Capítulo 18
Day
N i siquiera una buena capa de corrector y base de maquillaje son capaces de disimular las ojeras con las que he amanecido. No he pegado ojo en toda la noche. Me la he pasado pensando en la propuesta de Terry y en la ocultación a Nao y, por ende, al resto de las chicas.
Espero que llegar a GenoLabs me ayude a recuperar algo de estabilidad mental.
Por norma general me funciona.
El laboratorio, los protocolos, los datos y las teorías son lo único que se comportan de forma lógica. Las personas no. Esas tienen la mala costumbre de mentir, desaparecer durante ocho años y complicar tu existencia hasta el extremo de que deberían estar prohibidas por alguna ley física.
Y, casualmente, mi vida está llena de esas personas.
Maldigo en mi interior una vez que cruzo las puertas principales de GenoLabs y veo a Jesse al final de uno de los pasillos, saliendo de una reunión, con varios directivos.
Aunque continúa siendo el mismo hombre impecable de siempre, detecto algo diferente en él. En su lenguaje corporal.
Nuestras miradas se encuentran y se despide del resto.
Cuando enfila en mi dirección con sus pasos seguros, me viene a la cabeza una imagen completamente inoportuna. La de un ropero demasiado estrecho, su respiración acelerada y sus manos recorriendo mis piernas hasta llegar a mi sexo.
«Ahora no…», suplico a mi cerebro traidor.
—Mírate —dice, acercándose—. Ya ha empezado el día y todavía no has intentado insultarme. ¿Debería preocuparme?
Ahí está el Jesse al que me tiene acostumbrada y que disfruta sacándome de quicio antes de tomarme el primer café.
—No quiero gastar mis mejores insultos nada más llegar.
—Qué cruel.
—Se hace lo que se puede.
La sonrisa que aparece en su rostro no le llega a los ojos, y ese es el segundo indicio de que algo le ocurre.
—¿Llegaste bien a casa anoche?
Su pregunta me pilla desprevenida y me hace pensar en quién encontré al llegar al portal. Por suerte, me repongo rápido e intento mantener una expresión neutra.
—Sí —comento, echando a andar hacia mi despacho—. Pillé el metro.
—Debió ser traumático para ti.
—No fue tan terrible. Deberías probarlo alguna vez. Te haría parecer más humano y menos sibarita.
—No, gracias —musita, ajustando sus pasos a los míos—. Algunos, por suerte, podemos permitirnos un vehículo propio.
—No empieces… —le advierto.
—Has empezado tú.
—¿Yo?
Freno en seco y nos quedamos el uno frente al otro.
—Has insinuado que soy un elitista.
—He dicho que eres un sibarita, son conceptos distintos.
—Pura semántica —descarta con un gesto de cabeza.
No respondo.
Solo entrecierro los ojos y lo observo con atención. Por mucho que se comporte como el Jesse que intenta provocarme, noto que algo no encaja.
No consigo identificar qué es, quizá se debe a la forma en que evita sostenerme la mirada o simplemente sea que las cosas entre Jesse y yo, por mucho que me niegue a aceptarlo, han cambiado.
Mientras pensaba que Terry había muerto, construí una vida que incluía a Jesse. Y no me arrepiento, pero ahora que ha vuelto es como si alguien hubiera cogido todos mis recuerdos para meterlos en una coctelera y agitarlos bien, mezclándolos entre sí.
Antes de que pueda seguir dándole vueltas al tema, Jesse me entrega una carpeta.
—Necesito que revises los resultados del ensayo clínico de la serie beta.
—¿Es una orden? —pregunto tensa.
Si algo no soporto es que se comporte como si él fuese mi jefe. Que yo sepa, ambos tenemos la misma categoría dentro de estas paredes.
—No. Solo intento evitar que se destruyan meses de trabajo.
—Oh, qué detalle por tu parte estar tan implicado —me jacto, ojeando el ensayo por encima. «¡Lameculos!»—, pero, que yo recuerde, tú eres la cara visible de GenoLabs, el que nos vendes al mejor postor, no el que se preocupa de que los proyectos salgan adelante.
—Para que veas que soy todo un filántropo.
—Lo que eres es un pesado.
