Capítulo 5
Sentada en la taza del váter comprobó, aliviada, que no había manchado.
En el salvaslip solo había unos restos blanquecinos y en relieve, como brochazos; el excedente de los óvulos de la víspera.
Introdujo los nuevos y, sin poder evitarlo, acercó los dedos a la nariz, oliéndolos con desagrado.
Había algo en aquella mezcla de progesterona con la materia expulsada por su propio cuerpo que la ponía enferma.
No era necesariamente desagradable, pero emitía un aroma caliente que la descomponía.
Como ese olor contenido de algunos coches cuando han estado al sol que siempre la hacía marearse.
Se puso un salvaslip limpio, se lavó las manos y se dirigió a la cocina para prepararse un zumo y un par de tostadas con aceite, tomate y aguacate con las que salió al patio.
Echando mano del libro de Thubron, se acomodó en la tumbona.
Prepararse el desayuno era el gran hito de la jornada, todo un despliegue dadas las circunstancias.
El despuntar del día era, junto con la caída de la noche, su momento favorito.
El pasar de las horas todavía no la había consumido y podía permitirse una expectante pereza matutina, a salvo aún de la desidia acumulada que se apoderaría de ella a lo largo del día y que no se sacaba de encima hasta que la jornada tocaba a su fin.
Además, el sol aún tardaría en asomar por los edificios que se recortaban al fondo, a la izquierda.
Sucedería en torno a las doce y, a partir de ahí, se derramaría por todo el patio volviéndolo inhabitable hasta las siete de la tarde, hora en la que los edificios de la derecha lo acogerían con los brazos abiertos y sus azoteas en llamas.
Pero, por el momento, lo único que se derramaba por las baldosas hidráulicas era el agua de la fuente, cuya superficie reflejaba el enloquecido trasiego de las golondrinas que, por primavera, anunciaban las mañanas y las tardes con ruidoso desenfreno.
Apuró el zumo mientras observaba el vaso vacío de la invitada del día anterior, todavía sobre la mesa de hierro, justo al lado de la baldosa tras la que había descubierto la inscripción.
Luego se sumergió en la lectura. O, más exactamente, se dedicó a pasar páginas.
Según los días, la acompañaba una incómoda sensación de mareo que podía prolongarse durante horas; era como llevar unas gafas desenfocadas que no había manera de quitarse.
Si bien se trataba de una indisposición menor, le impedía evadirse a través de la ficción y la condenaba a un desalentador conteo de minutos en tiempo real.
La obligaba a pensar. Y eso era algo que, en sus circunstancias, Koldo no quería hacer.
Aquella vez, sin embargo, había una novedosa presa sobre la que cerrar sus obsesivas cavilaciones.
Se recostó en la tumbona envuelta en el kimono de algodón, cerró los ojos y, mientras reflexionaba sobre su enigmática visita, se dijo que, con un poco de suerte, quizá lograra aventurar un par de hipótesis plausibles sobre su naturaleza o, en su defecto, echar un sueñecito que acortara las horas que tenía por delante.
Se inclinó por la segunda opción. Dejó el tomo a un lado y se acomodó en aquellos pensamientos, ya evasivos, dejándose arrullar por el cálido murmullo de la fuente y la furia de los pájaros, mientras la comisura de sus labios se iba relajando. Aquello no duró mucho.
Un golpe seco y contundente la sacó de su incipiente estado de duermevela.
Algo había caído de manera estrepitosa en el patio, golpeando el suelo con inusitada fuerza para después rebotar un par de veces más.
Luego todo volvió a quedar en silencio. Se incorporó sobresaltada, protegiendo la tripa con una mano.
Miró a través de las patas de la mesa en dirección a la esquina en la que se había originado el ruido, tras la pérgola; un objeto que tardó en identificar debido al susto yacía panza arriba con su superficie apoyada en el suelo y una de sus cuatro ruedas todavía girando en el aire, cuando un segundo objeto, más voluminoso, cayó a su lado como un fardo.
Un patinete y una mochila, registró de manera mecánica.
Incrédula, miró hacia arriba en el preciso instante en que, desde la esquina derecha de la terraza, y proveniente del patio que lindaba en diagonal con el de Koldo, una figura se asomaba por encima de la mampara de cristal y, con sorprendente agilidad, caía limpiamente por encima de tiestos y macetas para quedar agazapada entre el monopatín y la mochila.
La figura miró a Koldo a través de las patas de la mesa, muy seria, y permaneció en cuclillas al tiempo que alzaba un dedo índice y lo acercaba a su boca pidiendo discreción.
Un gesto innecesario, dado que la mujer, incapaz de proferir palabra, seguía incorporada en la tumbona con la estupefacción abrazada al rostro y todavía sujetando su tripa con la mano derecha.
El volumen sobre Siberia también cayó al suelo con estrépito momentos antes de que una voz de mujer, proveniente de la casa desde la que había saltado el intruso, se fuera haciendo audible a medida que la señora se acercaba en dirección al patio.
