Ayer (Arpías 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

ROW

C ompruebo una vez más la hora en el reloj que cuelga de la pared de la sala de incineración.

—¿Dónde demonios estás, Day? —murmuro para mí.

Hace ya varias horas que debería haber llegado. He intentado llamarla, pero no responde, y las demás tampoco saben nada de ella. Incluso me he arriesgado a que Jesse me arruine lo que queda de día con sus gilipolleces al llamarlo a él también, sin embargo, no he conseguido localizarlo.

Desde GenoLabs me han informado de que ha pasado todo el día reunido con Madre, no obstante, Day no está con ellos.

Resoplo con fuerza y trato de concentrarme en el cadáver desnudo que tengo frente a mí.

Leonard Rasford no tiene tan buen aspecto como la última vez que nos vimos, en parte gracias a que lleva el abdomen y el pecho rajados.

Repaso con el dedo índice los puntos anchos que cierran los cortes transversales.

Menuda chapuza las autopsias; te abren en canal como un jodido cerdo y después ni siquiera se molestan en dejar una bonita cicatriz. ¿Para qué?

Durante el velatorio la ropa lo oculta, y después te espera una bonita tumba en la que acabarás pudriéndote el resto de tus días o, en su defecto, lo mismo que Leonard está a punto de recibir: la barbacoa al estilo Row.

Chasqueo la lengua contrariada al pensar que nada de esto habría sido necesario si el jodido Lameculos no hubiese intercedido.

Mis métodos son mucho más sutiles. Sin sangre, sin autopsia ni investigaciones policiales, solo un beso y, después de veinticuatro horas, la muerte plácida habría venido a por él sin ni siquiera notarlo.

«Mala suerte la tuya», pienso, y le doy un golpecito en la frente.

La parte buena es que Leonard haya venido a parar justo a mi funeraria.

Universo, tienes un sentido del humor asqueroso, y por eso me caes bien.

Aunque, siendo sinceros, tampoco es tanta casualidad.

En esta ciudad hay tres tanatorios, y GenoLabs se asegura de que los objetivos caigan siempre en el mío.

Ventajas de tener a una Arpía manejando el horno.

Mi mirada regresa al reloj y vuelvo a echarle un vistazo a mi teléfono. Sigue sin haber noticias de Day. Con un bufido lo lanzo de nuevo sobre la mesa auxiliar y sigo aderezando el cuerpo de Leonard para que quede como a mí me gusta; extra crujiente.

Antes de meterlo en la barbacoa me toca quitarle todo lo que no arde: prótesis, tornillos, cualquier pieza metálica o sintética que delate quién fue. Leo el informe otra vez y chasqueo la lengua. Rótula derecha, prótesis de titanio.

Cojo un martillo pesado, y tras un par de golpes secos, el hueso se quiebra y puedo empezar con el cuchillo.

Separo carne, cartílago y músculo hasta dar con la pieza metálica y la extraigo con facilidad.

Tras lanzarla a una bandeja para su correcta destrucción, dejo la media pierna sobre la camilla junto al resto del cuerpo y me quito los guantes.

—Eso es todo, Leo. Ya hemos terminado. Espero que tengas una estancia agradable en el infierno.

Abro la puerta del horno y presiono el botón. La camilla corredera empieza a moverse y poco a poco el bueno de Leonard se va introduciendo en la barbacoa. Cuando ya está completamente dentro, le doy de nuevo al botón y la puerta se cierra.

—Saluda al de los cuernos de mi parte. Supongo que nos veremos pronto —mascullo.

En cuestión de segundos, el olor a carne y pelo quemados inunda la sala.

Inspiro hondo por la nariz y dejo que llene mis pulmones antes de coger un cigarrillo y encenderlo.

Nunca le he tenido miedo a la muerte. Es más, Nao en varias ocasiones ha bromeado diciendo que yo soy la mismísima parca. Tal vez tenga razón.

La imagen de un rostro muy parecido al de Neva, aunque pálido y sin rastro de vida, acude a mi mente y me apresuro en apartarla. No quiero ni puedo volver ahí. Las muertes que me gustan son las que yo elijo, y ella…

Trago saliva con fuerza y exhalo el humo antes de coger de nuevo el teléfono. Prefiero mantener la mente ocupada en la desaparición de Day para no volver a caer en la culpa y los remordimientos.

Tras programar el horno, cierro la funeraria y me marcho a casa.

Durante el trayecto en metro, no dejo de intentar contactar con Day.

Neva apenas responde a los mensajes que envío por el grupo familiar, pero Nao sospecha lo mismo que yo, que Terry ha tenido algo que ver con esto.

Nada más regresar de entre los muertos, nuestra hermana se ha convertido de nuevo en su jodida mascota, siempre detrás de él, solucionando sus cagadas y justificando cada una de sus acciones.

Me temo que tarde o temprano tendremos que intervenir, y sé que eso será un problema, porque cuando se trata de alguno de los hermanos Jones, Day no atiende a razones.

Ya casi he llegado al complejo cuando el teléfono empieza a vibrar en el interior de mi bolsillo.

Lo saco lo más deprisa que puedo y, por un instante, pienso que puede ser Day dando señales de vida, sin embargo, todas mis esperanzas se esfuman en el instante en el que veo el nombre de Madre en la pantalla.

