Ayer en mi patio Epílogo #4
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Epílogo #4

—Tu padre, tal vez. Pascual, sin duda. Tuvo buen cuidado de poner muy pocas conferencias a Madrid durante sus andanzas por el mundo, pero en una de ellas él mismo se lo confesó a don Gregorio.

Tu abuela y él habían vuelto a verse en Bilbao; aquel fue su adiós definitivo antes de que él embarcara; también fue cuando ella le contó que estaba embarazada.

Pascual le pidió a su padre que velara por ella y le hizo un único encargo.

Si repasas las baldosas que hay dentro de la pila principal de tu fuente, encontrarás una con una curiosa inscripción en la parte de atrás.

—«Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar».

—Veo que ya has tenido ocasión de tropezar con ella —asintió Esteban—.

Fue uno de aquellos gestos de Pascual; su renuncia oficial a Teodora y al niño por el bien de todos, su conformidad con aquella separación definitiva.

Tu abuela no solo seguía amándolo, sino que lo había perdonado, tal como le aseguró a don Gregorio, y estaba decidida a que escapara de la justicia.

Por eso le hizo un regalo. Un pendiente con una piedra igual a la que ella misma había perdido, pero que él nunca tuvo intención de quedarse. El pendiente que completaba el juego.

—¿El del tesoro pirata?

Esteban se rio con esa risa juvenil y vigorosa que le sobrevenía a veces y que le hacía parecer cuarenta años menor.

—Esos pendientes se los regaló su propia abuela a Teodora cuando se fugó de Miami con Pascual, angelito; la suya en Cuba fue una familia de peso durante la época de Batista; no me extrañaría que los Galindo fueran quienes verdaderamente poseyeron uno de esos tesoros legendarios.

El caso es que la abuela quiso asegurarle un futuro a su nieta si la aventura en España le salía mal y fue Teodora quien le pidió a Pascual que le hiciera un anillo con uno de ellos para tener presente a quien no dejó de velar por ella.

Pero nunca fue la sortija de pedida. El anillo con el que se comprometieron fue un fino hilo de platino destinado a durar para siempre, alojado en el mismo dedo, y en el que nadie reparó.

Ese fue el anillo del que quiso desposeerla Pascual durante su loco arrebato y del que el supuesto Tristán ya nunca se separaría.

Sin embargo, la joya que acaparó toda la atención y que yo tomé prestada para mi hermana es la que ahora llevas tú en el dedo; la otra mitad se la gastó Pascual para sufragar sus correrías por medio mundo cuando el imperio de don Gregorio comenzó a hacer aguas.

Salta a la vista que Teodora no le sacó demasiado partido al regalo de su abuela, pero tampoco le hizo falta, en realidad. A tu familia le fue muy bien en Bilbao.

—Así que Pascual nunca encontró ningún tesoro.

Koldo sonrió con melancolía, más apenada por Pascual que por su propia decepción.

Repasó mentalmente, con estupor, aquella charada de más de medio siglo poblada de identidades solapadas, celos infundados, errores impulsivos y tesoros inexistentes que separó para siempre a dos personas; una farsa a la que su abuela ni siquiera sobrevivió y durante la cual su abuelo tuvo que resignarse a ejercer de testigo mudo de su propia historia.

Una tragedia griega a la altura de los edificios de La Proa.

—Una pena —resumió.

—Bueno, yo no diría tanto —le sonrió Esteban—. Mírate. Yo creo que al final Pascual sí que encontró su tesoro. Y fue gracias a tu abuela.

—¿Lo dices por mí? Un poco tarde, ¿no?

—O justo a tiempo.

Las golondrinas, que volaban ya casi a ras del patio, corearon con sus alaridos las últimas palabras de Esteban mientras Koldo se levantaba y lo besaba en la mejilla antes de irse. Había caído en la cuenta de que tenía algo que hacer en casa.

Cavilosa, observó el pequeño anfibio y, sin mayores ceremonias, subió las persianas, salió afuera y se dirigió a la toma de agua del fondo, cerrando la llave.

El silencio que se apoderó del patio la pilló desprevenida, como si el mundo hubiera enmudecido de repente.

Se giró con cautela, prestando atención a lo que hasta entonces no le había sido posible percibir: zumbidos fugaces, un aire acondicionado, risas a lo lejos, el sonido de los platos que alguien fregaba.

El sonido del presente, y quizá también del pasado, por fin audible.

Se preguntó, mientras se acercaba a la fuente, desprendía la cera que cubría la abertura y devolvía la cuarta rana al lugar que le correspondía, por todo lo que no se había llegado a escuchar; los llantos y la desesperación, el pasar arrebatado de páginas, la bocanada de un cigarro consumiéndose con fruición.

Y la fascinó, una vez más, la perseverancia con la que aquellas ranas obstinadas se habían entregado a su tarea a través de las décadas, cerrando filas en torno a todo lo ocurrido y sacrificando a una por el camino sin inmutarse.

Las observó, quietas, liberadas por un instante de su misión, de repente confusas al saberse sin propósito.

Koldo volvió sobre sus pasos y abrió la llave; el agua volvió a fluir y las ranas reanudaron su cometido eterno como si nunca hubieran parado; tan poco conmovidas de haber recuperado a su cuarta compañera como poco pesarosas estuvieron durante su ausencia.