Ayer en mi patio Capítulo 4
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Capítulo 4

Se puso el kimono sobre el pijama, se cepilló la melena y se acercó a la puerta justo cuando volvía a sonar el timbre.

Después del tercer capítulo de la enésima serie que llevaba vista, había comenzado a sentir ese anhelado sopor que acababa conduciéndola al sueño, lo que la permitió escapar de todo aquel tedio que la envolvía y tiraba de ella desde hacía varios días.

Debería estar disfrutando de su nueva casa, no hacía ni tres semanas que se había mudado.

Y, sin embargo, apenas la había paseado en los escasos quince minutos que se permitía estar de pie cada día.

Para colmo de males, ahora saboteaban su único momento de evasión, la siesta.

Torció el gesto mientras volvían a llamar a la puerta.

Observó por la mirilla, primero desconcertada, y luego recordando.

Supuso que era ella, su visita impuesta.

Aquel compromiso acentuó su irritación. Abrió un poco a regañadientes.

En el umbral aguardaba una señora ya entrada en años y visiblemente elegante.

Parecía sobrepasar los setenta, pero el sencillo traje de chaqueta y pantalón color crema destacaba su porte esbelto, potenciaba la luminosidad del cutis y hasta le hacía juego con la arreglada melena blanca, además de conferirle cierta vitalidad juvenil.

Una comisaria de arte, una interiorista retirada o la mujer de un diplomático, conjeturó Koldo mientras le estrechaba la mano, fastidiada por no sentirse en su mejor momento.

—Disculpe la intromisión; me llamo Dora; creo que el conserje ya la avisó de mi interés por visitar, siquiera fugazmente, su casa. No puedo estarle más agradecida.

—Perdona la espera —asintió Koldo, tuteándola como sanción a lo inoportuno de la visita y sin ganas de presentarse.

—Muchas gracias por recibirme, de verdad —insistió ella con un acento cuya procedencia no logró identificar, aunque ubicó al otro lado del océano. Su tono, lejos de apremiante, parecía denotar auténtico agradecimiento y la buena educación de quien detesta hacerlo, pero intuye que molesta.

—Claro, ningún problema —mintió la anfitriona—.

El conserje me dijo que tenías verdadero interés por la casa; que esta era tu última tarde en Madrid y que no habías podido venir a visitarla durante el momento en el que aún estaba a la venta.

Siento decepcionarte, pero no estoy abierta a ofertas, por muy jugosas que sean.

Su interlocutora rio la broma cortésmente.

—Sí, no sabe cómo siento la molestia. En realidad, hablé con el conserje cuando la casa ya estaba vendida, pero aún no se había ocupado, de ahí las idas y venidas.

—Bueno, parece que te has salido con la tuya, pero tendrá que ser una visita rápida. Ya me explicarás el motivo. Y tutéame, por favor —cedió finalmente.

Si bien Koldo no conseguía reconciliarse con la situación y su tono no terminaba de resultar amistoso, la visita parecía impermeable a su fastidio y a su curiosidad.

—Sí, ya me lo avisaron. Te lo agradezco, de verdad.

Perpleja, la joven se recogió la melena en un moño alto mientras le indicaba a la recién llegada que la siguiera por el pasillo.

Dejaron atrás la cocina, el dormitorio pequeño y el aseo antes de llegar al pequeño espacio distribuidor que dividía la casa en dos tramos paralelos, y la hizo pasar por la puerta de la derecha hasta el salón.

Seguía sin saber cuál era el objeto de la visita; Paco solo le había anticipado que estaba muy interesada en ver la casa originaria del fundador de la colonia y, aunque suponía que ella le daría más pistas al respecto, se estaba tomando su tiempo.

—El salón —señaló Koldo al tiempo que extendía los brazos—.

No sé si era esto lo que querías ver. Paco no me contó demasiado.

Los muebles los traje yo. Así que no habrá nada que te interese, excepto la distribución, la biblioteca y, quizá, aquella curiosa marina del fondo —le indicó sin apenas pausa, como solía ocurrirle cuando no sabía muy bien qué esperar de su interlocutor—.

Digamos que esto es lo que formaba parte del escenario original.

¿Quizá se tratara de una escritora? A pesar suyo, se daba cuenta de que la curiosidad se iba imponiendo al fastidio inicial.

Obediente, la aludida miró sin demasiado interés en dirección a la amplia biblioteca de madera que ocupaba por completo una de las paredes del salón.

Estaba repleta de libros entre los que había volúmenes de viaje en grandes cantidades.

Luego miró al lado opuesto, en dirección a un atlas enmarcado en madera de considerable tamaño que ocupaba la mitad de la pared izquierda del salón y sobre el que relucían, como una bandada de estorninos, una multitud de chinchetas negras diseminadas casi por toda su extensión.

