Ayer (Arpías 1) Epílogo 2
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Epílogo 2

Jesse

M iro el identificador de llamadas y, al ver que se trata de Day, vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo de la americana. Aunque lo que de verdad me apetece es estamparlo contra la pared.

No lo hago, por supuesto.

Toda mi vida he calculado cada uno de mis movimientos, he aprendido a sonreír delante de cada persona que me rodea, pero ha sido todo fachada.

Ahora estoy agotado. Cansado de fingir quien no soy, de actuar como si todo me resbalara, porque no es el caso. Siento demasiado, y ese es mi mayor hándicap para lo que todavía me queda por hacer.

En la entrada del depósito me recibe un policía.

Alto, con unos hombros que apenas caben por la puerta y una mandíbula que parece esculpida a cincel; el tipo tiene pinta de haberse escapado de la película de He-Man.

Se presenta como Preston Reed, tendiéndome una mano que podría partirme la mía sin esfuerzo.

—Acompáñeme —dice—. El forense lo está esperando.

Le devuelvo el saludo con la cortesía justa, la de siempre, la que no revela nada. Cruzo unas frases vacías con él mientras avanzamos por el pasillo. Un detective haciéndome preguntas de rutina es lo último que necesito hoy, pero he aprendido a sostener conversaciones así hasta dormido.

Cuando llegamos a la sala fría, Reed se queda un momento en el umbral. Luego intercambia un gesto con el forense y se retira, cerrando la puerta a su espalda.

Al escuchar el ruido, me permito cerrar un segundo los ojos al ser consciente de que estoy muy cerca de lo que queda de mi hermano.

Me paso una mano por el pelo y vuelvo a colocarme la máscara.

Ha llegado la hora…

El forense abre una puerta metálica incrustada en la pared y desliza una camilla.

Se me eriza el vello al ver la forma del cuerpo bajo la sábana.

Permanezco con las manos metidas en los bolsillos en una actitud relajada, como si venir a identificar el cadáver de un familiar fuese algo que estuviera en mi agenda diaria.

Cuando el hombre retira la sábana, no estoy preparado para lo que veo.

Terry siempre fue alguien lleno de vida. Demasiada para su propio bien.

Desde que la memoria me alcanza, lo recuerdo metiéndose en líos, buscando cualquier excusa para salirse con la suya.

Siempre tuve la intuición de que no llegaría a viejo —es lo que les pasa a los temerarios—, pero que él mismo se quitara la vida…

Quien lo conociera sabe que eso es imposible.

Terry era demasiado egoísta para renunciar a este mundo por voluntad propia.

Esperaba un rostro ceniciento por la falta de riego. En cambio, su piel está amarillenta, salvo por el traumatismo de la calota craneal; tiene hundido el hueso frontal y parte de las órbitas a causa del golpe.

—Es él —digo sin añadir nada más.

No podría, aunque quisiera.

Pongo todo de mi parte para tragarme la emoción que se me acumula en la garganta. Esto es jodidamente difícil.

No es ningún secreto que lo nuestro fue una relación disfuncional; éramos dos caras de la misma moneda. Aun así, era mi hermano. Y…

El teléfono vuelve a vibrarme contra el pecho. Estoy tentado de ignorarlo; sé que será Day o cualquiera de las chicas. Llevan toda la tarde llamando para avisarme de que no descansarán hasta verme muerto.

Al final miro la pantalla, aunque solo sea para dejar de ver el rostro sin vida de Terry.

Se me tensa la mandíbula al comprobar que es Madre.

No hace falta ser muy listo para saber que esta llamada me conviene cogerla.

—Dime…

—¿Dónde estás?

«Directa al grano. Sí, señor».

—En el depósito.

—Bien.

«HIJA DE PUTA…». ¿Eso es todo lo que tiene que decir?

Sé que ella ha sido la artífice, aunque no la ejecutora. Madre jamás se ensuciaría las manos. Los demás matamos por ella. Sin embargo, eso no la hace menos culpable.

