Ayer (Arpías 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Day

A penas he dormido en toda la noche. Por eso, en cuanto oigo ruido fuera, me pongo la ropa del día anterior y salgo de la habitación de invitados de Jesse.

Lo encuentro en la cocina. Está impoluto con su pantalón de pinzas oscuro y la camisa a juego con los botones de arriba desabrochados.

—Buenos días. ¿Café?

Asiento y me apoyo en la encimera. Me vendrá bien la cafeína.

Entre el ataque en GenoLabs y lo que yo provoqué más tarde en ese mismo sofá… ha sido imposible pegar ojo.

Y esta vez no puedo culpar a nadie más que a mí. Fui yo la que incitó lo que pasó. Y no es justo ni para Jesse ni para Terry, ni siquiera para mí.

No me gusta jugar con los sentimientos ajenos. No es que Jesse y yo hayamos hablado de dar un paso más, pero no soy idiota. Veo en su mirada que le gustaría cruzar esa línea, sin embargo, con todo lo que hay ahora mismo en mi vida, no creo estar preparada.

Por eso, lo mejor es que «esto» —que ya ha durado demasiado— se acabe aquí y ahora.

Me armo de valor, y cuando deposita la taza humeante frente a mí, me aferro a ella con fuerza.

—Oye, Jesse… —Me observa con atención—. Sobre lo de anoche… —«Joder, qué difícil es romper algo que ni siquiera sé definir»—. Creo que lo mejor es que no se repita.

Jesse no responde de inmediato. Solo da un sorbo a su café.

—¿Lo mejor para quién? —pregunta con tranquilidad.

—Para los dos.

Baja la vista al contenido de la taza y se pasa la lengua por los labios como si los tuviera resecos. Los segundos que se toma para seguir hablando se me hacen eternos.

—Vale.

«¿Vale? ¿Cómo que vale?».

¡Me he pasado la noche en vela imaginando el debate que nos traeríamos! Y jamás habría pensado que le diera tan igual romper lo nuestro.

«¡¿Y qué es lo vuestro, estúpida?!».

Puede que haya sido un poco arrogante y que Jesse no quiera de mí más que algún encuentro esporádico.

—Pues si todo está aclarado… Perfecto. —Zanjo el tema como si a mí tampoco me importara demasiado.

El tiempo que transcurre hasta que me termino el café es el más incómodo que he pasado cerca de Jesse. Y eso es mucho decir porque acumulamos unos cuantos.

—¿Quieres que te acerque a casa? —se ofrece al ver que me pongo en pie para marcharme.

No puedo negar que me sorprende lo bien que se lo ha tomado. A Jesse le encanta llevarme la contraria; esa ha sido siempre la chispa que lo avivó todo entre nosotros. Quizá él también se haya cansado de esta dinámica y, por no herirme, no ha dicho nunca nada.

—No, tranquilo, he pedido un taxi. Seguro que ya está abajo.

—Como quieras…

Recoge el maletín, las llaves y sale conmigo, cerrando la puerta a su espalda. Cuando el ascensor empieza a descender, me escucho decir:

—No me gustaría que esta decisión empañara nuestra relación profesional.

Me arrepiento nada más pronunciarlo. Suena artificial hasta para mis propios oídos. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, reducirlo a una «relación profesional» es tan absurdo que apenas creo que esas palabras hayan salido de mi boca.

Llevamos años trabajando codo con codo y, en algún punto entre una pelea y la siguiente, empezamos a compartir algo mucho más íntimo. Pretender reducirlo al trabajo me hace sentir ridícula.

Jesse gira la cabeza hacia mí.

—No va a cambiar nada, Day, tranquila. Respetaré tu decisión.

«¿Es que él no está de acuerdo?».

Su voz llega tranquila, sin una pizca de hostilidad, y eso me desconcierta todavía más. Si hubiera respondido con sarcasmo o aprovechado para burlarse, me habría quedado más tranquila. En cambio, se limita a mirarme con una calma que me pone nerviosa.

—Sí, sí, claro. Me refiero a que no quiero que vernos cada día en el laboratorio se vuelva incómodo.

—Compartir el laboratorio siempre ha sido incómodo —rebate.

«Ah, ¿sí?».

Por mucho que lo haya llamado Lameculos mil veces, lo cierto es que nunca me he sentido tan cómoda con nadie como con él. Con Jesse puedo sacar a la barriobajera que llevo dentro y dejar de comportarme la persona modélica que aspiro a ser sin sentirme juzgada.

—Perfecto. Me alegra que todo siga igual —repongo.

La esquina de su boca se curva.

—¿Igual?

Frunzo el ceño.

—Sabes de sobra lo que quiero decir.

—No estoy tan seguro. Porque, si hago memoria, nuestra dinámica habitual consiste en discutir a diario, cuestionar cada decisión del otro y competir hasta por lo que no importa… para terminar follando como animales.

