Capítulo 31
Day
M e escondo en el baño lo que parecen ser horas. Cuando regreso al salón no me siento recompuesta en absoluto.
He necesitado varios intentos para conseguir que mi reflejo vuelva a parecerse al de la mujer que ha entrado en la gala unas horas antes.
Me he retocado el maquillaje, he recogido los mechones rebeldes que se han escapado de mi peinado y me he echado agua fría en las muñecas y la nuca más veces de las necesarias.
Aun así, mientras avanzo entre los invitados, continúo apreciando el recuerdo de Terry pegado a mi piel como una capa imposible de arrancar. Y en este momento, con lo indignada que me siento, es lo que menos deseo percibir.
Debería haberlo apartado en cuanto soltó por su boca que quería arrancar cualquier rastro de Jesse en mí, sin embargo, por un instante, a la ávida lectora de romántica que habita en mí le ha parecido buena idea continuar, hasta que al final se ha dado de bruces con la realidad: Terry lo único que quería era conseguir quedar por encima, literalmente hablando, de su hermano.
No es ningún secreto que los Jones siempre fueron competitivos entre ellos, no obstante, sentirme parte de esa rivalidad insana que se traían no me hace ni puta gracia.
Nadie parece darse cuenta de que mi mundo acaba de sufrir otro terremoto. Me resulta insultante comprobar lo fácil que es para el resto de la humanidad seguir adelante mientras una intenta mantener las piezas de su vida unidas.
Veo a Jesse, que está al otro lado del salón. Hay algo en su expresión que consigue que me detenga de inmediato.
Tiene la mandíbula tan apretada y los hombros tan tensos que, por cómo me observa, temo que, de alguna forma, sepa qué ha ocurrido con su hermano.
Conforme me acerco, se me instala en el estómago una sensación desagradable.
—Ven conmigo.
Me sostiene por el codo y me aparta del resto de la fiesta. Nos quedamos lo más alejados de cualquiera que pueda oírnos. Y solo eso me inquieta.
—¿Qué ocurre?
Jesse me observa con una intensidad extraña, parece que estuviera valorando la mejor forma de darme una noticia que sabe que no me va a gustar.
—Han matado a Mikael Terrence.
Abro los ojos asombrada y comienzo a mirar a mi alrededor, como si de esa forma pudiese ver el cadáver de uno de los socios de GenoLabs.
—¿Q-qué…?
—Mantén la calma —masculla.
«¿Cómo que mantenga la calma? ¿Está delirando?».
A ver, no es que la muerte me sea ajena. Yo he acabado con más vidas de las que puedo enumerar, pero que esta vez se trate de alguien relacionado con GenoL…
De forma automática, mi mente establece la conexión. Ni siquiera necesito pensarlo, e inevitablemente el nombre de Mikael y el de Terry quedan unidos dentro de mi cabeza antes de que pueda impedirlo, ya que una parte de mí sabe que tenía motivos de sobra para querer verlo muerto.
Me llevo una mano a la garganta, sintiendo que de un momento a otro puedo perder los nervios.
A Jesse ese gesto no le pasa desapercibido y endurece, más si cabe, la mandíbula. Hay algo en la forma en que nuestros ojos se encuentran que me hace sospechar que ambos acabamos de llegar al mismo camino mental.
—¿Qué ha pasado? —pregunto al fin.
—Lo encontraron hace quince minutos. —«Dios…»—. La policía ya está trabajando en la escena.
—¿Dónde? ¿Ha sido aquí?
Vuelvo a recorrer la zona, alarmada.
Jesse niega.
—Lo han encontrado a un par de manzanas, en el interior de su coche. Su chófer y él tenían un balazo en la cabeza.
«Dios Santo…».
La conversación posterior transcurre como una especie de niebla. Recuerdo a Jesse intentando convencerme de que me calme e insistiendo en que necesito salir de allí, pero la aparición de Madre consigue que todo se retrase.
Me fijo en cómo comenta con Jesse la noticia. Su tranquilidad parece imposible de interpretar. Quizá sea la serenidad propia de alguien acostumbrado a gestionar crisis. Con Madre nunca resulta sencillo distinguir dónde termina la preocupación y dónde empieza la maquinación.
—Intenta que no se corra la voz entre nuestros asistentes hasta que sea inevitable. No quiero que este suceso empañe la celebración —comenta, dirigiéndose a Jesse.
«¿Puede ser más cínica?».
—Será difícil que GenoLabs no salga a relucir —alude él—. Al fin y al cabo, formaba parte de la directiva.
Observo cómo se le forma un imperceptible tic a Madre bajo su ojo izquierdo.
—Redacta un comunicado. Quiero que lo publiquemos a primera hora de la mañana, sintiendo y condenando lo ocurrido.
Jesse asiente.
Madre esta vez se dirige a mí cuando añade:
—Será mejor que vuelvas a casa, Dayane.
