Ayer en mi patio Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Los piratas nunca pagan. Y se cobran los favores —dijo el otro con algo parecido a la admiración.

Una emoción que, viniendo de él, era cuando menos desconcertante—.

Hay muchas vidas en ese cuerpo y ninguna buena.

La biografía oficial dice que empezó con Silva como chico de los recados poco antes de que su hijo se suicidara.

Cuando la tragedia, todo cambió. Y él decidió irse a conocer mundo, al estilo romántico.

Era a mediados de los sesenta y tendría diecisiete o dieciocho años; se despidió del jefe, se fue a Bilbao, ya ves la casualidad, y se enroló en un barco como grumete.

Regresó veinte años después, casi en las últimas por culpa de unas fiebres.

Silva lo recibió con los brazos abiertos y lo volvió a contratar en lo poco que quedaba del imperio editorial, la librería.

Al morir, se la dejó. Desde entonces vive en la colonia, como un capitán que se resiste a abandonar el barco por segunda vez.

—¿Y la extraoficial?

Asier puso los ojos en blanco.

—En el vecindario se cuenta de todo. Que fue mercenario en Rusia, que traficaba con cadáveres en Camboya, que tuvo relaciones con los yakuzas en Japón —dijo como al aire.

La joven recordó el tatuaje y no pudo evitar un escalofrío pensando en lo desafortunado de su incidente en la librería—.

Sé que vivió en Japón. Y en Siberia —continuó Asier, quien súbitamente se dio cuenta de que Koldo parecía ensimismada.

Hizo una pausa, observándola en una frecuencia diferente y cambiando el tono al volver a dirigirse a ella—. Me gustan esas arrugas.

Koldo entornó la mirada.

—Dicen que los años pasan, pero en realidad se quedan. Y han sido unos cuantos.

—¿Te casaste con aquel novio tuyo?

—No, no me casé —dijo como respondiendo a algo que se le antojaba evidente, aunque no tenía por qué—. Se quedó en Bilbao.

Le dio un trago al vino, como si aquello pudiera cambiar el rumbo de la conversación.

—¿Demasiado fácil? —sugirió el otro. A Koldo le sorprendió la pregunta; sobre todo porque evidenciaba que Asier recordaba la conversación que la había motivado.

Durante aquel loco año universitario y el que le siguió, Asier entró y salió de aquel piso compartido sin previo aviso y sin pauta alguna.

Poco antes de su marcha a Galicia, y después de haberle perdido la pista durante varios meses, la puerta de su dormitorio se abrió.

Serían las dos o las tres de la noche. La habitación estaba oscura, pero sabía quién era.

Intuyó cómo se quitaba la ropa antes de echarse a su lado, quieto y en silencio.

No hizo amago de nada, ni siquiera de hablar.

Se limitó a acercar el rostro lo suficiente para que sus dos alientos se mezclaran.

Tampoco llegó a contarle que se iba. Y, sin embargo, ella no pudo evitar decirle que había conocido a alguien.

Una intuitiva reacción de despecho, quizá.

—¿Y cómo es? —preguntó, llevado por una cortés curiosidad.

Koldo lo pensó un momento antes de responder.

—Fácil —dijo con llaneza.

Él volvió a preguntar con igual llaneza.

—¿La relación o el novio?

No le gustó la pregunta, pero no quiso plantearse el motivo.

Por la mañana, muy temprano, ella se fue a trabajar a aquella agencia de traducción donde hacía prácticas y él se quedó durmiendo un par de horas más, como solía hacer.

O puede que sencillamente estuviera despidiéndose de aquella cama que tanto le gustaba. Fue la penúltima vez que lo vio.

Ahora volvía a tenerlo ahí, con aquella expresión afectuosa de hermano menor, sus hermosos e inofensivos rasgos mezclados, tan inescrutable como siempre.

Desvió la mirada en busca de ayuda, y los cómics que descansaban en la mesa del Mascarón se la ofrecieron.

—Vaya, El capitán Trueno —dijo fingiendo un interés quizá excesivo.

Asier correspondió con uno mucho más auténtico.

—Cómics antiguos, una debilidad —dijo satisfecho—. Mi viejo fue quien me introdujo y Tristán quien me iluminó de verdad. Y ahora mismo tú estás a punto de entrar a vivir en la cuna del más legendario: Baltasar de Figueroa, El Ángel de la fragata Blanca. ¿No te parece una romántica casualidad?

—Romántica tal vez, casualidad no tanto —respondió, recordando quién le había mostrado el piso.

—Y con fantasma —prosiguió el otro con la broma en represalia por su tono cínico.

—Un piso compartido —precisó ella—. No te creas que no voy a agradecer un poco de compañía.

Se recreó un momento en la figura de Pascual Silva, pensativa.

—¿Qué pasó exactamente? Tú cuentas y cuentas, pero nunca llegas a lo que de verdad interesa. Tus infinitos conocimientos no irán a fallar justo ahí.

—Creo que he conseguido armar la historia. No sin esfuerzo, no te vayas a creer.

—Cuenta —le instó ella, impaciente.

Asier se hizo el loco solo un instante.

—Si quieres escucharla, tendrás que invitarme a tu casa —añadió en un tono abierto a múltiples interpretaciones.

—¿Cobrándote favores tú también?

Koldo no tuvo tiempo de escuchar la respuesta.

El sonido del móvil anunció una llamada entrante.

Miró de reojo, como quien no se atreve a hacerlo, y notó cómo la sangre se atropellaba en sus sienes al ver el número de la clínica de fertilidad.

Tras despedirse de forma apresurada y un tanto misteriosa, algo que le provocó una fugaz sensación de triunfo que no llegó a disfrutar, echó mano del bolso y se alejó de La Proa al tiempo que respondía la llamada con voz ahogada.