Ayer (Arpías 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Jesse

O rganizar este tipo de eventos forma parte de mi trabajo. No es lo que más me entusiasma, pero es una pieza importante del puesto de director de Relaciones Estratégicas de GenoLabs.

Madre suele decir que vendo sueños mejor que nadie. La verdad es mucho más simple. Solo hay que leer a las personas y decirles exactamente lo que quieren oír.

El salón principal del Waldorf Astoria está lleno de empresarios, políticos y filántropos con tanto dinero como ego. Parece que tuvieran la necesidad enfermiza de demostrar lo generosos que son delante de una cámara.

La cena benéfica busca recaudar fondos para varios programas de investigación médica, y GenoLabs figura entre los principales beneficiarios.

Por eso estoy aquí, invirtiendo más tiempo del que me gustaría en que todo salga bien. Llevo más de una hora sonriendo, hasta el punto de que me duelen los músculos de la cara.

—Jesse.

La voz de Madre me saca de mis pensamientos. Me giro y la encuentro acompañada de tres hombres.

—Ven. Quiero presentarte a algunas personas.

No es una petición. Con ella siempre es una orden disfrazada con elegancia, como si todo lo que propone fuera a cambiarnos la vida a mejor.

Me acerco de inmediato, porque negarme no entra en el menú.

—Este es Richard Coleman —dice, señalando al hombre canoso a su izquierda—. Director ejecutivo de Coleman Pharmaceuticals en Seattle. Le comentaba a Richard que eres un gran aficionado al golf.

Le estrecho la mano y sonrío con cortesía. Odio el golf. Soy más de deportes de impacto; perseguir una bola para colarla en un hoyo me aburre soberanamente, pero he jugado lo suficiente para cerrar tratos y tengo un par de golpes de los que presumir.

—Un placer, señor Coleman.

—El placer es mío —responde afable—. Agatha me ha hablado muy bien de usted. —«Lo dudo». La doctora Walsh no habla bien de nadie que no sea ella misma—. Dice que tiene un flop impresionante.

—Me gusta la calma que exige el golf. —«Menuda trola»—. Si no está muy ocupado durante su visita a Chicago, quizá le apetezca pasarse por Harborside. Seguro que usted se mueve mejor que yo.

Al viejo se le ilumina la mirada y sé que será fácil sumarlo a nuestra cartera de inversores.

El segundo es Anthony Blake, fundador de una importante cadena de seguros médicos privados con sucursales por todo el país.

Un tipo pagado de sí mismo que no para de recitar los beneficios de su lucrativo negocio.

A este será difícil convencerlo. Cuanto menos avance la investigación médica, más gente enferma y más le cunde el negocio.

—Thomas Hutcher —continúa Madre, presentándome al hombre silencioso que apenas ha intervenido—. CEO de Hutcher Technology.

Conozco la marca y sé que es uno de nuestros principales mecenas. Si hay una tecnológica capaz de competir con las grandes del sector, esa es Hutcher Technology; cualquiera que se mueva en mi mundo lo sabe. Aunque nunca había coincidido con el jefe en persona.

—Encantado. He oído hablar mucho de su empresa.

Hutcher sonríe. Es más o menos de mi altura, con un traje a medida, camisa blanca y corbata naranja. Un color atrevido para una velada así.

—Espero que nada demasiado malo.

—Nada que pueda demostrarse. —Despliego mi encanto.

Le arranco una carcajada y la conversación se alarga varios minutos entre inversiones, investigaciones e inteligencia artificial aplicada a la medicina. La mayor parte de la voz cantante la lleva Blake, el difícil, y cada minuto que pasa me cae peor el cabrón.

—¡Agatha!

Todos nos giramos ante el estridente entusiasmo del recién llegado. Mikael Terrence se acerca a nosotros y le planta a Madre un beso en la mejilla que hace que me dé escalofríos.

Mikael es uno de los mayores socios de GenoLabs.

Aporta poco a nivel intelectual; lo suyo es, sobre todo, el dinero.

