Ayer (Arpías 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Debería marcharme. Tengo un comunicado que redactar, una crisis que contener y una jefa esperando resultados que no voy a poder darle.

Pero Day sigue aquí. Y yo, como el idiota que soy en lo que a ella respecta, no me muevo.

Se ha quedado de pie junto a los ventanales, con los brazos cruzados y la vista perdida en la ciudad.

Tiene pinta de llevar días consumiéndose por dentro, y yo llevo días fingiendo que no tenemos una conversación pendiente desde que en el coche le pregunté si había visto a Terry la noche del asesinato.

—Suéltalo ya… —Me acerco por detrás—. ¿Qué es lo que tienes atragantado?

Tarda en girarse. Y, cuando lo hace, sé que no me va a gustar lo que va a decir.

—Quiero que escuches a Terry.

El nombre de mi hermano ha estado flotando entre los dos desde que he entrado por la puerta.

—¿Para qué?

—Yo le creo, Jesse… Solo escúchalo. Es tu hermano… —Da un paso hacia mí y odio cómo se le enciende la voz cuando habla de él.

—Le crees. —Repito las palabras despacio, como si al masticarlas fueran a saberme menos amargas—. ¿Por qué?

—Porque lo he sentido. He captado sus emociones y no miente. Estoy segura.

Esa frase me destroza por dentro porque sé lo que significa.

Me sé toda la puta teoría sobre cómo consigue volver a captar a los tíos por los que se siente atraída.

Neva tiene la lengua muy suelta cuando bebe.

Y me lo explicó con todo lujo de detalles una noche en la que intentaba convencerme de que Day y yo habíamos nacido para estar juntos.

De hecho, eso fue lo que me impulsó a cruzar la línea la primera vez.

Estaba en mi límite, deseando como un loco a la exnovia de mi hermano, y Neva sabía que solo necesitaba un empujoncito más para caer en la tentación.

Por eso sé que, cuando Day se acuesta con un hombre que le gusta, después ya puede leerlo.

Me quedo muy quieto.

—¿Has podido sentirle? —repito herido.

—Sí. Su rabia, su miedo, su… —Se detiene porque acaba de darse cuenta de por dónde voy.

—¿Y cuándo, exactamente, volvió a funcionarte con Terry, Day? ¿La noche de la gala?

La veo palidecer.

—No es lo que estás pensando…

—No estoy pensando nada —miento—, solo estoy atando cabos. La noche de la gala, cuando mataron a Mikael, desapareciste del salón durante media hora larga. Cuando te pregunté si lo habías visto, no contestaste. Y ahora resulta que lo sientes como si le hubieras abierto una ventana directa al alma.

Se queda callada y mi corazón grita de dolor.

Puede que sea masoca, pero necesito que lo admita en voz alta, aunque me parta por la mitad. Porque llevo días sospechándolo y prefiero la certeza afilada al veneno de la duda.

—¿Te has acostado con él? —pregunto directo. Mi voz suena ahogada. Es la que sale cuando uno se está derrumbando por dentro.

Day me sostiene la mirada. Nunca ha sido una cobarde, ni siquiera cuando serlo le dolería menos.

—Sí.

Una sola palabra y el suelo que llevaba años sosteniéndome decide dejar de existir.

No me muevo. No abro la boca. Solo aprieto la mandíbula tan fuerte que me duele, porque es lo único que me impide hacer o decir algo de lo que me pueda arrepentir.

—Tú y yo ya no estábamos juntos —añade ella deprisa, como si eso arreglara algo—. No somos nada, Jesse. Lo dejaste claro. Fuiste tú quien dijo que eliminábamos la parte divertida de la ecuación. Yo solo…

—Olvídalo.

—Jesse…

—No hables más —digo severo. Y me sorprende lo firme que suena mi voz cuando dentro de mí no queda nada en pie—. No lo hagas. No te disculpes, no lo justifiques ni lo maquilles. Tienes razón… No somos nada. Puedes follarte a quien te dé la puta gana.

Cojo la americana del respaldo de la silla eléctrica y veo que me tiemblan las manos. Rezo para que no lo note.

—Es solo que… —freno, y me odio por seguir hablando, pero si no lo suelto reviento—, de toda la gente del planeta…, ¿tenía que ser él?

—No quería hacerte daño.

—Ya… —Sonrío, y sé que es la sonrisa más falsa que me ha visto nunca—. Eso lo hace mucho mejor.

Camino hacia el montacargas descompuesto.

Cada paso que doy me cuesta un mundo porque una parte de mí, la más estúpida, espera que me detenga, que diga mi nombre, que me dé un motivo para girarme, pero no lo hace.

—Jesse… —Su voz me alcanza justo cuando bajo la reja.

Me detengo, pero no puedo mirarla. No con la cara que debo de tener.

—No hagas ninguna tontería… —musita preocupada.

Y ahí, dándole la espalda, con el pecho ardiéndome de una forma que no había sentido en años, casi suelto una carcajada. Porque de todo lo que podía decirme es lo último que esperaba oír.

Soy la puta imagen del autocontrol, joder. Yo no soy Terry…

—Descuida —contesto—. Intentaré comportarme… —suelto con sarcasmo.

Pulso el botón. Y mientras el montacargas desciende con su chirrido de siempre, me permito cerrar los ojos y sentir una rabia enfermiza, sin testigos.

Rabia por Terry. Por Madre. Y por el puto nudo de mentiras en el que llevo ocho años metido y que, esta noche, por primera vez, me ha costado algo que de verdad me importaba.

Que se preparen todos…

Porque un hombre que ya no tiene nada que perder es la cosa más peligrosa del mundo.