Capítulo 35
Preston
L levo dos semanas esperando como un cabrón mi primer día libre desde que llegué a Chicago.
Estoy en un bar que me han recomendado encarecidamente por una famosa tostada de aguacate, y justo cuando voy a hincarle el diente, un tío ha caído del cielo y se ha incrusta en el techo de un Honda Civic con un sonido que nadie quiere escuchar mientras come.
—No me jodas…
Dejo la tostada en el plato y me pongo de pie al momento. Mi vocación y mi instinto me obligan a acercarme al suceso con rapidez.
Lo primero que hago es mirar hacia arriba para comprobar si hay alguna ventana abierta.
Negativo.
Lo segundo, tomarle el pulso al sujeto por si, por un milagro, sigue con vida, aunque sus ojos abiertos mirando al vacío me dejan bastante claro que no.
Le pongo dos dedos en la carótida.
Negativo…
Me dispongo a pedir refuerzos cuando salen unas chicas del edificio, gritando como locas, evidenciando que lo conocían.
Se paran en seco a tres metros del automóvil, y al comprender el fatal veredicto, una de ellas se deja caer de rodillas y empieza a murmurar frases inconexas que no tienen ningún sentido para mí.
Lo único que entiendo es que no se lo explica.
La otra no pierde ni dos segundos en mirar a la víctima y se centra en calmar a su amiga.
—Ha debido de tirarse desde la azotea —digo por dar una explicación—. No hay ninguna ventana abierta.
La chica rompe a llorar con más fuerza.
Mierda…
Nunca sé qué decir cuando alguien pierde a una persona importante. Los muertos no son el problema. Lo son los vivos.
—Imposible… —solloza afectada—. ¡Eso es imposible!
—Tranquila, Day —musita la otra, tocándole el hombro casi por cumplir. Es un gesto duro, no parece estar a punto de llorar por pura empatía.
Pero le pega ser así. Toda ella resulta dura. Tiene piercings suficientes para activar un detector de metales a varios metros de distancia. Tatuajes por todas partes y una expresión que parece decir: «Acércate y te muerdo».
El pelo lila, rapado por un lado y un mechón largo en el otro, le da un toque punk. La chica es un jodido cromo. De esos que no sabes si quieres coleccionar o quemar de lo extravagante que es.
—No lo toque —insto a la llorosa cuando se acerca al muerto.
La punk me clava sus penetrantes ojos azules con dureza y puedo jurar que me imponen más que los de cualquier matón al que haya trincado antes. Tiene pinta de haber mordido a varias personas esta semana. Y sospecho que ninguna se lo merecía.
—Soy policía —aclaro chulesco—. Si creen que no se ha tirado, podría haber alguna huella o prueba en él. Mejor no tocarlo.
La llorosa razona mis palabras y se aleja del cuerpo, abatida y desubicada. La otra la sigue para consolarla, ignorándome por completo.
—Llamaré a emergencias —murmuro.
Saco el móvil y marco. Y mientras la operadora me coge la llamada, no puedo evitar fijarme en que la chica punk se ha sacado algo del bolsillo.
Es una pistola de tatuar que no pinta nada en este contexto.
Pero lo más desconcertante es que empieza a hacerle un tatuaje en el hombro a la afectada sin mediar palabra.
Estoy a punto de decir algo, sin embargo, decido callarme. Hay gente muy rara por ahí… No obstante, la frialdad con la que lo hace no encaja en ninguna posible casilla de mi cabeza.
Le doy a la operadora la dirección y cuelgo sin quitarles los ojos de encima.
La punk tatúa mientras la otra llora en silencio con la cara contra su hombro. Y yo me quedo de pie, a un metro y medio de la escena más rara que he visto en mi vida laboral.
Tengo varias opciones. Acercarme y preguntar qué cojones está pasando, confiscarle la pistola de tatuar o detenerla directamente por pirada.
No hago ninguna de las tres. Solo miro y callo.
Porque los polis malos llegan a una escena y deciden de inmediato qué ha pasado. Los buenos llegan, ven algo raro y se callan hasta que pueden explicarlo. Y esto es raro de narices.
Por si fuera poco, de repente, la que parecía más cabal empieza a gritar, señalando hacia la escalera de incendios del callejón.
—¡JESSE…! ¡¿Has sido tú?! ¡¿CÓMO HAS PODIDO?!
El aludido frena en seco, como si no se esperara encontrarse esa escena dantesca, observa el cadáver sobre el coche con los ojos muy abiertos y su reacción es retroceder y echar a correr.
La mía, cómo no, es perseguirlo.
Mala idea. Porque hay dos cosas que odio especialmente; la corrupción y que me hagan correr antes de merendar.
—¡Eh! ¡ALTO! ¡Policía!
Pero no frena. Y antes de que pueda alcanzarlo, se mete en su coche y pisa el acelerador al máximo, dejando la marca de las ruedas en el asfalto.
