Ayer en mi patio Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

En torno a la década de los treinta del siglo pasado, le contó Asier, los complejos de viviendas alejados del casco urbano cobraron un notable auge como renovadora medida urbana.

Por regla general consistían en viviendas de dos alturas, entonces llamadas chalecitos u hotelitos, proyectadas en grupo y destinadas casi siempre a trabajadores de gremios específicos como una alternativa higiénica y más económica a la creciente población del centro.

Fueron planificadas en lugares casi siempre aislados, por lo que acabaron generando sus propias redes de comunicación, abastecimiento y servicios hasta funcionar como pequeñas unidades autosuficientes; una especie de experimento urbanístico.

Fue una propuesta bonita y un tanto utópica que no llegó a prosperar.

Aquellas colonias acabarían siendo engullidas por un urbanismo imparable que, tras sitiarlas, las convirtió en idílicas excepciones de baja altura solo al alcance de los bolsillos que se las pudieran permitir.

La Proa, olvidada excepción de aquel fenómeno, ofrecía un pequeño respiro arquitectónico dentro de aquel céntrico barrio.

A diferencia de otras colonias conformadas por casitas individuales, consistía en un pequeño complejo de seis bloques caracterizado por las líneas propias de la arquitectura racionalista madrileña de la década de los treinta; su planta baja estaba perforada por un pasadizo que ejercía de discreta galería comercial, y los chaflanes redondeados de sus dos plantas acentuaban su parecido con un buque a punto de ser fletado en el corazón de Madrid, de ahí su nombre.

—Con la Guerra Civil la colonia quedó medio abandonada, sin llegar a ser habitada hasta que Gregorio Silva, el dueño de la editorial Odisea Silva, irrumpió en escena y la adquirió a comienzos de los años sesenta.

—¿Odisea, como la librería? —preguntó ella interesada.

—Esa librería es lo único que queda de la editorial.

En los años cincuenta y sesenta, primero en Barcelona y luego aquí, Silva puso en marcha un pequeño imperio.

Cuando se vino de la Ciudad Condal a Madrid, se hizo con la colonia, instaló las oficinas en la zona que hoy es la galería comercial y a algunos empleados en las viviendas.

Lo de Odisea se debía, por lo visto, a su debilidad por la mitología griega.

Y por los viajes. Además de novelas de consumo popular, a comienzos de los sesenta también sacó una colección de libros de bolsillo sobre mitología.

Era su sueño. Pero lo que de verdad le dio dinero fueron las historietas de aventuras. ¿Te suena El Ángel ?

Koldo hizo un gesto negativo.

—Eran tebeos de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta —le explicó—. El capitán Trueno, El Jabato…

— El Capitán Trueno sí que me suena —interrumpió ella.

—Bueno, El Ángel fue uno de ellos. Mi viejo era muy aficionado a las aventuras de Baltasar de Figueroa, el corsario al mando de La Fragata Blanca.

El Ángel era el apodo por el que conocían al corsario y así se llamaba también el tebeo.

—Pareció pensativo, permitiéndose una inusual licencia autobiográfica—.

La afición por los tebeos es de lo poco bueno que heredé de mi padre.

Es difícil tener tebeos cuando no paras en ningún sitio, pero Tristán me suministra los que necesito.

Es el dueño de la librería, el tipo calvo.

—Le guiñó el ojo—. ¿Acojona, eh? Es el único que queda de la gente que trabajó originariamente con Silva.

Y ahora la librería de viajes es suya. No creo que se jubile nunca, morirá tras el mostrador.

Koldo no pudo evitar un suspiro contenido, inquieta ante el recuerdo de aquel busto de general, al tiempo que un señor pálido, alto y encorvado como un arco entraba por la puerta armado con un manojo de llaves.

Asier se levantó de la mesa de un acrobático salto que lo colocó con destreza frente a él.

—Paco, esta señorita está deseando ver el piso; si le gusta, que se lo quede —dijo señalándola, como si el dueño fuera él.

—Vamos a ver —recapituló el otro rascándose la nuca con una de las llaves mientras iniciaba una letanía que parecía producirle cierto aburrimiento anticipado—, el piso tiene en tomo a noventa metros cuadrados, dos habitaciones, baño y aseo; se trata de un primero con mucha luz y muy silencioso.

Pertenece a una familia de Córdoba que quería volver a su tierra con urgencia debido a una desgracia familiar y por eso han decidido ponerlo a la venta a muy buen precio.

Las prisas, ya sabe, no son buenas consejeras.

Asier interrumpió al portero. Parecía sorprendido.

—No jodas, Paco. ¿Es la casa del Cordobés?

El conserje asintió. El joven se rio entre dientes, como si supiera algo que los demás no. La miró con renovada intención.

