Ayer (Arpías 1) Epílogo 1
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Epílogo 1

Madre

L a biblioteca de mi casa es la más bonita de todo Chicago.

Nunca he sido fan de la falsa modestia. No lo necesito. Los genios no perdemos el tiempo en intentar caer bien a los demás. Hagamos lo que hagamos, siempre nos juzgarán por envidia, aunque intenten disfrazarlo de moralismo y principios.

Este rincón de mi casa es una verdadera maravilla.

Las paredes están forradas de roble oscuro hasta el techo, hay dos butacas tapizadas en lino color avena y una mesa baja del siglo dieciocho que compré hace dos años en una subasta.

Todo el espacio está enmarcado por una ventana grande que da a un jardín privado donde florecen mis árboles favoritos en primavera; los narcisos.

Cualquier persona que entrara, sin conocerme de nada, pensaría que aquí vive una catedrática de literatura jubilada. Pero soy doctora. Una doctora muy artística, eso sí…

El teléfono suena por fin y dejo la taza de té, que me estaba tomando, en el platito con una delicadeza que llevo cuarenta años perfeccionando. Descuelgo.

No me hace falta ver quién es; un martes a estas horas de la tarde solo llaman a este número las personas que tienen la obligación de informarme de que un trabajo está terminado.

—¿Sí?

—Está hecho.

Solo dos palabras. Mi interlocutor sabe que no debe extenderse más.

—Entendido —digo con una sonrisa perversa.

Vuelvo a coger el té y le doy un sorbo pequeño. Tiene la temperatura perfecta.

Por primera vez en cinco semanas respiro de verdad. Como alguien que acaba de cerrar, por fin, una operación que se le había ido de las manos.

«Terry Jones, descansa en paz».

«O no descanses. Francamente, querido, me trae sin cuidado».

Yo llevo más de un mes sin dormir bien. Desde que confirmé que Terry había vuelto y a Day empezó a temblarle el pulso en el gatillo.

Esa es la parte que más me preocupaba.

Dayane siempre se ha dejado influenciar por Terry. Cuando él volvió y descubrí que mi chica andaba metiendo las narices donde no debía, no me quedó más remedio que actuar.

Con solo una llamada hice que la atacaran en el laboratorio. Solo un susto… Lo suficiente para meterle el miedo en el cuerpo.

Porque ella es mía y jamás se me ocurriría permitir que ese desgraciado la apartara de mí.

Dayane, Rowan, Naomi y Neva. Las cuatro. Todas son mías porque las hice yo. Salieron de mi laboratorio, de mis manos, de mi paciencia, de mis treinta años de trabajo duro… Antes de que yo apareciera no eran nada.

Cada célula modificada. Cada sinapsis recalibrada. Sus habilidades… Bueno, esas fueron un accidente. Durante algún tiempo llegué a pensar que mis chicas habían sido un experimento fallido, pero entonces empezaron a desarrollar esas habilidades que las hace tan especiales.

Y, cuando funcionó, les regalé una historia bonita de fondo. Qué menos…

Me jugué quince años de cárcel por experimentar con vidas humanas sin permiso del comité ético, y no me arrepiento. Ellas son mi mayor logro, o al menos lo eran hasta hace unos años.

Las acogí en mi laboratorio como si fuera un orfanato privado. Les di un hogar y un apellido común para que se sintieran hermanas, aunque no compartieran ni un solo cromosoma.

Las instruí para que fueran implacables. Con el pasar de los años, sus habilidades se desarrollaron hasta un nivel que jamás creí posible.

Y, a cambio, ¿qué pido?

Confianza ciega y que no les tiemble el pulso para asesinar a quien yo les ordeno.

Poca cosa por darles un edificio precioso en el centro de la ciudad, libertad absoluta y la feliz idea de que han nacido excepcionales por casualidad y no por mi arte.

Y el desgraciado de Terry estuvo a punto de quitármelo todo con una sola frase. Aunque sospecho que él y Day han compartido algo más que eso si llegó a hacerla dudar…

Por eso mi pobre Jesse ha estado tan raro. Sé que hay algo entre ellos desde hace años. Lo sabría aunque no lo hubiera visto por las cámaras del laboratorio. Solo una madre puede notar eso.

No puedo permitirme perder a Jesse. Es mi mano derecha.

Sé que, a estas horas, las cuatro estarán en el piso común haciendo un consejo de guerra. Y el blanco de ese consejo será Jesse.

No puedo dejar que lo maten. Tengo que sacarlo de Chicago antes de que amanezca.

Lo mandaré una temporada a las Bahamas. O a Hawái. O a algún sitio donde las cuatro vayan enfriando solas el cabreo mientras dure el periodo de luto.

Cuando Jesse regrese, las chicas ya habrán pasado por mi consulta varias veces. Y en mi consulta nadie sale igual que entra.

He pasado muchos años perfeccionando una voz y una mirada a las que la gente es incapaz de decir NO.

Suelto una risita malvada y me sorprendo de lo bien que me queda.

Cojo el teléfono otra vez y busco el contacto de Jesse.

Sé exactamente lo que tengo que decirle. Y lo que no.

El Jesse que yo conozco es lo bastante duro para tragarse sus sentimientos, al fin y al cabo, fue su hermano durante veintiún años. Sin embargo, lleva ocho sin verlo, aprendiendo cómo me gustan las cosas y, aunque se encontrará tenso, estoy segura de que no me va a decepcionar. Jesse nunca falla.

Puede que haya instruido a Dayane a mi imagen y semejanza, pero Jesse… Gracias a mí, él es el hombre que cualquier mujer podría desear. Inteligente, fiel y leal hasta la muerte.

Estoy segura de que es muy consciente de que mi llamada no es un pésame, sino una prueba.

Y que, si no la pasa, no volveré a confiar en él.