Capítulo 25
Jesse
A prieto la mandíbula tras escuchar lo que me dice mi interlocutor al otro lado de la línea.
Cuelgo y me reúno con Madre, que espera junto al escritorio improvisado de la suite del Waldorf Astoria que hemos reservado.
Llevamos aquí todo el maldito día. La habitación ocupa una de las últimas plantas del edificio y las enormes cristaleras ofrecen unas vistas privilegiadas de la ciudad.
Sobre la mesa se amontonan informes financieros, presupuestos y varios dosieres de posibles inversores que asistirán a la gala que ella revisa concentrada.
—Tenemos pocos días para conseguir que esos inversores apuesten por GenoLabs —comenta sin levantar la vista.
Me aflojo el nudo de la corbata y me sirvo dos dedos de whisky del minibar.
—No creo que duden mucho. Contamos con una propuesta sólida que llevamos meses preparando.
—Eso no nos garantiza nada, Jesse.
Su tono mantiene la calma de siempre, pero la conozco demasiado bien como para no detectar la preocupación que esconde debajo.
—Serían estúpidos si no apostaran por nosotros.
—Cada vez tenemos más proyectos y menos recursos. La investigación avanza más rápido de lo que somos capaces de financiar.
—Encontraremos una solución.
—Por supuesto que la encontraremos. Para eso te tengo a ti.
Alzo una ceja.
—Me encanta un poco de presión antes de una fiesta.
—Nada que tú no puedas manejar.
—Lo sé —digo con seguridad.
Algunos me tomarían por pretencioso, pero es la verdad. Soy bueno en lo que hago.
Ahora sí levanta la vista.
—Necesito que despliegues todo tu encanto. Quiero que, cuando terminemos, esos hombres crean que invertir en GenoLabs ha sido idea suya.
No puedo evitar sonreír.
—Manipulación encubierta. Mi especialidad.
—Mejor dejémoslo en relaciones públicas —corrige, curvando los labios.
—Eso suena mucho menos divertido.
Madre niega con la cabeza y vuelve a sus papeles.
—¿El senador McCain ha confirmado su asistencia? Nos vendría bien contar con presencia política en la gala.
Madre niega con la cabeza.
—El senador McCain envía sus disculpas; con las elecciones encima, la campaña lo tiene atado. Aun así, ha sido de lo más generoso con la causa.
Mientras saboreo la bebida, la observo trabajar. A veces olvido la cantidad de cosas que carga sobre sus hombros. La mayoría de la gente solo ve a una científica brillante. Yo atisbo a alguien que lleva décadas moviendo piezas imposibles sin permitirse el lujo de equivocarse.
Sé que siempre me ha considerado su mejor pieza. No por afecto, sino porque soy útil, eficaz y le he sido leal donde otros fallaron. Ella me crio, y en su fuero interno nunca he dejado de ser algo suyo, algo que no piensa dejar que nadie le arrebate.
Esa es justo la razón por la que mido cada palabra delante de ella. Una pieza que se mueve sola deja de ser fiable, y lo último que necesito es que empiece a preguntarse si la suya se ha desalineado.
De repente, deja el bolígrafo sobre la mesa, se quita las gafas y me mira.
Me tenso por puro reflejo. Cuando me observa así, nunca es buena señal.
—¿Qué opinas de Day?
La pregunta me pilla tan desprevenido que tardo más de lo recomendable en reaccionar.
«¿Qué cojones…?».
La conozco lo suficiente para saber que rara vez hace preguntas cuya respuesta no tenga ya.
Mi cerebro empieza a trabajar a toda velocidad. Hay personas inteligentes y luego está ella. Igual que veo cómo me trata a mí, sé que Day es su ojito derecho, intenta moldearla a su imagen y semejanza. Como si la estuviera preparando para sustituirla el día de mañana.
—¿A qué te refieres exactamente? —pregunto con toda la cautela de la que soy capaz.
No parece tener prisa por responder. Es más, me da la sensación de que solo quería valorar mi reacción a esa pregunta.
Al final vuelve a ponerse las gafas y se concentra de nuevo en los documentos.
—Últimamente no sé qué pensar de ella…
La tensión abandona un poco mis hombros.
—¿Por qué? Siempre ha sido una de las mejores científicas que tenemos. Probablemente la más brillante de su generación.
—Eso no se discute —replica.
—Es obsesiva con su trabajo, meticulosa —recito solo unas pocas de sus cualidades porque lo cierto es que tiene muchas más, y no todas tienen que ver con su profesión.
