Capítulo 19
Terry
A parto una esquina del periódico que tapa la ventana y me fijo en cómo Day se baja del coche y observa dudosa la zona.
He pasado tanto tiempo imaginando este momento que, cuando al final sucede, me cuesta creer que sea real.
Durante ocho años he aprendido a vivir como un fantasma.
Tuve que cambiar de nombre, de ciudad y de rostro más veces de las que me gustaría recordar.
También he dormido en parques, moteles de carretera, en apartamentos prestados de los conocidos que he ido haciendo y en lugares donde nadie hacía preguntas por si era necesario desaparecer.
Me acostumbré a observar desde la distancia porque acercarme suponía un riesgo.
Sin embargo, por mucho que mi vida hubiese dado un giro de ciento ochenta grados, siempre hubo una imagen que permaneció intacta.
Pensar en Day se convirtió en el ancla que me mantenía sereno, que me hizo no decaer. Por esa razón, cada vez que sentía que rozaba la locura, mi mente volvía a ella.
Su rostro estaba tan arraigado a mí que hubo épocas en las que ni siquiera era consciente de que pensaba en ella. Solo estaba ahí. Se volvió una herida que no terminaba de cicatrizar, ya que una parte de mí no se permitió que lo hiciera.
Por eso, cuando abro la puerta de esta vieja lavandería y la encuentro al otro lado, siento cómo se afloja por primera vez lo que llevaba tiempo atenazándome el pecho.
—Sabía que no me fallarías.
Las palabras abandonan mis labios antes de que pueda detenerlas.
Si hay algo que nunca ha cambiado en todos estos años es la fe ciega que he tenido hacia ella. Aunque es cierto que, cuando decidí acercarme a ella anoche, no las tenía todas conmigo.
Me aparto y dejo que entre. Una vez dentro, permanece quieta, observándome con una intensidad que me resulta familiar.
Me fijo en que, a través de los cristales de sus gafas, sus increíbles ojos verdes están humedecidos.
No la culpo; con todo lo que sabe de mí, o le han hecho creer, cualquier persona con un mínimo de sentido común me habría disparado nada más verme. Sin embargo, ella no.
Ha venido. Muerta de miedo. Pero ha venido. Y eso es lo que importa.
—Dime que no los mataste —suplica con la voz cargada de emoción—. Necesito saber que no me he equivocado contigo, dime que…
Asiento con la cabeza, pero la bofetada que me suelta no la veo venir. ¡Joder…! ¡Si parecía compungida!
Me froto la mejilla dolorida, alucinado. Para ser una persona tan menuda, no esperaba que me pegase tan fuerte.
—¡¿Tienes idea de por lo que estoy pasando?! —vocifera.
—Day…
—¡Ni Day ni Doy! —suelta embravecida—. ¡Y como te descuides, lo mismo te doy lo que te mereces! —A pesar de la situación, no puedo remediar que se me curven los labios—. ¡¿Te parece divertido?! ¡Porque a mí no me hace ni puta gracia!
—Estás aquí —musito complacido.
—¿Y quién te dice que no es para matarte? —dice enfurruñada.
—Si quisieras hacerlo, no estarías gritándome.
—¡Porque soy idiota! ¡Eso es lo que soy!
Alza las manos y se las pasa por el pelo. Lo tiene mucho más largo que cuando era adolescente. Mi polla se endurece tras la cremallera de mis vaqueros cuando recuerdo la imagen de mi puño sujetando su melena mientras la embestía por detrás.
—Joder, nena…
Me acerco un paso en su dirección porque necesito tocarla.
—Me vas a buscar la ruina —masculla, alejándose. Y ese quiebro que noto en su voz es lo único que necesito para que algo se retuerza dentro de mi pecho.
—Siempre tuve talento para eso…
Estiro mi mano y le acaricio la mejilla.
Ella cierra los ojos y se apoya en el dorso, lo que hace que nos acerquemos aún más.
Una pequeña risa nerviosa escapa de sus labios y juro que es el sonido más bonito que he escuchado en años. Day niega lentamente con la cabeza mientras continúo acariciándola, siendo incapaz de apartar la mirada de ella.
De hecho, no podría hacerlo aunque quisiera. Day se ha convertido en una mujer capaz de romper cuellos a su paso.
—No puedo confiar en ti, Terry —confiesa, adquiriendo un semblante más serio. Parece agotada—. He venido, ahora no hagas que me arrepienta.
—Te doy mi palabra de que no lo haré. Esto es mucho más de lo que esperaba.