La sugerencia suena amable, sin embargo, todos sabemos que es una orden. Con toda probabilidad, la más razonable que me ha dado hasta ahora.
Tengo la necesidad de salir corriendo en busca de Terry y miedo a descubrir que mis sospechas son ciertas.
Al final termino aceptando que Jesse me acompañe hasta casa. Sé que a él le espera una noche movidita intentando que salpique lo menos posible la imagen de GenoLabs.
Antes de abandonar el salón de actos, envío un mensaje rápido al grupo familiar para informar a mis hermanas, aunque no tardo en arrepentirme. No les digo nada de Terry ni de su presencia en la fiesta, pero sé que son lo bastante audaces como para llegar a la misma conclusión que yo.
Row
El mensaje de Day ha sido muy claro. Han matado a uno de los mayores inversores de GenoLabs y eso solo puede significar que Terry ha hecho lo que todas sabíamos que acabaría haciendo —a excepción de Day—: dejar de esconderse y pasar a la acción.
—¿Estáis listas? —pregunto mientras compruebo que mi pistola está cargada.
Nao aparece en la sala común. No parece ir armada, pero, conociéndola, estoy segura de que bajo la chaqueta de cuero lleva a Bésame bien afilada y lista para rebanar cuellos.
Juntas esperamos a que aparezca Neva, y cuando lo hace, nos sorprendemos al ver que, tras ella, baja por el tobogán el bueno de Evan.
—¿Qué hace él aquí? —susurra Nao para que solo yo pueda oírla.
Me encojo de hombros y resoplo. Hace ya tiempo que dejé de intentar entender lo que hace Neva. Se supone que ese chico es solo un ligue sin importancia, pero pasa casi todas las noches y muchos días merodeando por el complejo como si esta fuese su jodida casa.
Nuestra hermana se acerca sonriendo. Los volantes de su falda arcoíris bailan con cada paso que da, como si estuviese bailando al son de una coreografía que solo ella entiende.
—¿Nos vamos ya?
Nao le lanza una mirada poco amistosa.
—Neva, ¿qué se supone que hace tu novio aquí? Estamos a punto de ir a buscar a Terry para matarlo. Échalo.
Neva gira la cabeza en dirección al chico, que se ha acomodado en el puf, y se encoge de hombros.
—Le he dicho que puede esperarme aquí hasta que vuelva. Se portará bien.
Bufo de nuevo y niego con la cabeza.
—¡No es un caniche, joder! El problema no es que lleguemos a casa y se haya meado en la alfombra. Puede enterarse de lo que no debe. ¿Cuánto tiempo crees que vas a aguantar usando con él el método clear ?
—¡Oye! No lo hago a propósito —se queja—. ¿Crees que a mí me gusta robarle sus recuerdos? Lo hago para protegerlo.
—Eso no significa… —Me quedo callada al verlo acercarse.
Al llegar junto a Neva, la abraza por la espalda y deposita un beso en su cuello.
—¿A dónde vais a estas horas? —pregunta.
Nao está a punto de responder y, conociéndola, sé que no va a ser amable, así que me adelanto.
—Vamos a por galletas. Siempre me entra hambre por la noche —suelto sin pensar demasiado.
Evan se aparta de Neva y la mira achinando los ojos como si intentara adivinar si lo que he dicho es verdad.
—Aún quedan galletas. Las niñas esas no dejan de traerlas. Compré dos cajas ayer mismo. Están en la cocina.
Nao fulmina a Neva con la mirada. No dice nada, pero apuesto a que está pensando lo mismo que yo.
«¿Por qué demonios Evan compra comida para nuestra casa si no vive aquí?».
—Magdalenas —me corrige Neva—. Lo que vamos a buscar son magdalenas. A Row le encanta comerlas en mitad de la noche.
—Sí, y tenemos que irnos ya —suelta Nao, zanjando la conversación.
Las tres nos dirigimos al montacargas bajo la atenta mirada de Evan. Tras meternos dentro, cerramos la verja y el aparato empieza a descender. Espero hasta que ya no vemos a Evan para hablar de nuevo.
—Neva, vamos a tener que hablar muy seriamente sobre tu novio —siseo entre dientes.
—Ahora no —intercede Nao—. Tenemos cosas más importantes en las que pensar.
Asiento. Tendremos que posponer esa conversación porque, ahora mismo, nuestra atención debe estar enfocada en lo que vamos a hacer.
—¿Tienes la dirección? —le pregunto a Neva.
Ella asiente. No terminó de estar de acuerdo en ponerle un localizador a Day, pero gracias a que lo hizo, sabemos que nuestra hermana ha estado acudiendo con asiduidad a una lavandería abandonada en el sur de la ciudad.
Yo misma me he pasado por allí en un par de ocasiones y estoy segura de que se trata de la madriguera de Terry.
Las tres nos miramos sin saber muy bien qué decir. Es posible que, después de esta noche, Day no vuelva a dirigirnos la palabra, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Terry se ha convertido en un problema y debe ser eliminado, le guste a ella o no.