—Me gusta que las cosas estén bien. Demándame.
Sin añadir nada más, se da la vuelta y se dirige a su despacho.
De pronto, algo dentro de mí me impulsa a llamarlo de nuevo:
—Oye, Jesse… —Gira la cabeza y me observa por encima de su hombro—: ¿Va todo bien?
Se me queda mirando con intensidad antes de responder.
—De lujo —responde seco. Y se marcha.
Pero se me queda un nudo raro en el estómago.
Sé que es imposible porque Jesse esconde lo que siente mejor que nadie, aun así, juraría que he percibido en su tono de voz que está enfadado.
Lo peor es que creo que la que lo ha enfadado soy yo.
∞∞∞
El resto del día me lo paso intentando buscar respuestas en el cristal de las probetas, pero por mucho que las mire, no responden lo que quiero oír.
Me gustaría encontrar una señal que me dijese que ir al encuentro de Terry es un absoluto error, sin embargo, nada se sale fuera de lo cotidiano en un día de trabajo. Y la culpa es solo mía.
¿Por qué diablos estoy ocultándolo? Es un misterio.
El caso es que mi cabeza parece estar en cualquier lugar menos donde debería.
Mientras reviso informes pienso en Terry; el tiempo que empleo analizando resultados me viene a la mente si Jesse, de alguna forma, se ha enterado de que ayer me topé con su hermano.
Y en el transcurso en el que comparo secuencias genéticas me fustigo por ocultarle todo a mis hermanas.
Temo que todo esto termine estallándome en la cara.
—Dayane.
Levanto la vista y mi corazón se acelera a causa de la sorpresa de encontrar a Madre en la puerta de mi despacho.
«¿Cuánto llevará ahí?».
He estado tan desconectada de la realidad que no he sido consciente de su presencia.
—Ey… Hola. —Le muestro una sonrisa.
Nunca he sido de rezar, soy una mujer de ciencia, pero ahora lo hago para que no perciba mi nerviosismo.
—Acabas de revisar tres veces la misma muestra.
—Estaba comprobando que no estuviese adulterada —me excuso, intentando salir del paso.
—¿No será que estás distraída?
«¡Joder, es un lince!».
—No, no. Para nada.
Me aparto de la zona de esterilización y me acerco al escritorio cuando ella da un par de pasos y entra.
Madre no insiste, aunque por el mohín disconforme que se le forma en los labios, sé que no se cree una palabra de lo que digo.
—Quería saber si has solucionado el asunto que tenemos pendiente.
«El asunto que tenemos pendiente me trae por la calle de la amargura», me dan ganas de replicar.
—No, aún sigo en ello…
Madre me observa con ojo clínico, y me guardo mucho de derrumbarme y cantar toda la verdad como un pajarito.
Mientras el resto del mundo nos veía como un problema o una rareza, ella decidió hacer lo que nadie más hizo por críos que estaban fuera de los estándares: nos trató como a personas.
Lleva ayudándome con mi habilidad desde los cinco años…
¿Y cómo se lo pago? Ocultándole información de manera deliberada.
—¿Y por qué vas tan retrasada?
Empezar a darle vueltas a mi anillo no es mi mejor defensa.
¡Ese gesto huele a mentira!
Dejo de hacerlo, respiro hondo y valoro mis opciones.
Si existe una persona en este mundo capaz de orientarme cuando me siento perdida es ella. Sin embargo, sé que, si pronuncio ciertas palabras, ya no habrá marcha atrás.
—Madre…, ¿de verdad crees que Terry es peligroso?
¡Hasta aquí he llegado! ¡Soy imbécil!
Madre me mira achicando los ojos y siento la necesidad de recolocarme las gafas, pero me resisto. Resulta incómodo sentirse examinada de esa forma, sobre todo cuando soy consciente de que le escondo algo.
—¿Por qué preguntas eso, Dayane?
«Porque lo he visto, he hablado con él y no se parece al monstruo que pintas. Y, lo más importante, una parte de mí quiere escuchar lo que tiene que decir».
Por supuesto, ninguna de esas respuestas escapa de mis labios.
—Es simple curiosidad. —Me encojo de hombros—. Llevo tantos días tras su pista que me da por pensar muchas cosas.
