Ayer en mi patio Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Gracias, me hacía falta —le dijo. Koldo se la quedó mirando mientras bebía.

La manga izquierda de su traje claro estaba mojada cuando se llevó el vaso a la boca.

La joven registró el detalle sin considerarse capacitada para interpretarlo.

Acto seguido, llevada de un impulso apenas razonado, desvió su mirada al brazo derecho, que caía de forma lánguida a lo largo del elegante cuerpo de su invitada.

Las gotas que se derramaban desde esa otra extremidad, casi sin intervalo entre ellas, habían acabado por formar un pequeño charco bajo el mismo.

En realidad, precisó para sí, la manga estaba empapada.

Completamente mojada hasta el codo. Tras beber toda el agua, trago a trago, casi con voracidad, la extraña giró sobre sí misma con sorprendente agilidad, dio un par de pasos y depositó el vaso en la mesa de cristal y hierro forjado, bajo el cenador.

—En fin, no quiero entretenerte más —dijo de forma repentina. Miró un pequeño reloj de pulsera—. Me tengo que ir, o no cogeré el avión.

—¿Ya mismo? —aventuró Koldo. El alivio se mezcló con la extrañeza.

—Los aviones no esperan —bromeó la mujer. La elegante amabilidad había dado paso a cierta urgencia que la llevó a tomar la iniciativa dirigiéndose ella misma a la salida de la terraza. Koldo la siguió, confusa. Ya en el pasillo se giró hacia su anfitriona, mirándola todavía con las gafas puestas.

—Discúlpame, soy una maleducada. Tomo tu casa por asalto y ahora desaparezco como si mi visita fuera la de un fantasma. ¿Te imaginas que me soñaste?

Tras el enigmático comentario, le tendió la mano a modo de despedida.

La joven, que la seguía con la perplejidad tatuada en el rostro, extendió a su vez el brazo de forma mecánica para estrechársela.

Tuvo que contener un breve respingo mientras un escalofrío le recorría la espalda.

No fue solo la manga mojada, hubo algo más.

A partir de ahí, fue incapaz de proferir una palabra.

Los pasos de su invitada todavía tardaron un rato en dejar de oírse al otro lado de la puerta.

Koldo echó el pestillo y giró la llave, no sabía si por costumbre o por necesidad, y se dirigió al patio.

Sabía que llevaba demasiado tiempo de pie, pero lo justificó diciéndose a sí misma que iba en busca del vaso que su visita había dejado sobre la mesa.

No obstante, una vez fuera, no se encaminó a la sombra del cenador.

Sin saber muy bien por qué, y todavía con aquella indefinible incomodidad en el cuerpo, se dirigió hacia la fuente y la rodeó hasta colocarse en el lugar en el que sorprendiera a la invitada.

Miró alrededor. Desde allí percibía su casa con una profundidad que se le antojó sugerente y extrañamente evocadora; primero el sofá, después la biblioteca, con aquel enjambre de libros dilatados por la perspectiva, a continuación, el distribuidor recubierto de maderas y, al fondo, la puerta por la que había desaparecido aquella inexplicable visita.

Acto seguido, se agachó hasta alcanzar su misma posición.

La fuente y sus tres ranas, con sus respectivas bocas abiertas, seguían ahí.

A esa altura, el agua que escupían en forma de chorro formaba arcos que sobrepasaban la cabeza de Koldo para luego volver a caer en la pila, añadiendo una nueva floritura a su campo de visión.

En cuclillas, deslizó la mirada hacia abajo.

Hacia el desagüe por el que el agua sobrante era evacuada formando un reguero que iba a parar hasta el sumidero del propio patio.

Dirigió su mirada al suelo hidráulico, aún mojado, donde también localizó los pequeños charcos dejados por las mangas de la desconocida, ya casi evaporados.

Quizá había sido solo una impresión. Algo imaginado, probablemente fruto del aburrimiento.

Y de las hormonas alteradas. Suspirando, apoyó las manos en el borde de la pila para volver a incorporarse.

El gesto, torpe, la obligó a mirar hacia el interior de la poza, donde las baldosas ofrecían sus escenas de caza en una versión distorsionada por el agua de la misma, como si cervatillos, liebres y faisanes estuvieran a la fuga y en movimiento, y la imagen de los cazadores, ondulada e irreal, fuera más amenazadora que nunca.

Pensativa, desplazó su mirada de la escena a las juntas entre las baldosas.

Y a punto de hacer caso de su primer impulso, cayó en la cuenta y se deshizo del kimono; algo mucho más práctico que tratar de recoger sus anchas mangas.

Sus brazos, sumergidos casi hasta los codos, navegaron con deleite por el agua fresca mientras sus dedos, expectantes, recorrían el espacio que separaba cada baldosa.

Estuvo así un rato hasta que, decepcionada, tuvo que reconocer que ahí no había nada.

Fastidiada, se apoyó en una de las baldosas para incorporarse, y entonces lo notó.

Un chasquido provocado por el cambio de peso que no fue suficientemente significativo como para evitar que se irguiera, pero sí para que, una vez incorporada, se detuviera pensativa.

Volvió a mirar hacia dentro de la pila. Estaba casi segura de que aquella baldosa había crujido ante la presión.

¿O no? Con cierta avidez, se lanzó de nuevo hacia la pila.

La baldosa se deslizó, no sin esfuerzo, chocando con las de alrededor.

La empujó con más fuerza, haciéndola saltar hacia un lado.

Quedó montada sobre el resto de baldosas, dejando un rectángulo de cemento al descubierto.

El corazón le dio un vuelco a la vez que un espasmo a la altura de los riñones le advertía de que había sobrepasado con creces su tiempo autorizado de actividad.

Se había descuidado. Incapaz de resistirse, sin embargo, se agachó de nuevo y observó el cemento que había quedado al descubierto.

Nada. Le invadió una leve e injustificada sensación de decepción.

¿Qué esperaba? Tomó la pieza suelta. Al sacarla del agua notó lo pesada que era; lo bonita, sin duda, y lo bien hecha que estaba.

No pudo evitar darle la vuelta. Entonces la vio.

En el reverso, grabada con elegancia, yacía una pequeña inscripción; una especie de dedicatoria.

T,

Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar.

Por siempre, P.

Leyó la inscripción un par de veces, maravillada. Y una tercera más, con un sentimiento añadido, la certeza. Porque ahora, al menos, sabía algo de lo que aquella señora había estado haciendo en su patio: mentir.