Capítulo 30
Day
O ír esas palabras con tanta vehemencia me asusta porque estoy convencida de que Jesse sería muy capaz de cumplirlas.
—Podría decir que ha sido un placer, pero mentiría. —Empiezo a apartarme—. Así que creo que nuestro baile ha terminado.
Lo digo antes de que Jesse encuentre una respuesta ingeniosa con la que llevarme la contraria.
Su mano permanece un instante más sobre mi cintura antes de soltarme y, aunque intento ignorarlo, mi cuerpo protesta por la ausencia de su contacto.
Maldito Jesse… Todo sería mucho más sencillo si no siguiera despertando tantas cosas en mí, pero ahora que Terry ha vuelto y que me han atacado en pleno Genolabs, seguir acercándome a Jesse tan íntimamente me resulta injusto. Confuso, incluso.
Y mi cuerpo puede añorarlo todo lo que quiera, aunque eso no cambia lo que he decidido: voy a apostar por Terry e intentar confiar en él.
Porque le creo. Lo que sentí esa noche fue real. Y no pienso darle la espalda.
Me he tomado muy en serio descubrir qué demonios ocurrió de verdad hace ocho años y cómo llegamos las cuatro a GenoLabs.
Porque la historia de los bebés abandonados a los que la buena samaritana de Agatha Walsh recogió por pura bondad ya no me la trago.
Nunca tuve motivos para cuestionarla, pero hoy por hoy me parece una excusa barata.
Llevo días bajando de nuevo a los archivos sin encontrar nada, pero si algo me caracteriza es la constancia. Cuando una cosa se me mete entre ceja y ceja, no la suelto hasta conseguirla.
Dejo a Jesse en la pista y me mezclo entre los asistentes.
Codearme con gente que solo se mueve por dinero no es lo mío. Suelo espantarlos porque siempre acabo soltando algún comentario cortante sobre que no debería ponerse precio al avance de la ciencia.
Recojo una copa de champán de un camarero que pasa a mi lado y me dedico a observar a los peces gordos desde un rincón.
No debería haber bailado con Jesse. Tenerlo tan pegado, oler su perfume y sentir sus manos de nuevo sobre mi cuerpo ha sido como un castigo.
El otro día, cuando fui a la guarida de Terry, necesitaba contarle lo que había pasado con su hermano durante su ausencia.
No me reprochó nada; tampoco tiene derecho.
La vida siguió para todos, y él mismo admitió que estos años no ha sido precisamente célibe.
Pero que lo entendiera no significa que no le molestara.
Lo vi en cómo se le oscureció la mirada.
Aun así, le dejé claro que se había acabado.
Entre Terry y yo, estos cinco días, no ha habido más que besos. En cuanto la cosa se calentaba, los dos conseguíamos frenar. Suena fácil, sin embargo, no lo ha sido. Es solo cuestión de tiempo que crucemos esa línea.
Decido que necesito poner distancia y tomar el aire. Dejo la copa vacía en una de las mesas altas y me escabullo, sonriendo a los invitados con los que me cruzo. Suspiro al colarme en un pasillo desierto.
Intento dejar la mente en blanco y recurrir a mis ejercicios de siempre para serenarme cuando, de repente, una mano me cubre la boca y me llevo el susto de mi vida.
Antes de que pueda reaccionar, alguien tira de mí y me arrastra al interior de una habitación vacía.
Mi instinto toma el control. Estoy lista para atacar una vez que la puerta se cierra a nuestra espalda y consigo zafarme. Cuando lo veo, me quedo inmóvil.
—¿Terry?
La tensión se sustituye al instante por otro tipo de pánico.
—¡¿Te has vuelto loco?!
Él se limita a sonreír, y no sé si cabrearme más o comérmelo a besos porque el muy sinvergüenza está espectacular.
Viste un esmoquin negro que parece hecho a medida.
Lleva el pelo castaño peinado hacia atrás, con las facciones al descubierto; si antes era guapo, los años lo han convertido en un hombre difícil de ignorar.
Que me mire con sorna no ayuda.
—Hola a ti también.
—¿Qué demonios haces aquí? —susurro, avanzando hacia él—. ¿Has perdido la cabeza?
—Probablemente…
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco. Y no verte es la causa.
En alguna parte, comérmelo así con la mirada se consideraría acoso.