De ascendencia rusa, aunque, que yo sepa, nació y se crio en Dakota del Norte.

Cuentan que su bisabuelo tuvo una pequeña petrolera que se fue a pique a finales de los setenta y los dejó en la ruina.

Él terminó trabajando de guarda de seguridad.

Cómo resurgió Mikael de aquello para acabar asociándose con Madre en el negocio de la ciencia es un misterio, pero suelta pasta sin preguntar adónde va. Yo siempre he sospechado que forma parte de alguna mafia y esta es su forma de blanquear capital.

Nunca he querido investigarlo, por si acabo en el fondo del lago Michigan.

Madre tampoco le tiene demasiada estima. Si lo aguanta es porque no hace preguntas ni mete las narices donde no lo llaman. Es un inversor conformista, y de esos quedan pocos.

—¡Jesse! —Me da una palmada en la espalda que casi me hace escupir un pulmón. Para un hombre que ha rebasado los setenta y muchos, tiene fuerza el condenado.

Thomas Hutcher disimula una risa tras su copa cuando me ve toser.

—Señor Terrence —saludo, ya repuesto.

—Ay, muchacho, si yo tuviera tu edad y tu cara, no estaría aquí perdiendo el tiempo.

—Deja a Jesse, Mikael. Está donde debe estar para labrarse un buen futuro —replica Madre.

—No seas remilgada, Agatha. Está en edad de ir detrás de las faldas.

Por el rubor que le trepa por el cuello a Madre, me apostaría lo que fuera a que lo estrangularía con sus propias manos por dejarla en evidencia delante de los invitados. Y es que Mikael Terrence, además de misógino de manual, tiene los modales en el culo.

Y hablando de faldas, justo en ese momento veo entrar a Day en el salón y el resto de los invitados desaparecen para mí.

«Joder…, ¿se ha propuesto matarme?», pienso al verla enfundada en un vestido negro que debería estar catalogado como arma de destrucción masiva.

Se le ciñe al cuerpo de una forma que pone a prueba mi autocontrol: tirantes finos, escote en pico y la espalda completamente al aire.

El pelo color caramelo cayéndole sobre los hombros termina de rematarme.

Me descubro observándola el tiempo suficiente para que Madre siga mi mirada.

«¡Penoso!».

—Me alegra que Dayane también haya decidido honrarnos con su presencia.

—Qué suerte la mía —murmuro, dando un trago al champán para camuflar el comentario.

Por la mirada que me lanza Madre, no lo he dicho tan bajo como creía. Le sonrío.

Años de práctica me han convertido en un mentiroso excelente. Y, sin embargo, últimamente cada vez me cuesta más fingir según qué cosas, sobre todo, cuando se trata de Day.

Me excuso ante los acompañantes y me mezclo entre los invitados. Desde ahí la observo hablar con varios investigadores. No es la anfitriona perfecta. Se la ve mucho más cómoda con colegas que con empresarios.

La música no ha parado y ya hay parejas en la pista. Decido que, por mucho que le pese, no va a poder negarme un baile.

Cruzo el salón, y como si me sintiera llegar, Day se gira y su expresión se transforma.

—No —masculla cuando me coloco a su lado.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Conozco tus intenciones, Jesse.

La persona con la que charlaba se aleja de nosotros.

—Me halaga que admitas que todavía piensas en mí.

—¡No he dicho eso! —exclama, y casi se me escapa una sonrisa.

Pequeña mentirosilla.

—Has dicho que me conoces.

—Lo que no significa que piense en ti.

—Discrepo. —Hago un ademán con la mano.

Entrecierra los ojos. Y…, joder, qué guapa está.

—Vaya novedad.

—Baila conmigo.

—Ni lo sueñes.

—Madre nos está mirando.

Eso le empeora la cara. Echa una ojeada discreta a su derecha y comprueba que es verdad.

—¿Y qué más da que nos mire?

—No querrás que venga a llamarte la atención por montar un numerito.

—No montaría ningún numerito si dejaras de incordiarme.

—Es solo un baile, Day…

La veo dudar, mirar de nuevo hacia Madre y, al final, ceder.

