Ayer (Arpías 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Terry

D ay tiene la cara congestionada a causa de las lágrimas que no dejan de recorrer su cara. Lleva ya un rato así.

—Ya es suficiente —musito, bajando la tapa del ordenador.

—¡No, por favor! —exclama angustiada.

Se lanza a por el portátil e intenta abrirlo de nuevo.

—Por mucho que sigas mirando, no van a regresar.

—Estaban tan llenos de vida…

La pena que empaña su mirada me mata lentamente.

—¿Por qué no acudiste con esto a las autoridades? —pregunta, mirándome con intensidad—. Eso hubiese demostrado tu inocencia.

Se me escapa una risa desprovista de humor. Que piense que ese vídeo me hubiese librado de una muerte segura hace que me dé cuenta de que Day no tiene ni idea del monstruo que es Madre.

Por eso es tan importante que lo entienda y me crea. Day es una pieza importante para acabar con esa perra.

—Hablamos de Agatha Walsh, Day… —Solo mencionar su nombre me cabrea—.

La prestigiosa doctora cum laude —le recuerdo.

Ella mejor que nadie conoce el currículum de Madre.

Siempre ha querido parecerse a ella—. Tiene contactos hasta en el infierno.

¿Crees que si hubiese lanzado una acusación de tal magnitud contra ella alguien me hubiera tomado en serio?

—Pero…

—Pero nada, Day —la corto—. Madre lo hubiera tergiversado de tal forma que hubiese inculpado a otro, o lo que es peor, habría hecho que me matasen antes de que esa grabación hubiese salido a la luz. Seguramente tenga comprada a parte de la policía.

Veo cómo cierra los ojos, sin querer comprender la situación.

Se tapa la boca con las manos y después toma aire, pero no hay ritual que ayude a asimilar una cosa así.

—La doctora Walsh es una hija de puta con complejo de Dios —suelto con toda la inquina que tengo acumulada.

—No puede ser, Terry —niega con vehemencia—. Ella ha dado todo cuanto ha tenido por nosotros…

—¡Porque sois sus putos conejillos de indias! —alzo la voz—. ¡Has visto a los puñeteros bebés en el vídeo, Dayane!

—Sería para salvarles la vida, como lo hizo con nosotros.

Desde luego, no hay más ciego que el que no quiere ver, y Day es uno de ellos.

—¿Qué me dices de esta mancha de nacimiento?

Levanto su falda y le muestro la mancha que ella tiene en el exterior de su muslo derecho, a la altura de la cadera.

Ella me lanza un manotazo para volvérsela a bajar; no me extraña, ya que va sin bragas. Aún siguen rotas en el suelo.

Pero puede estar tranquila, porque en lo último en lo que pienso en este momento es en sexo.

—Los antojos son muy comunes —se justifica.

—¡Maldita sea, Day! ¡Tú no puedes creer en eso! —me exaspero—. Uno de los bebés tenía la misma marca en el mismo lugar que lo tienes tú. —Señalo el portátil, donde aún sigue conectado el disco duro—. ¡Os han clonado, joder! Y vosotras sois los jodidos moldes.

Le he contado todo lo que ocurrió aquella noche en cuanto he reproducido el vídeo.

Los chicos y yo llevábamos años intentando entrar en el antiguo laboratorio de GenoLabs, era una edificación apartada de la actual, oculta por la vegetación.

En cuanto supimos de su existencia nos entró curiosidad. El lugar en el que nos criamos tenía unas estrictas medidas de seguridad, pero cuando cumplimos los dieciocho años, comenzamos a tener un poco más de libertad para entrar y salir del recinto principal.

Tampoco mucha. Seguíamos viviendo bajo constante vigilancia, necesitando permisos para casi todo y respondiendo ante Madre por cada paso que dábamos. Sin embargo, aquel respiro de independencia bastó para que empezáramos a explorar los alrededores.

Siempre bromeábamos con que vivíamos en un lugar similar al Área 51 y que GenoLabs ocultaba secretos turbios. Lo que no esperábamos es que fuesen tantos y tan impactantes como resultaron ser.

Esa hipótesis se forjó a base de detalles sin importancia.

Jesse, que era el más inteligente de los cinco y quien tenía más manga ancha, nos comentó una noche que había comprobado en diferentes mapas de la ciudad y existían varios caminos que no aparecían en ningún plano.

Eso, sumado a la paranoia de ver vehículos entrando y saliendo a horas extrañas y personal de seguridad que desaparecía durante días enteros, hizo que el aburrimiento hiciese su trabajo y nos creásemos teorías disparatadas…

—¿Conocéis la historia de Abigail Wester? —soltó Tobías una noche.

Estábamos en el dormitorio que compartía con Jesse, el lugar habitual donde conspirábamos.

Habíamos robado una botella de Jack Daniel's de la caseta de vigilancia y nos la íbamos pasando, bebiendo a morro.

No teníamos dudas de que el de seguridad sabría que habíamos sido nosotros, pero dudábamos de que nos delatase; él tampoco debería tener whisky en su puesto de trabajo.

—¿Esa es la tía con la que perdiste la virginidad en sueños? —se mofó Newman, dando un trago largo.

—Se llamaba Shana McLeod, idiota. Y tenía las tetas más grandes que tu cabeza.