—También lo sé.
—Entonces, no entiendo la pregunta.
Madre entrelaza los dedos y apoya las manos sobre la mesa. Hay algo en su expresión que me hace estar alerta. No parece enfadada ni preocupada. Más bien decepcionada. Y eso sí me inquieta. Porque cuando a Agatha Walsh se la decepciona, entras en su punto de mira.
—Siento que la estoy perdiendo, Jesse…
La frase concentra toda mi atención en ella. La conversación acaba de tomar otro cariz.
—¿Lo dices por el objetivo que le encargaste?
—Puedes decir su nombre. Aun siendo un fantasma, Terry sigue dando problemas… Siempre lo fue.
En eso tiene razón. Desde que reapareció, todo parece girar a su alrededor. Y es cierto que Day ha cambiado. No de una forma evidente para quien la mire desde fuera, pero sí para quienes la conocemos bien.
Ahora está distraída, más irritable, menos presente. Una parte de ella ha vuelto a pensar en él, y parece que está cuestionándoselo todo. Incluyéndome a mí…
—Si sospechabas que iba a afectarle tanto, ¿por qué la elegiste precisamente a ella para matarlo? —pregunto, cortando el hilo de mis pensamientos.
Madre apoya la espalda en la silla sin apartar la vista de mí.
—Porque necesitaba saber hasta dónde llega su lealtad hacia mí.
«JODER». ¿Tiene dudas? Intento defenderla.
—Tienes que entender que esté molesta contigo. Tus actos parecen calculados.
—Es que lo son —afirma sin un ápice de remordimiento.
—Pues entenderás que se sienta manipulada.
—Day tenía que enfrentarse a ello tarde o temprano —sentencia Madre—. Deberías saber que no ocurre nada alrededor de las personas que me importan sin que yo lo sepa…
La frase me golpea de una forma distinta a la que ella pretende. No por Day. Por mí mismo.
Algo en su tono me hace entender que no habla solo de Terry, ni siquiera de Day. Es la mano que mece la cuna de todos nosotros.
Nunca he sido de morderme la lengua delante de ella, y callarme ahora solo la haría sospechar, así que me escucho preguntar:
—¿Hay algo que quieras decirme? No te cortes…
—Pensé que, con lo que os traéis entre manos, habría superado sus sentimientos por Terry…
«¡La muy hija de puta no se ha cortado ni un pelo! Típico de Madre; ir directa a donde más duele».
Recuerdo todas las veces que Day y yo nos hemos comportado como el perro y el gato delante de los demás para acabar buscándonos en cuanto teníamos cinco minutos a solas.
Nuestras discusiones han terminado, casi siempre, con los dos con poca ropa encima.
Quizá ha sido la forma de combatir la frustración de desear a alguien que, al mismo tiempo, aborreces.
No es que haya nada serio entre nosotros ni una relación en ciernes. Es solo sexo… O eso llevo repitiéndome desde el principio. Aunque no negaré que cada vez me sabe a poco y que esa insuficiencia me incomoda más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Lo que haya pasado entre Dayane y yo nunca ha tenido que ver con Terry. Ni con nadie. Somos adultos para hacer lo que nos dé la gana.
Madre entrecierra los ojos.
—No te hagas el moralista conmigo, Jesse.
—Si no la conociera tan bien, juraría que acaba de resoplar, pero eso es imposible.
Madre está por encima de un gesto tan vulgar—.
Si me he mantenido al margen de vuestros enredos amorosos ha sido porque pensé que le sacarías esas ideas románticas de la cabeza.
La calma con la que lo dice me deja claro que sabe mucho más de lo que me gustaría.
—Esto no va de moral ni de ética —replico cabreado. No me gusta el rumbo que está tomando esto—. Jamás he pensado en Terry ni en lo que los unió. Esto es distinto.
—¿Me vas a decir que no querías conquistar lo que él tuvo primero?
Aprieto los dientes. Lo hace sonar tan sucio…
—No he vuelto a pensar en él desde lo que ocurrió —declaro con frialdad.
Asiente, sin embargo, no sé si me cree.
—A lo que voy es a que Day siempre fue emocionalmente vulnerable con Terry —continúa mientras revisa otro informe—. Mucho más de lo que ella misma reconoce…
No me gusta oírlo porque sé que es verdad.