—Te odio.

—Lo sé. No paras de repetírmelo. —Apoyo una mano en la parte baja de su espalda y la guío hasta el centro de la pista.

—Es que es verdad. Te odio muchísimo.

—Tomo nota. Ahora relájate, no quiero bailar con una tabla.

—Vete a tomar por culo —masculla entre dientes, pero obedece.

En cuanto coloco las manos en su cintura, todo mi cuerpo recuerda lo que es tenerla entre los brazos.

—¿Sabes que, si curvas un poco los labios, sale una sonrisa? —susurro contra su pelo.

—Preferiría arrancarte los ojos.

—No dudo de que lo disfrutarías más. —Sonrío.

Day pone los ojos en blanco. Y con este ida y vuelta casi parece que nada ha cambiado.

—¿Por qué has querido bailar? ¿Qué pretendes con esto?

—¿Crees que tengo intenciones ocultas más allá de bailar contigo?

—No lo creo, estoy segura. Así que desembucha. ¿Qué buscas?

—Información.

—¿Cual?

—Me gustaría saber qué se cuenta mi hermano…

Su cuerpo se pone en tensión al instante. Espero que no tenga la desfachatez de negarlo.

—¿Cómo quieres que lo sepa? —dice con inocencia.

Se me escapa un resoplido. Con ella nada es fácil.

—Day, igual que tú dices conocerme, a mí me pasa lo mismo contigo. Y sé que has visto a Terry.

Aprieta la mandíbula, y con eso me basta.

—No sé de qué hablas…

—Cuando mientes, miras un poco hacia la izquierda.

—Eso es porque mirarte de frente me da náuseas.

Sonrío de nuevo. Pocas náuseas le daban el otro día en mi sofá. Es recordarlo y todo mi cuerpo despierta de golpe.

—Cuando te pones nerviosa, jugueteas con los dedos. Normalmente te tocas el pelo, pero como ahora no puedes, lo estás haciendo con mi nuca.

Deja la mano quieta al momento.

—No estoy haciendo eso.

—Y sé que, cuando alguien te importa, lo defiendes a muerte.

Aprieto un poco la mano sobre su cintura, lo justo para notar cómo se tensa.

—Te equivocas.

—Ojalá.

Aunque, por desgracia, sé que no.

Los violines cambian de pieza y arrancan los acordes de la canción A Thousand Years .

Noto que intenta separarse de mí y le susurro:

—Solo quiero que tengas cuidado. Negarte a una orden de Madre va a terminar poniéndote en peligro.

Por primera vez deja de discutir y algo parecido al miedo le cruza la mirada. Dura tan poco que, tal como aparece, se esfuma.

—No dices más que estupideces.

Se me escapa una risa amarga.

Me encantaría contarle tantas cosas que no puedo. Como, por ejemplo, que Madre me ha ordenado vigilarla.

—¿Crees que merece la pena? —increpo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Claro que lo es… —murmuro—. Toda tú eres asunto mío.

Sus ojos encuentran los míos y me atrevo a acariciarle la espalda con los pulgares.

—Te estás comportando como un arrogante.

—Y tú como una testaruda.

La mirada que me lanza es tan nosotros que, por un instante, me tienta olvidarme de Terry, de Madre y de todos los secretos que nos separan.

Solo quiero acercarme a ella y besarla con ganas.

Recordarle que, pese a todo, sigue siendo la única capaz de hacerme perder el juicio en una sala con cientos de personas.

—No te metas en mi vida, Jesse. Sé muy bien lo que hago.

Y ese es justo el problema. Que ella cree saberlo, y yo sé lo que ninguno de los dos puede decir en voz alta; que hay una cuenta atrás corriendo, y que, cuando llegue a cero, o la salvo yo o no lo hará nadie.

—No pienso meterme en tu vida. —Le sostengo la mirada un segundo más y bajo la voz—. Pero júrame una cosa… Si Terry te mete en un lío, me dejarás sacarte de él. Porque, si por su culpa te pasa algo, lo mataré yo mismo.