Day
El trayecto de vuelta es de los más tensos y silenciosos que recuerdo con él. Y hemos tenido muchos.
Normalmente encontramos cualquier excusa para sacarnos de quicio, pero esta vez es todo lo contrario. En un momento dado, me acaricia la mano y no puede ser más raro.
—¿Crees que ha sido él? —pregunto a bocajarro.
No tiene sentido que sigamos fingiendo.
Por lo que parece, Jesse también piensa que fue Terry porque, en vez de preguntarme a quién me refiero, lo observo apretar el volante con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos.
—Es probable. —Suspira como si el aire le quemara dentro.
Me fijo en el perfil de Jesse y compruebo que está lejos de parecer cabreado, más bien me da la sensación de que se encuentra preocupado. Y eso me desconcierta.
Cuando paramos frente al complejo, estoy agotada.
Jesse gira el cuerpo hacia mí y apoya un brazo en el respaldo de mi asiento.
—Day… —Se pasa una mano por la boca, sin saber cómo continuar—. Intenta no verte con Terry a solas, él…
En otras circunstancias lo negaría todo e insistiría en que no sé de qué habla. A estas alturas no tiene sentido.
Mi silencio es una confesión en sí misma. Ambos nos conocemos demasiado bien.
—¿Lo has visto esta noche? —pregunta casi herido.
—Buenas noches, Jesse… —digo, rezando para que no insista, aunque sé que mi silencio es toda la confirmación que necesita.
Me bajo del coche y no me detiene. Me despido con un gesto de cabeza y cruzo la entrada principal, intentando convencerme de que necesito descansar unas horas antes de hacer ninguna locura.
La idea dura justo lo que tardo en subir en el montacargas a la zona común y encontrar a Evan solo.
Está sentado en el puf de Neva, con una expresión tan sombría que parece que le acaben de arruinar una partida de Fortnite.
—¿Dónde están las chicas? —pregunto extrañada, dejando el fular sobre el respaldo de mi sillón.
Evan levanta la vista y resopla.
—Eso me gustaría saber a mí…
—¿Qué significa eso?
Neva y él no mean sin avisarse antes. Según ella, no es nada serio; según el resto, son el uno para el otro.
No obstante, nunca me ha gustado tener a alguien de fuera de nuestro círculo campando a sus anchas por nuestro santuario.
Y menos alguien como Evan, que tiene el don de aparecer exactamente donde no debe y de mirar justo lo que no tiene que ver.
Neva lo llama «curiosidad» y se ríe. A mí me pone los pelos de punta porque sé lo que Madre haría con él si algún día se enterara de que sabe demasiado.
—Se fueron hace veinte minutos.
—¿Las tres juntas?
—Ajá. —Se recoloca las gafas—. Como los tres cerditos.
No sé por qué, empiezo a inquietarme.
—¿Dijeron adónde iban?
Evan se encoge de hombros y suelta una carcajada incrédula.
—Me dijo que iban a comprar magdalenas. No quise preguntar.
Parpadeo, ya flipándolo.
—¿Magdalenas?
¡Si apenas nos comemos las galletas que nos encasquetan las niñas scout !
—Suena absurdo dicho en voz alta —dice Evan, riéndose sin ganas—. ¿Magdalenas a las once de la noche? ¿Quién se traga eso? —Se quita las gafas y las limpia con el borde de la camiseta.
—A lo mejor lo has entendido mal.
Sé que no es el caso. Y menos cuando me dedica una sonrisa condescendiente.
—Me gusta mucho tu hermana, ¿sabes? Pero empiezo a cansarme de lo hermética que es.
«No tiene ni idea de lo hermética que puede llegar a ser mi hermana la Flower Power».
—Evan, yo…
¿Qué le digo, joder? ¿Que tenga paciencia? ¿Que, pese a todo, ella merece la pena? ¿Que se aleje por el bien de su vida?
Al final no añado nada. Lo miro y sé que esta noche Neva tendrá que volver a recurrir al método clear . Y no será la última vez. A veces pienso que juega con fuego teniéndolo tan cerca; debería alejarlo por su propio bien.
Pero… ¿quién soy yo para dar consejos amorosos?
La que no puede evitar tirarse a dos hermanos que quieren matarse entre sí…
—¡Maldita sea! ¿En serio ha creído que me iba a tragar esa patraña? —Se pone en pie de un salto y vuelve a colocarse las gafas—. Por la prisa con la que han salido, parecía que las habían convocado para la guerra…
Tras esa última declaración, ya no puedo hacer oídos sordos a mi intuición. Conozco a mis hermanas. No sé cómo se han enterado de dónde se esconde Terry, pero lo saben. Y han ido a por él.
La cara que pone Evan cuando echo a correr hacia el montacargas es digna de estudio.
Me alegra pensar que mañana no recordará nada de esto.