En la tele lo han catalogado de suicidio, pero fue un asesinato.

—Te he reservado un vuelo a las Bahamas. Las chicas están alteradas; creerán que fuiste tú quien lo empujó.

—Lo entiendo —respondo cortante.

—Quiero que desaparezcas una temporada, hasta que las aguas se calmen. Yo me encargaré de que entren en razón. Ante todo, debemos seguir unidos. No quiero que esto salpique a GenoLabs.

«Por supuesto que no…».

—Zanjaré el asunto lo antes posible —contesto seco.

—Perfecto. Te llegarán los datos del viaje al e-mail . Sales en unas horas. Tómate unas vacaciones más que merecidas.

—Gracias, Madre.

Colgamos sin más despedida y aprieto el teléfono con tanta rabia que no sé cómo no se pulveriza en mi mano.

Intento controlarme. Ser el hombre frío en el que me he convertido. Pero esto no lo he visto venir…

Me falta el aire. Los hombros quieren dejan de sostener el peso que llevo años cargando.

Y el forense, que ha debido ver esto muchas veces, sabe que es el momento de dejarme solo.

Pierdo la estabilidad y me apoyo contra la pared, no obstante, ni siquiera eso me devuelve la compostura. Nada podría. No después de una llamada así…

Acabo de reconocer el cadáver de mi hermano. Y acabo de entender que las piezas que llevo ocho años manteniendo separadas se han estrellado unas contra otras delante de mí.

Lo más doloroso no es que las chicas crean que maté a Terry, es saber que tienen todos los motivos para creerlo.

Pero era la única forma de seguir escarbando sin que nadie descubriera que llevo media vida intentando derribar los cimientos de todo cuanto ha construido esa mujer perturbada.

¿Cómo no iba a ser su favorito?

Jamás he cuestionado una orden. He sido su asistente brillante de día y quien limpiaba la mierda de GenoLabs por la noche.

Pero también era el confidente de Terry… Su contacto dentro.

La única persona, aparte de los implicados, que conoce la verdad de lo que ocurrió la noche en que huyó hace ocho años.

Yo me quedé dentro del infierno mientras él escapaba para sobrevivir.

Llevo demasiado tiempo despertándome cada mañana sabiendo que debo seguir interpretando un papel. Ocho años fingiendo lealtad a la misma mujer a la que deseo destruir. Una sola palabra equivocada habría sido una sentencia de muerte para todos.

Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda detenerlas.

Me cubro la cara con las dos manos y todo lo que he contenido durante años se rompe de golpe. Aquí, en esta sala fría, sin nadie que me vea. Sin cámaras, sin Madre, sin máscara. Sin Terry…

No lloro únicamente por él. Tampoco por mí.

Lloro por Monroe, por Newman, por Tobías e incluso por Alyss, aunque su muerte no tuviera nada que ver con toda esta encrucijada.

Lloro por todos los que desaparecieron de los registros oficiales de estos mercenarios solo porque alguien decidió que era más fácil borrar una vida que asumir las consecuencias de sus actos.

Y, sobre todo, lloro por esas niñas que crecieron creyendo que GenoLabs era un hogar, cuando en realidad es una jaula de la que, por mucho que se sientan libres, jamás podrán salir.

Y mucho menos si me matan.

Me seco la cara con la manga y espero a que el temblor de las manos ceda. Cuando vuelvo a levantar la vista, ya no queda nada del hombre que se ha derrumbado contra la pared. Regreso junto a la camilla y me obligo a mirar a Terry una última vez.

—Te prometí que acabaríamos con ella —Mi voz apenas es audible—. Y pienso cumplirlo.

Apoyo una mano sobre la camilla.

—Aunque tenga que hacerlo solo. Y por mucho que me cueste la vida.

Cierro los ojos y me despido. Piense lo que piense, Agatha Walsh no ha ganado. Su caída está más cerca de lo que jamás ha imaginado.

Y lo mejor de todo es que, mientras ella sigue convencida de controlar el tablero, ni siquiera sospecha que la partida no ha hecho más que empezar.