Capítulo 36
Nao
E nvidio a la gente que sabe qué hacer cuando alguien llora.
Neva, por ejemplo. Sabe abrazar y decir cosas útiles. Yo no. Yo puedo hacerte un dibujito y esperar. Pero la pena de Day hoy parece inmune a mi habilidad.
Tras el levantamiento del cadáver, los policías se han dispersado rápido. Ya tenían nuestras declaraciones y nos han dejado marchar, decidiendo que parece un suicidio. Aunque nos han advertido que no podemos salir de la ciudad.
Llevamos veinte minutos encerradas en el apartamento, en los cuales hubiera preferido enfrentarme a un oso que a una hermana hecha mierda.
Cualquier cosa antes que esto.
Day está sentada en el suelo, apoyada contra su sofá, mirando un punto fijo de la ventana.
Ya no llora. Tampoco habla. Y la observo como si de un momento a otro fuera a tirarse ella también. Estoy perdiendo la cabeza.
—Vale… —digo por cuarta vez—. Tengo una idea.
Pero no me mira.
—Podemos empezar rompiéndole una pierna a Jesse… para que se anime a hablar.
Day guarda silencio.
—O un dedo. El menos útil.
Nada. Day sigue mirando la ventana.
Joder. Qué agobio. Yo no sirvo para levantar el ánimo de la gente. Más bien se me da de puta madre hundirlo.
Saco el teléfono en busca de ayuda.
«¿DÓNDE COÑO ESTÁIS?». «¡NECESITO AYUDA YA!».
Y otro.
«YO NO VALGO PARA ESTO».
Day gira la cabeza despacio y me mira.
—Nao…
—¿Qué?
—No te preocupes por mí.
Me quedo mirándola inmóvil.
—Claro que me preocupo.
Ella parpadea.
—No tienes por qué…
—¡Claro que tengo por qué!
Me pongo en pie y empiezo a caminar por el salón. Porque necesito moverme o explotaré.
—¡Este es el motivo por el que me mantengo lejos de la gente!
Day me observa.
—Pensaba que era porque eres una borde y una psicópata.
—Eso también.
—Y una antisocial.
—¡Lo soy porque esto es una mierda! —La señalo.
—Nao…
—No. Déjame terminar. La gente se muere, Day.
Mi voz se quiebra.
—La gente desaparece…
Trago saliva.
—La gente que te importa hace cosas estúpidas o les pasan cosas estúpidas y luego tú te quedas sola, sintiéndote una imbécil.
Day baja la vista.
—Por eso no me gusta encariñarme. Porque luego tengo que morirme de preocupación. Pero contigo no puedo evitarlo…
Vale. Lo he dicho. Ya está. «Respira hondo, Nao».
Day me mira emocionada y yo sigo cavando mi propia tumba.
—Sé que es vomitivo, pero te quiero.
Ella parpadea.
—¿Vomitivo?
—¡Sí! ¡Horrible! ¡Asqueroso! Pero te quiero. Aunque duela de cojones.
—Es la peor muestra de cariño que he oído en mi vida —dice, alzando un poco la comisura de sus labios por primera vez desde que Terry…
—Lo sé. Soy idiota.
—Muchísimo, pero te agradezco el esfuerzo.
La sonrisa apenas dura dos segundos y me aferro a ella como si acabara de salvar el mundo.
Justo entonces, la puerta del apartamento se abre y aparecen Neva y Row.
Entran corriendo porque ya saben lo que ha pasado. Y al leer el desastre en nuestras caras lo confirman.
Hay unos segundos de silencio sostenido cuando Day las ve, pero no tarda ni un instante en romperse por todo lo alto. Parece que hubiera estado reprimiéndose hasta este momento solo por mí.
Se lo agradezco en el alma porque vivirlo sola habría sido demasiado para mí.
Empiezan a picarme los ojos y el corazón se me dispara. Pienso en lanzarme contra una pared para perder el conocimiento.
Neva se agacha junto a Day y la abraza tan fuerte que casi la levanta del suelo. Day se aferra a ella de inmediato y empieza a llorar como si le estuvieran arrancando algo.
Apenas puedo soportar escucharla.
