Ayer (Arpías 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Jesse

S e supone que los fines de semana no trabajo, pero por orden directa de Madre he citado a las chicas en su complejo de apartamentos.

La muerte de Mikael Terrence la tiene más alterada de lo que está dispuesta a admitir, y una Agatha Walsh inquieta es una noticia pésima para cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse con ella.

Llevo años observándola y he aprendido que, cuando empieza a anticiparse a amenazas que no puede controlar, sus movimientos se vuelven impredecibles. Además de jodidamente invasivos…

Mientras el montacargas asciende, me apoyo contra una de las paredes metálicas y cierro los ojos.

La conversación de esta mañana con ella sigue dando vueltas en mi cabeza. Madre está convencida de que Terry está detrás de la muerte de Mikael. Y yo también.

Nada más poner un pie en la planta común, veo que ya están las cuatro. Cada una ocupa su sillón habitual, parece que estuvieran celebrando una reunión clandestina de villanas de dibujos animados.

Nao dibuja algo en uno de sus blocs. Neva juguetea distraída con el cordón de su vestido. Day permanece absorta en sus pensamientos con unas ojeras que le llegan al suelo.

«Genial…».

—¿Y el novio de Neva? —pregunto al no verlo rondar por aquí.

—En su casa —responde ella sin levantar la vista—. Cree que estoy en un taller de scrapbooking .

—¿Y se lo ha tragado?

—Evan se traga cualquier cosa que lleve la palabra «manualidades» delante.

—OK.

Veo que Row está atravesada prácticamente del revés sobre el sillón. Es más gato que persona…

Mis ojos descansan en la famosa silla eléctrica, que espera ansiosa mi llegada.

—Dame un respiro, Lameculos. —protesta Row al verme—. Sé que esta boquita es muy apetitosa, pero no puedo ir besando a desconocidos cada dos por tres.

—Vaya, pensé que te alegraría que te ofreciera trabajo. —Fuerzo una sonrisa para que no noten todo lo que arrastro.

—Sé que estás anonadado por mi talento.

—Más bien por tu dudosa estabilidad mental.

—Eso también es un talento. —Me enseña los dientes en una sonrisa exagerada.

Se me escapa una risa y ocupo la silla que me corresponde. Podrían haberle puesto un cojín; es incómoda de cojones.

—¿Qué quiere Madre ahora? —pregunta Nao sin levantar la vista del bloc.

—Me encanta que asumas que vengo a arruinaros el día. Pero, a pesar de todo, hoy no traigo trabajo.

—Entonces, ¿a qué se debe tu desagradable presencia? —cuestiona Row.

Las observo una a una y, por mucho que quieran parecer indiferentes, todo es fachada. Están preocupadas, y me fastidia ser yo quien traiga más malas noticias.

—Madre quiere que volváis a vivir en GenoLabs…

La reacción es inmediata. Las cuatro se tensan.

—¿Cómo que volvamos? —Es Day quien habla primero.

—Lo que oyes. Os quiere de vuelta en las instalaciones.

—¡Ni de coña! —escupe Row.

—¡Eso es ridículo! —secunda Nao.

—¿Piensa encerrarnos otra vez? —tercia Neva.

—Según ella, es una medida de seguridad temporal.

La carcajada que escapa de Row podría usarse como arma biológica.

—Temporal, mis ovarios.

—Por favor, no vuelvas a usar esa frase. «Cojones» lo tolero; «ovarios»…

—Pues no me vengas con esta mierda. Tendrías que haberle dicho que no tú mismo. No están las cosas para esto…

Alzo una ceja cuando el resto de las chicas miran a Row con los ojos saltones, advirtiéndola de que se calle.

—¿Me he perdido algo? —Miro de una a otra.

Todas guardan silencio. Es Nao quien se atreve a romperlo.

—No contéis conmigo, Lameculos. El día que salí de allí me prometí no regresar. Somos lo bastante fuertes para valernos por nosotras mismas; para eso nos entrenaron, ¿no?

Me desafía con la mirada.

—Yo tampoco estoy de acuerdo. Pero tras la muerte de Terrence, Madre considera que la situación representa un riesgo para vuestra seguridad.

—Lo que, traducido, significa que quiere tenernos controladas —replica Day.

—Y sin traducir también —murmura Row.

Nao deja el bloc sobre la mesa de mala leche.

—Te lo repito, y no lo tomes por costumbre: no pienso volver a GenoLabs.

—Yo tampoco —se planta Neva.

—Joder, chicas…

—Me uno al motín. —Levanta la mano Row.

De repente, las cuatro entran en una guerra dialéctica de quejas, protestas y amenazas. Incluso caen más insultos sobre mí, y eso que solo soy el puto mensajero, así que voy perdiendo la paciencia.

—¡¿Qué demonios os pasa hoy?! Estáis reaccionando como si hubierais contraído la rabia. ¿Es que tenéis la regla o algo por el estilo?

En cuanto suelto la frase, sé que acabo de firmar mi sentencia…

El hecho de que ni siquiera parpadeen me dice que es uno de esos errores que se estudian en los libros de historia.

—La acabas de cagar, Lameculos…

—¿Q-qué he dicho?

—Ya habéis oído a nuestro querido Jesse. Es tan empático que quiere saber qué se siente al tener la regla —comenta Day.

La veo ponerse de pie, y Nao y Neva le siguen como un par de velociraptores que obedecen a su madre por telequinesia mental.

—Chicas, no…

—No tú. —La voz sin alma de Row me pone en guardia y me incorporo acelerado—. De hecho, me parece una iniciativa feminista maravillosa… La igualdad debería de empezar por aquí.