Pienso en no responder. No tengo ganas ni paciencia para escuchar sus quejas y exigencias en este momento, pero como siempre, una vocecita en mi cabeza me obliga a contestar, porque eso es lo que se supone que debo hacer. Nos ha adiestrado y educado para obedecerla bajo cualquier circunstancia.

—Rowan, ¿por qué has tardado tanto en contestar? —pregunta sin ni siquiera molestarse en saludar.

Así es ella. No pierde el tiempo en banalidades como interesarse por las chicas que se supone que quiere como a sus propias hijas.

Puede que Day no se dé cuenta porque la idolatra a un nivel casi demencial, pero hace ya mucho tiempo que yo he dejado de pensar que esa mujer fría e insensible que nos crio —y sí, también nos salvó de una vida de miseria y sufrimiento en un orfanato de mala muerte—, siente, aunque sea, una pizca de cariño por nosotras.

—Lo siento, Madre.

—Las disculpas son para los mediocres, Rowan —replica, y aprieto los dientes.

—¿Puedo ayudarte en algo, Madre?

—He visto que tú eres la única que aún no se ha hecho los análisis mensuales. ¿Puedo saber el motivo?

Contengo un resoplido. Quiero decirle que no lo he hecho porque la sola idea de ir a GenoLabs para que sus lacayos me acribillen a pinchazos y pruebas rutinarias me da ganas de meterme una pistola en la boca y apretar el gatillo, sin embargo, respondo con una excusa, porque eso es lo que se supone que debo hacer.

—He estado muy ocupada con el trabajo y los encargos, pero esta misma semana lo haré.

—Eso espero. Tus obligaciones son lo primero.

—Sí, Madre, no volverá a ocurrir —mascullo.

Antes de que pueda añadir nada más, la llamada se corta y exhalo con fuerza. Cada día me cuesta más mantener la fachada de niña obediente y sumisa ante Madre.

No quiero sonar desagradecida. Sé que ella nos salvó y todo eso, pero ¿a qué coste?

Decido dejar a un lado mis contradictorios sentimientos hacia Madre y centrarme en lo que de verdad me preocupa, que no es otra cosa que la falta de autoconservación de Day.

Cuando llego al complejo, no me bajo en mi planta. Voy directa a la tercera, la común, donde ya me esperan Nao y Neva. La primera está tirada en su sillón blanco con una cerveza en la mano; la segunda hecha un ovillo en su puf, mordisqueando algo de colores imposibles.

En cuanto ven mi cara, ninguna necesita preguntar de qué vengo a hablar.

—¿Sigue sin dar señales? —Nao va directa al grano, como siempre.

—Nada. —Me dejo caer en el sofá y me paso las manos por la cara—. Ni llamadas ni mensajes ni la ubicación activada. Y todas sabemos con quién está.

Neva deja de masticar. Nao le da otro trago largo a la cerveza.

—Hay que hablar con ella ya —planteo—. En serio. Sentarla y obligarla a escucharnos.

—Como si eso sirviera de algo —murmura Neva—. La conoces igual que yo. En cuanto le sacamos a Terry se cierra en banda. Se le pone esa cara… —Busca la palabra—. Esa cara de cuando teníamos quince años. La de defenderlo a toda costa.

Ninguna quiere decirlo en voz alta, pero Day tiene un problema con Terry.

—Piensa que sigue siendo el crío del que se enamoró —murmura Nao—. Y no lo es. No sé si alguna vez lo fue.

—Igual ha cambiado —salta Neva.

—La gente no cambia —replica Nao rotunda—. Recuerdo cómo se reía cuando entrenábamos en combate. No lo hacía cuando ganaba, sino cuando hacía daño. Hay una sutil diferencia.

Se me eriza la piel porque yo también lo recuerdo.

—El día que Tobías se rompió la muñeca —añado—, todos corrimos. Terry no. Terry se quedó mirando cómo el hueso le asomaba con demasiada calma… Tenía dieciséis años y miraba a un amigo con el brazo partido como quien ve llover.

—Day diría que exageramos —apunta Neva.

—Day dirá lo que sea con tal de no ver lo que tiene delante —replico—. Siempre ha sido igual. Se agarra a su versión buena y se niega a soltarla, aunque le esté clavando los dientes en el cuello.

El silencio se instala entre las tres.

—Mató a los chicos —dice Nao al fin—. Una noche, Terry se esfumó y ellos aparecieron muertos. Eso lo vimos.

—Vimos los cuerpos —matizo—. No quién apretó el gatillo.

Las dos me miran, sorprendidas de que sea yo, precisamente, quien plantee esa duda.

—No me malinterpretéis. —Levanto las manos—. Sigo pensando que hay que sacar a Day de esto por las malas si hace falta. Podemos atarla a una silla hasta que se le pase la ceguera.

—Yo podría ayudarla —dice Neva—. Un parpadeo y se olvida de que Terry existió.

—Guarda eso para cuando no quede otra alternativa —le advierto.

Nao apura la cerveza y la deja sobre la mesa con un golpe seco.

—En cuanto aparezca, hablamos con ella. Las tres. Sin gritos. —Me mira directamente—. Y si no entra en razón…

—Si no entra en razón, ya pensaremos algo —zanjo.

Ninguna lo dice, pero sabemos que ese «algo» requiere que vaya encendiendo el horno.