—¡Edu! ¡Eduardo! Por tu bien, espero que no estés en casa.
La voz sonaba al otro lado del muro. Koldo miró a la figura todavía en cuclillas, que imploraba silencio uniendo las palmas de ambas manos.
Era un joven, en realidad un chaval de unos quince o dieciséis años, oscuro, delgado y atlético, cuyo rostro empezaba a hacerse agradablemente anguloso.
Llevaba el pelo negro revuelto con esmero, una camiseta agujereada de algún grupo de rock , los vaqueros rotos y deportivas rojas.
—¿Me oyes? ¡Eduardo! Como te hayas vuelto a quedar dormido, del guantazo te pongo a mirar a Rusia.
—La mujer esperó una respuesta guardando silencio mientras Koldo, un tanto absurdamente, dirigía una mirada de recelo al libro sobre Siberia que yacía en el suelo.
Se la oía muy cerca. La oyó caminar patio arriba y abajo un par de veces.
Su voz sonaba más tranquila cuando volvió a hablar; parecía haberse dado por vencida y ahora murmuraba para sí—.
Esto es una cuadra, señor. Hay que quitar todo esto de aquí ya.
Qué patio, por Dios bendito… Si mi madre, que en paz descanse, viera esto, pediría que la acogieras de nuevo en tu seno. Y de paso que me llevaras con ella.
La señora regresó al interior del piso todavía refunfuñando.
El joven pareció suspirar, aliviado. Separó las palmas y, todavía sin decir nada, introdujo una mano en el bolsillo de la parte trasera del vaquero mientras miraba a Koldo.
Parecía valorar la confianza que le merecía aquella mujer que, vestida con un kimono y descalza, lo contemplaba todavía con la boca abierta.
O quizá buscaba algo en el bolsillo. Sacó un paquete de tabaco de liar y, con suma destreza, se lio un cigarrillo mientras Koldo lo veía manipular el papel.
A punto de colocárselo entre los labios, pareció recapacitar e hizo ademán de ofrecérselo a la mujer que tema delante.
Esta negó con la cabeza y el chaval se lo colocó detrás de la oreja.
Guardó el paquete incorporándose, se colocó la mochila y, con gesto experto, echó mano del monopatín, lo giró y se colocó sobre él, deslizándose con suavidad mientras rodeaba la mesa para dirigirse a donde ella aguardaba aún sentada.
Una vez frente a la tumbona, giró sobre sí mismo al tiempo que levantaba un extremo del monopatín hacia su mano.
Al término del giro, la tabla estaba ya en su regazo y él en cuclillas observando el rostro de Koldo, que se encontraba a solo un palmo del suyo.
Sus ojos color avellana, muy luminosos, la analizaban con manifiesto escepticismo.
Luego bajó la mirada hasta el libro que, todavía en el suelo, había quedado abierto y con las tripas desparramadas sobre las baldosas; se sonrió.
—¿Te vas a Siberia? —dijo con una voz más profunda y grave de lo esperado.
—Es posible.
—No lo parece —valoró él.
Koldo se indignó.
—¿Y eso?
—Nunca sales de aquí. Te paseas cada día por tu terraza, lees, duermes, escuchas música… Mi madre dice que algo barruntas. Yo creo que te busca la policía —su voz denotaba esperanza.
El descaro del muchacho que se había colado en su patio hizo que a la mujer se le escapara la risa.
—Podría ayudarte. Tengo un amigo con coche. Falsifica carnés y pasaportes. Si quieres, te lo organiza para que salgas del país.
Lo observó escéptica. El chaval se rio con ganas, dejando ver dos blanquísimos incisivos separados entre sí que le devolvieron los trece años que por un instante había perdido.
—Era una broma —dijo risueño. Luego, más serio, añadió—: Si estás enferma, puedo quedarme a hacerte compañía. A cambio —dijo señalando la esquina del patio por la que había saltado—, podrías dejarme utilizar esto de vez en cuando. Como salida. Y como entrada.
—Ni hablar.
—¿Por qué no?
—Porque deberías estar en clase.
—¿Y tú no deberías estar trabajando?
—No necesito trabajar.
—Entonces, igual puedes prestarme unos pavos.
Ella se rio con ganas.
—No. Y la próxima vez que saltes por ahí, le diré a tu madre que estás agazapado como un conejo detrás de un tiesto. O te demandaré por allanamiento de morada y te enviarán a Siberia a hacer trabajos forzados, lo que prefieras.
El muchacho suspiró.
—Los trabajos forzados —reconoció con tristeza. Sacó un mechero e hizo ademán de ir a coger el cigarrillo que aguardaba detrás de su oreja, pero se detuvo un momento.
—De todos modos, gracias por cubrirme. Me llamo Tifón.
La joven estrechó la mano que le tendían.
—Koldo. Si vas a salir a través de mi casa, vuelve a dejar el pitillo donde lo tenías —le dijo señalando a la oreja derecha del chaval.
Tifón le lanzó una media sonrisa y echó a andar con el monopatín en una mano y el cigarro en la otra.