Capítulo 2
La Proa era un peculiar complejo de edificios de estilo racionalista y notable valor arquitectónico sobre el que sobrevolaba el aura romántica de su parecido con un gran trasatlántico.
Para ella, nacida en el norte y no lejos del mar, era, por motivos diversos, uno de los lugares más evocadores y cargados de significado de aquella capital anclada en la meseta central.
Se encontraba en un callejón y sus seis edificios conformaban una especie de apéndice bajo el que se alojaba el pasadizo que albergaba la librería, un pequeño bar y algún comercio más.
Tenía además la ventaja de que cerca vivía Iso; otro más de los motivos por los que ella se encontraba curioseando por la zona, dispuesta a dilapidar de forma sensata la herencia de su padre, asentarse como él hubiera querido e invertir en un proyecto de futuro.
Tal vez el proyecto no fuera el que su padre tenía en mente, pero lo hubiera aprobado igualmente.
Y ahora resulta que vendían un piso justo ahí.
La coincidencia se le antojó tan absurda como el encuentro; y el hecho de estar esperando a Asier, plantada frente a aquel portal, un disparate.
A punto de girar sobre sí misma, evitando por un último instante dar uno de esos pasos que se dan como los demás, pero que suponen un giro quizá irreversible sobre lo que a uno le estaba deparado, adivinó a través del reflejo en el cristal de la puerta una figura que la cogió de la cintura.
—¿A dónde ibas? —preguntó, interpretando con acierto la reticencia en su gesto—. ¿Tienes miedo de que te guste la casa?
Se giró. Asier la miraba con aquellos juguetones ojos que se rasgaron por la presión ascendente que ejercían sus pómulos al sonreír.
—Tengo miedo de no buscarla donde debo —respondió—. Ni con quien debo —añadió con cierta severidad.
Él se la quedó mirando con la puerta abierta, invitador.
Koldo se tomó un momento antes de claudicar y, cuando lo hizo, lanzó una mirada al dintel a través del cual estaba a punto de introducirse, casi como si estuviera santiguándose.
«Edificio Píramo», rezaba la placa metálica bajo el número del portal.
—Bonito nombre.
—Y apropiado. El dueño de la colonia era un tipo muy particular; los seis edificios que conforman la colonia están enfrentados entre sí de dos en dos, y cada una de las tres parejas representa, a través de sus respectivos nombres, una historia de la mitología griega.
Siempre con final trágico, como el que parece que tuvo su hijo.
Este de aquí Píramo, un tipo muy enamorado de Tisbe, el edificio de enfrente.
Koldo pasó junto al joven, que mantuvo la puerta abierta mientras esta notaba cómo él la analizaba con descaro: el cabello castaño que le caía por la espalda hasta la altura de los omóplatos, la chaqueta corta, el pantalón ceñido.
Pareció satisfecho. No supo adivinar si debido al examen o a su decisión.
Las paredes del portal, bastante amplio, estaban revestidas hasta media altura por láminas de madera que irradiaban una anticuada calidez.
La mesa del conserje estaba en la pared de la izquierda, flanqueada por unas jardineras de escayola desde las que unas cuantas de aquellas plantas de hojas formidables cuya forma evocaba un costillar trepaban como culebras hacia el techo.
La mesa, alargada y tapizada en cuero negro, estaba vacía.
La pared opuesta estaba presidida por un sugerente mosaico en el que se mostraba a un apuesto joven sin apenas ropa y con una herida sangrante en el pecho que yacía en el suelo junto a la mitad de una leona que, como una esfinge, miraba de frente en lo que parecía una imagen cortada en dos.
Daba la impresión de que faltaba la parte izquierda de la escena, incluida la mitad correspondiente de la leona.
Asier señaló el mosaico.
—Aquí tienes a Píramo. Y a una de las mitades de la leona causante de su desgracia —le indicó el joven—.
La otra mitad y la joven Tisbe están en el mosaico del edificio de enfrente —explicó al tiempo que sacaba el móvil—.
Solo un momento —le dijo sentándose sobre la mesa de cuero de un salto mientras marcaba un número—. Ahora mismo localizo al conserje.
Koldo se preguntó por la agenda oculta del joven, una duda recurrente en el pasado.
