Capítulo 27
Day
A pesar de lo mal que nos llevamos Jesse y yo —o de lo mucho que me empeño en que así sea—, tengo que reconocer que me siento muy cómoda en su casa.
Nada más llegar me ha dado una camiseta grande suya para que me la pusiera mientras él preparaba un salteado de verduras. No me he opuesto porque Jesse tiene mano en la cocina y yo soy una negada. Desventajas de tener a Row, que es la que nos alimenta a todas.
—Dios…, creo que voy a reventar.
Dejo el plato vacío en la mesa baja y me estiro en el sofá. El movimiento me deja los muslos al aire, pero no siento el menor pudor con tan poca ropa delante de él; nos hemos visto en mil ocasiones con bastante menos.
Noto que se acerca y se sienta a mi lado. Me recoge los pies y los coloca sobre su regazo para dejarme en una postura más cómoda.
—Parece que tenías hambre…
—Estaba famélica. —Me hundo un poco más entre los cojines.
Debe de haberse duchado mientras yo daba buena cuenta de la cena.
Lleva el pelo húmedo, unos pantalones de pijama oscuros y el torso desnudo.
Parece un maldito modelo de pijamas. Va al gimnasio cuatro veces por semana antes de entrar a GenoLabs, y los días que no sale tarde del laboratorio juega al pádel. De ahí ese portentoso físico.
—¿Ves algo que te guste? —dice con media sonrisa de sobrado.
Es un rompecorazones de manual, y lo peor es que lo sabe.
No respondo. Solo sigo observándolo. Me pesan los párpados, y no es sueño.
Debería apartar las piernas de él e irme al dormitorio. Yo lo sé, él lo sabe y nuestros pseudopijamas también. El problema es que no puedo. O, mejor dicho, no quiero.
Lo que me traigo con Jesse no fue premeditado. Surgió sin más.
Hace dos años empecé a trabajar de forma continuada en el laboratorio.
Antes era una simple becaria que, la mayor parte del tiempo, no tenía ni idea de lo que hacía.
Ver a Jesse, con su seguridad aplastante y lo bien que se movía en el mundo que a mí me apasionaba, me dio envidia.
Puede que ahí naciera este rencor insano que siento por él.
Verlo pavonearse y recitar sus logros me sacaba de quicio. Y, al mismo tiempo, empecé a desarrollar una especie de obsesión.
Cada vez que llegaba a GenoLabs, lo seguía con la mirada. Me decía que era para vigilar a mi mayor rival entre esas cuatro paredes, pero, siendo sincera, si no podía apartar los ojos de él era porque hacía años que nadie despertaba mi interés de esa forma.
Tras lo de Terry, me enterré en los estudios y borré de mi vida cualquier posibilidad con otro hombre. Por eso no entendía que fuera precisamente Jesse quien consiguiera acelerarme el corazón cada vez que aparecía.
Cuando empecé a tener fantasías con él, la cosa se volvió preocupante.
Cuanto más me masturbaba pensando en su cara, en sus gestos o en su mirada más lo odiaba. Supongo que él no entendía a qué venían tantos desplantes y frases cortantes. Y no podía confesarle que eran mis hormonas volviéndose locas.
Al final entramos en una dinámica de desprecios seria. ¿Yo lo insultaba? Él me restregaba sus méritos. ¿Él me dejaba en evidencia? Yo lo atacaba. Así aguantamos un par de años, hasta que no pudimos seguir esquivando la tensión que nos asfixiaba.
Follamos tras una discusión —ni siquiera recuerdo de qué iba— en mi despacho. Lo que sí se me quedó grabado es que fue un polvo apoteósico. Supongo que es lo que tiene acostarte con alguien al que no buscas impresionar; te olvidas de las expectativas y acaban superándose solas.
—Si sigues mirándome así, no me hago responsable de mis actos —murmura Jesse, desde el otro lado del sofá, con la voz mucho más ronca que hace un momento.
—No te estoy mirando de ninguna manera —susurro, y le acaricio el muslo con la punta de un pie.
«¡Pero ¿qué cojones estás haciendo?!», grita una voz dentro de mí.
¿Una noche duermo en la cama de un hombre y a la siguiente provoco a otro?
«¡Lo enfermizo es que son hermanos, joder!».
Sé que ahora mismo debería estar centrada en ayudar a Terry a recuperar la vida que le robaron, pero Jesse Jones es mi puta droga y yo soy una adicta.
De pronto, Jesse se mueve y deja su cuerpo suspendido sobre el mío.
—¿Estás segura…? —pregunta precavido.
«No», quiero contestar.
En cambio, le rodeo la cintura con las piernas y tiro de él para que caiga sobre mí con cuidado.
Lo beso despacio mientras le hundo los dedos en el pelo. Pero pronto el ansia me demuestra lo mucho que había echado de menos su sabor.