—Dicen que en esa casa hay un fantasma.

—¿Un fantasma…? —repitió ella.

—De su primer inquilino. ¿Recuerdas que te dije que al hijo del propietario le había ocurrido una desgracia?

Bueno, fue en esa casa. El piso de los cordobeses fue anteriormente el suyo, según tengo entendido…

—Bajó la voz hasta que adquirió un tono confidencial—.

Una bonita historia de amor con un final triste. Una tragedia griega, ¿verdad, Paco?

El conserje se desentendió, molesto porque pidieran su opinión en temas que escapaban a su jurisprudencia oficial.

—Yo de esas cosas no sé nada —escurrió el bulto.

—¿El joven se mató en la casa que está a la venta? —Quiso asegurarse ella.

—Fue hace años, en 1964 —certificó Asier. Entrecerró los ojos mientras calculaba—. Hace más de medio siglo; cincuenta y cinco años exactamente. Pero hay quien dice que aún visita la casa de vez en cuando.

Ella dirigió su mirada al conserje, curiosa.

—Cosas de una de las hijas. Que luego corren por el vecindario —procuró restarle importancia este con un tono que indicaba que era una batalla perdida.

Asistía a aquella conversación con el gesto derrotado de quien, de forma invariable, conoce de antemano el resultado.

El interés inicial acababa dando paso a la demanda de explicaciones y luego a las suspicacias.

Saltaba a la vista que el conserje se venía temiendo que, medio siglo después, aquel piso acabara siendo víctima de su propia leyenda.

Él era un tipo obediente y nervioso que agradecía que no le complicaran la vida.

Le gustaban los inquilinos de toda la vida, las escaleras limpias y escuchar zarzuela en su radio sentado en aquel tranquilo vestíbulo.

Pero aquel piso, al parecer, no se lo iba a permitir.

Desazonado porque se le retrasara la hora del almuerzo, pidió hacerse oír.

—Asier, hazme el favor.

El joven obedeció.

—Señorita, la casa pertenecía a un negociante que vivió allí con sus dos hijas las últimas cinco décadas.

Este señor murió hace unos meses. Se lo llevó un ataque al corazón de los de toda la vida mientras estaba en la cama.

Son sus hijas, que se volvieron a Córdoba, las que quieren vender.

Sobre la tragedia anterior, tengo entendido que ni siquiera ocurrió en la casa, sino en el patio.

Y fue hace más de medio siglo. Figúrese.

El caso es que —hizo una pausa, dando a entender que lo siguiente se diría en contra de su voluntad—, algunos vecinos han referido en alguna ocasión señales de…

algo, alguien… en el patio, también en ausencia de la familia.

—Honestamente, me da que no es un fantasma —comentó Asier en tono de confidencia.

Paco se lo quedó mirando mientras Asier verbalizaba, como quien lamenta aguarle la fiesta a un niño, lo que los tres parecían tener en mente.

—Pero no sé hasta qué punto resultaría más tranquilizador que lo fuera a una posibilidad alternativa.

Koldo, que escuchaba con atención, interrumpió la mirada asesina que en aquel momento le dirigió el conserje a Asier.

—Bueno. No me asustan los fantasmas ni las visitas sorpresa. Y me encantan los patios.

A Paco se le iluminaron los ojos. Quizá esta vez pudiera librarse del fantasma y del fastidio que era aquella casa.

—¿Se la enseño entonces?

—Lo mismo hasta me hacen un descuento por compartir piso —bromeó.

En honor a la verdad, no creía que el precio fuera a ser un problema.

Su trabajo como traductora no le procuraba una excesiva solvencia, aunque sí una libertad y una autonomía a las que no habría renunciado por nada; pero su bendito y sensato padre, un pequeño empresario al que le fue muy bien en el negocio de exportación de acero, tuvo la previsión de dejar todo bien atado antes de fallecer repentina y prematuramente tres años atrás.

Su madre había quedado en una situación más que desahogada y ella disponía de una respetable cantidad para poner en marcha su proyecto de vida.

Solo tenía que decidir cuál era; una cuestión que había postergado con motivo de una relación de pareja más estancada que un fardo en el fondo del mar, pero que ahora, sin aquel lastre, no quería seguir retrasando.

La joven accedió de buen grado a subir un par de tramos de escaleras siguiéndolo. En realidad, se moría de ganas de ver las entrañas de aquel barco varado en el corazón de Madrid. Se despidió de Asier, que tenía que volver al Mascarón. Era hora punta.

—Cualquier cosa, estoy ahí —le indicó al despedirse mientras señalaba con un gesto el bar. Toda una muestra de compromiso por parte de aquel espíritu libre.