Memorizo la matrícula para encontrarlo más tarde.
Vuelvo al cadáver. Veo que la punk ha guardado la pistola de tatuar como si nunca hubiera salido del bolsillo. Y las dos me miran, esperando que el siguiente movimiento sea mío.
Y ojalá, pero se equivocan porque la patrulla responsable está a treinta segundos de aparecer y a mí me toca, por jerarquía, hacerme cargo de la escena solo hasta que llegue el equipo de homicidios.
El primer coche frena a tres metros del Civic con un derrape innecesario que delata que el agente al volante tiene menos de un año de servicio. Se bajan dos hombres uniformados. Uno joven y otro veterano. El veterano me reconoce a los cinco segundos.
—¿Reed? ¿Eres tú?
—El mismo.
—¿Qué coño haces tú en una escena de homicidios?
—Estaba en el bar de enfrente. Lo he visto todo.
—Joder, tío, qué oportuno.
—Ya ves…
—¿Estás fuera de servicio?
—Sí, es mi día libre.
—Aquí no hay de eso. Bienvenido a Chicago.
Miro la tostada de aguacate abandonada en la terraza y veo que no le falta razón.
Le hago un resumen rápido de lo sucedido y no toma ninguna nota.
—¿Sospechas algo, Reed?
—Por ahora, parece un suicidio, pero…
—De acuerdo. Me basta.
Se disculpa y se va a colocar el cordón policial para contener a los curiosos.
Y mientras tomo notas mentales para el informe que, con total seguridad, me va a tocar redactar, aunque no sea mi caso, levanto la vista hacia el bordillo donde siguen sentadas las dos chicas y veo que la punk dura me está mirando fijamente.
Yo bajo la vista y hago como que estoy ocupado. Espero diez segundos y la vuelvo a subir. Ella sigue observándome.
Y no es una mirada de víctima ni de testigo confundida. Es una de evaluación. La misma que usaría yo si me estuviera midiendo con otro para saber con quién juego.
Aparto la vista y me desplazo en dirección a los técnicos. Me detengo y vuelvo a girarme. ¿De verdad sigue mirándome?
Joder…
Tiene la misma expresión que mi hermana cuando alguien toca el último trozo de pizza .
Por eso, esta vez le sostengo la mirada.
Y ella, sin pestañear ni sonreír ni variar un solo músculo de la cara, continúa mirándome durante lo que me parece un siglo entero.
Hasta que decide apartarla con la calma de quien no necesita ganar.
Y a mí, que llevo doce años trincando a gente, se me queda un sabor raro en la boca. Porque normalmente, cuando aguanto miradas en una escena, gano yo. Es deformación profesional. Pero no me gusta que me dejen ganar. Y eso es justo lo que ha pasado.
Mi cabeza debería estar registrando: «Sujeto femenino, hostil, con posible implicación y alta capacidad de control emocional bajo presión». Pero lo que registra es: «Es la chica más atractiva que he visto en una escena del crimen». Y eso debería preocuparme bastante.
«¡Joder, Preston…!».
Llevaba dos años sin pensar así de una mujer.
Lo cual demuestra que el universo tiene sentido del humor.
Porque cuando por fin consigo superar a mi ex…
, de pronto, el universo me suelta un cadáver encima y, dentro del paquete, me incluye a una chica extraña con cara de mala leche que me ha mirado tres veces en quince minutos y me ha desencajado algo por dentro que tenía muy bien encajado. Sellado. Muerto.
«Bonita forma de empezar un curro nuevo, Reed…».
Me doy un golpe mental para recordarme por qué estoy en Chicago.
He venido a investigar algo muy concreto, y por muy tentador que sea meter las narices en una historia donde las cosas raras saltan a la vista…
, por mucho que me esté mirando esa chica…
y por mucho que yo, aunque finja lo contrario, también la esté mirando a ella, no puedo tirar de este hilo. No puedo.
Las pruebas se recogen, el cuerpo se levanta y las dos chicas dan sus declaraciones a un agente de uniforme. Yo me quedo cerca para apuntarme sus nombres y apellidos.
«Naomi Smith». La clase de mujer que te arruina la vida…
Mi instinto policial me recomienda mantenerme alejado.
Mi instinto masculino acaba de dimitir.
Cuando las dos chicas vuelven al portal, la punk pasa a tres metros de mí sin mirarme. Lleva diez minutos fingiendo que no existo. Y lo preocupante es que empieza a funcionar.
Sin embargo, en el último momento gira la cabeza hacia mí una última vez, solo para confirmar mi desesperación. Luego desaparece por el portal.
Me quedo solo en la acera, con la cafetería detrás de mí, con la tostada de aguacate todavía intacta sobre la mesa y la cabeza llena de información que no me corresponde gestionar.
Llevo veinte años en este oficio, entrenándome para reconocer cuándo un caso me va a estropear la vida.
Y sé que este me la va a joder.