Estallamos todos en carcajadas. Sabíamos de sobra que Tobías era un fantasma de cuidado y que, a sus dieciocho, aún no había probado bocado.

Por cómo miraba a Monroe, intuía que era a él a quien le tenía ganas; para su desgracia, el pelirrojo no compartía sus gustos.

De ahí que Tobías se inventara tías con las que había follado cada vez que el resto contábamos la de turno.

—Dicen que, en 1943, Abigail Wester era hija de uno de los científicos jefes del Área 51 —continuó—. Que hicieron con ella un experimento genético extremo para crear un supersoldado y que el resultado fue una criatura monstruosa y deforme a la que mantuvieron con vida en la base.

Aguantamos el silencio un par de segundos antes de reventar de risa otra vez.

—Sois unos cabrones —protestó, lanzándonos una zapatilla de Jesse.

—Serás capullo… Eso vale más que todo lo que llevas encima —se cabreó mi hermano, corriendo a rescatar su preciada zapatilla.

El muy idiota siempre fue un pijo.

—Te habrás gastado una fortuna, pero apestan igual que las de Walmart —terció Monroe, olfateándola.

—Tío, qué asco —me quejé.

—Podéis creerme o no, pero GenoLabs tiene sus cosas en común con el Área 51 —insistió Tobías—. Ya lo dice Jesse: nadie sabe qué hay más allá de la frontera del bosque.

—Yo sé lo que hay —dijo Newman muy serio. Le prestamos atención para que siguiera—. ¡El fantasma de Abigail Wester! —exclamó, y se lanzó a por Tobías.

El rubio le metió un puñetazo en las costillas y le arrancó la botella. Esa noche no volvimos a sacar el tema; nos concentramos en conversaciones más banales.

Pero el asunto hizo mella en nosotros. Cada vez que nos juntábamos para una noche de borrachera, acabábamos hablando de cruzar el perímetro permitido. Y al cabo de unos meses, reunimos el valor y dimos con el antiguo laboratorio.

Estaba oculto entre una masa espesa de árboles, a varios kilómetros de las instalaciones donde vivíamos.

La vegetación casi se había tragado la construcción; cualquiera habría pensado que llevaba años abandonada.

Bastaba observar unos minutos, sin embargo, para ver que era mentira.

Nadie protegía con cámaras y vigilancia tan sofisticadas un sitio que se caía a cachos.

Eso fue justo lo que nos llamó la atención.

«Si ese lugar no importa, ¿por qué protegerlo tanto?».

Durante bastante tiempo intentamos averiguar qué escondía.

Monroe estaba convencido de que eran investigaciones militares.

Newman apostaba por prototipos farmacéuticos ilegales.

Tobías cambiaba de teoría cada dos días, aunque siempre ganaba fuerza la de la criatura monstruosa.

Jesse era el único que insistía en dejar el tema en paz.

Por desgracia, ninguno estaba dispuesto a escucharlo. Yo menos que nadie.

Siempre fui el que empujaba un poco más lejos los límites, el que hacía las preguntas incómodas, el que necesitaba saber qué había detrás de cada puerta cerrada. Durante años, todo aquello había sido un juego. Nuestra manera de sentir que teníamos algo de control sobre nuestras vidas.

La noche en que todo ocurrió teníamos veintiún años.

Habíamos conseguido planos parciales del edificio, horarios de vigilancia y varias tarjetas de acceso. Nos había llevado meses reunir aquella información y, para cuando lo logramos, estábamos demasiado metidos como para dar marcha atrás.

Recuerdo la discusión con Jesse como si hubiera sido ayer.

Estaba enfermo, apenas se tenía en pie. Insistía en que era una mala idea, que nada bueno saldría de aquello, que debíamos esperar; que, si nos descubrían, las consecuencias serían impredecibles.

Yo me limité a reírme.

Porque entonces todavía creía que lo peor que podía pasarnos era un castigo.

Fui un jodido ingenuo.

Cuando por fin salimos aquella noche, Jesse se quedó en el cuarto con fiebre.

Monroe y Newman no paraban de bromear, tan emocionados que parecían críos en Navidad.

Tobías, en su línea, fingía tranquilidad, aunque todos sabíamos que estaba cagado.

Y yo, por primera vez, sentía que nadie me controlaba, que hacía lo que me salía de los cojones.

Que todo saliera fácil, tranquilo, debería haber sido la primera señal para dar media vuelta.

Pero llevábamos demasiados años obsesionados con aquello como para rajarnos en el último momento.

Es más, una parte de mí quería demostrarle a Jesse que no lo necesitaba para nada, que por una vez sería yo quien encontrara algo.

Conseguimos entrar. Y quizá eso fue lo peor, porque si nos hubieran parado en la puerta, hoy seguirían todos vivos.

Cuando pienso en aquella noche, siempre vuelvo a la imagen de nosotros convencidos de estar a punto de descubrir un gran secreto, sin saber que lo que firmábamos era nuestra sentencia de muerte.

Las primeras salas parecían laboratorios normales: equipos médicos antiguos, estanterías que habían visto tiempos mejores. Nada justificaba el nivel de seguridad del sitio. Monroe hasta empezó a burlarse de mí por haber insistido tanto en colarnos.

Así que propuse bajar a los niveles inferiores. Y ahí todo cambió.