Ayer (Arpías 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Day

D urante unos instantes me cuesta procesar lo que está sucediendo. Mis manos están atadas al cabecero de la cama con unas esposas. Y sigo aturdida por la niebla mental que me han dejado sus besos.

El ser humano es tan fácil de desarmar… Un simple beso y, ¡boom!, nos volvemos idiotas.

Pero no se me puede culpar. Según estudios científicos, besar a otra persona libera endorfinas. Es un maldito cóctel de felicidad. Aunque si me preguntan ahora, feliz, lo que se dice feliz, la verdad es que no estoy.

Mi cabreo se abre camino a pasos agigantados entre el deseo.

«¡Soy estúpida!».

Con lo lista que me creo, mira cómo he acabado.

«Necesito que me escuches», ha dicho. ¡Será sinvergüenza! ¡Y yo necesito que me folle, joder!

Empiezo a tomar unas cuantas respiraciones profundas para tranquilizarme, pero, por más que lo intento, soy incapaz. La frustración sexual es muy jodida…

—Puedo escucharte de igual forma sin convertir esto en una sesión de BDSM —mascullo con los dientes apretados.

Él se limita a arquear una ceja y ladea la comisura de su boca en una pícara sonrisa.

—Vaya, parece que la dulce Dayane ha aprendido unas cuantas cosas en el tiempo que hace que no nos vemos.

«A tomar por culo».

Siento como si me hubiesen poseído cuando comienzo a tirar de mis brazos con todas mis fuerzas. Noto cómo mis muñecas se raspan con el metal de las esposas, pero me da igual. Prefiero acabar magullada a continuar en esta postura tan vulnerable.

—¡Para, Day! ¡Estate quieta, te vas a hacer daño!

Suena preocupado cuando me sostiene por los hombros, pegándome al colchón.

—Curioso juego de palabras cuando eres tú el que me tiene inmovilizada —gruño a un palmo de su cara—. ¡Suéltame, Terry!

Continúo forcejeando como una condenada mientras él intenta evitar que me lastime. Visto desde fuera, resulta hasta cómico. Por desgracia, yo estoy demasiado enfadada para verlo.

Al final, apoya la frente contra la mía durante un instante.

—Joder, Day...

—¡Eres un cabrón! —exclamo, siendo consciente de que no va a soltarme.

—Qué boca tan sucia para una chica tan guapa.

Terry siempre fue el más adulador. Si te enfadabas con él, sabía qué decir para que el mosqueo se disipase, pero esta vez ni su cara perfecta ni sus bonitas palabras van a conseguir que eso suceda.

He estado entrenando durante años contra el encanto de los Jones.

«Y te ha salido de perlas, ¿verdad?», me dice una maquiavélica voz en mi mente.

Esta vez tiene el mismo tono que Row.

No entiendo por qué mis voces interiores, en según qué situación, se parecen de manera sospechosa a las perras de mis hermanas.

Me centro en lo que me atañe, que es que me desate de una puta vez.

—Deja de secuestrarme y prometo mejorar mi vocabulario.

«Qué poca vergüenza tiene», pienso cuando una risa abandona sus labios.

—Te voy a matar —lo amenazo convencida.

—Claro…

—Te lo digo completamente en serio.

—Entonces, entenderás por qué no puedo soltarte.

Su tranquilidad resulta tan desesperante que vuelvo a tirar de las esposas por puro orgullo. El dolor que me atraviesa las muñecas me hace apretar los dientes.

Debería recordar que soy perfectamente capaz de partirle la nariz si me da la oportunidad.

Le dedico una mirada asesina.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

—¿Que estabas dispuesta a acostarte conmigo a pesar de la orden de Madre?

«Hijo de puta…».

Madre tenía razón en que mis sentimientos me iban a poner en peligro. Porque aquí estoy, ¡a merced de Terry!

¿Cómo he podido caer tan bajo?

—Lo peor, Terry, es que una parte de mí vino hasta aquí convencida de que podía confiar en ti, ¡y tú solito estás demostrando que me equivocaba!

La sonrisa arrogante que tanto lo caracteriza desaparece de su rostro como si alguien hubiera accionado un interruptor.

—Puedes hacerlo, Day. Puedes confiar en mí. Antes me quitaría la vida que causarte algún daño.

—¡Pues ahora mismo estás haciendo un trabajo de puta madre para demostrarlo!

Terry suelta un suspiro derrotado. Saca una pequeña llave de su bolsillo y se estira para abrir las dichosas esposas.

En cuanto me libera, lo empujo y me levanto de la cama.

—Si hubiera empezado a contarte todo nada más entrar por esa puerta, te habrías marchado.