Lo agarro de la chaqueta, no sé si para zarandearlo o para pegarlo más a mí. Difícil encrucijada. Solo sé que jamás lo he visto tan guapo como esta noche.
—Si Madre, Jesse o cualquiera de GenoLabs te descubre aquí, te matarán.
Su expresión se suaviza.
—Por suerte, me has encontrado tú. —Me sujeta las caderas.
—Eso no significa que no corras peligro.
Me observa unos segundos en silencio, como si disfrutara de tenerme delante. Y, no sé por qué, eso me emociona.
—Deja de mirarme así…
—¿Así cómo?
—Como si no acabaras de colarte en una fiesta donde media sala te quiere muerto.
Su sonrisa me enfada todavía más. O quizá solo me enfado porque ese gesto consigue humedecerme.
Sus manos ascienden por mis costados hasta sujetarme la cara.
—Echaba de menos tus labios…
Algo se aprieta en mi bajo vientre.
—Terry…
—No tienes ni idea de cuánto. Estás preciosa, joder… —Pega su cara a la mía.
—No deberías estar aquí —jadeo en su boca.
Como sigamos así, voy a cometer una locura. No sé si es la adrenalina de saber que, si lo encuentran, estamos muertos, pero cada vez estoy más excitada.
—¿Y perderme estas vistas? —Me recorre de arriba abajo.
—No sigas…
Me muerdo el labio cuando sus pulgares bajan de mis mejillas a la base del cuello.
—Llevo toda la puta noche intentando no acercarme a ti.
—Pues hasta ahora ibas bien…
—Para que veas que sé comportarme. —La sonrisa que aparece me resulta tan familiar que hasta duele.
Cuando me lame el labio brevemente, dejo de pensar. Llevo tantos días convenciéndome de que debo mantener las distancias que ya estoy agotada.
Sus labios chocan con los míos mientras sus manos me atraen contra él. Y me olvido de todas las razones por las que no debería estar haciendo esto.
—Necesitaba verte… —murmura contra mi boca.
—Estás loco.
—Por ti. —Apoya la frente en la mía y suspira—. Aunque reconozco que hay algo que no me ha gustado nada.
Frunzo el ceño.
—¿El qué?
Me ataca el cuello con la boca y las piernas empiezan a temblarme de placer al notar cómo deja pequeños besos en él.
—Verte bailar con Jesse.
Me quedo inmóvil.
—¿Nos has visto?
—Sí, y no me ha gustado.
—Te dije que lo nuestro se había acabado.
—Aun así, no me ha gustado.
Hay algo oscuro en cómo lo repite. Como si, por mucho que lo intente, no lograra controlar la rabia.
—No tienes derecho a ponerte celoso. Tú y yo no somos nada.
—Lo sé, pero me jode verlo tocarte.
—Terry…
Hago amago de dar un paso atrás, sin embargo, me lo impide volviendo a besarme.
—Quiero que desaparezca cualquier rastro de él en ti —jadea en mis labios—. Nunca debió tocarte.
Sé que debería atender a las señales, apartarme y obligarlo a marcharse, pero llevo tanto tiempo bailando alrededor de esta tensión sexual que, cuando quiero darme cuenta, estoy sentada sobre una mesa larga, con el vestido arremolinado en la cintura y tengo a Terry entre mis piernas.
—Esto no es buena idea… —consigo decir entre beso y beso.
Una parte de mí, la que nunca se calla, me grita que estoy a un tabique de la mujer que me mintió y del hombre al que no puedo leer, jugándome el cuello por un calentón. No obstante, es la primera vez en años que esa parte no consigue detenerme.
—Yo creo que es la mejor idea que hemos tenido nunca.
Gimo cuando sus dedos rozan mi sexo por encima de la tela.
—Terry…
—Joder, nena. —Exhala como si a él también lo sobrepasara—. Estás muy mojada…
Me enreda los dedos en el pelo y tira con suavidad para exponer mi cuello. Después lo ataca como si fuera un vampiro famélico.
—Siempre has sido tú, Day… Cada puto segundo de estos años, tu recuerdo fue lo que me dio fuerzas para seguir.
Una presión horrible se instala en mi pecho. De pronto, siento que la situación es tan intensa que me abruma; mis emociones se desbordan y se mezclan con las suyas. No distingo nada, solo hay ruido.
Acabo recostada sobre la madera, arqueando la espalda cuando presiona con su miembro donde más lo necesito.