Por el rabillo del ojo veo que Nao se saca del bolsillo esa máquina de tatuar que la acompaña a todas partes.

Lo hace con una calma escalofriante, sin quitarme ojo de encima.

Abre uno de los compartimentos, encaja la aguja y la carga como si la tinta fuese una bala.

Al encenderla, el zumbido que suelta me pone los huevos de corbata.

Levanto las manos, indefenso.

—No vais a hacer lo que creo que vais a hacer, ¿verdad? —pregunto con tiento, rodeando la mesa del comedor. Ahora mismo me resultaría menos peligroso enfrentarme a un tigre que a ellas.

—Solo queremos educarte un poco, Jesse…

«No sé por qué me fui a fijar en una mujer tan maquiavélica», pienso cuando Day se acerca con elegancia.

—Day, ayúdame… Nao…, ni se te ocurra —le advierto.

—DayDay, ciérrale el paso —pide Nao.

—Con mucho gusto —responde ella.

—¡Traidoras! —grito, y empiezo a pensar en la posibilidad de huir.

Intento esquivarlas, pero Neva me intercepta por un lado y Day por el otro. Y cuando quiero retroceder, descubro que Row ya está detrás de mí.

—Relájate, Charlie…

«¡Y una polla que me relaje! ¡Siempre que alguien dice eso, la cosa no acaba bien!».

Miro hacia el montacargas, donde Neva sigue cruzada de brazos, bloqueando la única salida.

Con un tirón salvaje, me deshago de ellas y corro hacia el tobogán como si me hubiera convertido en el mejor receptor de la historia.

—¡Mi tobogán no! —exclama Neva cuando empiezo a escalar esta monstruosidad que, al final, hasta va a serme útil.

—¡COGEDLO! —grita Row entre carcajadas—. Que se entere de una puta vez de dónde viene nuestro mal humor…

Varias manos me agarran de las piernas y hacen que me resbale.

—¡Esto es un secuestro! —exclamo.

—Solo es divulgación científica, cariño. —Me acaricia Day.

—¡Day, joder…!

—Calla y aprende. —Me sonríe.

Antes de que pueda replicar, noto el pinchazo de la aguja mordiéndome la nuca. Nao tatúa con una precisión endiablada trazo a trazo, y en cuanto cierra el último, el vientre me estalla.

Solo puedo retorcerme y encoger las piernas.

«¡¿QUÉ COJONES ES ESTE DOLOR INHUMANO?!».

Y entonces empieza de verdad. Al dolor lo releva un enfado que no viene de ninguna parte.

Cuando creo que ya lo he pillado, el enfado se deshace en un cansancio plomizo y el cansancio en unas ganas de llorar absurdas, regadas por unos calambres que me muerden la tripa y las lumbares. Después vuelve la irritación.

Cada emoción dura lo justo para instalarse antes de que la siguiente la eche a patadas. Es una montaña rusa hormonal imposible de describir.

Mi cerebro recibe sentimientos tan deprisa que durante unos segundos me quedo paralizado.

«Al menos no es el sello de la verdad».

—¡AH! ¡MIS OVARIOS! —agonizo. Me da igual no tener. ¡Me duelen!

—Pues esto es solo el calentamiento —se burla Nao—. Te lo he hecho suave, hombretón.

—¡¿El calentamiento?! ¡Quítamelo, joder!

Ya no sé si el cabreo que siento es mío o inducido.

—Ahora imagina tener una reunión importante mientras sientes todo eso —dice Day.

—O trabajar ocho horas —interviene Nao.

—O aguantar a hombres soltando comentarios estúpidos —añade la cabrona de Row.

—O que alguien te acuse de estar con la regla porque no eres todo sonrisas… —insiste Neva.

—Tú siempre me caíste bien —le digo, dedicándole una mirada de puro odio.

—Yo también te adoro, Jesse. —Sonríe la muy perra—. Menos cuando sueltas comentarios tan machistas como ese.

—¡Lo he pillado, maldita sea! ¡Lo siento mucho! —No entiendo nada de lo que ocurre en mi interior—. ¡Nao, quítame esto ya, te lo suplico! —Aprieto los dientes, clavándole la mirada.

Hace un mohín y, al final, pasa de nuevo la aguja sobre mi nuca, cruzando el trazo con otro que lo anula.

El alivio es tan brutal que tengo la sensación de que voy a echarme a llorar.

Me quedo unos segundos completamente quieto, intentando procesar semejante bombardeo. Como puedo, me arrastro hasta el centro del comedor y me dejo caer en mi silla.

—Sois unas hijas de puta… —mascullo, sujetándome la cabeza.

Mierda, estoy hasta sudando.

—Te aseguro que voy a disfrutar recordándotelo el resto de tu vida. —Sonríe Row.

Mientras las escucho discutir sobre cuánto tiempo van a usar este incidente para burlarse de mí, empiezo a sospechar que convencerlas de volver a GenoLabs va a ser mucho más difícil que enfrentarme a cualquier asesino que Madre decida enviarnos.

Y, siendo sincero, después de vivir esto en primera persona, yo me retiro. Que hagan lo que les dé la puta gana.

Poco a poco, la sala recupera algo parecido a la normalidad.

Neva se ha ido a rescatar a Evan de su inopia.

Row ha bajado a su planta entre carcajadas, prometiendo que va a mandarle a todo su grupo de la funeraria un vídeo reconstruyendo mi cara de agonía.

Y Nao ha guardado la máquina de tatuar como quien enfunda un revólver, no sin antes dedicarme una última mirada de suficiencia antes de marcharse.