Tuvo que reconocer que siempre sospechó de su existencia, pero nunca la halló.
Decidió dejarse ayudar mientras su mirada vagaba por el portal y notaba en el estómago cierta emoción anticipada por conocer las entrañas de La Proa, aquella pequeña comunidad que había sobrevivido al voraz desarrollo urbanístico del barrio que la ocultaba.
Desde que llegara a la capital, Koldo no había podido resistirse a la fascinación que le generaba aquella nave varada de la que había oído hablar en casa desde niña.
Y ahora él irrumpía en escena como un reclamo añadido del que no sabía si fiarse.
La primera vez que Asier se escapó de casa, como muchos niños, fue a los once años.
Pero él lo hizo de verdad. Se fue a casa de un amigo y no consintió en volver a la suya.
No hubo un motivo especial; sencillamente el ambiente de aquella casa le resultaba más relajado y a él le gustaba vivir a su aire.
Koldo escuchó aquella historia con ese relativo interés que le pone la juventud a cuestiones que no la afectan, pero ahora le vino a la memoria con toda la incredulidad que requería el testimonio y le asaltaron todas las pegas que no le acudieron a la cabeza diez años atrás.
¿Quién consintió y transigió con todo aquello?
Según le contó Asier, estuvo varios años instalado en casa de la familia de aquel amigo, los que tardaron en dar con una solución al gusto de todos: con quince años su familia le ofreció un piso destartalado, herencia de una tía, donde Las 7 Calles, en pleno casco viejo, bajo la promesa de no entrometerse y dejarlo ir y venir, como a él le gustaba.
El piso acabó siendo la guarida de manual del prototípico intelectual bohemio: estanterías rebosantes de libros sesudos, vinilos apilados, obras de artistas impenetrables o deliberadamente incómodos colgando de las paredes, latas de cerveza sin recoger, un par de guitarras, pipas de fumar, postales en la nevera y plantas necesitadas de agua.
Con la particularidad de que el chaval era un menor en apariencia cívico, trato afable, cara de bueno y estudios por terminar.
La manutención de Asier desde los once años en adelante seguía siendo una incógnita.
A Koldo tampoco le extrañó demasiado que un día, con diecinueve años, cogiera la mochila y desapareciera para siempre en un autobús.
Pero, misterios de la vida, había reaparecido.
—¿Qué ha sido de ti todo este tiempo? —preguntó, cediendo a la tentación.
—Lo esperado, supongo —se rio él.
—¿Vagar de un sitio a otro y dejarte melena?
El aludido, sentado aún sobre la mesa del conserje, se rio con ganas.
También acabó cediendo, aunque un poco a regañadientes.
Había vivido en Marsella un par de años, le contó de forma escueta; luego bajó para el sur de España, hacia Almería.
Allí estuvo un tiempo sin pararse demasiado en ningún sitio; haciendo y deshaciendo aquí y allá.
Dos meses en Carboneras, cuatro en Mojácar, después tiró para Jerez.
Y luego volvió a subir, esta vez a Asturias.
Pero a veces recalaba en Madrid. Había sido jardinero, había servido copas y en el sur había vivido de la pesca; también había sido guardés de la casa de campo de un empresario.
A veces daba clases de filosofía. Y a veces cobraba por hacerles trabajos a los demás.
—¿Entonces terminaste la carrera?
Volvió a reírse.
—¿Y nunca volviste a Bilbao? —preguntó ella, súbitamente molesta porque no la hubiera llamado de haberlo hecho.
—Solo de pasada, para ver al viejo.
—¿Qué tal está?
Asier ladeó la cabeza al tiempo que miraba el móvil.
—¿Alguna pareja reseñable por el camino? ¿Hijos?
—De lo primero, no. De lo segundo, no estoy seguro.
Koldo suspiró, exasperada como solía estarlo al hablar con él; pero ahora sin disimularlo.
—Acabas de resumir diez años en medio minuto.
—Pues nos sobran cuatro y medio, porque Paco viene en cinco. ¿Conoces la historia de La Proa? ¿Sabes dónde te estás metiendo? —dijo el joven cambiando ágilmente la dirección de la conversación.
—Algo. La parte más romántica. Pero intuyo que voy a saber más de este sitio en los próximos cinco minutos de lo que voy a saber nunca de ti.