Jesse conoce mi cuerpo mejor que yo misma y en cuestión de segundos me tiene gimiendo su nombre.
Los dos nos hacemos pruebas con regularidad y sé que estamos sanos; eso, y que tomo anticonceptivos, es la razón de que nunca hayamos necesitado nada entre los dos. Sentir cómo se desliza en mi interior es de las mejores cosas que he vivido.
Tampoco es que tenga mucho con qué comparar. Mi vida sexual no ha sido precisamente multitudinaria, y los pocos hombres con los que he estado fueron más un experimento que otra cosa. Por azares del destino, los dos únicos que han significado algo se apellidan Jones.
Intento no pensar en nada más y jadeo cuando me sube la Camisea, amasa un pecho y baja la cabeza hasta atrapar el pezón entre los dientes.
—Joder…, no sabes cómo necesitaba esto —gruñe con deseo.
Echo la cabeza hacia atrás y levanto la pelvis para acompasarme a sus embestidas.
Jesse no hace el amor. Solo sabe follar duro con todo el cariño del mundo. Y quizá eso sea lo que más enganchada me tiene a él. Sentir que estoy bajo su poder por un instante me hace sentir libre de un modo que no comprendo.
En mi día a día estoy acostumbrada a controlarlo todo. Necesito estar concentrada a cada instante para que las emociones de los demás no me sobrepasen. Por eso, cuando Jesse me folla como sabe, le cedo el control y me dejo llevar. Es un alivio increíble.
Y hay una razón para que lo sea.
Con cualquier otro, abandonarme así me abriría de par en par y sentiría lo suyo colándose en lo mío hasta no saber dónde acabo yo y dónde empieza él.
Con Jesse eso no ocurre. Con él puedo hundirme, soltar el control y no tener que cargar con la mierda emocional de nadie.
Es el único lugar del mundo donde estoy a solas conmigo misma.
El problema es que, con el tiempo, esa ceguera siempre se me pasa. En cuanto me voy a la cama con un tío y rompo la tensión sexual, el muro cae y vuelvo a poder leerlo.
Pero con Jesse… da igual las veces que lo tenga dentro o cuánto me sacie de él, sigue siendo la única habitación a oscuras de la que no tengo llave.
Y lo que me desquicia es que he empezado a necesitar esa oscuridad como el único sitio donde puedo respirar.
—Más fuerte, Lameculos…
Quiero que suene a orden, pero se tiñe de súplica. Y él obedece como un campeón.
—Vamos, listilla…, déjate ir, yo te sigo.
Estoy tan cerca que él debe de notarlo porque me muerde ese punto entre el cuello y el hombro y estalla el cuatro de julio en pleno salón. Mi alarido queda tapado por su gruñido cuando embiste sin cuartel unas cuantas veces más y se corre a la vez que yo.
Estoy agotada. Satisfecha, pero taaan cansada que creo que voy a desmayarme.
Antes de salir de mí, Jesse me deja un beso en el cuello que me eriza el vello. Cuando vuelve a sentarse en el sofá, ya lleva los pantalones del pijama de nuevo puestos. Se pasa las manos por el pelo y gira la cabeza para mirarme.
Yo sigo tirada sobre el sofá, sin fuerzas ni para ponerme de lado. Aun así, lo hago, porque algo que no consigo distinguir cruza la mirada de Jesse. Algo que me da demasiado miedo identificar.
—Me voy a la cama. Estoy muerta.
Me levanto y me estiro la camisa para taparme lo máximo posible.
—Day…
Antes de darle ocasión de decir nada, sonrío y me despido.
—Hasta mañana, Jesse.
Lo oigo blasfemar a mi espalda, pero no me giro. Mi instinto me está gritando que huya de él, y no porque sea peligroso.
¡Soy una persona horrible!
Una zorra egoísta que no quiere ver la realidad. Y esa realidad es que, por mucho que me lo niegue, por mucho que ponga de mi parte para evitarlo, lo que hay entre Jesse y yo no es solo sexo…
Es un hermano con el que anoche estuve a punto de acostarme.
Es una jefa de la que ya no me fío y él es su mano derecha.
Es entregarme a ciegas al único hombre capaz de mentirme sin que yo lo note jamás.
Y hay en juego una vida entera, la mía, en la que bajar la guardia puede hacer que acabes muerto.
«¡Corre, Day!».
Sé que eso es lo único sensato que podría hacer ahora mismo.
Pero es justo lo que no voy a hacer. Porque mientras rodaba escaleras abajo y peleaba por mi vida en ese sótano, hubo un instante en que capté algo. Una emoción que no era mía filtrándose entre el pánico. Y no era rabia ni odio. Se trataba de una calma quirúrgica, profesional, casi aburrida.
La calma de alguien que no pensaba matarme.
Solo quería darme un aviso.