—¡Eso no te da derecho a esposarme!

—Probablemente no, pero era la única forma de evitar esto. —Me señala recogiendo el bolso, que está en el suelo, con intención de dirigirme a la salida.

—Te hubiese escuchado, Terry. —Lo miro con tristeza—. Estaba dispuesta a acostarme contigo sin saber qué ha sido de ti en estos últimos años. ¿Crees que después de eso no hubiese oído lo que tuvieses que decir?

Lo veo soltar el aire de sus pulmones, se incorpora en la cama para quedar sentado y se pasa una mano por el pelo.

—Joder, lo siento, la he cagado. —El arrepentimiento que muestra su mirada parece genuino—. Pensaba que, si te daba la libertad de decidir, quizá no volviera a verte.

—Enhorabuena —digo irónica—, tú solito has conseguido que no tenga ninguna intención de que nos volvamos a encontrar.

—Antes de marcharme, lo miro una última vez—.

Más vale que te escondas, Terry. Puede que yo no tenga el valor de matarte, pero ten por seguro que mandarán a cualquiera de las chicas, y ellas no serán tan misericordiosas como lo he sido yo.

Me giro y huyo hacia la parte delantera de la lavandería.

No necesito mi habilidad para notar su tristeza, es tan contagiosa que tengo que tomar varias respiraciones para no echarme a llorar.

Esta zona se encuentra a oscuras. Es gracias a la luz que proviene de la parte en la que he dejado a Terry que me puedo orientar para llegar a la salida.

No quiero pensar cómo es vivir en un sitio así, o cómo se las habrá apañado todos estos años para que no le resulte extraño no tener nada más allá de una cama.

¡Basta! Lo que menos necesito en este momento es albergar cualquier sentimiento de lástima hacia él.

—¡FUIMOS CREADOS MEDIANTE IMPLANTACIÓN GENÉTICA!

El grito que escucho a mi espalda hace que me quede quieta en el sitio.

Me doy la vuelta con lentitud y veo a Terry bajo el quicio que separa ambas zonas.

De repente, se me escapa una carcajada incrédula.

—¿En serio solo se te ocurre inventarte esa excusa de mierda?

Niego con la cabeza y me vuelvo a girar para salir pitando de este lugar y hacer como si nunca hubiese venido.

Cuando llego a la puerta, me dispongo a abrirla, pero Terry estampa su mano por encima de mi cabeza para impedir que lo haga.

«Ya estamos…».

—¿Primero me esposas y ahora me retienes? —cuestiono, aún dándole la espalda—. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Amordazarme?

—Si te van esos juegos, sí —susurra en mi oído.

—¡Deja de buscarle un doble sentido a todo lo que te digo! —Me vuelvo hacia él y lo empujo—. ¡¿De verdad, Terry?! ¡¿Implantación genética?! —espeto furiosa—. ¡Soy científica, por el amor de Dios!

La indignación me sale hasta por las orejas.

Ya no solo estamos hablando de una teoría cuestionable o de una versión distinta de los hechos. Está poniendo patas arriba todo aquello en lo que he creído durante años y pretende que me lo trague como si estuviese explicándome el tiempo que va a hacer mañana.

—Precisamente porque eres científica deberías escucharme.

—Como soy científica, sé que lo que acabas de decir es imposible —rebato.

Terry parece desesperado por convencerme. Pero si se piensa que voy a creer en esa locura sin ninguna prueba fehaciente, se equivoca.

—¡Me cago en la puta, Day! ¡Te até justo porque sabía que no me escucharías! —Se mesa el pelo, exasperado.

—No. Ahora el que me va a escuchar eres tú a mí.

—Lo señalo con un dedo mientras intento contener las ganas de estrangularlo.

Ha ido a tocar un tema con el que estoy extremadamente familiarizada—.

¿Tienes la menor idea de lo compleja que es la genética humana?

Yo misma sigo sin entender muchas cosas.

No es como si alguien pudiese pulsar un botón y fabricar personas a medida.

Él no dice nada, tampoco es que le dé oportunidad cuando prosigo:

—Modificar un gen concreto es una pesadilla. La mayoría de enfermedades genéticas conocidas involucran decenas o incluso cientos de regiones distintas del genoma. ¿Y tú pretendes convencerme de que alguien nos diseñó a la carta, sin provocar malformaciones, fallos orgánicos o una muerte prematura?

Mi respiración se acelera conforme hablo.

Cuanto más lo verbalizo, más absurda me parece la idea.

—¡Pues sí! Es justo lo que te estoy diciendo.

«Adjudicado; Terry se ha quedado tonto durante estos años».

