Ayer (Arpías 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Day

«E sto es una pérdida de tiempo».

Es lo que pienso al cerrar la cuadragésima carpeta.

Me sacudo las manos y suspiro. Lo único que he conseguido en todo este rato es cubrirme de polvo. Este sitio es el arma perfecta para acabar con un alérgico.

Vuelvo a estornudar y me restriego la nariz.

Llevo aquí casi más de dos horas. Son cerca de las diez de la noche y no estoy segura de que quede nadie en el edificio, aparte de los de seguridad, que ni siquiera saben que estoy aquí.

Me quedan cientos de archivadores por revisar, pero me duelen tanto los ojos que, si sigo, dejaré de ver con claridad. Así que doy por terminada la búsqueda por hoy.

¡Lo grave es que ni siquiera sé qué demonios busco!

Además, empiezo a dudar de que Madre, o quien de verdad lleve el proyecto de clonación, lo haya dejado por escrito tan alegremente.

Un descubrimiento así sería una bomba en el mundo de la ciencia. Como en su día la oveja Dolly; no hay nadie que no haya oído hablar de ella. Y lo que Terry sugirió es de otra liga.

Sigo sin terminar de creérmelo. No obstante, la marca de nacimiento de aquella niña es lo que me confunde. Las marcas de nacimiento se heredan y, aun así, esa cría tenía la mía en el mismo sitio exacto. Y, que yo sepa, no he parido a nadie.

Las casualidades empiezan a escasear.

Echo un último vistazo para comprobar que todo queda como lo encontré y salgo del sótano de los archivos.

Empiezo a subir las escaleras, con la mano en la barandilla, cuando de repente la luz se apaga y todo se queda a oscuras.

Aquí las luces no van por sensor. Hay que darle al interruptor con la mano para encenderlas y apagarlas.

—¿Hola?

Puede que sea el vigilante, que durante la ronda la haya apagado creyendo que alguien se la dejó encendida.

A lo lejos oigo pasos.

—¿Sam? ¿Eres tú? Soy Dayane…

«¡Maldita sea, chica, esto es de primero de Scream !».

Soy fiel amante del cine de terror, y sé que quien pregunta al oír un ruido es la primera en morir.

Al no recibir respuesta, empiezo a inquietarme.

Calculo mis opciones y ninguna es halagüeña. Puedo volver sobre mis pasos, meterme otra vez en el archivo y esconderme, con lo que quedaría encerrada sin escapatoria. O puedo seguir subiendo a tientas y ver qué me encuentro.

Elija lo que elija estoy jodida.

Agudizo el oído; los pasos continúan. Y lo más escalofriante es que quien baja lo hace sin molestarse en disimular.

«Vamos, Day», me animo, y empiezo a subir las escaleras.

Llevo toda la vida entrenando cuerpo a cuerpo. Quienquiera que sea, si quiere acabar conmigo, no lo va a tener fácil.

Sin embargo, una cosa es confiar en una misma y otra muy distinta lo que pasa después…

No habré subido ni un tramo cuando me rocían la cara con un spray , lo que provoca que pierda el equilibrio y ruede escaleras abajo.

¡Joder…!

Un olor dulzón me trepa por la nariz y no me cabe duda de que es cloroformo. Tengo un par de minutos antes de que haga efecto. Solo un par de minutos para no acabar peor de lo que estoy.

Un pinchazo agudo me atraviesa la cabeza cuando me agarro a la barandilla e intento incorporarme.

A pesar de la oscuridad, noto una presencia cerniéndose sobre mí.

Flexiono el brazo y consigo estrellarle el codo contra alguna parte del cuerpo.

No dejo que se recupere y echo a correr escaleras arriba.

Gimo de dolor cuando las rodillas me golpean los escalones porque mi agresor tira de uno de mis tobillos.

La mente se me nubla más a cada segundo, así que le lanzo una patada y lo oigo estrellarse contra la barandilla.

Vuelvo a subir y lloriqueo de alivio al distinguir a lo lejos la claridad que se cuela por la rendija de la puerta.

Las manos me hormiguean, las siento pesadas cuando por fin toco la puerta y busco el pomo a tientas. Lo giro y caigo sobre el suelo de uno de los pasillos iluminados del laboratorio.

Por mucho que ordene a mis piernas que se muevan, no responden y me quedo tumbada, indefensa, a merced de quien quiera hacerme daño. Lo último que veo, antes de perder del todo el conocimiento, son unas botas militares negras acercándose a mí.

∞∞∞

—Day…

La voz me llega desde muy lejos.

—Vamos, Day, joder… Despierta.

Esta vez noto que alguien me zarandea por el hombro.