Row se arrodilla a su lado, despacio, y le aparta el pelo de la cara. Hoy no hay lugar para bromas.
Yo me siento en el sofá y me quedo mirándolas, agarrándome a mí misma como si mi cuerpo fuera a romperse en pedazos de un momento a otro.
Llevaba cuarenta minutos intentando sostener a Day yo sola, pero en realidad no lo estábamos. Porque esto es lo que somos las Arpías. Un equipo indivisible.
Nadie habla durante unos minutos. Day sigue llorando contra el hombro de Neva. Row permanece a su lado. Y yo sigo abrazándome porque, si dejo de hacerlo, empezaré a gritar.
Al final es Day quien rompe el silencio.
—Ha sido Jesse…
La frase sale amortiguada por la camiseta de Neva, pero todas la oímos.
—Day… —empieza Neva.
—¡Estoy segura! Ha sido él.
Las demás nos miramos entre sí, sin saber si es la culpabilidad la que habla o la razón.
Me guardo para mí las sensación que me llegó cuando tatué ayer a Jesse. Sentí que algo iba mal, pero decidí no darle importancia. Pensé que sería cualquier tontería. ¿Quién iba a imaginar que acabaría matando a su propio hermano?
—Eso no lo sabemos, Day… —dice Neva.
—Yo sí. Tendríais que haber visto lo celoso que estaba…
Levanta la cabeza con los ojos hinchados y la nariz roja.
—Me mintió durante ocho años, asegurándome que Terry estaba muerto…
Nadie responde. Porque no hay defensa posible para eso.
—¡Ocho años, joder…! Mientras me follaba cuando le apetecía.
Se seca las lágrimas de un manotazo. Y sé exactamente quién ha acudido al rescate; la rabia.
—Eso es de cabrón —opino para echar más leña al fuego. Y me siento mejor.
—Empiezo algo con Terry y termina muerto. ¿Casualidad?
—Demasiada casualidad —concluye Row, intuyendo que necesita que le den la razón.
Day asiente de inmediato y parece que se recompone un poco.
—Llevamos todo el mes discutiendo… —musita, cerrando los ojos.
—Eso tampoco significa que lo haya matado —intercede Neva. La abogada del diablo. Siempre defendiendo a Jesse.
—¡Me odiaba! ¡Quería joderme!
—Jesse no te odia, cariño.
—¡Claro que sí!
—Day…
—Se enfadó mucho cuando descubrió que Terry y yo…
No acaba la frase, pero todas sabemos cómo termina.
Row suspira.
—Voy a decir algo horrible…
—No, por favor —murmura Neva.
Row ignora a Neva.
—Los celos también son amor.
La aludida la fulmina con la mirada.
—No empieces con eso…
—¡Lo digo en serio! Jesse te quiere. Está loco por ti. Hay que estar ciega para no verlo.
—Cállate.
—Te mira como si fueras la última cerveza del planeta después de un apocalipsis.
—Row, joder… —la riñe Neva.
—¡¿Qué pasa?! ¡Todas lo pensáis!
Day rompe a llorar de nuevo, como si las emociones la destrozaran. ¡Qué bien hice en renunciar a ellas!
—No digas eso, por favor… —gime Day.
—Pero no es culpa tuya —aclara Row—. Y creo que lo único que va a hacerte sentir mejor es planear cómo vamos a matarlo.
Yo asiento de inmediato. ¡Por fin! ¡Un tema que domino!
—Tienes todo mi apoyo —sentencio.
—¡Es Jesse! —exclama Neva—. ¡Es uno de los nuestros!
—Ya no —dice Row—. Mira cómo está Day. Si no sabe quererla bien, merece morir.
—¡No estás ayudando, Row!
—Yo creo que sí.
Me incorporo animada.
—Day, si hipotéticamente quisiéramos asesinar a Jesse…
—¡Nao…! —se queja Neva.
—He dicho «hipotéticamente».
—No existe nada hipotético en ti.
—¿Prefieres que lo hagamos con veneno o que parezca un accidente?
Day emite una especie de carcajada rota entre lágrimas. Y Row la señala al instante.
—¡¿Ves?! ¡Lo está deseando! Ha funcionado.
—No ha funcionado —dice Neva.
—Se ha reído.