—¿Sabes la cantidad de factores que intervienen en el desarrollo de un ser humano? ¿La cantidad de interacciones moleculares que ni siquiera entendemos todavía?

A diferencia de Jesse, a Terry nunca le interesó la ciencia.

—La expresión genética cambia constantemente dependiendo del entorno, de las hormonas, de factores epigenéticos que ni siquiera pueden predecirse con exactitud.

No es posible crear un embrión de manera artificial, y mucho menos implantarlo en una mujer.

No existe ninguna tecnología capaz de fabricar seres humanos.

—Ninguna que tú conozcas —rebate.

—¿Y tú sí?

—Day…, ¡vuestras habilidades no tienen explicación, joder!

—Claro que la tienen.

—Ilústrame, por favor. ¿Cuál es?

Abro la boca, pero no sale nada. En realidad, jamás hemos encontrado una explicación más allá de que se trata de un enfoque holístico.

—No tienes una respuesta, ¿verdad?

—Por supuesto que la tengo —gruño. Lo único que pretende es jugar con mi mente—.

El ser humano es una máquina biológica muy compleja compuesta de ADN, proteínas y neurotransmisores.

Y conforme nacemos, la mente modifica el cuerpo, las emociones alteran la personalidad y el cerebro genera campos electromagnéticos que son imposibles de comprender.

Quizá nuestras habilidades sean una manifestación de algo que existe en todas las personas, pero que la mayoría son menos susceptibles a desarrollar.

—Claro, y, casualmente, cinco niñas del mismo orfanato desarrollaron esos fenómenos tan poco comunes. —Resopla.

—¡No he dicho que sea casualidad!

—Entonces admites que alguien intervino.

—Intervenir no significa crear —justifico—. También estabais vosotros y no desarrollasteis ninguna anomalía.

—¿Te parece poca esta? —Se señala los ojos, cada uno de un color.

—¡Joder, Terry! —me exaspero—. ¡Eso se llama heterocromía! No es tan inusual como crees.

—No me jodas, Day…

—Tranquilo, que no lo haré ni loca —bufo. Aunque, pensándolo bien, porque me ha atado a la cama, si no ahora mismo seguiría abierta de piernas.

—Curioso que cinco chicos de la misma edad, sin ningún tipo de parentesco más allá de Jesse y yo, tuviésemos un ojo de cada color, mientras que las chicas, cada una de ellas desarrolló una habilidad difícil de explicar. Todo muy coherente.

—Al igual que el resto de nosotros sabes la razón —le recuerdo—. Madre nos acogió, ya que nadie lo hizo debido a nuestras enfermedades.

Se empieza a reír y su risa me produce escalofríos.

—¡Espabila, Dayane! Hablas como si pertenecieras a una secta que ha conseguido lavarte el cerebro.

—Esa secta de la que hablas es mi familia —contraataco—. Una a la que tú pertenecías, y te deshiciste como un puto psicópata de parte de ella.

Tras mi acusación, da un paso hacia atrás como si lo hubiese golpeado físicamente.

—Si sigues creyendo que yo maté a Newman, Monroe y Tobías será mejor que te marches —dice, aumentando la distancia, y no hablo de forma física.

—No me das más razones, más allá de tu palabra, para que crea lo contrario.

—Pensé que contigo, que me conoces mejor que nadie, sería suficiente con eso.

—Pues pensaste mal.

Nos quedamos observándonos con intensidad.

Al cabo de lo que parece una eternidad, él corta la conexión y se acerca hasta una de las lavadoras que quedan a su derecha, abre el tambor y saca una manta, que desenrolla.

—¿Quieres pruebas? —Veo que coge una bolsa hermética de plástico y saca un dispositivo de él—. Esto ha sido uno de los pocos seguros de vida por si me capturaban y, en el mejor de los casos, me llevaban frente a las autoridades.

—¿Qué es?

No sé por qué empieza a temblarme la voz.

Terry conecta lo que ahora distingo como un disco duro a un portátil que hay sobre un mostrador.

Con pasos dubitativos, me acerco hasta donde se encuentra.

Aún sigo dándole vueltas a por qué no me he ido cuando había decidido hacerlo. Puede que en mi interior siga queriendo pensar que Terry es inocente, por mucho que le haya dicho lo contrario.

—Esto es lo poco que pude grabar antes de que nos cosiesen a tiros.

Le da a reproducir y automáticamente me llevo una mano a la boca para tapármela.

Ante mí tengo la prueba fehaciente de que Terry no mató a los chicos, y si es sincero en eso, ¿quién dice que con el resto no lo sea?