Capítulo 1 #2
Koldo se permitió por fin mirarlo y recorrer sin disimulo la figura del joven, que arrancaba en unas All Star negras, continuaba en unos viejos vaqueros y una camisa clara remangada bajo los codos, y finalizaba en un rostro dorado y risueño de ojos levemente rasgados.
Le devolvió la sonrisa con cautela, al tiempo que constataba el familiar atractivo de sus rasgos aniñados.
Disimuló la impresión de aquella imagen rescatada del pasado que, a pesar del filtro impuesto por los años, le sonreía con la confianza que otorga una broma íntima que sigue vigente.
Pensó si no se lo estaba imaginando, si aquello no sería una ilusión y aquella figura improbable, recuperada de una remota intersección de su memoria, no sería un desconcertante espejismo.
Pero se parecía más a él que nunca, como si los años hubieran terminado de definir lo que entonces solo se insinuaba.
Se lo quedó mirando, enmarcado por la propia puerta de la entrada que él había dejado abierta al irrumpir en la librería.
En la misma, bajo el nombre de esta, aguardaba el cartel olvidado por el camino.
—En realidad, yo solo había entrado a preguntar por el anuncio de ese piso en venta —dijo, como si eso lo justificara todo.
—¿También querías robarlo? —apuntó el librero.
Compadecido, el joven se adelantó sin que Koldo tuviera que replicarle al tipo.
—Eso es cosa de Paco, el conserje de la colonia —le dijo—. No hay mundo para él más allá de los límites de La Proa.
—¿La casa en venta es una de las de aquí? —preguntó ella, incrédula, olvidando el pequeño trance en el que se hallaba.
Las miradas de ambos volvieron a cruzarse. Los pómulos de él, al sonreír, apretaron su mirada de una forma muy familiar mientras consultaba la hora en el móvil.
—Es probable que Paco esté ya comiendo, pero las cosas más inesperadas suceden cuando crees que no vas a llegar a tiempo —observó él con satisfacción, como si el móvil le hubiera proporcionado el dato definitivo capaz de reorganizar todo aquel pequeño caos generado durante los últimos cinco minutos—.
Te acerco a su garita. Si el piso te interesa, claro.
Le interesaba. Un piso no es lo que tenía en mente comprar cuando salió aquella tarde a por café; pero tampoco entraba en sus planes robar un libro o encontrárselo a él.
Un piso en aquel lugar, de hecho, le interesaba de forma especial.
Koldo notó la mirada del tipo calvo todavía acechando tras las lentes.
Creyó llegado el momento de afrontar el veredicto.
—Puedo pagarlo —se ofreció, al tiempo que señalaba el libro que aguardaba sobre el mostrador.
El otro negó con la cabeza.
—¿Qué placer hay en cobrarse un delito que no se ha cometido? Llévatelo. Ya habrá ocasión de pagar.
Aquel gesto indulgente hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Tomó el libro con la cabeza gacha y volvió a meterlo en su bolso.
—El café, Tristán. Cuando se enfría se te llevan los demonios —le recordó el joven de la coleta a modo de despedida mientras aquel tomaba el vaso y se lo bebía de un trago, todavía humeante, como si fuera un whisky .
No se sintió del todo segura hasta que, siguiendo al joven, alcanzó la puerta, atravesó el umbral de la librería y perdió al tipo calvo de vista.
Una vez fuera, los dos quedaron frente a frente.
Él paseó su mirada a lo largo de la figura de Koldo sin disimulo alguno; luego sus ojos se detuvieron en el libro que asomaba de su bolso.
—¿Lo sigues haciendo?
—¿El qué?
—Planificar viajes que nunca harás.
Se rio con ganas mostrando unos dientes pequeños y redondos que hacían juego con aquellos ojos orientales. Koldo le devolvió la sonrisa.
—¿Qué coño haces aquí? —dijo ella por fin.
La última vez que vio a Asier estaba a punto de coger un autobús a Galicia.
De eso hacía más de nueve, tal vez diez años.
Se despidieron en el Café Bilbao de la plaza Nueva mientras fuera caía txirimiri .
Lo observó, tratando de gestionar la incredulidad y conectar con la alegría que le producía tenerlo delante, sin saber si la sorpresa de ambos vibraba en la misma frecuencia.
Seguía conservando aquella expresión cálida, afable e inofensiva con la que lo habría recordado de pensar en él alguna vez.
En realidad, certificó para sí misma, su rostro seguía siendo, más que inescrutable, equívoco.
Él se encogió de hombros, como solía hacer cuando no quería dar una explicación. Que era casi siempre.
—¿Vives aquí en Madrid? —Siguió ella—. ¿Trabajas ahí? —prosiguió, señalando el bar que había enfrente de la librería.
—A veces.
—¿A veces trabajas ahí? ¿O a veces vives en Madrid? —insistió Koldo, replicando de forma espontánea aquella antigua dinámica compartida de preguntar y no obtener respuestas.
—Las dos. —La miró él de nuevo con la risa asomando a sus ojos.
Le acarició la mejilla izquierda. El gesto la pilló por sorpresa; eso lo había olvidado.
Lo cariñoso que era—. Espérame en la puerta del primer bloque, ese de ahí.
Aviso en El Mascarón y te acompaño —se limitó a decir por toda explicación.
Luego dio media vuelta y desapareció por la puerta del bar, dejando el peso entero de la sorpresa bajo la responsabilidad de Koldo.
No podía decir que se hubiera acordado a menudo de él, ni siquiera que lo hubiera echado puntualmente de menos.
Pero, obligada a posicionar aquella figura del pasado en algún lugar concreto desde el que asimilar aquel fortuito encuentro, convino consigo misma en que tuvo su cierta, aunque intermitente, entidad a lo largo de un curioso periodo de su juventud.
Se deleitó en aquel reencuentro mientras buscaba el portal correspondiente al primer bloque de la colonia bajo cuyas alas se cobijaba la librería de viajes que acababan de abandonar.
Era un sitio lógico, constató, para encontrarse con Asier.
Lo conoció cuando compartía piso con unas amigas durante el último año de facultad.
Era el hijo de los vecinos de enfrente; poco más que un adolescente que había abandonado su casa y los estudios para vivir de sus precoces encantos sirviendo copas y con el que de vez en cuando coincidían en el ascensor cuando iba a visitar a sus padres.
Era uno de esos seres inmunes a las normas cuyo trato educado, expresión amable y cultura a raudales hacía que, a diferencia de otros, no se le viera venir.
Era su as en la manga y funcionó con ella.
Luego, de manera orgánica, Koldo se echó un novio de manual y él desapareció con una mochila en un autobús sin que ambos acontecimientos tuvieran que ver.
Se preguntó por sus últimos años. Y le divirtió comprobar lo inesperado del resultado.
A Asier le sorprendería saber que era ella quien llevaba casi tres meses durmiendo en un sofá y buscando casa.
Tendría gracia que fuera él quien le encontrara un piso en el que sentar cabeza, sonrió para sí.
Y que fuera precisamente allí. En aquella colonia con forma de trasatlántico; un barco encallado en la meseta castellana al que su abuela, que murió siendo ella aún muy niña, se refería en tono ensoñador las pocas veces que evocó su paso por Madrid.