—¡A esa última parte me refiero!

No sé cómo consigue arrancarme una sonrisa. Y lo odio.

—O sea, que eliminamos la parte divertida de la ecuación, ¿verdad?

«¡No!», quiero gritar.

—Sí —contesto, sin embargo.

—OK.

Al salir del edificio, el taxi ya me está esperando. Menos mal…

Después de lo de anoche, esta despedida se me hace dura. Aunque no encuentro motivos para que sea de otro modo. Jesse y yo nunca nos hemos comportado como una pareja; ¿por qué, de repente, todo se ha vuelto raro si he sido yo quien ha decidido cortarlo?

—Nos vemos en el laboratorio —digo casi jovial. Y me duelen los músculos de la cara de lo falsa que es mi sonrisa.

—Claro. Nos vemos.

Me monto en el taxi y me alejo de él con un regusto amargo en el fondo de la garganta.

Cuando llego al complejo y subo a la quinta planta, resoplo al ver, a través de la rejilla del montacargas, quién está sentada en el suelo de mi rellano.

—¿Vienes a echarme otro sermón? —le pregunto a Neva, sacando las llaves y abriendo la puerta.

Por lo visto se ha entretenido haciendo uno de sus collares de macarrones porque el suelo está lleno de recipientes con todo lo que necesita para su fabricación.

—Confundes sermón con preocupación. —Se levanta, se sacude las manos en el vestido rosa y apoya el hombro en la pared—. ¿Vas a dejarme entrar o soy persona non grata ?

Siempre me ha costado negarle algo a Neva, y más cuando pone esa carita de niña buena, pero a mí no me engaña; puede ser la más sádica de todas.

—Anda, pasa…

Entra dando saltitos, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. La verdad es que me encantaría ser un poco como ella y no sentirlo todo con esta intensidad.

—¡Por Dios, Day! Deberías dejar que le metiera mano a esto. Está tan pulcro… De verdad, siento como están muriendo ahora gatitos por la falta de colores. En tu conciencia queda.

—Me gusta el orden.

—El orden es aburrido.

—Y el desorden no me deja pensar —rebato—. ¿Por qué no reformas mejor el apartamento de Nao? Ese sí que daña las retinas.

El piso de Nao es de un blanco tan inmaculado que sientes que entras en otra dimensión.

—No te creas, he pensado en montar allí una fiesta Holi cualquier día.

Abro los ojos. Si eso llegara a pasar, Nao se la cargaría.

—Tú estarías invitada, por supuesto. Si aún quieres tener trato con nosotras…

Qué manera tan sutil de llevarme al tema que le interesa.

—Jamás dejaría de tenerlo, Neva. Solo pido que confiéis en mí.

—El caso es que no pides que confiemos en ti, Day, sino en Terry. ¿Y qué sabemos de él, más allá de que mató a los chicos y huyó?

Sé que para ella es difícil. Es la única versión que hemos tenido siempre. Así que suelto el bolso, le pido que se siente a mi lado y le cuento todo lo que Terry me reveló y lo que pude ver en la grabación.

Al principio, la cara de Neva es de escepticismo absoluto. Hasta que le narro lo que me pasó ayer en GenoLabs…

—¿Seguro que no fue un sueño? Últimamente tienes muchas cosas en la cabeza y el subconsciente juega malas pasadas —dice, buscando una explicación coherente.

—Estoy segura. Alguien ha borrado lo que sucedió.

—¿Con qué intención?

—La de que no siga indagando sobre ese tema del pasado. Y eso solo me confirma que la versión de Terry es la verdadera.

Neva se queda callada un instante. Cuando su mirada vuelve a cruzarse con la mía, contengo el aliento.

—No puedo decirte que crea a Terry, pero a quien sí creo es a ti. Si dices que alguien te atacó, no voy a discutirlo.

No sabía cuánto necesitaba oír esas palabras hasta que las ha verbalizado.

—Hablaré con las chicas, a ver si entran en razón. —Suspira Neva—. Mientras tanto, aléjate de Terry. Madre lo quiere muerto, y no le temblará el pulso con cualquiera que lo ayude.

Cuando Neva se marcha, me ducho y me cambio. Paso por GenoLabs solo para devolverle la tarjeta a Kendall, pero no me quedo.

Sé que Jesse y Madre andan liados con la organización de la recaudación de fondos —será dentro de cinco días—, así que lo más probable es que ni se enteren de que hoy no he ido a trabajar.

Tengo un asunto mucho más urgente entre manos.

Mientras cruzo Chicago, pienso en la advertencia de Neva. Lo sensato sería no acercarme más a Terry. Pero, por lo visto, desde que volvió a irrumpir en mi vida, hago demasiadas cosas cuestionables.

Como, por ejemplo, golpear la cristalera de la lavandería y, cuando Terry me abre, soltarle:

—Antes de seguir con esto, quiero que sepas que llevo años acostándome con tu hermano.