Llevo demasiado tiempo preparándome para explicarle lo ocurrido y defenderme de las acusaciones que cayeron sobre mí.
El bofetón, aunque me ha pillado por sorpresa, me lo esperaba, pero lo que jamás imaginé, por mucho que lo niegue, es la confianza que, con solo aparecer, está depositando en mí.
Se muerde el labio y mi mirada va justo a ese punto. Me muero de deseo por que sean mis dientes los que sustituyan a los suyos.
—Nena… —gruño desesperado—. Te he echado de menos.
—N-no puedo —niega más para sí misma que para mí—. Esto es un error…
Por cómo se le oscurece la mirada, sé, sin un ápice de duda, que ella está sintiendo la misma atracción que yo.
Hace el amago de darse la vuelta para marcharse, pero en un último impulso, se acerca, me agarra de la camiseta a la altura del estómago y hace que sus labios se encuentren con los míos, alzándose de puntillas.
Mi cabeza apenas es capaz de procesar lo que está sucediendo y, durante un instante, me quedo inmóvil. No porque no quiera besarla, sino porque llevo tanto tiempo preguntándome cómo sería volver a tocarla que no me creo que esté sucediendo de verdad.
Por suerte, mi cuerpo reacciona mucho antes que mi mente y la rodeo por la cintura para atraerla contra mí mientras le devuelvo el beso con toda la intensidad que llevo años conteniendo.
El miedo, la culpa, la rabia y la nostalgia parecen evaporarse hasta el punto de que hacen desaparecer todo lo demás.
No existe GenoLabs, ni Madre ni las mentiras ni la persecución constante que ha marcado mi vida desde aquella noche.
Solo existimos nosotros y aquellos jóvenes que iniciaron una historia, a pesar de que ninguno de los dos tenía la menor idea de lo que estaba haciendo con su vida.
—Esto no significa nada… —musita en mis labios.
Sus palabras salen jadeantes a causa de la excitación.
—Por supuesto que no…
—Aún tengo que matarte —me recuerda, y yo aprovecho para lamerle el cuello.
El gemido que se le escapa hace que mi miembro, de por sí ya duro, proteste porque está a punto de estallar.
—Y yo todavía quiero darte explicaciones —rebato.
—No quiero saberlas. No quiero que me conviertas en cómplice de lo que sea que estés tramando…
«Qué bien me conoce, joder».
—Vale…, pero antes déjame recordar qué se siente estando dentro de ti.
—Mierda…
Si no lo desease tanto como yo ya se hubiese marchado. Pero si cree que voy a dejar que lo haga sin escucharme antes, no me conoce tan bien.
Acaricio uno de sus muslos, cuelo mi mano bajo su minifalda y le arranco las bragas de un tirón.
Vuelvo a devorar su boca cuando la abre con un gesto de sorpresa que me pone a mil.
—¿Acabas de romperme las bragas? —Aparta su cabeza de mi asalto.
—Y estoy siendo comedido. No te haces una idea de lo mucho que he pensado en este momento…
La sostengo por las piernas y la levanto. Ella no tarda en rodearme la cintura con ellas.
El local en el que me he instalado no da para mucho.
Hay un puñado de lavadoras muertas amontonadas contra la pared y al fondo lo que un día fue el almacén y ahora hace de todo: dormitorio, refugio, madriguera.
No hay más que una cama de matrimonio y mi vida entera colgada de los ganchos donde antes se apilaba la ropa ajena.
Ocho años enseñan a no acumular lo que no cabe en una bolsa.
La llevo hasta ahí sin despegar mi boca de la suya y la tumbo de espaldas sobre el colchón para acomodarme encima de ella.
Una de mis manos continúa subiendo por su muslo, el calor que emana de ella me dice que está tan cachonda como yo.
Vuelvo a estrellarme contra su boca, y cuando me muerde el labio me roba la poca cordura que me queda.
Nos movemos desesperados. No entiendo cómo hemos pasado de cero a cien en tan poco tiempo. Ni me importa.
Recuerdo que nuestra historia no comenzó con una declaración grandiosa ni con una de esas escenas románticas que aparecen en las películas, lo nuestro se construyó poco a poco, de la forma más sencilla y peligrosa posible.
Fue a través de cientos de momentos pequeños que cualquiera, desde fuera, los hubiera considerado insignificantes.
Recuerdo que Day siempre estaba enfrascada en sus libros.
Y que caminaba muy rápido, como si el resto del mundo se moviese lento para ella.
