Capítulo 2 #3
—Por aquí, señorita —interrumpió Paco, para quien quitarse a Asier de en medio era solo el preámbulo de hacer lo propio con aquella casa—.
Hay un montacargas en cada edificio, pero no creo que lo utilice; son edificios bajos de dos plantas.
En la planta baja estoy yo y el resto de comercios de la galería.
Y la casa que se vende está en la primera planta.
Solo hay tres vecinos en cada una, lo que equivale a seis vecinos por edificio; en total, treinta y seis viviendas repartidas entre los seis bloques a mi cargo.
Viene siendo toda la colonia. La puerta A es de un particular y la puerta C corresponde a una autoescuela.
La puerta B sería la suya, en caso de que se la quedara —dijo con tono impenetrable abriendo una antigua puerta de doble cerradura y robusta apariencia—. Por aquí.
A primera vista, la casa no parecía exhibir ninguna particularidad.
No obstante, tras dejar atrás la cocina, un aseo y un pequeño dormitorio, el pasillo se abría a un coqueto vestíbulo interior que hacía las veces de refinado distribuidor.
Como el hall de entrada del edificio, estaba laminado en madera hasta la mitad, confiriéndole un aspecto desfasado y elegante a un tiempo.
Desde él se podía acceder, por el lado derecho, a un vasto salón que dejaba adivinar una amplia biblioteca de obra.
La puerta de la izquierda, por su parte, daba paso a un dormitorio principal de considerable tamaño y a su correspondiente baño.
La habitación, que discurría en paralelo al salón, disponía en su pared izquierda de un descomunal armario empotrado que, en cierto modo, era el reverso de la biblioteca del salón.
El fondo de ambas estancias estaba cerrado por amplias cristaleras que, a pesar de tener las cortinas echadas y las persianas bajas, dejaban intuir el acceso a algún tipo de espacio exterior.
Dormitorio y salón, además, estaban doblemente conectados no solo por el mencionado vestíbulo anterior, sino por una puertecita que comunicaba ambas estancias casi a la altura de las cristaleras, confiriéndole al piso una peculiar distribución circular.
Y con una curiosidad añadida, un pequeño fresco dibujado en lo alto de dicha puerta que conectaba ambas estancias.
Se trataba de una especie de escotilla de barco a través de la cual se divisaba el mar.
Con su superficie en calma, y las gaviotas sobrevolándolo bajo haces de radiante sol si se miraba el fresco desde el salón, y encrespado y furioso, como avistado desde un navío zozobrante, si se observaba desde el dormitorio.
En el salón había una majestuosa mesa de comedor que parecía diseñada a imagen y semejanza de la biblioteca y con el mismo trabajo de marquetería.
Ya en el dormitorio, Koldo observó el armario empotrado, que constaba de siete puertas en cuyo interior había otros tantos altillos, tres espejos de cuerpo entero e innumerables baldas y cajones, y se dio cuenta de que este hacía juego con la exquisita configuración del secreter que había en la habitación, como si este fuera una recreación a pequeña escala del armario.
Tras darle el tiempo necesario para asimilar la dinámica de aquel espacio interconectado, el conserje se dirigió a la pared que hacía esquina con el ventanal del dormitorio y accionó un pequeño interruptor.
Le siguió un ruido parecido a un zumbido sin que al principio se acusara movimiento alguno.
Finalmente, las persianas iniciaron su ascenso, como unas tripas que se abrieran contra su voluntad, mostrando cierta reticencia inicial ante la idea de enseñar lo que ocultaban.
De forma progresiva, la estancia se inundó de luz natural mientras el deleite de Koldo iba en aumento a medida que su campo de visión se ampliaba y un nuevo escenario se desplegaba ante sus ojos.
Se trataba de un patio de insólitas dimensiones, en torno a ochenta metros cuadrados: un vasto espacio que acusaba un romántico estado de abandono, acentuado por el contraste con el medio urbano en medio del cual se escondía.
Los suelos de baldosa hidráulica formaban un bonito dibujo ajedrezado en colores tostados, azules y verdes.
Los mismos tonos se repartían en los azulejos que, aquí y allá, se distribuían a lo largo de una pared de cemento de en tomo a un metro cincuenta de altura sobre la que se erguía una serie de mamparas de grueso cristal opaco sostenidas por una sólida estructura de metal que alcanzaban una altura de unos dos metros y medio y que servían para separar este patio de otros similares alojados en los espacios contiguos.
