Ayer en mi patio Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Ataviado con camisa de cuadros y una cazadora de ante marrón, así arreciara tormenta o hubiera que hacer frente a la inclemencia estival, y tocado por una gorra de chulapo que llevaba ya al llegar de Córdoba, solía frecuentar los bingos cercanos a la plaza de Manuel Becerra y el tramo correspondiente de la calle Alcalá, donde al parecer tenía negocios, escoltado por un magnífico gran danés de color gris azulado, llamado el Ruso por su estoicismo, que acentuaba lo particular de aquella estampa de siniestro vendedor de lotería de la Transición.

Pero lo que verdaderamente desató la rumorología fue su gestión doméstica.

Viudo al parecer desde poco antes de marchar para Madrid, lo hizo acompañado de sus dos niñas, Dolores y Josefa, a las que nunca se las vio, en el medio siglo que habitaron en la colonia, pasear solas por el barrio.

Ya fuera a las sesiones dobles de los cines Peñalver o al servicio de los domingos al mediodía de la parroquia Nuestra Señora del Pilar, siempre acudieron acompañadas del progenitor.

Y por más que durante el paseo posterior por el flamante parque de Evita Perón más de un mozo tratara, en años posteriores, de forzar el encuentro, solo el Ruso les salía al paso.

La realidad, siempre maleable y acentuada en este caso por los ojos verdes de Josefa y la melena a lo Romero de Torres de Dolores, quiso que a aquellas hermanas virtuosas, mojigatas y encaminadas sin remedio hacia la soltería las rodeara el aura romántica de unas desdichadas cautivas.

Contaban en el vecindario que su padre cerraba con llave cada vez que le tocaba pasar revista al negocio en compañía del Ruso, y que solo una mujer de confianza, encargada de los recados y la intendencia doméstica, estaba autorizada a atravesar el umbral, acompañar a las niñas al cole y posteriormente recogerlas para traerlas de vuelta.

Aquella mujer, que nadie supo de dónde salió, excepto de la boca de metro de Diego de León cada mañana, nunca se puso enferma y nunca facilitó información más allá de la lista de la compra.

—Cuando las hermanas cumplieron veintiún años, desapareció. O quizá murió, quién sabe —reflexionó Asier—. Para entonces, las niñas estaban bien enseñadas, e imagino que el Cordobés ya no necesitaba cerrar con llave, porque las dos se habían olvidado de que había algo más allá de la puerta.

Koldo estaba estupefacta. Tanto que había olvidado mirar el móvil durante la última media hora. No sabía si era la impresión de la historia o el hecho de descubrir que eso había sucedido también en su casa.

—Pero ¿cómo no me contaste esto el otro día?

Asier se rio con esa peligrosa alegría infantil suya.

—Suicidios, fantasmas, cautivas…, demasiada información —certificó—. No hay quien compre eso.

—Excepto tú —puntualizó Tristán.

Acusó aquella obviedad como si se la hubiera clavado por la espalda a traición.

Se giró con brusquedad para encararlo. No acertó a descifrar su tono ni su intención; tampoco supo por qué la había incomodado.

Pero reconoció cierta alusión velada. Lo cierto es que, a la luz de esta nueva información, también se sentía en cierto modo estafada.

Su casa era una especie de coladero; aún no sabía de qué.

Y nadie la había advertido. Le dieron ganas de culpar a Asier.

Un impulso que no le era desconocido, aunque sí lejano, y que siempre había reprimido como si las reglas tácitas de su relación no contemplaran aquel derecho.

Molesta, aparcó aquel sentimiento centrándose en Asier, que continuaba hablando.

—De ahí la curiosidad que va a generar tu presencia en el vecindario. Ya sabes lo que dicen: no hay dos sin tres.

Se lo quedó mirando, notando cómo todo su resentimiento se diluía para dar paso a una súbita hilaridad. Se le escapó una carcajada.

—No te rías. —Asier exhibió su dedo índice delante de ella, reprendiéndola por su risa espontánea—.

Los Silva vinieron de Barcelona y mira la que liaron.

Español llegó como el Patriota, mutó en el Cordobés y se fue con los pies por delante como Barba Azul.

Tú vienes de Bilbao; esperamos grandes cosas de ti.

Entre risas, Koldo pensó en las razones que la habían traído hasta La Proa.

En la curiosidad, en la casualidad, en todo lo demás.

Imaginó que nunca sabría qué trajo a Asier hasta esta colonia por mucho que se lo preguntara; sus motivaciones eran tan herméticas como sus ojos afilados.

Y no se atrevió a planteárselo a Tristán, aunque se prometió a sí misma que lo averiguaría.

Se conformó formulando una pregunta alternativa:

—¿Cómo llegó Gregorio Silva aquí?

—Le pasó como a ti. La policía lo buscaba en Barcelona —resopló Tristán.

En contra de la parquedad que le hubiera supuesto, aquello fue solo la primera parte de una respuesta que resultó mucho más precisa de lo que Koldo hubiera anticipado.

—Su hijo, como tenía por costumbre, empezó a meter las narices donde no debía —dijo, dándole a continuación un asombroso trago a su cerveza, cuya copa vacía quedó columpiándose en su única mano—. Pero esa es una historia que no se puede contar con sed —concluyó, exhibiendo el recipiente vacío.

Asier se apresuró a levantarse para ir en busca de otra pinta, pero lo detuvo con un gesto.

—No te molestes, muchacho; los deberes me reclaman. Otra vez será.

Sacudió de forma elocuente el reloj de su única muñeca mientras señalaba con un gesto hacia la librería.

Koldo no supo decir si el tiempo se le había echado encima o si la retirada era una excusa para evitar entrar en detalles.

Asier volvió a sentarse, un poco a regañadientes, mientras Tristán iniciaba el proceso inverso con cierta dificultad.

—Lo malo de las ocasiones es que nunca se sabe si volverán a darse —pronunció una vez de pie, confirmando el pálpito de Koldo.

Esta observó sorprendida que, a pesar del vigor físico que se infería de su imponente figura, el mariscal había echado mano de un bastón que, cruzado en la silla contigua, se le había pasado por alto.

Se apoyó en su mango, que tenía la forma de un cocodrilo dorado, para iniciar el camino de regreso a Odisea sin mediar mayores despedidas. Y sin pagar.

Recordó su primer encuentro en la librería antes de dirigirse a Asier.

—¿Tiene una cuenta abierta en El Mascarón?