Durante años he visto la sombra que él dejó atrás. Incluso cuando lo creía muerto y fingía haber pasado página, no volvió a dejar entrar a nadie más. Siempre ocupó una parte importante de su corazón. Y me asusta que, ahora que ha vuelto, esas emociones resuciten.
—Supongo que lo quiso mucho. —Decirlo en voz alta hace que una furia extraña me trepe por el pecho y se me atasque en la garganta.
—Por eso necesita entender qué clase de persona es en realidad. Day busca respuestas —prosigue—. Lo que no ve es que él lleva años preparándose para manipularlas.
—¿Manipularlas?
—Sí. A ella y a sus hermanas. —Hace un gesto con la mano—. A cualquiera dispuesto a escucharlo.
—¿Te preocupa que lo elija a él?
La pregunta se me escapa antes de que pueda detenerla.
—No.
—Ah, ¿no? —digo esperanzado.
—No me preocupa que elija a Terry porque tú vas a impedirlo.
No me gusta un pelo lo que insinúa.
—No pienso seducir a Day por encargo, si es lo que sugieres. Lo que haya entre nosotros es asunto mío, no una herramienta tuya.
Me lanza una mirada de disgusto.
—Jamás te pediría algo tan burdo. —«No hace falta que lo pidas. Ya cuentas con ello, joder»—. Te subestimas, Jesse. No necesito que la seduzcas. Necesito que le recuerdes lo que tiene contigo. Eres mejor que él.
Lo dice como si una cosa pudiera separarse de la otra. ¡Es lo puto mismo!
—Day siempre ha sido brillante, seguramente la más brillante de todos vosotros, pero también es impulsiva cuando algo logra atravesar sus defensas.
Lo vi de adolescente y lo sigo viendo ahora —declara—.
Se empeña en creer que puede separar los sentimientos de la lógica cuando, en ella, las dos cosas terminan mezclándose siempre.
No respondo porque tiene razón. A todos nos pasa. El amor es jodidamente incontrolable. Que me lo digan a mí…
—Terry fue su segunda gran pérdida —prosigue.
No necesito que mencione el nombre de la primera.
Todos la recordamos—. Su primer amor, si queremos llamarlo así.
Durante años construyó una versión idealizada de él porque era más fácil convivir con el recuerdo que aceptar que mató a sangre fría a sus compañeros.
Y ese recuerdo ha vuelto hecho carne y hueso.
Uno que lleva ocho años preparándose para este momento.
—Quizá no pueda competir contra eso… —admito mi mayor miedo. Porque esa es la realidad que me está matando.
Madre se levanta, se acerca despacio a las cristaleras y contempla la ciudad a nuestros pies. Luego se gira hacia mí.
—Tengo una idea… Cuando Day decide proteger a alguien, es capaz de ignorar cualquier cosa que contradiga aquello en lo que cree.
—¿Qué propones?
—Que estés presente. Atento a las señales.
—Vamos, que quieres que la espíe. —No me molesto en disimular el resoplido.
—Defínelo como te plazca —responde molesta—, pero haz que recuerde la vida que se ha construido mientras Terry estaba lejos. Solo quiero que la cuides. Si notas cualquier cosa rara, si desaparece durante días, si empieza a ocultar información, quiero saberlo.
Se me tensa la mandíbula.
—Dudo que a Day le hiciera gracia saber que estamos teniendo esta conversación.
—Por eso confío en que no le dirás nada.
—Tampoco es que a mí me la haga.
—Lo sé. Si te lo pido es porque es importante.
—La preocupación que muestra ahora parece genuina—.
No quiero perderla, Jesse. Y sé que él es de los pocos capaces de lograrlo.
—Suspira—. Neva, Nao y Row son distintas.
Siempre han llevado una coraza para que nadie les llegue al corazón.
Pero Day… —Cabecea—. Me temo que Terry es su talón de Aquiles.
Que todavía no haya acabado con él me lo confirma.
—No lo permitiremos.
Porque, si Day cae, lo más probable es que yo caiga con ella.
—Jesse…
Su voz me saca de mis pensamientos.
—¿Sí?
—No dejes que tus sentimientos te cieguen. Si ella no termina el trabajo, tendrás que hacerlo tú en su lugar.
La frase me atraviesa entero. No hace falta que lo diga con todas las letras. «Si Day no mata a Terry, tendré que ser yo quien acabe con él».
Lo peor es que, llegado el momento, no solo estaría matando a mi propio hermano. Estaría enterrando cualquier futuro entre Day y yo. Lo tengo clarísimo.