—Porque le parecéis idiotas.
—Pero se ha reído. Eso es lo que cuenta.
Day vuelve a secarse la cara.
—Hay que matarlo —dice entonces más seria. Y de pronto entiendo que no quiere que la convenzamos de que Jesse es inocente. Quiere que sea culpable. Porque si es culpable, puede matarlo. Y si puede matarlo, no tendrá que seguir queriéndolo.
Es mucho más fácil apretar un gatillo que perdonar una traición. Mucho más fácil odiar a alguien que aceptar que todavía lo amas.
Por mi parte, es Jesse y lo aprecio a mi manera, pero solo por lo que me ha hecho pasar esta tarde tengo ganas de cargármelo.
Miro a Row para dejar clara mi postura. Row me mira a mí. Luego a Neva. Y, finalmente, volvemos a Day.
—Entonces, lo mataremos juntas —dice Row sin pestañear, como quien se ofrece a acompañarte a comprar el pan.
—Gracias… —musita Day.
—No nos las des todavía —intervengo—. Antes se nos tiene que ocurrir una muerte memorable para el Lameculos.
—¿Lenta o rápida? —ofrece Row—. Las dos tienen sus cosas buenas.
—Explícate —dice Neva, interesándose por momentos.
—Las lentas se disfrutan, pero las rápidas son más graciosas.
—Pon un ejemplo.
—Un cuchillo en un ojo. «¡PLOP!». Es un ruido gracioso. Me mondaría durante semanas recordándolo. Podría grabarlo y ponerlo de tono cuando me llegue un mensaje.
—No es tan gracioso —opina Neva, cruzándose de brazos.
—¡Claro que lo es!
—¡No lo es!
—¡Discutís hasta para organizar un asesinato! —me quejo.
—Todavía estamos en fase de documentación —puntualiza Row.
Y, de pronto, Day suelta una risita.
Una risita que nos alivia a todas. Porque toda esta parodia era solo para eso. Prefiero verla planeando un homicidio que sentada mirando por una ventana.
—Decidid vosotras. Yo, con tal de matar, me apunto a cualquier cosa —remato.
—Eso explica muchas cosas de tu personalidad —murmura Neva.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Para mí sí.
Day vuelve a reírse.
Sigue destrozada, pero ahora tiene nuestro apoyo. Y eso le basta.
No vamos a dejar que atraviese esto ella sola. Ni de coña. Para eso están las hermanas. Para compartir la culpa. Las malas decisiones. Y, si hace falta, también los cadáveres de los chicos que nos gustan.
***
Apenas dormimos en toda la noche.
Nos quedamos las cuatro en el salón, demasiado cansadas para hablar y demasiado rotas para irnos a nuestros apartamentos.
Day llora a ratos en silencio. Row da vueltas con un cuchillo entre los dedos, como si necesitara recordar que todavía sabe hacer algo útil.
Neva finge leer un libro y yo me dedico a observar la verja del montacargas.
Porque cuando todo se va a la mierda, siempre espero que alguien vuelva a entrar y diga que ha sido todo un error.
Pero no ocurre. Nadie entra. Y el error sigue ahí fuera, en algún cajón de la morgue.
Al final es Day quien rompe el silencio, pero no con palabras, solo se sienta en el suelo, delante de mí, y se baja la manga del hombro.
—Hazme algo —murmura—. Lo que quieras. Necesito sentir otra cosa que no sea esto.
No me lo tiene que pedir dos veces. Saco mi máquina pequeña de emergencia, la que llevo siempre encima cargada de tinta, y me pongo a lo mío. Es lo único que sé hacer cuando alguien a quien quiero está sufriendo.
En cuanto toco su piel, su aflicción me llega como una patada.
Una pena densa y fría, de esas que no se lloran del todo porque no caben por los ojos. Debajo, la culpa. Y debajo de la culpa, el vacío. Ese que deja alguien cuando se muere dos veces; la primera hace ocho años, y la segunda esta noche, delante de sus narices.
Empiezo a dibujar una runa de calma con una secuencia de líneas suaves que aflojan los nudos del pecho. La he trazado miles de veces sobre infinidad personas. Podría hacerla con los ojos cerrados.
