Ayer (Arpías 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Neva

E van tiene purpurina azul en la punta de la nariz y todavía no se ha dado cuenta, lo que significa que llevo seis minutos y diecisiete segundos comportándome como una persona excelente al no decírselo.

Está sentado en el suelo de mi apartamento, con las piernas cruzadas sobre la alfombra de fresas gigantes —que compré porque Nao dijo que era espantosa— y sostiene entre los dedos un macarrón pintado de amarillo como si se tratara de una pieza arqueológica recién descubierta.

—Creo que este necesita supervisión adulta —declara con toda la seriedad del mundo.

Yo dejo de enhebrar cuentas rosas en el hilo y lo miro por encima de las gafas de plástico con forma de corazón que no necesito para ver, pero que mejoran cualquier actividad manual en un setenta y tres por ciento.

—Evan, cariño, estás hablando con un macarrón.

—Precisamente por eso. No me fío de él.

Me río antes de poder evitarlo y él sonríe de esa forma suya, tranquila y bonita.

Evan es fácil. Cómodo. Dulce en el sentido menos pegajoso de la palabra.

Estar con él se parece a quitarse unos zapatos incómodos después de una noche demasiado larga.

No hay relámpagos, ni incendios ni esa clase de hambre que en las novelas obliga a la gente a empotrarse contra paredes con preocupante frecuencia.

Con Evan no hay fuego. Hay manta, sofá, canciones desafinadas y una mano buscándome el tobillo por debajo de la mesa solo para recordarme que está ahí.

Me gusta que esté ahí. Me gusta muchísimo.

A veces creo que mi vida sería mucho más sencilla si eso fuese lo mismo que estar enamorada.

—Tienes purpurina en la nariz —le digo al fin, porque mi bondad no tiene límites.

Él se queda quieto, bizquea, intentando verse la punta de la nariz, y consigue parecer un cachorro muy confundido.

—¿Mucha?

—La suficiente como para que una urraca intente secuestrarte.

—Entonces es mi mejor look .

Evan se inclina hacia mí y me roba un beso breve, suave, con sabor a galleta.

El móvil vibra sobre la mesa baja y ambos miramos la pantalla a la vez.

Es el grupo. Otra vez. Row ha mandado tres mensajes seguidos preguntando si alguien sabe algo de Day y Nao ha respondido con un audio que no pienso reproducir porque seguro que incluye insultos.

Day lleva horas sin dar señales, y eso no es normal, ni siquiera para nosotras, que tenemos una idea bastante flexible de lo que significa normalidad.

Debería bajar a la tercera, revisar la cocina común, preguntar si alguien ha rastreado su móvil, fingir que no estoy preocupada y quizá preparar cacao porque la gente piensa mejor con azúcar.

En lugar de eso, miro a Evan, que ya ha vuelto a concentrarse en el collar de macarrones, y decido regalarme tres minutos más de una vida que no parece mía.

—¿Day siempre tiene cara de estar a punto de corregirte un error gramatical y apuñalarte con el bolígrafo? —pregunta Evan con inocencia, pero la realidad es que es más vieja cotilla que yo.

—Esa descripción podría aplicarse a varias de mis hermanas.

—Qué familia tan adorable.

—Nos gusta tener una marca reconocible.

Él se ríe y se levanta para ir a buscar más hilo al escritorio.

Lo veo moverse por mi apartamento con esa confianza que me conmueve más de lo que debería, abriendo el cajón correcto, apartando una libreta, levantando una caja de pegatinas.

Evan husmea incluso cuando no cree estar husmeando.

Tiene la curiosidad metida en los huesos.

Mira los títulos de los libros, lee las etiquetas de los botes, pregunta por fotografías en las que apenas se ve una esquina de una cara y encuentra compartimentos ocultos con la misma facilidad con la que otros encuentran pelusas bajo el sofá.

En una persona distinta sería peligroso.

En él me parece tierno. Como si no pudiera evitar querer saber más de mí porque le importo.

—¿Este no era el cajón de los hilos? —pregunta.

Levanto la cabeza justo cuando sus dedos presionan el lateral falso del escritorio.

El clic es mínimo.

Casi nadie lo oiría.

Yo sí.

El cajón interior se abre apenas dos centímetros y el mundo se estrecha de golpe hasta convertirse en su mano, su respiración y el metal negro que queda a la vista entre una funda de terciopelo rosa.

La pistola no está cargada porque no soy una salvaje, pero el silenciador encajado junto al arma no admite una explicación bonita.

