Ayer en mi patio
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Capítulo 1
Tres meses antes, Koldo se dejaba arrastrar por sus propios pasos mientras el calor que le generaba el café que tenía en la mano trataba de compensarla del frío circundante.
Se detuvo ante un cartel. Era uno de tantos que podían encontrarse en todas las ciudades de cierta envergadura pegados de cualquier manera en sus paredes o abrazados a sus farolas.
La ubicuidad de inmobiliarias y el tirón de los portales de venta online , sin embargo, mermaban su presencia de forma progresiva e implacable.
Koldo siempre se detenía a leerlos; le gustaba pensar que los propietarios eran vecinos de toda la vida, y que el recurso del cartel les confería un estatus de información confidencial que había escapado a la lujuria inmobiliaria y que solo los del barrio —o los que por allí pasaban— tenían el privilegio de compartir.
Se lo quedó mirando mientras le daba un sorbo al café que se estaba tomando.
«Se vende el piso», rezaba. «El piso», releyó divertida, con aquel artículo que denotaba la confianza en la notoriedad de la propiedad por parte de quien la anunciaba.
No había teléfono de contacto o razón a la que acudir.
La sedujo tanto la idea de que «el piso» no anduviera lejos que, imaginando que este pertenecía al propietario del comercio en cuya puerta estaba pegado, se decidió a entrar.
Odisea, se llamaba el lugar. Una campanilla anunció su llegada, pero nadie acudió a su encuentro.
Se trataba de una de esas vetustas librerías de viajes que, como el cartel, parecía haberle dado esquinazo al presente de forma un tanto milagrosa.
Remitía a una época en la que el mundo todavía no se había vuelto uniforme, la tecnología no había despojado de misterio al acto de viajar y en el planeta aún quedaban lugares ignotos que justificaban la figura del explorador.
El tipo que atendía al otro lado del mostrador estaba ocupado, así que hizo rato paseando entre las estanterías.
Antiguos ejemplares de National Geographic se apilaban en una esquina presididos por glorias aventureras de los primeros años de la Transición como el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente y el reportero y atleta Miguel de la Quadra-Salcedo.
El índice de Koldo recorrió los lomos de aquellos libros que remitían a evocadoras gestas.
Ébano , de Kapuscinski; El camino más corto , de Leguineche; Los trazos de la canción , de Chatwin.
Este último, una deslumbrante ventana a las creencias de la Australia aborigen, lo había leído hacía años.
Se lo dejó un amigo en los años de facultad y siempre había querido que volviera a caer en sus manos.
Su capacidad para recordar cosas ya leídas era más bien escasa, pero la impresión que estas le causaban, indeleble.
Y casi siempre se sorprendía coincidiendo consigo misma cuando se permitía hacer una segunda lectura, algo que sistemáticamente la reconciliaba con su falta de memoria y la solidez de su criterio.
Tiró del lomo del volumen encajonado, pero fue el libro que descansaba sobre esa pila el que acabó cayendo al suelo.
Se agachó para devolverlo a su sitio. En Siberia , de Thubron.
Narraba una audaz odisea a través de los parajes del desaparecido imperio soviético y una blanca inmensidad campaba a sus anchas en la cubierta.
Mientras mordisqueaba un obstinado pellejo que se había levantado a un lado de la uña de su pulgar, lo curioseó con cierta negligencia.
Despistada, dio un tirón excesivo al pellejo, lo que provocó una involuntaria exclamación de dolor.
Se chupó el pulgar, molesta consigo misma, y siguió leyendo hasta que, recordando el volumen de Chatwin, cerró el libro que tenía entre las manos para devolverlo a su lugar.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta, con relativo horror, de que el desgarro a un lado de la uña había dejado un notable rastro de sangre no solo en el lomo, sino también sobre la cubierta de la obra de Thubron.
El rojo, certificó al frotar el libro con disimulo, se había extendido por aquellos nevados parajes con la contundencia de un grafiti.
Le dio un trago al café con leche que tenía en la mano para ganar tiempo, a la vez que la campanilla, que anunciaba la llegada de un nuevo cliente, reclamaba su atención a través del hueco que había entre dos pilas de libros.
Un joven cuyo rostro no acertó a ver entró en la tienda sacudiendo una majestuosa coleta que retenía bajo control un buen manojo de mechones dorados.
Fibroso y atlético, se posicionó de un salto junto al mostrador y colocó frente al probable propietario un pequeño vaso de cristal con lo que parecía un café solo.
Este dejó de hacer lo que tuviera entre manos y se dirigió a él:
—Bien cargado, espero —lo saludó. Se trataba de un tipo calvo de presencia intimidante y cráneo de mariscal de campo.
—Listo para disparar —respondió el joven de la coleta.
Su tono de voz, grave y cálido, provocó un respingo en Koldo.