Entonces, Day enciende el televisor.
La muerte de Terry ya es noticia. Las pocas imágenes que tienen se repiten una y otra vez, como si la tragedia mereciera atención en bucle. El presentador aparece sobre un rótulo que reza «ÚLTIMA HORA | Chicago» y empieza a hablar:
« La Policía de Chicago ha dado por cerrado el caso relacionado con la muerte de Terry Jones, de veintinueve años, cuyo cuerpo fue hallado ayer por la mañana tras precipitarse desde la azotea de un edificio residencial situado en el centro de la ciudad.
Según han confirmado fuentes oficiales, todas las pruebas recopiladas hasta el momento apuntan a que se trata de un suicidio, por lo que la investigación queda oficialmente archivada».
« La noticia llega apenas un par de días después del asesinato del empresario Mikael Terrence y de su chófer, Daniel Clew, quienes fueron encontrados sin vida en las inmediaciones del Hotel Waldorf Astoria Chicago poco tiempo después de abandonar una exclusiva gala benéfica organizada para la recaudación de fondos destinados a distintos proyectos científicos.
Ambos presentaban un único impacto de bala en la cabeza, una ejecución que, desde el primer instante, hizo pensar a los investigadores en un crimen premeditado.
Las pesquisas policiales situaron desde el inicio a Terry Jones como el principal sospechoso de aquel doble homicidio.
Aunque las autoridades no han querido revelar los detalles de la investigación, sí han confirmado que el fallecido mantenía presuntos vínculos con diversas actividades delictivas que venían siendo investigadas desde hacía varios años».
—¿Actividades delictivas? —repite Row.
«Entre las principales hipótesis que manejaban los agentes, figuraban posibles ajustes de cuentas relacionados con una compleja red de financiación ilegal, así como conflictos derivados de importantes deudas económicas y desacuerdos con distintas organizaciones criminales ».
—¿Deudas? —dice Neva.
«Fuentes cercanas al caso aseguran que la presión ejercida por la investigación policial, unida a la creciente dificultad económica que atravesaba Jones y al cerco judicial que se estaba estrechando sobre él, podrían haber precipitado la decisión de acabar con su vida antes de ser detenido».
Todas nos miramos, sabiendo que eso es imposible.
«Por el momento, la policía de Chicago considera que con la muerte de Terry Jones queda resuelto el asesinato de Mikael Terrence y Daniel Clew, descartando la participación de terceras personas en los hechos, dando así por concluida una investigación que durante la última semana había acaparado la atención de los principales medios de comunicación del estado de Illinois».
Miro a Day de reojo y me fijo en que tiene la mandíbula tan apretada que parece capaz de romperse los dientes.
Nadie dice nada. No hace falta. Todas sabemos que Terry no se ha tirado de ninguna azotea por remordimientos. Alguien lo empujó. Y ahora tratan de convencer al mundo entero de que la historia termina aquí.
Lo noto todo en la piel de mi hermana antes de formularlo en mi propia cabeza.
Y lo que me sube por la aguja ha dejado de ser pena.
Se ha ido enfriando, frase a frase, mentira a mentira, hasta convertirse en otra cosa.
En algo duro y sin una sola lágrima dentro.
La runa que estaba trazando pierde el sentido a la mitad del recorrido y la cambio por lo único que de verdad puede darle consuelo esta noche.
VENGANZA.
Day gira la cabeza hacia el hombro y no pregunta por qué cambio de dibujo ni me riñe por hacerlo sin permiso. Solo asiente, despacio, como quien reconoce sus propias necesidades.
Cuando vuelve a hablar, lo hace con una calma que me eriza hasta la última runa que llevo tatuada.
—Jesse Jones es mi próximo objetivo. —Se baja la manga sobre la tinta fresca como quien envaina un arma—. Y no voy a parar hasta matarlo.
Row deja de jugar con el cuchillo. Neva cierra el libro que no leía. Y yo, que llevo toda la vida renunciando a las emociones porque duelen demasiado, le guardo las suyas en el único lugar donde no pueden hacerme daño; en la punta de mi aguja.
Mi hermana ha tomado una decisión, y yo ya sé de qué lado voy a sangrar.
Que el Lameculos empiece a rezar.