Capítulo 4 #2
—Por lo visto, el anterior dueño era un nostálgico y trató de recrear aquí un pedazo de su tierra —añadió Koldo, señalando las agrestes macetas de geranios aferradas a las paredes y los tiestos asilvestrados que se acumulaban en dos y hasta tres hileras.
Las cintas habían creado hijuelos que se derramaban por los bordes, los helechos habían invadido varios rosales cercanos creando curiosos tiestos híbridos, los jazmines trepaban por los galanes de noche sin lograr asfixiarlos y estos crecían hacia el interior del patio convertidos en gruesas ramas ya ingobernables—.
Yo tampoco he hecho demasiado por domesticar este caos vegetal, pero de patio andaluz le queda poco.
La recién llegada miró alrededor sorprendida; quizá atribulada ante el exceso de elementos.
Y, tras pedir permiso con la mirada, caminó alrededor de las macetas inspeccionándolas, deteniéndose aquí y allí, tocando el cemento del murete con las yemas de los dedos y mirando a través de los paneles de cristal tal como hiciera Koldo apenas unos meses atrás.
—Es casi un milagro que este tipo de viviendas, con su escasa altura, haya sobrevivido al paso del tiempo en pleno centro de la ciudad, ¿verdad? —murmuró como para sí—. Y pensar que esta colonia estuvo un tiempo abandonada y en estado de semirruina hasta que la familia Silva la rescató.
Koldo la miró con renovado interés.
—¿Sabes mucho de la historia de La Proa?
—No tanto, en realidad. El nombre se lo puso el propio editor, Gregorio Silva.
Adquirió la colonia de manos de un promotor que la tenía durmiendo el sueño de los justos desde antes de la Guerra Civil y la convirtió en sede y residencia de la editorial.
Pero las características arquitectónicas, sobre todo esa semblanza que tiene con un navío y el entramado de patios del interior, la hacen única, ¿no crees?
—Supongo.
La Proa, según le refirió con mayor detalle, había sido un proyecto fallido que nacía hacia 1925 al amparo de la Ley de Casas Baratas de 1911.
Se llamó Cooperativa de Casas Económicas La Travesía, matizó didáctica, pero su intención era otra.
Formalmente, como el resto de colonias de perfil similar, se fraguó como parte de un movimiento urbano de índole social que pretendía dignificar la vivienda de las clases menos pudientes con un modelo de alojamiento de carácter burgués.
Pero desde sus orígenes La Travesía buscaba, con sus volúmenes puros y funcionales, servir de reclamo de un estilo de vida más moderno y europeo dirigido a profesionales liberales.
El proyecto acabaría arrebatándoselo la colonia de El Viso firmada por Rafael Bergamín, debido, en parte, a su estratégica ubicación con vistas a la sierra de Guadarrama.
Y La Travesía acabó siendo un grupo de casas inconcluso que, a las puertas de la Guerra Civil, quedó relegado al olvido.
Durante muchos años, y hasta que Silva puso sus ojos en ella, puntualizó, el proyecto se había atribuido a Luis Gutiérrez Soto, un ecléctico y popular arquitecto madrileño de la época que, tras ser el máximo goleador del Real Madrid, se había dedicado, entre otras muchas ocupaciones, a poblar su barrio de Salamanca natal de edificaciones de inspiración racionalista.
Fue Silva quien, al coincidir en la década de los cincuenta con el arquitecto bilbaíno Manuel Galíndez en Barcelona, ciudad donde este había proyectado años atrás el Banco de Vizcaya, supo de esta colonia madrileña que aguardaba, casi acabada, aunque en estado de semiabandono, tiempos mejores.
—Por aquel entonces comenzaba la edad dorada de Odisea Silva —puntualizó—.
Cuando el editor decidió regresar de Barcelona a Madrid, localizó a Gregorio Iturbe, promotor habitual de este tipo de colonias, y se hizo con ella rebautizándola como La Proa.
Había decidido utilizarla como sede de su gran proyecto editorial.
Y creo que no pudo hallar mejor nave que esta para aquella travesía de éxito.
La mujer pareció percibir que Koldo abandonaba los recelos acerca de su presencia; ambas relajaron sus hombros casi simultáneamente.
Acto seguido, la elegante desconocida giró sobre sí misma, se acercó hasta la fuente y, con un gesto, pidió permiso para sentarse en el borde.
Lo hizo con cuidado de no mojarse el impecable traje blanco, mientras Koldo seguía sus movimientos en silencio, admirando sus hombros bien armados y la manera en que el traje se adaptaba a su cuerpo.
Sentada, la señora dejó caer la mano izquierda, permitiendo que la punta de los dedos se sumergiera con delicadeza bajo el chorro que escupía una de las tres ranas que habían sobrevivido al paso del tiempo.
Luego, con extrema delicadeza, acarició la cabeza del animal.
