estaba a punto de salir por la puerta de la terraza.

Se incorporó, girando la cabeza para verlo marchar.

A través de los cristales, observó que el joven no había llegado a abandonar el salón y, en lugar de ello, se había detenido a la altura de la biblioteca de obra.

Su cuerpo parecía haber adquirido una nueva energía y su rostro, un interés renovado.

El cigarro regresó a la oreja y comenzó a ir y venir tocando los lomos de varios de los libros mientras lo observaba a través del cristal.

Algunos los sacaba, miraba la cubierta y volvía a dejarlos.

Koldo se levantó, asomándose por la puerta de acceso al salón. El chaval la miró, implorante.

—¿Puedo coger uno? Te lo devolveré; somos compañeros de patio.

Los dos incisivos del chaval, pequeños, blancos y separados entre sí, brillaron con desmedido regocijo cuando su boca se estiró en una sonrisa.

Tras meter en la mochila Guía para viajeros inocentes , una suerte de manual de viaje donde Mark Twain relataba con mordaz comicidad el primer viaje organizado de la historia, Tifón salió por la puerta guiñándole un ojo.

Koldo lo vio marchar, sorprendida por la elección.

Luego regresó a la terraza y, pensativa, se acercó a la esquina por la que había tomado por asalto su patio tras aquella majestuosa acrobacia.

No sabía si ella hubiera sido capaz de emularlo; pero le entraron ganas.

Se demoró inspeccionando la accesibilidad del muro mientras se lamentaba de la precariedad de su condición; algo de lo que, en realidad, no tenía ninguna culpa.

También se amonestó porque las circunstancias actuales la hubieran privado, a lo largo de aquel mes, de su habitual curiosidad.

Había pasado incontables horas en aquel patio en calidad de testigo privilegiada de su entorno circundante y no le había sacado ningún provecho.

Tan ensimismada había estado que no se le había pasado por la cabeza indagar acerca de la naturaleza de sus vecinos.

Conclusión: lo ignoraba todo de aquellos extraños que estaban a solo un salto de casa. Literalmente.

Aquel muro que se levantaba a lo largo de todo el perímetro del patio llegaba a la altura de su nariz y funcionaba como soporte de las estructuras de hierro que sostenían las mamparas de vidrio, que a su vez separaban unas terrazas de otras y alcanzaban una altura de unos dos metros y medio.

Entre el muro y las estructuras de hierro, sin embargo, existía una abertura de unos cinco centímetros de altura a través de la cual, si uno se agachaba a la altura adecuada, era posible recabar fragmentos de información del patio anexo.

El ángulo de visión era limitado, pero con el adecuado ejercicio de abstracción, aquel resquicio permitía intuir el cuadro vecino general.

Sin embargo, desde que se instalara en la colonia, Koldo apenas se había animado una o dos veces a echar una discreta ojeada.

El patio de su izquierda, perteneciente a la autoescuela situada en el número C de Píramo, estaba, hasta donde su vista alcanzaba, tan yermo como una meseta castellana.

Pero el muro opuesto de ese patio tenía una particularidad: era, junto con su prolongación en el patio alojado frente a la autoescuela, propiedad de una consultoría y en este caso perteneciente al edificio de enfrente —el denominado Tisbe—, la fachada de La Proa.

Aquellos muros, que se asomaban al callejón, daban a la terraza del bar donde trabajaba Asier, El Mascarón, y dibujaban una silueta que acentuaba la impresión de que el edificio era un buque varado en el centro de la ciudad.

Koldo dirigió su mirada a la terraza situada frente a la suya, también en Tisbe.

Utilizando su limitado ángulo de visión apenas se atisbaba nada, pero, apoyada en las mamparas de cristal, se adivinaba el perfil de una pequeña armada de macetas.

Se trataba de una cuidada colección de crasas y cactus que exhibían las más sugerentes y estilizadas formas.

Aquello la había inducido a pensar que aquella vivienda no estaba habitada por niños. Además, nunca había llegado a oírlos.

El patio contiguo por su derecha, la letra A de Píramo, era un misterio.

El ruido de las puertas abriéndose con delicadeza; alguna figura de movimientos discretos poniendo orden con esmero; silencio, sobre todo.

Se agachó con sigilo, alcanzando a ver la misma porción del plato de cerámica verde y crema colgado de la pared que ya viera en ocasiones anteriores, la parte superior de algo que podía ser una mecedora y fragmentos de plantas aquí y allí.

Finalmente, en la diagonal que quedaba a mano derecha, aguardaba la casa de su nuevo amigo.

De nuevo encorvada, trató de echar una ojeada forzando la vista hasta adivinar los respaldos de varias sillas de plástico verde apiladas unas sobre otras y unos palos que, intuía, eran el mango de diversas escobas y fregonas.

También acertó a ver a una persona con una bata de flores que salía en aquel momento a la terraza.

Se agachó, cogió del suelo lo que resultó ser un balde y volvió a entrar. La madre de Tifón, aventuró.

Un movimiento que alcanzó a ver por el rabillo del ojo, como esa mosca que se esfuma en cuanto giras la mirada en su dirección, llamó su atención en la casa alojada encima de la del chaval.

Hubiera jurado que alguien la observaba desde arriba mientras ella hacía lo propio con los de al lado.

Pero ahí no había nadie. Se sintió pillada en falta mientras se incorporaba y giraba trescientos sesenta grados sobre sí misma, inspeccionando con renovada curiosidad la segunda planta.

Ni un alma. A diferencia de ella, los propietarios de cualquiera de esas ventanas, se dijo con cierta envidia, disfrutaban de información privilegiada.

Aunque tuvieran tan poco interés por curiosear como las ensimismadas jovencitas del piso colocado sobre la consultoría.

Seguramente, lo que sus camas les deparaban cada mañana era mucho más sorprendente que lo que veían por la ventana.

Dirigió la vista al piso contiguo al de las jovencitas, colocado sobre el patio de los cactus.

Pertenecía a un discreto matrimonio de mediana edad.

También recordaba a un adolescente asomándose de vez en cuando a curiosear el piso de las vecinas y que invariablemente huía cada vez que su mirada se cruzaba con alguna de ellas.

Sobre la casa de Tifón, nada; si acaso, la intuición de una figura fugaz desapareciendo tras el cristal.

Como ahora. Y con respecto a Píramo, poco más.

Encima de la autoescuela vivía un matrimonio de edad madura y notable eficiencia que parecía haber asumido la tarea de mantener a ambos bloques al tanto de la hora por la puntualidad con la que subían y bajaban las persianas, mientras que, sobre el patio situado a su derecha, solo los acordes de una guitarra evidenciaban el aliento vital de alguien que tenía las persianas echadas a perpetuidad.

Pero su mayor tormento acechaba justo por encima de su cabeza.

Frunció el ceño al notar el aliento de sus vecinos de arriba en la nuca.

Percibía la existencia de aquellos ruidosos e intempestivos seres como una presencia a cuya sombra la habían condenado a habitar.

Todo lo hacían a deshoras y con el volumen equivocado: ver la tele, discutir, follar.

Sacudió la cabeza tratando de poner distancia entre ella y la idea de que, tarde o temprano, aquello desembocaría en un encontronazo.

Se abrazó a su kimono en busca de consuelo e inició la retirada a través de la puerta del salón.