Sin saber cómo, apretó demasiado el vaso de cartón del café y parte del mismo acabó derramado en el libro sobre el que ya descansaba el rastro de sangre.
Contempló la cubierta con aprensión. Luego miró alrededor suponiendo que, protegida como estaba por la estantería, nadie había reparado en ella.
Volvió a bajar la vista sobre el volumen, cuyas hojas pronto empezarían a engordar y ondularse debido al café derramado y en cuya portada la sangre había dejado impresas varias huellas dactilares pertenecientes a su pulgar.
Dejó escapar un silencioso lamento. A punto de devolver el libro a su lugar, maldijo su suerte.
Otro dependiente se acercaba por su derecha.
Pillada en falta, la sorpresa la hizo girarse demasiado rápido, lo que hizo que su codo arrojara un par de libros más que cayeron al vacío.
Mimetizándose con aquel pequeño caos, optó por agacharse de forma aparatosa, devolverlos a su lugar y, consciente de las miradas que, ahora sí, la cercaban, asomarse por un lado de la estantería y ondear uno de los libros como una bandera blanca.
El tipo calvo y el joven de la coleta, que hasta entonces habían estado enzarzados en una interesante conversación, la observaban.
—¿Me lo recomienda? —preguntó ella a cambio.
El librero inclinó en su dirección aquel poderoso cráneo al tiempo que la observaba desde detrás de unas de esas gafas de cristal tintado que fueron bastante habituales décadas atrás.
Tenía un torso que pedía galones en la pechera y una refinada nariz aguileña bajo la que reposaba un profuso bigote de corte casi épico.
Un retrato en blanco y negro del explorador Richard Francis Burton, con sus pómulos esteparios y aquella mirada de acero, colgaba sobre el dependiente, proyectando el aura imperturbable del aventurero sobre la del tipo con el que compartía bigote.
Koldo tragó saliva mientras aguardaba una respuesta.
Esta llegó con voz estentórea pero con interés moderado, como si al requerir su opinión lo hubieran distraído de ocupaciones más trascendentales.
—Yo prefiero la obra de Thubron que te has guardado en el bolso —le dijo como al descuido.
Notó cómo la sangre reptaba por su cuello hasta alcanzar el rostro; la había pillado. Sin embargo, la ausencia de censura en su tono le produjo una agradable intriga. Notando por el rabillo del ojo la mirada del joven de la coleta, caviló en voz baja sobre su siguiente paso.
—Pues entonces será mejor que me lleve el de Thubron, tal como pretendía —concluyó, devolviendo el otro libro a su lugar antes de acercarse de forma temeraria al mostrador.
El rostro del hombre, visto de cerca, tenía la piel tan cuarteada como un viejo lobo de mar.
Notó al otro tipo muy cerca, a su izquierda, con el codo apoyado en el mostrador, atento al desenlace.
Tras unos momentos de silencio en los que el dependiente parecía haberse olvidado por completo de su presencia y la silueta del joven parecía seguir acechando desde el punto muerto de su ángulo de visión, decidió, solo por ver qué pasaba, sacar el libro del bolso, sucio y húmedo, y depositarlo sobre el mostrador.
Su estado, confirmó, era deplorable. Sujetó con fuerza el también maltrecho vaso de cartón que aún tenía en la mano como un talismán capaz de infundir seguridad.
El tipo volvió a ajustarse las lentes y, acercando su rostro, basculó su mirada del libro a la joven.
—¿Te interesa Siberia?
—No especialmente.
Si al tipo le sorprendió la respuesta, no lo demostró.
—Yo estuve un tiempo allí, cortando leña.
Vivía en una cabaña llena de ratas. Cada vez que entraba en casa daba un portazo para anunciar mi presencia.
Luego me sentaba en una silla a esperar hasta que todos aquellos bichos se iban por donde habían venido —explicó, lanzando una sonora carcajada.
Era la risa de un pirata—. Aquel sitio me pareció una mierda. Hasta que tuve que irme.
Koldo lo miró, estupefacta. Él, a su vez, la observó como una rapaz a su presa. Parecía limitarse a disfrutar de aquel acto moderadamente vandálico cometido por ella. Koldo también percibió cierta curiosidad, o eso le pareció. El tipo la contempló con renovada diversión.
—Hay países en los que te cortan una mano por esto.
De forma inopinada, alzó el brazo izquierdo, oculto hasta entonces tras el mostrador, y dejó un muñón a la vista.
Koldo se quedó paralizada un par de instantes, quizá tres, para luego reaccionar con lo que consideró una altiva indiferencia.
Mirándolo a los ojos, supuso que le tomaba el pelo, pero no le dio tiempo a estar segura.
El otro tipo, que no había abierto la boca hasta entonces, se permitió deslizar un par de palabras con aquella voz grave y envolvente.
—Ofrecería mi coleta a cambio de su mano. Sin dudarlo.