—Es un patio increíble. Ochenta metros cuadrados ocultos al mundo; un vergel secreto. ¿Cómo crees que hace uno para conservar algo así?
Miró a Koldo sin esperar una respuesta por su parte, pero con manifiesta simpatía. O quizá la palabra apropiada fuera interés.
—¿Lo han inspeccionado recientemente?
Koldo la miró, sorprendida.
—¿Inspeccionado?
—Bueno, estos patios pueden deparar sorpresas.
—¿Sorpresas? ¿De qué tipo? —volvió a preguntar ella sin comprender.
—Hace unos años, en la colonia de Los Carteros de la Guindalera, el afán de uno de los primeros propietarios por convertir su pequeña parcela en un bosque hizo que la casa, cuando la habitaba su nieto, estuviera inclinada hacia un lado.
Las raíces habían invadido la tierra bajo los cimientos y lo habían dejado todo seco, provocando un derrumbe parcial de los mismos.
Parecía la Torre de Pisa. No salió una raíz por la taza del WC , pero casi.
Las cañerías estaban completamente obstruidas.
La expresión de Koldo le hizo suavizar el discurso.
—Quédate tranquila, dudo que aquí los tiestos vayan a invadir el salón. Me refiero a factores más prosaicos. Son espacios que están a la intemperie, expuestos de forma continuada a las inclemencias del tiempo. Inviernos fríos, veranos…
—Infernales, lo sé —asintió.
—Y luego están las heladas. Los cambios extremos de temperatura provocan desperfectos en las estructuras; los muros se resienten, los cristales, como aquel de ahí, se resquebrajan.
Y las lluvias y, sobre todo, el agua sobrante de un riego continuado, pueden acabar filtrándose a través de las baldosas, generar humedades y provocar daños irreparables en las estructuras, en la tela asfáltica…
En este caso, en los techos de las plantas inferiores, las de la galería y sus locales comerciales.
Koldo la miró, alarmada.
—Dios santo, ¿eso no es algo que hubieran debido prever los propietarios anteriores?
Su invitada hizo un gesto con la mano restándole importancia a su propio comentario.
—Llámalo celo profesional. Tú no has notado nada extraño en el patio hasta la fecha, ¿verdad?
—preguntó. Un rostro escrutador aguardó la respuesta por parte de su interlocutora.
Y luego negó con la cabeza—. No te preocupes, seguro que todo está en orden —dijo desautorizando sus propias observaciones por segunda vez.
Luego, pareciendo dar por terminada tan espinosa cuestión, cambió de tema con ligereza—.
Abusando de tu confianza, ¿puedo pedirte un vaso de agua?
Koldo regresó al interior de la casa con una extraña sensación a la que no sabía ponerle nombre.
Las amables aunque inquisitivas formas de aquella visita le habían generado una vaga y sutil inquietud.
Cogió un vaso y lo puso bajo el grifo. Sabía que no eran los comentarios alarmistas referentes a la integridad del patio los que habían sembrado su desconfianza.
No. Era el intrusismo; la insistencia de aquella visita para la que, en realidad, no veía suficiente justificación.
Procurando serenar aquella desazón, se obligó a ejecutar los movimientos con calma mientras sacaba los hielos del congelador, los volcaba en el vaso y devolvía la cubitera a su lugar.
Qué más daba; aquella visita guiada parecía haber concluido.
Sacudió la cabeza, cogió el vaso y salió de la cocina en dirección al patio.
En un primer momento no la localizó al salir al exterior; el exceso de luz no era de gran ayuda.
Todavía con el vaso en la mano miró inútilmente en dirección a la mesa alojada bajo la pérgola, esperando hallarla protegida bajo la sombra; luego dirigió la mirada hacia la pared opuesta, allí donde el caos de macetas era más acusado y el verde alcanzaba una mayor intensidad.
También en vano. El sol, que a esas horas daba sobre los ojos de todo el que se adentrara en el patio, dificultaba la visión.
Todavía cegada y un tanto desconcertada por la infructuosa búsqueda, acabó haciendo visera en dirección al centro del patio.
Por fin la localizó. La extraña visita se incorporaba en aquel preciso instante desde detrás de la fuente, su rostro mostrando cierta tensión.
¿O era una sonrisa? Koldo trató de enfocar la vista a través de los haces de luz.
La desconocida agitó algo que llevaba en la mano delante de ella.
Unas gafas, se dijo, identificando el objeto.
Unas gafas de sol de elegante montura marrón.
—Se me habían caído —le sonrió—. ¿Te importa? —dijo a continuación, poniéndoselas—. Este sol es inclemente.
Koldo asintió mientras trataba de captar cada detalle de la escena que se desarrollaba ante sus ojos, al otro lado del velo creado por la calima. Sin decir nada avanzó un par de pasos tendiéndole el vaso con el brazo extendido. La desconocida alzó el suyo para cogerlo.