—Veo que has viajado mucho —exclamó tratando de sonar admirada.

—No tanto, en realidad —respondió Koldo, obviando cualquier aclaración y aguardando, en cambio, las explicaciones pertinentes por parte de su enigmática visita.

Ajena al apremio de su anfitriona, sin embargo, la recién llegada dejó vagar la mirada por el salón hasta que sus ojos se detuvieron en la marina dibujada sobre la puerta del fondo, la que conectaba con el dormitorio.

—El Mediterráneo.

—Desde el otro lado recuerda más al cabo de Hornos.

La desconocida enarcó las cejas y aceptó la invitación de Koldo de cruzar la puerta y mirar desde el dormitorio.

Volvió al salón tras observar aquella curiosa marina invertida.

Luego su mirada se dejó enredar entre las livianas cortinas color crema que cubrían, casi desde el techo, los amplios ventanales que daban al exterior.

—¿Esos ventanales dan a los famosos patios de La Proa? —señaló la mujer dejando traslucir cierta fascinación en el timbre de voz.

Koldo asintió, dirigiéndose hacia el espacio que se intuía al otro lado de las persianas eléctricas.

—Así es —confirmó—. ¿Son el motivo de la visita?

La recién llegada por fin pareció caer en la cuenta de que su autoimpuesta presencia requería de algún tipo de explicación.

—Sí, perdóname. Creía que el conserje te había adelantado algo.

Le expliqué que estoy trabajando en un informe sobre el fenómeno de las colonias madrileñas de comienzos del siglo XX .

Como solución arquitectónica y como fórmula de convivencia.

Se trata de verdaderas joyas de urbanismo hoy prácticamente relegadas al olvido, cuando no derruidas para hacer bloques de viviendas más acordes a las necesidades actuales —puntualizó—.

Hay muy poco escrito al respecto y estamos tratando de elaborar una especie de inventario que justifique un posterior estudio en profundidad.

Con un poco de suerte, quizá acabe convirtiéndose en una guía a disposición del público —sonrió.

—Pero no eres de aquí, al menos el acento no lo es —afirmó Koldo más que preguntó, sorprendida de que estas colonias despertaran interés arquitectónico más allá de su localización natural.

—Soy de Miami —aclaró la aludida—. Nuestro distrito Art Déco es uno de los mayores activos históricos de la ciudad y un gran reclamo turístico, así que allí nos tomamos muy en serio la arquitectura urbana.

Diseminado aquí y allí, en Madrid hay un verdadero capital arquitectónico concentrado en las colonias que se proyectaron en el primer tercio de siglo.

Algunas fueron concebidas por gremios como el de la prensa, el militar o el ferroviario; otras fueron iniciativas sindicales, y en su mayoría estuvieron destinadas a las clases obreras y a gente sin demasiados recursos.

Pero no todas. En cualquier caso, este tipo de viviendas comunales fueron muy particulares en su planteamiento arquitectónico.

Y debo reconocer que me hacía especial ilusión valorar de primera mano esta en concreto.

Meses atrás tuve ocasión de visitar la autoescuela de al lado; su terraza disfruta de ciertas particularidades, ya que su muro izquierdo conforma en parte la fachada de la colonia —le puso en antecedentes a la joven—, pero la relevancia de esta vivienda reside en que constituye el modelo original; en parte porque estaba destinada al propietario y sobre todo porque, al tratarse de la primera en terminarse, se utilizó como ejemplo para el resto.

Koldo asintió, reflexionando sobre sus palabras. De forma instintiva, sin embargo, que el interés de su invitada se ciñera a motivos estrictamente arquitectónicos le producía cierta desconfianza. Estaba convencida de que el morbo de lo acontecido medio siglo atrás también mediaba.

—Bueno, supongo que todos los pisos tienen una distribución similar tanto dentro como fuera, en los patios. Visto uno, vistos todos. No creo que este vaya a sorprenderte mucho más allá de su bucólica personalidad.

Y como para demostrárselo, Koldo abrió las cortinas y pulsó el botón. Las persianas comenzaron a subir.

—Incluso en primavera, el sol en Madrid puede ser terrible —avisó a la extranjera.

Confirmando la veracidad de sus palabras, al alzar el telón, la claridad exterior les inundó las retinas de tal manera que el patio parecía una imagen sobreexpuesta de sí mismo.

Koldo abrió la puerta de cristal indicando con un gesto a su invitada que saliera.

Por un momento, la recién llegada pareció indecisa; luego agradeció la deferencia y subió el único escalón que separaba el salón del patio.

Deslumbrada y con el ceño fruncido, alzó una mano a modo de visera tratando de enfocar la mirada cegada.