Capítulo 34
Day
S i existe algo peor que esperar una respuesta, es esperar una respuesta que puede destruir todo aquello en lo que has creído toda tu vida.
Creo que por eso soy incapaz de quedarme quieta.
El caso es que no dejo de apreciar las vistas a través de la cristalera.
En cualquier otra circunstancia me habría parecido un lugar agradable, incluso acogedor, pero ahora mismo todo eso me resulta indiferente.
Llevo más de media hora levantándome cada pocos minutos para acercarme a la ventana y observar el exterior, buscando cualquier señal de que Terry esté a punto de llegar.
Sé que, por mucho que mire, no voy a conseguir que aparezca antes, sin embargo, no puedo evitarlo.
De hecho, esto tiene hasta explicación científica. No es una de esas manías raras que solo tenemos cuatro desgraciados. Es algo que pasa a prácticamente todo el mundo.
Nuestro cerebro lleva fatal la incertidumbre.
En cuanto no sabe qué va a pasar, enciende todas las alarmas como si estuviera a punto de enfrentarse a un oso en mitad del bosque, aunque el mayor peligro real sea que un mensaje tarde cinco minutos más en llegar.
Para él, no saber equivale a perder el control, y eso merece una dosis extra de cortisol y un buen chute de ansiedad anticipatoria.
Por eso volvemos a mirar el móvil. O la puerta.
O el reloj. O la bandeja de entrada. Una y otra vez.
No porque pensemos que el universo haya cambiado en los últimos diez segundos, sino porque cada comprobación le susurra a nuestro cerebro un tranquilizador «sigue sin pasar nada».
Hasta que deja de ser una decisión consciente y se convierte en un hábito automático del que ni siquiera nos damos cuenta.
Cada vez que veo un coche detenerse frente al edificio, o una silueta aproximarse por la acera, mi atención se dispara automáticamente hacia la entrada.
Luego descubro que se trata de algún vecino, simples niñas que pasean vendiendo galletas o de un desconocido y vuelvo a sentir la misma mezcla de frustración e impaciencia.
—Day, si sigues así vas a terminar dejando una marca permanente en el cristal —comenta Nao, lo que consigue que me gire en su dirección.
Está sentada en su sillón blanco con una taza entre las manos. Lleva observándome desde que he bajado y estoy bastante segura de que está disfrutando con mi nerviosismo.
—No estoy haciendo nada.
—Al contrario. Llevas treinta minutos haciendo lo mismo.
—Solo estoy mirando —me excuso.
Nao señala el sofá que tengo delante.
—Siéntate de una vez, antes de que acabe atándote a la silla de Jesse —masculla—. Por mucho que sigas vigilando la calle, no vas a invocarlo.
Resoplo, aunque termino haciéndole caso y me dejo caer frente a ella. Cruzo los brazos sobre el pecho con la intención de aparentar una tranquilidad que no siento ni por asomo.
—¿Y dónde se han metido Neva y Row? —cuestiono, impacientándome.
Esa es otra de las cosas que no me deja permanecer serena.
—Day, aún no es la hora, ya llegarán.
—¿Y si se adelanta? A pesar de sus defectos, Terry era extremadamente puntual.
Nao ni se molesta en poner los ojos en blanco. Solo bebe un sorbo de café.
—Pues si llega antes, para eso estamos tú y yo aquí.
—Lo digo en serio.
—Claro, claro. Yo también cuando digo que solo voy a poner «un capítulo más» en Netflix.
Le dedico una mirada asesina.
Apoyo los codos sobre las rodillas y dejo escapar un suspiro.
—¿Sigues sin creerle? —le pregunto.
—Todo dependerá de a quién nos traiga.
—Ya…
Me pone más nerviosa que me mire con tanta intensidad.
—Sabes que si no nos convence tendremos que matarlo, ¿verdad?
No me sorprende la sinceridad que pone en sus palabras. Nao, para bien o para mal, es una persona muy franca.
Hace apenas dos días habría respondido que no sin pensarlo dos veces; ahora ya no puedo hacerlo. Si Terry no se presenta, o si todo ha sido un engaño, no podré continuar encubriéndolo.
—Ya se verá…
—Eso no ha contestado a mi pregunta. —Arquea una ceja.
Levanto la vista hacia ella.
—¿Qué quieres que diga, Nao? —Me paso las manos por el pelo, agobiada—. No tengo una respuesta clara.
Ella chasquea la lengua.
—Mira, Day, no estoy aquí porque confíe en Terry. Si he aceptado venir es porque quiero saber si realmente existe esa persona dentro de GenoLabs de la que habla. Quiero saber si lleva años colaborando con alguien o si todo esto no es más que otra de sus manipulaciones.
—Si aparece alguien…
—Tendrá que dar muchas explicaciones en primer lugar —termina la frase por mí.
—¿Y si no aparece…?
Detesto lo débil que suena mi voz.
—Entonces, ahí tendremos nuestra respuesta.
La lógica de sus palabras debería tranquilizarme, pero no es así.
—Háblame de qué sesiones de tatuajes tienes próximamente. Distráeme o me volveré a acercar a esa maldita cristalera —le suplico.
Nao se apiada de mí y me relata en lo que está trabajando en estos momentos. Me habla de una mujer que quiere tatuarse un diente de león deshaciéndose en el viento porque, después de superar un cáncer, dice que por fin ha aprendido a soltar todo a lo que llevaba años aferrándose por miedo.
Mientras la escucho describir el diseño y las pequeñas modificaciones que pretende hacerle para que cada semilla represente a un miembro de su familia, me doy cuenta de que Nao nunca tatúa solo dibujos, sino que inmortaliza historias sobre la piel de quienes se sientan frente a ella
Estoy ensimismada con lo que me cuenta, pero, de pronto, un movimiento extraño capta mi atención en la cristalera. Solo dura unos segundos, sin embargo, he visto caer algo. Era una sombra grande y pesada.
Mi cerebro se niega a procesar lo que podría ser. La respuesta resulta tan absurda que no consigo comprenderla de inmediato hasta que llega el estruendo.
Se escucha un impacto tan brutal que, por un momento, pienso que alguien ha podido detonar un artefacto explosivo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Nao. Las dos nos ponemos en pie al mismo tiempo.
Cuando nos acercamos a la cristalera, el mundo entero se detiene al observar que hay un cuerpo sobre el capó destrozado de un coche.
Mi corazón se detiene y me quedo sin aire en los pulmones.