—La curiosidad siempre ha sido uno de tus mayores defectos.
Discrepo. Esa curiosidad es la razón por la que acabé convirtiéndome en científica, pero decido guardarme el comentario.
—Solo quiero asegurarme de que no nos estamos equivocando.
«Eso es, Day, pluraliza. Que sienta que aún estáis en el mismo equipo», me felicito.
Porque lo cierto es que lo estoy, solo que necesito escuchar lo que Terry tenga que contar.
Madre suspira y noto que parece debatirse entre cuánto quiere decirme y cuánto considera que debo saber.
—¿Sabes cuántas veces me he equivocado juzgando a una persona?
La pregunta me desconcierta.
—Eh, no.
—Ninguna.
La seguridad con la que lo afirma, para alguien que no la conozca, puede sonar petulante, para mí no. Sé de dónde nace esa confianza. Durante años la he visto anticiparse a movimientos; si hay alguien por el que apostaría que jamás se equivocaría, sería ella.
—Terry mató a tres chicos —continúa.
Los nombres de Tobías, Monroe y Newman aparecen en mi cabeza. Después de tantos años, su recuerdo sigue siendo capaz de abrir una herida que aún no se ha cerrado.
—Lo sé.
—¿De verdad lo sabes? —cuestiona, y su voz se vuelve más dura—. Porque tengo la impresión de que se te ha olvidado.
Aparto la mirada, avergonzada, porque jamás podría hacerlo. Al igual que sigo pensando en Alyss.
El problema es que tengo muchas preguntas que se entremezclan con los recuerdos. Estoy llena de dudas que han aparecido desde que Terry ha vuelto a cruzarse en mi camino y me he metido en la cabeza que existe otra versión de los hechos.
—Los encargos que vienen de arriba nunca se cuestionan —prosigue Madre mientras se dirige hacia la salida—. Te aseguro que, antes de tomar una decisión, obtienen pruebas. Ningún objetivo a lo largo de estos años ha sido inocente.
«Tiene razón, joder».
No obstante, esta vez no estamos hablando de un desconocido. Y, por mucho que todos intenten convencerme de lo contrario, eso cambia las cosas.
—¿Qué es lo que te inquieta exactamente? —pregunta de pronto.
—¿Cómo dices?
—Si estuvieras frente a él ahora mismo, ¿qué verías?
Vería a alguien que parece convencido de que, si tan solo le concedo una oportunidad, terminaré comprendiendo algo importante, y eso es lo que más me inquieta.
Aunque también existe la posibilidad de que todo sea una mentira y solo intente manipularme.
—Alguien que no tuvo remordimientos —miento, y recito lo que tantas veces he escuchado sobre él.
—Te he elegido a ti, Dayane, porque quiero que veas que las emociones, a veces, pueden resultar peligrosas. Especialmente cuando afectan a personas que significaron algo para nosotros… Por favor, razona, y no permitas que tus sentimientos sustituyan a los hechos.
Asiento convencida.
Como científica sé que debería basarme en pruebas y evidencias. Sin embargo, sigo luchando contra mi instinto, que me dice que debería reunirme con él.
—Avísame si tienes novedades.
—Lo haré, Madre.
Cuando por fin termino la jornada, salgo de GenoLabs con una cosa clara: voy a acudir a verlo.
No importa cuántas veces me repita que es una mala idea ni cuántos motivos tenga para mantenerme alejada. Voy a ir, aunque eso signifique traicionar a todos los que siempre me han apoyado.
Paso por el apartamento, me doy una ducha para despejar la cabeza y me cambio de ropa.
No suelo conducir, pero esta vez lo hago hasta la dirección que Terry me recitó la noche anterior. A medida que avanzo, algo en mi interior me dice que estoy haciendo lo correcto.
Sin embargo, no estoy tan segura cuando descubro que se trata de una lavandería abandonada.
Me bajo del coche y meto la mano en el bolsillo de la chaqueta. Agarro fuerte la pistola por si la cosa se tuerce.
Estoy a punto de sufrir un infarto cuando una puerta, que apenas se ve a causa de los grafitis que decoran la fachada, se abre y aparece Terry.
—Sabía que no me fallarías —dice, apartándose para dejarme pasar.