Ayer (Arpías 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Nunca olvidaré la cara de Newman al abrir la primera puerta y encontrar una sala tan iluminada que tuvimos que taparnos los ojos para adaptarnos. Cuando por fin pudimos abrirlos sin sentir que se nos abrasaban las retinas, vimos las decenas de incubadoras conectadas. Y los bebés que había dentro.

—¿Qué cojones es esto? —preguntó Monroe, tan pálido que por un momento creí que se desmayaría.

El sonido que salía de las máquinas ponía los pelos de punta.

—Lo sabía, joder… —musitó Tobías—. Están creando más Abigails Wester.

Por su tono, no supe distinguir si estaba indignado o entusiasmado por haber acertado.

Avancé hacia los bebés y un detalle me dejó patidifuso.

—¿Qué pasa, Ter? —Monroe llegó a mi lado.

Estiré la mano y señalé a uno de ellos.

—Ya lo veo, tío. Esto parece un experimento macabro.

Negué y volví a señalar.

—¿Ves esa marca bajo la cadera derecha? —Monroe entrecerró los ojos. El bebé era diminuto, no tendría más de un par de meses—. Day tiene una igual, en el mismo sitio. Creo que son clonaciones.

La expresión de su cara se desencajó por un momento.

Pasamos a otro cuarto y encontramos cientos de informes médicos. Di con uno en concreto marcado como «Fallido». Eran los datos de las chicas. Todos esos documentos tenían un nombre en común: proyecto A.R.P.Í.A.S.

Vi una cámara de vídeo apuntando hacia una zona estéril de experimentos y no dudé en usarla.

—Voy a grabar todo lo que pueda, y salgamos de aquí cuanto antes —les dije.

No nos dio tiempo a filmar mucho porque, de pronto, el aullido estridente de una sirena rompió el aire.

Estábamos en el sótano. Ni siquiera sabíamos si había otra salida además de por donde habíamos entrado, así que, cuando empezaron los disparos, aquello se convirtió en una ratonera.

No logro entender cómo salí ileso. Vi morir delante de mis ojos a mis mejores amigos, y supe que, si no huía, yo sería el siguiente.

Entiendo que Day no haya parado de llorar desde que le he contado lo que sucedió aquella horrible noche.

La cojo de la mano y la llevo de nuevo a la zona de atrás de la lavandería. Parece una niña perdida, y no la culpo. De repente, toda su vida se ha desmoronado como un maldito castillo de naipes.

La ayudo a sentarse en la cama. Recojo un bálsamo calmante del baño y vuelvo hasta donde se encuentra.

—Déjame verte las muñecas —le pido, depositando el bote sobre la cama.

—Estoy bien…

«Mi chica dura».

—Eso lo decidiré yo —susurro.

Hace un mohín con sus labios que me encantaría atrapar, pero en este momento lo que menos necesita es que le salte encima. Ahora lo que más precisa son mis cuidados.

Al final, claudica y me ofrece sus manos.

Resoplo cuando veo que tiene las muñecas enrojecidas.

—Eres una bestia…

—La culpa es tuya por haberme esposado.

—Por eso te pido que me dejes enmendar mi error.

Levanto sus manos y deposito suaves besos en la zona afectada. Observo cómo sus ojos verdes se oscurecen ante mis caricias, por lo que dejo de hacerlo y comienzo a untarle el bálsamo con delicadeza.

Estar centrado en esta tarea hace que no piense en las ganas que tengo de volver a sentir su sabor en mi boca.

—¿Qué vamos a hacer, Terry? —murmura de repente. Que pluralice y se incluya es algo que siempre soñé escuchar—. Tras la muerte de los chicos derruyeron el edificio, no quedó nada.

—Lo sé —declaro—. Pero dudo que se deshiciesen de aquellos bebés y de la documentación. Seguro que lo trasladaron a otro sitio.

—¿Crees que no se deshicieron de ello?

Asiento.

—Madre es tan extremadamente controladora que dudo que lo llevase a otro lugar. Ningún artista desea permanecer lejos de su nueva creación.

Tras oírme, Day se muerde los labios.

Como científica, sabe que tengo razón. Cuando tienes un gran descubrimiento entre manos, quieres estar presente en los avances.

—Puede ser que siga allí… GenoLabs es un recinto de varias hectáreas —cavila.

—Por eso necesito que intentes buscar cualquier indicio de lo que te he comentado —suelto el motivo real por el que acudí a ella—. Tú trabajas allí, Day. Nadie sospechará de ti si te ven moverte por las inmediaciones.

Por un momento, me mira a los ojos con intensidad, pero no se me escapa el matiz. Asiente, sí, y sé que va a hacerlo, aunque su mirada no termina de entregarse del todo.

Hay una reserva de científica que no se fía de una sola prueba, que necesita verlo con sus propios ojos antes de dar nada por verídico.

Joder… No me cree. O todavía no. Solo me está concediendo el beneficio de la duda, que es muy distinto. Y, conociéndola, hasta es más de lo que esperaba.

Day no abandona una certeza de toda la vida por un vídeo y una mancha de nacimiento; la pone en cuarentena y la somete a examen. Por eso, en el fondo, me fío de ella más que de nadie. Si al final me da la razón, será porque lo ha comprobado, no porque yo se lo haya pedido.

Toma una respiración profunda y añade:

—Se lo tengo que contar a las chicas, Terry. Esto es algo muy gordo, no puedo ocultárselo.

Me tenso al momento; sabía que llegaríamos a este punto.

Si hay algo más importante para ella que su carrera son sus hermanas. El vínculo que existe entre ellas es prácticamente irrompible.

—Por supuesto —concuerdo—. Pero antes necesitamos más pruebas, Day. Las conoces mejor que nadie. Ellas no son como tú y no creerán mi palabra ante una simple grabación. Encuentra esos documentos y podremos mostrarles lo que han hecho con vosotras y a saber con cuántos críos más.

Su gesto es dubitativo, sin embargo, al final asiente.

—Me tengo que ir —anuncia.

No quiero que se vaya, por lo que me escucho decir:

—¿Por qué no te quedas aquí a dormir? —Arquea una ceja—. Solo dormir, Day. Has descubierto muchas cosas de golpe, me sentiré más tranquilo sabiendo que estás acompañada.

Para que vea que voy en serio y que lo único que quiero es cuidar de ella, me levanto y le ofrezco un bóxer y una camiseta que a ella seguro que le quedará por la mitad de los muslos por la diferencia de tamaño.

Se mete en el baño para cambiarse y hago lo propio antes de meterme bajo las sábanas.

Cuando vuelve a aparecer, está más preciosa que antes con el rostro lavado y mi ropa puesta. Le hago hueco en el colchón, se recuesta a mi lado y apago la luz.

Al principio la noto tensa. Y eso es lo último que quiero, que no se sienta segura a mi lado.

Estiro la mano por encima del colchón y encuentro la suya. La envuelvo y le doy un ligero apretón para que sepa que, pase lo que pase, estoy a su lado.

El silencio se estira entre los dos. Solo escucho nuestras respiraciones durante un rato.

—Terry… —Su voz llega floja, medio dormida.

—Dime…

—Me alegro de que estés vivo.

Se me cierra la garganta al escucharlo.

Llevo ocho años convenciéndome de que me daba igual que me creyera muerto, que era mejor así, pero cuatro palabras suyas y toda esa mentira se me rompe en mil pedazos.

No contesto. No puedo. Me limito a escucharla respirar hasta que el sueño se la lleva. Y tengo la certeza de que, con ella al lado, voy a poder dormir del tirón por una vez. Como si no tuviera que pelearme con el mundo por la mañana.