Poco a poco vuelvo en mí. Empiezo por las yemas de los dedos y noto la sangre corriéndome de nuevo por los brazos. Muevo los pies y los siento apoyados en el suelo.

«Pero ¿qué…?».

Me incorporo y descubro que estoy recostada sobre mi mesa de trabajo. Repaso todo lo que hay encima; está tal cual lo dejé antes de salir. Cada vez me cuadra menos. Sobre todo cuando reconozco la voz que no ha parado de repetir mi nombre.

—¿Otra vez te has quedado dormida trabajando?

—¿Jesse…? ¿Q-qué…?

Estoy a punto de preguntar qué hace él aquí, pero lo urgente es otra cosa: ¡¿qué demonios hago yo aquí?! ¡Me encontraba en el sótano!

—Agradece que he venido a por unos documentos para la recaudación de fondos. Si no, amaneces en esta silla.

—¿Qué hora es? —pregunto con la voz pastosa.

—La hora de que te vayas a casa. —Recoge mi bolso y se acerca—. Hasta Sam está descansando en su caseta.

Cuando va a cogerme del antebrazo para levantarme, me aparto rápido, arrastrando las ruedas de la silla.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—¿Cómo dices…?

—¡Que cómo he llegado aquí! Estaba en las escaleras del sótano y… —Me toco las sienes porque todavía me cuesta hilar los pensamientos—. Había alguien más. Caí por las escaleras y…

—¡¿Te has caído por las escaleras?!

Esta vez no soy capaz de esquivar a Jesse cuando me pone en pie y empieza a revisarme.

—Alguien me atacó, Jesse.

—¿Quién? ¡¿Cuándo?!

La oscuridad que le cruza la mirada me hace dar un paso atrás.

—N-no… No lo sé —musito—. Lo último que recuerdo es llegar a la primera planta, abrir la puerta y caer inconsciente. Ni siquiera sé cómo ni quién me trajo hasta aquí. Estoy segura de que me drogaron. —A medida que hablo, van volviéndome los detalles.

A Jesse se le mueve un músculo de la mandíbula de tanto apretarla.

—Vamos a hablar con Sam ahora mismo. Que nos enseñe las grabaciones.

Asiento.

En otras circunstancias, jamás permitiría que Jesse me guiara hasta el cuarto de seguridad y llevara la voz cantante, pero ahora mismo la cabeza me pesa demasiado y agradezco tener a alguien que piense por mí.

Llegamos al cuarto de las cámaras y Sam no está. En una de las pantallas lo vemos haciendo su ronda por el ala este. Jesse saca el teléfono y lo llama.

—Sam, necesito que vengas al cuarto de vigilancia ahora.

Veo al hombre asentir y girarse para venir hacia aquí.

—Te juro que daremos con ese hijo de puta —masculla Jesse—. Si te ha puesto una mano encima, pienso matarlo con mis propias manos…

No dudo en que Jesse sería capaz de cumplir esa amenaza.

Cuando Sam llega, lo ponemos al día. Yo le explico lo poco que recuerdo.

—¿Me tomas el pelo? —se queja Jesse ante lo que dice Sam.

Porque nos cuenta que, desde que empezó su turno a las ocho, no ha oído ni visto nada raro. Solo a mí encerrada en el despacho, algo que ocurre demasiado a menudo como para que le extrañe.

—Rebobina las grabaciones de esta noche —le exige Jesse.

Ante las palabras de Sam, empiezo a preocuparme de verdad.

¿No vio cómo alguien me arrastraba inconsciente hasta mi despacho?

Sam retrocede las imágenes horas y se me ve hablando con Kendall, volver al despacho y no salir de él hasta que llega Jesse.

—¿No hay ningún corte? ¿Ningún salto de hora?

No sé qué cara pongo, pero el pobre Sam me dedica una mirada de lástima y niega con la cabeza.

De vuelta en el despacho con Jesse, no paro de darle vueltas al tema. Es más de la una de la madrugada, pero ni loca me voy a ir a casa sin una explicación razonable.

—No lo entiendo… —murmuro, masajeándome las sienes.

—Lo más probable es que lo soñaras.

Le lanzo una mirada molesta.

—Sé diferenciar lo real de un sueño.

—¡Ya lo sé, joder! Pero has visto lo mismo que yo, Day. Ni siquiera se te ve saliendo de aquí.

Me tapo la boca, nerviosa, porque eso es justo lo que me está descolocando.

—¿Y si han manipulado las grabaciones? —sugiero—. No sería tan raro. Lo hemos hecho nosotros mil veces al encargarnos de un objetivo.

Jesse me mira como a una pobrecita que empieza a perder la cabeza. Y puede que no vaya mal desencaminado.