Tenía la costumbre de fruncir el ceño cada vez que algo no salía como esperaba y era capaz de discutir durante media hora sobre cualquier teoría científica sin importar si tenía razón o no.
De hecho, cuando estaba equivocada se volvía todavía más cabezota, algo que me desesperaba y me fascinaba a partes iguales.
No negaré que me aburría en exceso cada vez que hablaba de genética, aunque era imposible no contagiarse de su entusiasmo. Me encantaba la pasión que ponía en todo lo que hacía y la intensidad con la que defendía sus ideas.
Al principio, Day solo era una compañera más del lugar en el que crecimos. Durante mucho tiempo, a mí quien en realidad me llamaban la atención eran las trabajadoras de GenoLabs. Siempre me gustaron las mujeres mucho más mayores. Necesitaba experiencia y sabía que ellas la tenían.
Sin embargo, al cumplir los veinte, un año antes de tener que huir, algo cambió.
Empecé a inventarme excusas para coincidir con Day en cualquier rincón del laboratorio, y cuando quise darme cuenta ya me sabía sus horarios de memoria y calculaba en qué pasillo cruzármela.
Para cuando fui consciente de lo que hacía, era demasiado tarde para fingir que no me pasaba nada con ella.
Lo que tardé en admitir no fue que me gustara. Fue que llevaba gustándome mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Y no era el único.
Todos los chicos estaban colgados de ella, aunque ninguno tuviera los cojones de decirlo en voz alta.
Y no me extraña. Day era la más lista, la más dulce, la más guapa; la más todo.
La clase de mujer por la que un hombre hace el ridículo sin darse ni cuenta.
Jesse el primero. Mi hermano llevaba años dándole vueltas, esperando el momento perfecto y la señal exacta que nunca iba a llegar.
Esa fue siempre su tara; esperar demasiado. Hasta que otro se la comió.
Y ese otro fui yo.
Porque lo que ninguno de ellos supo ver es que Day me había elegido.
Lo notaba en cómo me buscaba con la mirada antes que a nadie; en cómo discutía conmigo solo por el placer de discutir; en cómo se le encendía la cara cuando yo entraba en una sala.
Y yo nunca tuve la delicadeza de fingir que no me daba cuenta por respetar los sentimientos de nadie.
Ni los de Monroe ni los de Newman ni los de Tobías, que se puso insoportable en cuanto ató cabos.
Ni siquiera los de mi propio hermano. En aquel sitio, donde no teníamos nada nuestro, Day fue lo primero que decidí que sería mío. Y lo conseguí.
Desde que nos liamos, no hubo una sola comida tranquila.
Todo eran sonrisitas, comentarios y apuestas idiotas sobre cuánto tardaría en caer del todo.
Newman se jugó una semana entera fregando dormitorios a que sería antes de fin de año; lo ganó con meses de sobra.
Recuerdo también la vez que Monroe soltó que a lo mejor Day se cansaba de mí y prefería cambiar a alguien más inteligente.
A alguien como Jesse… Estuve a punto de partirle la boca, y eso que sabía que lo decía solo para picarme.
Entre mi hermano y yo siempre hubo rivalidad. La había en los entrenamientos, en las notas, en todo. Pero aquella fue la única competición que de verdad me importó ganar.
Con veinte años yo ya había perdido la virginidad hacía tiempo.
Day no. Para ella fui el primero, y por muy primitivo que suene admitirlo, esa idea me la sigo llevando conmigo como una marca.
Fui el primer hombre que la tocó, el primero al que sintió.
Y eso no lo cambian ni ocho años ni la distancia ni la pistola que lleva en el bolsillo ahora mismo.
Day es mía desde antes de saber lo que significaba esa palabra.
Estiro la mano hacia la estantería pegada a la cama, abro un cajón y saco lo que necesito.
Ella no para de contonearse debajo de mí, y sé que voy a arrepentirme de lo que estoy a punto de hacer, pero es más importante que me escuche que el que acabemos follando.
Aunque, si todo sale bien, espero conseguir las dos cosas.
Mientras beso y mordisqueo el valle de sus pechos, le levanto las manos por encima de la cabeza, con cuidado, y a riesgo de llevarme un rodillazo en las pelotas, paso la cadena por uno de los barrotes del cabecero y le cierro ambas esposas en las muñecas.
—¿Q-qué haces…?
Day alza la vista, y cuando entiende lo que acabo de hacer, la cara de rabia e indignación que pone se me queda grabada a fuego.
—Te juro que me jode más a mí que a ti parar justo ahora… Pero lo decía en serio, Day. Necesito que me escuches.