El resultado era un curioso enjambre de terrazas anidadas en el corazón de la colonia y que, alojadas en la primera planta, sobrevolaban la galería comercial donde se encontraban la librería de viajes y el bar; un inusual perímetro aislado del resto de la ciudad que palpitaba a su propio ritmo y que parecía regirse por sus propias reglas urbanísticas: paredes de cristal, el verde asomando aquí y allá y, rodeándolo todo, como un circo romano, seis edificios de dos plantas que cerraban filas confinando en el centro una porción de horizonte estático.
Contempló con deleite las decenas de macetas, jardineras, vasijas de piedra y jarrones de cerámica de todos los tamaños y formas diseminados y colgando de las paredes sin criterio aparente.
Aspidistras, cintas y helechos tapizaban el suelo en una desordenada alfombra floral realzada por los geranios de las macetas suspendidas en vertical por entre la parra virgen, la hiedra y el falso jazmín que recorrían las paredes.
Una gran palmera, enraizada en un descomunal balde de plástico de color negro, aguardaba parapetada en una esquina rodeada de unos cuantos hibiscos.
Al otro lado, una pérgola cuya estructura metálica estaba cubierta por un toldo de lino color crema daba sombra a una deslucida mesa de forja protegida por un cristal y rodeada de varias sillas que invitaba a pensar en largas y decadentes sobremesas.
En la pared más alejada de donde se encontraba, vislumbró una pequeña hornacina con una virgen dentro.
La del Carmen, le dijo el conserje sin mayores explicaciones.
La pieza central del lugar, el Arca de Noé de aquel mar interior, era la fuente que, con los azulejos incompletos, se erguía en el centro del patio con la confianza que otorgaban los años.
Sus imágenes todavía representaban aquellas escenas de caza que debieron campar a sus anchas por innumerables patios y jardines de hace varias décadas, y en tres de las cuatro puntas que se intercalaban en el perímetro polilobulado de su pila todavía se erguían las correspondientes ranas de cerámica, escupiendo arcos de agua de forma ininterrumpida desde hacía varios lustros.
Disfrutó del bonito dibujo que estos hacían al cruzarse en el centro de la fuente y se recreó en el murmullo que creaban a su paso hasta estrellarse en la elevada concha central para luego derramarse sobre la pila principal. Volvió en sí al cabo de unos instantes.
—¡Madre mía! ¿Estamos en Madrid?
Incrédula, se acercó hasta un ciruelo en flor y saboreó el ruido que sus sandalias hicieron al chapotear en el agua que se escapaba por el desagüe de la fuente.
Inspeccionó las escenas de caza, memorizó los colores del suelo hidráulico y dejó que sus dedos vagaran por los paneles de cristal a lo largo de todo el perímetro de la terraza hasta que constató que no tenía ganas de marcharse.
—¿Qué hay del fantasma? —preguntó por fin.
—Por la mañana alguna maceta estaba volcada, alguna silla, contaba una de las hijas, aparecía en otra parte…, ya sabe.
—Y cuando no estaba la familia, ¿qué notaban los vecinos?
—Movimiento. Ruidos, ráfagas de luz…, todo muy discreto.
—¿Como si entraran a robar?
—Más bien como si vinieran de visita… a estar un rato —respondió el conserje con evidente esfuerzo.
Koldo entornó los ojos, incrédula.
—Eso es lo que se cuenta. —El conserje se desentendió de toda responsabilidad.
Pero no pudo evitar seguir hablando—. Una de las hijas aseguró que una vez se encontró un libro.
Aquí, sobre la mesa —dijo señalando la mesa de cristal y hierro forjado—.
Abierto —añadió—, como si alguien hubiera estado leyendo por la noche.
Un libro de viajes. No era de nadie de la casa, al menos que recordaran.
Pero el joven Silva era un gran lector. Y viajaba mucho.
Pensativa, la mujer no pudo evitar dirigir la mano a su propio bolso y recorrer con ella los contornos del libro que había en su interior.
No creía en las señales. Pero llevaba demasiado tiempo viviendo en un sofá.
Y cambiarlo por aquel patio no parecía un mal negocio.
Su padre le había facilitado los medios y su abuela le había generado el deseo. Cumplirlo era cosa suya.