—No te digo que no sea posible, pero algo así lleva más de una hora, y me extrañaría que Sam se hubiera ausentado tanto de su puesto. Ni siquiera haciendo la ronda.

Cierto. Puede que Jesse tenga razón y todo fuera un sueño. Tampoco sería tan extraño. Desde que ayer Terry me contó su historia, vivo en un estado de paranoia permanente.

Pero… Maldita sea, sé que lo he vivido.

Y no me hace falta un vídeo para saberlo porque lo llevo escrito en el cuerpo.

Me subo un poco la falda y ahí están; dos marcas rojas casi invisibles, una en cada rodilla, exactamente donde recuerdo haberme golpeado contra los escalones al arrastrarme escaleras arriba. Me duele un poco el costado y también la nuca.

Me toco la cabeza y no noto ningún hematoma, solo está dolorido, pero este no es el cuerpo de alguien que se ha quedado dormida sobre una mesa, es el de alguien que ha rodado por las escaleras y ha peleado por subirlas.

Trago saliva, porque cuanto más lo pienso más segura estoy.

Lo confirma el sabor dulzón y pegajoso que tengo en el fondo de la garganta. Es el mismo que se te queda cuando usas durante horas el cloroformo. Lo he sentido decenas de veces. Y lo estoy notando ahora.

Alguien me atacó, me arrastró hasta aquí y borró la única prueba que lo demostraría. Y lo hizo tan bien que, sin el dolor que siento, hasta yo habría terminado creyendo que estaba loca.

Y eso es lo que de verdad me hiela la sangre.

Esa precisión. La grabación limpia, sin cortes ni saltos de hora.

Sam paseando tan tranquilo por el ala este.

Un ataque que ocurre y, a la vez, no ocurre…

Porque eso no lo hace un intruso, lo lleva a cabo alguien de dentro, con acceso, recursos y el poder suficiente de decidir qué es real y qué no.

Y esa idea abre una puerta a la que no quiero ni asomarme porque al otro lado solo hay preguntas que apuntan hacia arriba.

Me abrazo a mí misma.

¿En quién se supone que puedo confiar ahora?

Miro a Jesse y me doy cuenta de que la pregunta lo incluye a él.

Intento buscar en su aura ese rastro emocional que me dice si alguien miente, si oculta algo o si debería salir corriendo. Y me encuentro con lo de siempre: ruido y oscuridad total.

Es el único hombre al que no consigo leer por dentro, y en este momento daría lo que fuera por poder hacerlo. Porque podría estar mintiéndome a la cara y yo no lo sabría.

Podría ser quien me atacó y para mí seguiría siendo un muro liso, sin una sola grieta por la que colarme.

Sin embargo…, hay veces que no necesito de mi habilidad para captar ciertas cosas.

Están a la vista: en su mandíbula, que no ha dejado de apretar desde que he mencionado el ataque; en cómo se le ha oscurecido la mirada, no de rabia teatral, sino de algo más contenido y frío; en la forma en que sus ojos revisaban los vídeos, como si quisiera memorizarlos para pedirle cuentas a alguien.

Sea lo que sea Jesse Jones, esa preocupación no es fingida.

Por eso digo:

—Tal vez tengas razón. Habrá sido un sueño… Mejor me voy a casa y descanso.

Jesse asiente y se endereza al verme recoger las cosas.

—Oye…, ¿por qué no te quedas a dormir en mi casa?

Alzo las cejas, sorprendida.

—Sí, claro…

—Lo digo en serio, Day. Si no, al menos que alguna de las chicas duerma contigo en la tuya —insiste—. No es buena idea que pases la noche sola si estás confusa.

Lo medito un instante.

No me apetece recurrir a ninguna de las chicas, no con lo raras que están las cosas entre nosotras, así que mi única opción es él.

El hombre-muro al que no puedo leer, pero cuya preocupación es lo único auténtico que he sentido en toda esta noche de mierda.

Un muro que me mira como si le importara que siga viva.

—Está bien, iré contigo, pero solo por las maravillosas vistas de tu ático…

—¿Estás reconociendo que tengo un gusto exquisito? —pregunta juguetón, apagando las luces del despacho.

—No. Estoy diciendo que las vistas son una pasada. El resto… lo definiría como pasable.

Jesse suelta una carcajada porque sabe que miento. Y vaya si miento. Ese loft es una obra de ingeniería. Justo como él. Irritantemente guapo, demasiado seguro y muy consciente de ambas cosas.

He estado en su ático más veces de las que puedo recordar, y lo cierto es que el muy cretino supo bien lo que hacía al comprarlo.

Igual que sabe lo que hace cada vez que me invita a entrar en él.