Ayer en mi patio Capítulo 3
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Capítulo 3

Habían pasado dos intensos meses de decisiones, gestiones, pruebas y papeleo y apenas media hora desde el análisis.

Ya era propietaria, y puede que algo más.

Incapaz de esperar en casa a la llamada con los resultados, se acercó hasta La Proa para informar en persona al conserje de que en breve tomaría posesión de la casa.

Entonces lo vio, justo a la salida de Píramo, cuando rodeaba la fachada de la colonia.

No era exactamente una casualidad, ya que visitar La Proa era en realidad la excusa; el verdadero plan de distracción consistía en la posibilidad de encontrarse a Asier. Pero no esperaba verlo acompañado.

Estaban sentados en la terraza del Mascarón mientras Píramo y Tisbe, por siempre unidos para quien los observara desde fuera, los cobijaban a la sombra de su abrazo.

Asier, de espaldas a la joven, movía los hombros con entusiasmo mientras se explicaba acaloradamente y le señalaba a Tristán algo sobre la mesa.

Si cuando este alzó la cabeza la recordó de su episodio reciente, nada en su rostro lo indicó.

Le dio un trago a su pinta de cerveza y volvió a bajarla, atento a las explicaciones de Asier, mientras el abrupto puente de su nariz evitaba que sus gafas de cristal verde cayeran sobre la mesa. Koldo se forzó a acercarse.

—Hola —dijo tocando el hombro de su amigo.

El joven se giró con un golpe de coleta veteada de destellos dorados. Los ojos rasgados brillaron con placer y algo de diversión mientras aquellos pómulos anchos funcionaban bajo el sol como espejos reflectantes. Le devolvió la sonrisa.

—Ya es mía —se limitó a decir.

Asier se giró hacia Tristán, que observaba a la joven a través de las lentes de aquella manera soberana que no la hacía sentirse en modo alguno interesante, sino por completo a su merced.

—Nunca adivinarías dónde va a vivir —le preguntó, retador, Asier al librero.

Hizo una pausa tras lanzar el cebo. Luego señaló con la cabeza a su espalda, en dirección al edificio que les daba cobijo, sin dejar de mirar a los ojos de su amigo.

—Donde el Cordobés.

—En la casa de Pascual —replicó la voz rotunda y estentórea de Tristán.

Era una afirmación que, sin embargo, parecía buscar su propia confirmación, como una pregunta no formulada.

Pareció vagamente sorprendido. Y puede que más interesado de lo que estaba dando a entender.

Koldo se confió, creyendo que las vicisitudes de su vida doméstica podrían tender nuevos puentes de plata sobre aquellos que quemara antes de tiempo.

—Tristán vive ahí, en Eurídice —la interrumpió Asier, para pasmo de la joven—. Y conoció a Pascual. Si te quedas, te lo cuenta.

El joven le guiñó un ojo al tipo que estaba al otro lado de la mesa. Koldo echó una ojeada a la hora en el móvil mientras digería aquella prometedora noticia. Era casi la una.

—Adelante —intervino el otro, ofreciéndole una silla con un ágil gesto de muñón que la pilló desprevenida. Advirtiéndolo, añadió con soma—: Quizá hasta te cuente la verdadera historia de cómo perdí la mano.

La miró un momento a través de las gafas tintadas con un rictus sardónico bajo el bigote erizado y las cejas arqueadas, como un prestidigitador de cuya chistera todos esperan ver salir una paloma cuando en realidad esconde un gato mojado.

—¡Me la robaron!

Otra vez aquella risa de pirata. Koldo le respondió con una nueva mueca mientras se sentaba con mayor precipitación de la que le habría gustado, deseosa de que el muñón desapareciera del respaldo de su silla y de que no se le notaran las ganas de perderlo de vista.

Pero Tristón, galante, esperó a que ella se acomodara y luego su brazo acercó la silla hasta la mesa con insospechada habilidad.

La joven no pudo evitar un estremecimiento al notar el miembro amputado en su clavícula, al tiempo que se amonestaba a sí misma por aquellos remilgos, hasta que Asier cortó el hilo de sus pensamientos.

—Te invito, ¿qué tomas?

—Pareces el dueño —le dijo ella con la mirada torva y sin poder contenerse.

—Qué va, pero me tratan bien.

Ella volvió a maravillarse, como solía, de lo benévola y dúctil que se mostraba la realidad en torno a la persona de Asier.

A lo largo de su historia compartida, el joven siempre había actuado como si cada sitio y cada circunstancia le pertenecieran, aunque solo fueran lugares de paso.

Se preguntó si lo que en realidad le molestaba era que hiciera lo mismo con las personas.