No hay manualidad posible que convierta eso en algo inocente.

Evan se queda inmóvil. Su expresión cambia primero a desconcierto, luego a comprensión parcial y después a algo mucho peor; miedo mezclado con la necesidad de hacerme una pregunta.

—Neva…, ¿qué es esto?

Mi sonrisa desaparece. Es curioso cómo algunas partes de mí pueden apagarse con tanta rapidez.

Hace un segundo era purpurina, macarrones y galletas; ahora soy cálculo, distancia, superficie fría bajo los pies.

Me levanto despacio para no asustarlo más, aunque una parte de mí ya sabe que eso es imposible.

Ha visto demasiado. Ha encontrado una pieza que no encaja en la versión de mí que guarda dentro de su cabeza, y durante un instante absurdo pienso que quizá podría mentirle.

Decirle que es de Nao, que es atrezo, que es una broma, que las chicas también tienen derecho a cajones ocultos.

Pero Evan no es tonto. Evan solo es bueno, que no es lo mismo.

—Cariño —digo con suavidad.

Él retrocede un paso. Ese gesto me duele de una forma desagradable.

No quiero que me tenga miedo. No quiero volver a tocarlo para borrarle nada.

Cada vez que lo hago, siento que le quito una piedra diminuta al puente que nos sostiene, y aunque el puente sigue en pie, yo sé que hay huecos.

Él no. Esa es la parte horrible. Él nunca sabe que falta algo ni todo lo que hemos llegado a ser.

—Explícamelo —pide, y su voz tiembla tan poco que podría pasar desapercibido para alguien que no lo conociera.

Podría hacerlo. Podría contárselo todo. Podría explicarle que Madre no permitiría que siguiera respirando si supiera cuántas veces ha estado demasiado cerca, que mis hermanas no dudarían si su curiosidad se convirtiera en amenaza, que yo misma no sé cuántas versiones de nuestra historia puedo seguir arrancándole antes de que lo nuestro deje de ser una relación y se convierta en un archivo editado.

Pero no puedo darle esa verdad y dejarlo vivir dentro de ella. No hoy. Quizá nunca.

Me acerco y él no se aparta esta vez, porque incluso asustado confía en mí lo suficiente. Le acaricio la mejilla con los dedos y apoyo la otra mano sobre su muñeca. Su piel está caliente.

—Lo siento —susurro.

Busco solo lo necesario. El clic. El cajón.

El arma. El silenciador. La pregunta. Su miedo.

No toco la tarde entera, ni el collar absurdo ni la purpurina azul ni el beso con sabor a galleta.

No quiero perder eso. No quiero quitárselo.

Tiro del hilo exacto y lo retiro de su memoria con una precisión que no me cuesta nada físicamente y, sin embargo, me deja por dentro una grieta pequeña, fea, imposible de enseñar.

Lo borrado no vuelve. Nunca vuelve. Esa es la regla que más odio de mí.

Evan pestañea. La tensión abandona sus hombros y mira mi mano sobre su cara con una sonrisa lenta, confundida y preciosa.

—¿Me estabas limpiando purpurina?

Trago saliva.

—Había una cantidad ofensiva.

—Imposible. Yo dignifico la purpurina.

—La purpurina no opina lo mismo.

Se ríe, y el sonido me parte en dos. Cierro el compartimento oculto mientras él vuelve a la alfombra, ajeno al agujero diminuto que acabo de abrir en su noche.

El móvil vibra otra vez. Row escribe en mayúsculas que Day sigue sin aparecer y que nos quiere a todas abajo ya.

Miro a Evan, luego el cajón, después mis manos, y durante un segundo sé con una claridad horrible que esto no puede durar siempre.

Un día husmeará demasiado. Un día Madre lo sabrá.

Un día tendré que elegir antes de que alguien escoja por mí.

—Tengo que bajar —digo.

Evan levanta el collar de macarrones a medio terminar.

—¿Dejo esto en la caja fuerte?

—Trátalo como material sensible.

—Siempre.

Lo beso en la frente antes de salir, porque es más fácil que besarlo en la boca cuando todavía me pesa lo que acaba de olvidar.

Después cruzo el apartamento, llego al tobogán y recibo otro mensaje de Row: «Tercera planta.

Ahora». Respiro hondo, me coloco bien la chaqueta de colores y bajo hacia mis hermanas con la sonrisa puesta, aunque por dentro aún tengo la forma exacta del recuerdo que le he robado a Evan.