Terry entrelaza nuestros dedos y me sujeta las manos por encima de la cabeza. Vuelve a besarme, y esta vez se acelera.
Empuja un poco más y, sin previo aviso, se hunde en mí, provocándome un placer indescriptible. El aire se me atasca en los pulmones y él se queda quieto unos segundos para que me adapte.
No recordaba que fuera tan grande. Aunque qué voy a saber yo, si han pasado ocho puñeteros años desde la última vez que lo tuve así.
—Mierda, Day… —gruñe—. Esto es… No hay palabras.
—Sigue —lo apremio.
No hace falta decir que es mucho mejor de lo que recordaba.
Retrocede despacio, sin llegar a salir, y vuelve a empujar en mi interior, esta vez con más fuerza. Repite el movimiento hasta un punto en que consigue que se me encojan incluso los dedos de los pies.
Le atrapo el labio entre los dientes y se me escapa una sonrisa cuando gime, así que lo repito.
A partir de ahí todo se descontrola. La mesa se desplaza con la fuerza de sus embestidas. Noto el pelo húmedo en las sienes. Y me agarro a sus hombros para sostenerme.
—Vamos, nena…, córrete conmigo.
Uno de sus dedos se suma a la fiesta en la unión de nuestros cuerpos. En cuanto me presiona el clítoris, estallo con él.
El orgasmo me atraviesa tan ferozmente que por un momento solo veo lucecitas bailando tras los párpados.
Terry embiste unas cuantas veces más hasta que echa la cabeza atrás y suelta un gemido sordo.
Apoya la cara en la base de mis pechos mientras los dos intentamos recuperar el aliento.
Y, entonces, lo noto. Las emociones de Terry me llegan nítidas, en oleadas, sin barreras, igual que las de cualquier otra persona.
Su alivio, su ternura y algo más oscuro debajo que no consigo nombrar.
Hacía ocho años que no podía leerlo, y el regreso de esa capacidad me golpea casi tanto como el placer que acabo de sentir.
Es lo que siempre me pasa; el deseo me ciega y acostarme con ellos me devuelve la lectura. Así es como funciona.
Y, sin saber por qué, un nombre se me cruza en la mente: Jesse.
¿Por qué con él no me ocurre?
Arrugo la nariz cuando noto que Terry sale de mí.
—Tienes que marcharte ahora mismo —digo con premura.
Ojalá pudiéramos salir de aquí de la mano, sin tener que vigilar nuestras espaldas.
—Joder, nena…, déjame recobrar el sentido un momento.
Se me escapa una risita y le acaricio la cabeza. Él deposita un beso suave en uno de mis pechos, levanta la cara y apoya la barbilla en mi esternón.
—Eres el mejor puto sueño que he tenido en la vida.
Pongo los ojos en blanco, pero los labios me delatan al curvarse.
—Menudo poeta estás hecho.
Me dedica media sonrisa. Y, de pronto, cambia a una mueca fea.
—Qué bien sienta volver a recuperar el podio.
La frase me deja inmóvil.
No es muy distinta de lo que ha dicho antes de dejarnos llevar. Y, sin embargo, por algún motivo, esta vez es diferente. Acaba de empañar lo que acabamos de compartir.
—¿De eso se trataba, Terry? ¿De superar a Jesse?
Le doy un empujón para apartarlo y me bajo de la mesa, recolocándome la ropa interior y el vestido.
—No te pongas así…
Lo miro. Salvo por la bragueta abierta, sigue como un pincel.
—Yo no soy una competición entre Jesse y tú.
Ni siquiera parece avergonzado.
—Fue él quien tocó lo que es mío.
Lo miro atónita.
—¿Lo que es tuyo? ¡¿Te estás oyendo?!
—¡Es la verdad, joder! —exclama—. Fuiste mía antes que suya.
Me toco la frente, intentando conservar la calma, pero Terry, con su actitud cavernícola, me lo pone muy difícil.
—Punto número uno. —Levanto un dedo—. Yo no soy de nadie. Soy una mujer adulta que se acuesta con quien le da la gana. Y punto número dos: ¡lárgate antes de que sea yo la que acabe delatándote!
—No serías capaz.
Me dirijo a la puerta y, con la mano en el pomo, me giro.
—No me pongas a prueba.
No espero respuesta. Abandono la habitación sintiendo que cruzar esta línea con Terry ha sido un error.