En cualquier caso, aceptó de buen grado; hacía calor y agradecía aquella sombra.

El Mascarón era un diminuto local de oportuno nombre ubicado al comienzo de la galería comercial, y sus cuatro mesitas se aprovechaban de la intimidad que garantizaba el callejón en el que se alojaba la colonia.

Koldo miró hacia arriba, distinguiendo el muro que perfilaba la fachada y que contribuía a aquel particular aire de navío varado fuera de lugar.

El patio contiguo al que se adivina desde aquí, se dijo regocijada, era el suyo.

Tenía la sensación de que Asier la miraba de reojo con discreto deleite, en parte por el gusto de volver a verla, pero sobre todo por el placer que le proporcionaba contemplar de qué manera la intimidaba Tristón.

Para ser honesta, le daba un poco igual; se hallaba demasiado distraída observando al librero.

Después del muñón, su mal disimulada curiosidad se dirigió al tatuaje en el que se prolongaba, asomando más allá de una de las mangas del polo que había dejado al descubierto al quitarse la chaqueta, que apoyó en una silla.

Se trataba de un fondo de escamas azul profundo y verde jade, muy profuso, sobre el que se adivinaba parte de una figura en colores naranjas que Koldo no supo si identificar como un tigre, una carpa o un dragón.

—¿Una caña? —Asier la distrajo momentáneamente con aquella alusión cómplice que, más que halagarla, la irritó.

—Me pasé al vino —respondió con sequedad, sin saber muy bien por qué.

Ahora fue ella quien notó la mirada directa de Tristón, mientras el joven se levantaba a por una nueva ronda.

El hombretón la observaba sin compasión desde detrás de las gafas, como un anciano a la espera de la palabra precisa del crucigrama, o como el pelotón que arrasa un paredón.

Ella le sostuvo la mirada mientras controlaba, a duras penas, el impulso de tragar saliva.

—Así que Bilbao —dijo de pronto, en un tono que ella no supo interpretar si denotaba desconfianza o aprobación.

—¿También viviste por allí? —El suyo sonó un poco a desplante.

—¿Qué te trajo a Madrid?

—Me buscaba la policía —le dijo ella con candor.

El descaro de la respuesta, al parecer, le satisfizo, porque le dio un trago aprobatorio a la cerveza.

Tanto que dejó el vaso limpio. Sus poderosas dimensiones y evidente sed hicieron parecer insignificante la nueva ronda de pintas que Asier traía en aquel momento.

A Koldo le costaba apartar los ojos del móvil apoyado sobre la mesa; lo había dejado boca abajo, con el volumen al máximo, a la espera de que sonara.

Pero no podía dejar de reconocer que esta improvisada reunión era una de las mejores maneras de lograr que aquella mañana dejara de parecer un sofisticado procedimiento de tortura.

Buscando escapar a su propia ansiedad, señaló con la cabeza el grupo de edificios que los rodeaban.

—Veo que la colonia arrastra mucha historia. Espero ser una inquilina a la altura.

—No sé yo. El Cordobés y Pascual dejaron muy alto el pabellón —dudó Asier.

—¿El Cordobés también?

—Al Cordobés, que en realidad se llamaba Juan Español, lo conocían en su tierra natal como el Patriota, y aquí en La Proa acabaron llamándolo Barba Azul —informó Tristán.

—¿El tipo que almacenaba cuerpos de exmujeres en una habitación de su castillo?

La joven no tuvo tiempo de hacer más preguntas porque Asier ya tenía preparada una historia más propia de un pasaje literario.

Al parecer, el Patriota, que se sacó de encima el mote jocoso derivado de su apellido cuando se trasladó a la capital y su origen pudo más que su nombre de familia, acabó siendo otro de los elementos que, junto con los orígenes literarios de la colonia y su posterior tragedia, permitieron que La Proa siguiera conservando ese sabor del Madrid de antaño, investida de su propia leyenda negra y con la distinción popular que otorgan los individuos a los que su parroquia todavía los conoce por el apodo.

Barba Azul irrumpió en la vida de la colonia un poco de refilón; un personaje secundario que hacía apariciones puntuales como responsable de la distribución de Odisea Silva en la zona de Andalucía, hasta que aceptó la invitación de Gregorio Silva para asumir las funciones de gerente en el polígono donde se encontraba la imprenta, trasladándose a la capital.

Con la muerte de Pascual y la editorial ya en franca decadencia, Español acabó quedándose con la casa del malogrado hijo sin que nadie tuviera claro quién le hacía un favor a quién, y con el antiguo gerente convertido en personaje principal de una comunidad huérfana que, de algún modo, hizo suya.